Las historias jamás contadas, p. 85

Georgiana se preocupa por Darcy

Por Joana Starnes

Traducido por Cristina Huelsz

Junio 26, 1812

―¿Otra taza de té, hermano?

La tranquila pregunta de Georgiana fue recibida con un leve sobresalto y un rápido «¿Perdón?», que sirvió para confirmar lo que ella ya sospechaba: que sus pensamientos estaban a cientos de millas de distancia. Reprimió un suspiro y esbozó una sonrisa pálida.

―Sólo me preguntaba si te apetecía más té.

―Oh. Gracias, sí ―respondió él con un gesto de disculpa en los labios, así que ella le preparó la taza tal y como él la tomaba -té fuerte, un chorrito de leche, sin azúcar- y la colocó junto a su plato.

Era un consuelo comprobar que su apetito había mejorado últimamente, pensó Georgiana cuando lo vio servirse otra magdalena y empezar a untarle mantequilla. Al menos en cierta medida, eso se debía a su nueva rutina. Se había levantado mas temprano de lo que acostumbraba, para comenzar el día con un largo baño en el lago. O tal vez salía de su habitación tan temprano porque no podía dormir.

La última idea no fue bien recibida, así que ella la apartó de su mente y, sin pensárselo dos veces, alargó la mano para apartarle de la frente los rizos aún húmedos. En ese momento, su hermano levantó la vista de su tarea, dejó el cuchillo de mantequilla en el plato y levantó la mano para estrechar la suya en el aire. Se la llevó a los labios e hizo ademán de soltarla, pero ella se aferró a ella y apoyó las manos unidas en la esquina de la mesa.

Ella tenía en la punta de la lengua preguntas bienintencionadas . ¿Estás mejor? ¿Quieres hablar? -pero las reprimió, porque eran inútiles e inherentemente hirientes. Podía ver por sí misma que él no estaba mejor, por mucho que tratara de aparentar valentía por ella. El dolor seguía ahí, acechando en el fondo de sus ojos, incluso cuando esbozaba sonrisas forzadas. Peor aún, ella podía verlo claramente grabado en su semblante cuando él creía que estaba solo o que no era observado. En cuanto a hablar de ella, ¿de que serviría animarlo a hacerlo? El nombre de Elizabeth Bennet no había vuelto a aparecer en sus labios desde aquel fatídico día en que ambos regresaron a Pemberley y se sentaron juntos en la galería de retratos. Tampoco había dicho una palabra más sobre su angustia. Tal vez se hubiera guardado sus penas para sí mismo, si ella no lo hubiera sorprendido en un momento desprevenido y profundamente vulnerable. Incluso entonces, cuando él le permitió echar un vistazo a su infierno privado, ella pudo percibir que se resistía a agobiarla.

Como si él hubiera adivinado sus pensamientos, le apretó la mano y le dijo: ―Mi querida niña, no debes preocuparte por mí. Estoy bien. Mejor de lo que merezco, según los cálculos de cualquiera.

Ella protestó instintivamente, pero él continuó.
Es la verdad, de todos modos. Debes creerme, querida: Me he portado mal y me lo he buscado.

La pregunta se le escapó antes de que pudiera contenerla.
―¿Cómo? ―Pero luego se retractó en voz baja. ―No debería haber preguntado. Perdóname. No quería entrometerme.

―No lo hiciste. Esto es preocuparse, no entrometerse.

―Aun así, no sirve de nada remover el pasado, ¿verdad?

―No ―respondió él simplemente, y en el silencio que siguió Georgiana le dio la vuelta a la mano, con la palma hacia arriba, y recorrió con la punta de los dedos la cicatriz casi curada que encontró allí.

¡Ojalá el corazón de su hermano pudiera sanar tan rápido! Ella reprimió un suspiro mientras le acariciaba los dedos. En otro tiempo, le habría sorprendido encontrarlos callosos y llenos de ampollas, sus manos tan llenas de cicatrices como las de un jornalero trabajando en el campo. Pero ya no. Desde su regreso a Pemberley, él se había dedicado a todo tipo de proyectos. Una amplia remodelación de la casa de beneficencia en Kympton. Reparaciones en el camino a Lambton y en el estrecho puente sobre el Pember. Mejora del drenaje de los pastos inferiores. Y Dios sabe qué más. Hacía casi dos semanas, cuando ella había cabalgado hasta Kympton como estaba previsto, con su almuerzo y el de ella en una cesta de mimbre atada a su montura, lo había encontrado plantando arbolitos en el pequeño jardín de la casa de beneficencia. ―Lamentablemente, no sé nada de reparar muros de piedra seca ni de alicatar tejados, pero sé cavar un hoyo y manejar un martillo o un cincel. ¿Qué te parece este banco? Lo he montado esta mañana. Veamos si es lo bastante robusto.

