
Poco antes de la fuga de Lydia
Por Anngela Schroeder
Traducido por Cristina Huelsz
Julio 18, 1812
Había pasado un mes desde el decimosexto cumpleaños de Lydia Bennet, y no había recibido más que decepciones: ninguna oferta de matrimonio, ninguna cita nocturna con apuestos oficiales y sólo dos besos de alguien que mereciera la pena. E incluso entonces, el aliento de Denny había sabido a cebolla y Sanderson me había mordido el labio. Lydia resopló y se arrellanó en la esquina del sofá que daba a la calle, en el salón. No, éste no estaba resultando ser el mejor año de su vida, como había supuesto que sería.
Su querida amiga, Harriet Forster, la esposa del coronel, había estado indispuesta la mayoría de las mañanas, lo que obligaba a Lydia a quedarse en casa y no salir hasta después del mediodía. Se sentaba en la misma ventana y veía pasar a todas las jóvenes con sus doncellas detrás, y a menudo también a los apuestos oficiales.
Nunca había visto tantos hombres en toda su joven vida, y quería salir a las tiendas y cafés y conocerlos a todos. Bajos, gordos, altos, delgados… no importaba. Todos los hombres de Brighton se estaban perdiendo de su encanto y su vitalidad, y ella no podía hacer otra cosa que esperar.
El boticario había venido hacía dos semanas y Lydia pensaba que Harriet se estaba muriendo. La criada llamó inmediatamente al coronel, que dejó sus ejercicios matutinos y subió las escaleras a toda velocidad. Llegó mucho después de que bajara el boticario. Cuando el coronel bajó por fin, pareció irritado cuando ella le preguntó si Harriet vendría pronto, ya que tenían que ir por helados.
Entonces, él dijo lo que Lydia creyó que era peor que la muerte. Harriet estaba embarazada. Y ahora Lydia… estaba atrapada. ¿Por qué Harriet no podía tomar una tintura u otro remedio y acabar con este mal matutino? Entiendo que tener un bebé hace que una se enferme, pero ella está siendo egoísta. Me invitó a Brighton y ahora ni siquiera puedo disfrutar de mis vacaciones.
Lydia volvió a resoplar y golpeó el reposabrazos con los puños.
―¿Por qué se enfada tanto, señorita Bennet? Alguien tan encantadora como usted nunca debería fruncir el ceño. Pero, incluso cuando lo hace, sigue siendo la chica más guapa de todo Brighton.
Lydia se giró al oír la única voz que siempre le hacía estremecerse por dentro. ―Señor Wickham. ¿No se supone que está de guardia?
―Lo estoy, pero he intercambiado con Smith ―respondió, levantando la ceja. ―¿Cómo lo supo? ―Entró en la habitación y se paró frente a ella, sonriendo.
Qué apuesto es. Probablemente el hombre más bello de todo Brighton, y del mundo. ―Porque me empeño en conocer los asuntos de todos mis amigos.
―¿Es eso lo que soy? ―preguntó él sentándose a su lado y extendiendo la mano para tocar la suya. ―¿Sólo un amigo? ―Le pasó los dedos lentamente por los nudillos, subió por la muñeca y volvió a bajar.
Su corazón se aceleró y, por una vez en su vida, Lydia Bennet no supo qué decir. Hasta que lo supo. Tirando de su brazo le dijo: ―Usted me ha estado ignorando por las señoritas Anderson y sus brillantes joyas desde que llegamos. Pero adivine qué ―dijo con una sonrisa de superioridad. ―No tienen el dinero que todo el mundo cree.
Aquí Wickham se inclinó. ―¿Qué quiere decir?
―Sus joyas son de pasta. No son de verdad.
―¿Pasta? ¿Cómo sabe eso? ―preguntó, entrecerrando los ojos.
―Oí a su hermano decirles que tuvieran cuidado con sus collares. Si se caían, el vidrio se rompería―. Levantó la barbilla con suficiencia. ―Como ve, ha estado perdiendo el tiempo con ellos e ignorándome a mí―. Lydia se volvió hacia la ventana, y no vio la mirada perdida de Wickham en la alfombra.
―Vidrio ―murmuró en voz baja. Pareciendo recobrar el ánimo, sonrió cuando Lydia se volvió hacia él. ―¿Qué me importa el cristal o los diamantes? Soy un hombre al que han engañado toda la vida. Una vez más no me afectará.