Así que almorzaron en el banco que él había construido y que había demostrado ser perfectamente robusto. Por desgracia, su afirmación de que sabía manejar un cincel había quedado desmentida al día siguiente. Menos mal que la afilada herramienta no le había hecho un corte más profundo en la palma de la mano.

Sus otros proyectos suponían un riesgo menor, pero a ella le seguía pareciendo que se esforzaba demasiado. Un hombre menor se habría recluido en su estudio y buscado el olvido en el decantador de oporto, pero él no. Su receta preferida, su láudano, era Pemberley. Sin embargo, al igual que el láudano, sólo podía ofrecer paliativos. Como Georgiana sabía muy bien, para algunas enfermedades no había cura probada.

Aun así, se esforzaba día tras día, cabalgando de un extremo a otro de la propiedad para supervisar el progreso o, más a menudo que no, detenerse y echar una mano. Nunca había descuidado sus deberes para con la propiedad que se le había confiado, ni el bienestar de sus sirvientes o inquilinos, pero ahora parecía que se preocupaba por el bienestar de todos menos por el suyo propio, y se esforzaba al límite de su resistencia para ahuyentar pensamientos atormentadores, y quizás también para demostrar algo. Pero ¿probar qué? ¿Y a quién? ¿A sí mismo o a la mujer que no lo quería?

Georgiana respiró hondo para calmarse mientras el resentimiento y la rabia impotente volvían a aflorar en su interior. A pesar de la insistencia de su hermano, ¿como podía dejar de pensar mal de Elizabeth Bennet?

De repente, él apartó la mano y se estiro para acariciarle brevemente la mejilla, luego se inclinó hacia atrás y habló con aire resuelto y una leve sonrisa de arrepentimiento.

―Dicho esto, debería remover el pasado y aclarar tus cariñosos malentendidos. Debería haber hablado antes, pero no quería perder tu buena opinión, lo que demuestra que también he sido egoísta en ese aspecto.

―¿Egoísta? ¿Tú? Fitzwilliam, eres el más amable y generoso…

―Querida niña… ―intentó interrumpirla, pero por una vez ella no lo permitió.

―Déjame decir lo que pienso ―le insistió Georgiana, peligrosamente al borde de las lágrimas, y fue un nuevo testimonio de su amabilidad el hecho de que él la complaciera y se callara, por muy poco dispuesto que estuviera a hacerlo.

Ella se apresuró a hacerlo, desesperada por devolverle la compostura y aliviar de algún modo sus heridas, tan gratuitamente infligidas.

―Sé que me consideras parcial por el afecto fraternal y la forma en que me tratas. Pero hace tiempo que me di cuenta de que eres el alma de la generosidad y la amabilidad con todos los que confían en ti, todos los que te importan. Cuando hablamos de tu… Cuando hablamos en la galería de retratos hace tres semanas ―se corrigió ella, evitando instintivamente hacer una referencia directa a su angustia―, admití que puedes ser reservado y taciturno cuando estás entre extraños. Incluso me atrevería a decir que puedes ser distante y fríamente formal cuando la compañía no es de tu agrado. Pero también te diré esto: cualquier mujer digna de tu devoción debería tomarse la molestia de mirar más allá de la coraza que decidas levantar para rechazar intrusiones impertinentes. Perdóname ―añadió con rapidez, apresurándose a adelantarse de nuevo cuando él se estremeció y separó los labios para hablar. ―Dijiste que no querías que la culpara ―susurró, evitando igualmente mencionar a su Dalila por su nombre―, y yo… procuraré no hacerlo―. Era una falsa promesa, pero que así fuera. Ella diría cualquier cosa, haría cualquier cosa, para restaurar su paz. ―¿No podemos estar de acuerdo al menos en que ella debería haber mirado más de cerca, en lugar de rechazarte sin más? ―preguntó Georgiana tentativamente. ―Como suele decir Richard, tiendes a esconder tu luz bajo un celemín. Y creo…

―Richard ya me había reprendido por mi abominable conducta ―replicó su hermano.

―¡Pero él no estaba allí para presenciar tu conducta! ―repuso ella enérgicamente. ―Todo lo que tenía era tu relato, tu versión de los hechos. Y supongo que trataste de cargar con toda la culpa, como estás haciendo mientras hablamos. Si él la hubiera conocido, se habría formado su propia opinión.

―É sí la conoció. La Pascua pasada, en Rosings ―le dijo su hermano, y los ojos de Georgiana se abrieron de par en par.

―¿Tu cortejo concluyo ante las narices de Lady Catherine? ―jadeó, y luego sacudió la cabeza con leve exasperación. ―¿Cómo puedes seguir reprochándote ser reservado y cauteloso?

Su hermano dio un suspiro de cansancio.

―No hubo cortejo. No como tal. Sólo una proposición inoportuna y mal formulada.

―Fitzwilliam, no pudo haber sido así ―le dijo ella con suavidad, la única absolución que estaba en su mano darle. ―No puedo imaginarme que le hayas dicho algo tan malo.

―Entonces, permíteme que te lo plantee así: imagina que un caballero de cierta importancia -digamos, el descendiente con título de una de las antiguas familias- viniera a darte sus saludos sin apenas avisarte. Imagínate que te declarara su admiración y aprecio al mismo tiempo que te señalara que tu primo favorito es un simple soldado, que tu hermano es un tipo descortés y maleducado, que tu tía Catherine es una arpía obstinada cuya relación contigo es una mancha por asociación, y que él hubiera resistido durante mucho tiempo el impulso de hacerte una propuesta, porque sabía muy bien que sus parientes considerarían su unión como una degradación. Y entonces, una vez que tú le hubieras rechazado con fría moderación a pesar de tu perfectamente justificada indignación, imagínate que él exigiera saber por qué había sido rechazado, y si esperabas que por ventura él se regocijara en la inferioridad de tus conexiones y se felicitara por la esperanza de unas relaciones cuya condición en la vida está tan decididamente por debajo de la suya.

A lo largo de su discurso amargamente apasionado, la incredulidad se elevó y la abrumó. Seguramente él no le había ofrecido matrimonio de aquella manera tan insultante. Mantuvo cuidadosamente la mirada apartada, para no delatar su consternación y causarle así más dolor, y la fijó en sus dedos que alisaban nerviosamente la servilleta que se le había caído junto al plato. Pero todos sus esfuerzos por disimular debieron de ser lamentablemente insuficientes, o tal vez su semblante era un libro abierto para él, o ambas cosas, porque su hermano le cubrió la mano con la suya y observó en voz baja: ―Ya me entiendes: la culpa debe descansar en su sitio.

Entonces ella levantó la vista y murmuró entrecortadamente: ―¿Cambiaría algo si fueras a Hertfordshire a disculparte?

Con aire sombrío, él respondió a su pregunta con otra: ―¿Te atreverías a confiar en un hombre así si se disculpara?

Georgiana se mordió la comisura del labio. Le costaría poder confiar en cualquier hombre, después de Wickham. Si se había equivocado al depositar su fe en alguien a quien había conocido toda su vida -el ahijado de su propio padre-, ¿cómo iba a confiar en nadie más? En realidad, la sola idea de abandonar su hogar y darle a un desconocido poder absoluto sobre ella era poco menos que aterradora. ¿Era más fácil para otras chicas, que no conocían la traición? ¿O todas miraban al futuro con la misma ansiedad?

De repente, un sentimiento nuevo la invadió: una sensación de solidaridad con Elizabeth Bennet. Compasión también, porque ella podría haber hecho una vida con el mejor de los hombres, y sin embargo se había alejado, porque no lo había visto como lo que realmente era: el mejor de los hombres, a pesar de sus errores. La compasión crecía y se extendía, mezclándose con la profunda preocupación y simpatía que Georgiana sentía por su hermano, lo cual no podía dejar de parecerle desleal, pero no podía evitarse. ¿Cómo se las habían apañado para estropearlo todo?

¿No había forma de reparar el daño? Seguramente debía de haber una manera, si se buscaba lo suficiente. Y entonces se le ocurrió la idea más descabellada: ¿y si ella le escribía a Elizabeth Bennet y le explicaba cómo era su hermano en realidad?

Era la idea más descabellada, reconoció Georgiana un momento después. Además, era evidentemente absurda y nunca funcionaría. Un caso tan delicado exigía una franqueza absoluta, y ella no podía ser tan franca en una carta dirigida a una completa desconocida. Sería mucho mejor si pudiera idear una oportunidad para conocer a la señorita Bennet. Entonces tendría la oportunidad de averiguar que clase de joven era, y tal vez sondearla, hablar con ella en privado. Pero ¿cómo iba a lograrlo? A menos que… ¿Y si convenciera a la señorita Bingley para que los invitara a Netherfield en su proxima visita? Tal vez pudiese conseguir una invitación de ella -o del propio señor Bingley- una vez que llegasen a Pemberley como lo habían acordado. ¿Aceptaría Fitzwilliam volver a pisar Hertfordshire? Si fuera necesario, ella podría ir sin él, pero tal vez él tampoco lo consintiera. ¿Richard la ayudaría si se lo pidiera? Seguramente, Richard la instaría a no interferir, pero ella podría convencerlo de su manera de pensar. Con él, ella podría ser completamente sincera sobre la situación de Pemberley y la desdicha que Fitzwilliam se esforzaba tanto por superar. Richard comprendería que estaba fuera de su alcance presenciar el dolor de su hermano y no mover un dedo.

Georgiana se enderezó en su asiento y cuadró los hombros. Sí, le escribiría a Richard. Sería un comienzo. Entre los dos encontrarían la manera de ayudar a su querido hermano, si se lo proponían.

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