―A mí también me han engañado ―dijo Lydia, golpeando de nuevo con la mano en el reposabrazos. ―Harriet me invitó aquí, y ahora me ha… ―Lydia esperó sólo un momento antes de soltar: ―¡Se ha quedado embarazada y ha arruinado mis vacaciones! Esto ya no es divertido. Quiero irme a otro sitio. A Londres, a Dublín o a cualquier sitio menos aquí―. Le sobresalía el labio inferior. ―Ni siquiera los oficiales me prestan atención. Sólo Denny y Sanderson, y no son tan buenos como me merezco. Estoy cansada de su compañía, pero es todo lo que he tenido.
―Denny y Sanderson son muchachos. Claro que usted se cansaría de su compañía. Lo que necesita es un hombre―. Apoyó su mano en el sofá, junto a la pierna de ella, y empezó a trazarle lentamente la rodilla con el dedo. ―Eres una mujer demasiado hermosa para quedarte sola.
Lydia asintió y cruzó los brazos sobre el pecho, tratando de mantener la respiración uniforme. Wickham movió suavemente la mano por su muslo hasta la cintura y empezó a acariciarle el costado. Se inclinó y le acarició la oreja. En voz baja y aterciopelada dijo: ―Creo que me he dado cuenta de lo que me he estado perdiendo estas últimas semanas.
Ella bajó lentamente la barbilla, inclinándose hacia él, con el corazón acelerado mientras su aliento le acariciaba el cuello. ―¿Y qué es eso, señor Wickham? ―chilló.
―Tú―. Él giró su cabeza rápidamente y capturó su boca con la suya, presionando sus inexpertas mandíbulas abiertas, hasta que él gimió. Al cabo de un momento, se inclinó hacia atrás y retiró las manos del cabello de ella, donde habían ido a parar por su propia voluntad.
Recogió las horquillas y se las entregó. ―Y así, señorita Bennet, es como uno aprende a divertirse en Brighton.
―Y ni siquiera sabes a cebolla―. Ella estaba respirando con dificultad, pero tratando de sonar como si un hombre adulto besándola sin sentido fuera algo habitual.
―Por supuesto que no ―se echó a reír.
Después de un momento, ella exhaló, soñadora y se recostó en el sofá, agarrando su mano tratando de atraerlo hacia ella. ―Más. Bésame otra vez.
―Señorita Bennet, baje la voz ―dijo él poniéndose de pie. ―Si el coronel Forster descubre lo ocurrido, me someterá a un consejo de guerra. ¿No puede ser éste nuestro secreto?
Lydia hizo un mohín sugestivo, y estiró la mano para tirar de su chaleco. ―Sólo si vuelves a besarme así.
Wickham levantó una ceja y luego esbozó una sonrisa cómplice. ―¿Es eso lo que has deseado durante tu estancia en Brighton, malvada chiquilla? ¿Que te besara?
―Eso es todo con lo que he soñado ―respondió ella, bajando la mano para acariciarle la pierna. Wickham se sobresaltó al sentir el contacto, pero luego miró hacia la puerta antes de bajar la mano y capturar su boca una vez más. ―¿Quién necesita diamantes cuando te tengo a ti, Lydia Bennet?
―¡Oh, George! ―Ella lo rodeó con los brazos y tiró de él hacia el sofá, y sus besos se convirtieron en algo que habría ardido más si el coronel no hubiera llamado a Wickham desde las escaleras.
―¿Wickham? Wickham, digo, ¿estás aquí?
―Si, coronel Forster ―contestó, separándose de la joven. ―Sólo me estoy despidiendo de la señorita Bennet.
―Muy bien―. Se oían sus pasos bajando las escaleras, y Lydia se alisó el cabello y se volvió hacia la ventana, para que el coronel no viera sus labios hinchados.
El coronel se detuvo en el pasillo. ―Vamos, Wickham. Debemos apresurarnos al campamento antes de que lleguemos tarde a la reunión. Buen día, señorita Bennet.
―Coronel ―dijo Lydia, sin apartarse de la ventana.
Él salió de la habitación, y ella se volvió para encontrar a Wickham aún junto a la puerta. ―Esta noche ―susurró, lo suficientemente alto para que ella lo oyera. ―Te esperaré en el jardín de rosas. No me había dado cuenta de lo mucho que te quiero hasta este momento, y necesito demostrártelo».
―Allí estaré, George ―dijo ella, lanzándole un beso.
Él sonrió y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Mientras los veía bajar los escalones y salir a la calle para montar en sus caballos, Lydia sonrió para sus adentros. Este se está convirtiendo en el mejor año de mi vida. Un beso que avergüenza a todos los besos, una cita nocturna con el hombre de mis sueños y, pronto, una propuesta de matrimonio. ―Porque ningún hombre puede besar así a una mujer y no querer casarse con ella ―susurró mientras veía alejarse a los hombres. ―Lydia Wickham… ¡qué maravilloso suena eso!