
El ardid de Wickham para fugarse con Lydia
Por Diana Birchall
Traducido por Cristina Huelsz
Julio 29, 1812
Aproximadamente un mes después de que Lydia se mudara a Brighton, el señor Wickham entró en una hermosa suite anexa a los aposentos palaciegos del Príncipe Regente en Marine Parade. No era el lugar donde un joven oficial de un regimiento de milicia común esperaría ser admitido, pero cuando preguntó por la señora Younge, la sirvienta hizo un hoyuelo ante su apuesto rostro y lo admitió.
La dama, una elegante y esbelta criatura de entre treinta y cuarenta años, vestida a la moda con muselina y el cabello rizado, levantó la vista de su delicado escritorio tallado con reconocimiento, pero no se levantó, aunque sí lo hicieron sus cejas.
―¡George Wickham! Tal como vivo y respiro. Bueno, esta es una agradable sorpresa, no lo creo.
―Pensé que te alegrarías de verme, Penélope ―dijo él con gracia, en un tono cálido, como si no se hubieran separado mucho tiempo.
―¿Cómo? ¿Después de ese fiasco? Todos nuestros planes arruinados. Me costó un dineral, te lo aseguro, y todo quedó en nada.
―Siempre había algún riesgo, tú lo sabías ―replicó él, con una suave sonrisa en su apuesto rostro. ―Estuvimos a pocas horas de que Georgiana se fugara conmigo, y ¡oh, qué venganza sobre Darcy habría sido, y qué dinero habría sido nuestro! Ella valía por lo menos treinta mil libras, y sabes que siempre quise dividirlo contigo, Penelope.
―Por supuesto que sí―. Ella lo miró irónicamente. ―Es fácil dividir el dinero que no obtuvimos. ¿Y quién lo estropeó todo, por favor, puedes decírmelo?
―Sabes muy bien que fue la propia chica. No pude controlarla del todo. Desperté su cariño precoz por mí, sí, y pensé que era suficiente; pero ella estaba malditamente remordida.
―¿Y ahora has venido a recordarme ese desgraciado episodio? ―preguntó ella, tomando de nuevo la pluma, comenzando a manifestarse su impaciencia.
―No. En absoluto. A mí tampoco me gusta pensar en ello, y estoy muy triste por todo el asunto, y me gustaría olvidarlo.
―¿Entonces ahora qué?
Se sentó en el sillón de terciopelo que había ante ella y se recostó, con las manos en los bolsillos, mientras una sonrisa recorría sus hermosas facciones y observaba el dorado, el ormolu y los bellos cuadros franceses. ―Parece que te ha ido bastante bien, Penélope. No pareces necesitar los shekels del señor Darcy. ¿Estás vinculada al Príncipe Regente? Bonita preferencia.
Un poco de color apareció en sus pálidas facciones. ―No seas absurdo, Wickham. No soy la amante de Su Alteza Real, y nunca lo fui. A él le gustan las chicas jóvenes, y yo sé dónde encontrarlas.
Wickham alzó las cejas. ―Jóvenes. ¿Como tu nombre? Un buen anuncio.
―Si te gusta. Sin embargo, Brighton está en auge, en los negocios del bajo mundo; se puede hacer dinero. Es el lugar para estar. Por qué, sin contar las chicas en el campamento, en las tiendas, y cada soldado parece tener la suya propia, ¿no?
―Ya llegaremos a eso ―dijo Wickham, con una sonrisa.
―Sólo en esta parte de la ciudad hay al menos trecientas chipriotas superiores, al servicio de los hombres que rodean al Príncipe. Yo estoy a cargo de muchas de ellas ―concluyo complacida.
―Así que te has recuperado y has superado la decepción por las riquezas del señor Darcy.
―Así es ―respondió ella. ―Siempre fuiste tú quien lo odió y quiso vengarse, y por lo que parece, yo he hecho lo mejor. ¿Qué eres, un miliciano? ¿Es lo mejor que puedes hacer? ―Ella levantó una ceja desdeñosa.
―No te rías de mí, Pen. Recuerdo cuando llevabas un manso vestidito negro para hacerte pasar por una institutriz erudita, para ser contratada como cicerone de la señorita Georgiana Darcy. Ahí tienes la vergüenza.
Ella se encogió de hombros. ―Eso ya es pasado; lo he olvidado. Las cosas me van mejor ahora. ¿Y por qué me buscas? No hemos estado juntos en nada tan exitoso como para que quieras que lo recuerde.
―No ―convino él―, pero recuerdo que fuiste bastante astuta en el asunto anterior, y tengo un pequeño problema del mismo tipo, otra vez.
―Debí suponerlo, sería una jovencita ―suspiró ella, entornando sus grandes ojos grises con resignación. ―Bueno, adelante, cuéntamelo.
―Esto es lo que sucede. Estoy siendo acaparado por una joven señorita que está absolutamente enamorada de mí y no escuchará ninguna negativa; ella quiere fugarse conmigo.
―¿Quiere? Bueno, vayamos al grano. ¿Cuánto dinero tiene?
―Nada. Ese es el problema.
―Entonces es un asunto perdido. ¿Por qué vienes a preguntármelo?
―Pensé que podría traértela, y entonces cuando su familia venga por ella, puede que haya mil o dos para ganar, y podríamos devolverla a ellos.
―Pero ¿por qué iban a pagar, si ella nunca podrá volver a ser respetable? Nunca merecerá un buen nombre, si ha sido tu amante.
Wickham se revolvió inquieto con el tejido de su chaqueta. ―Pagarían si yo prometiera casarme con ella, así obtendríamos algo; pero, por supuesto, no estaría tan loco como para casarme con ella.
―¡Espero que no! Debes esperar una chica de no menos de diez mil al año. No puedes permitirte casarte por menos.
―Si no más. Todavía tengo la esperanza de encontrarla, pero he aquí una idea: una vez que consiga los mil más o menos que puedo sacarle a su familia, puedes quedarte con la chica.
―¿Yo? ¿Qué quiero yo con semejante simplona? ―Ella lo pensó por un momento. ―¿Cuántos años tiene?
―Sólo tenía dieciséis hace un mes.
―¿Es bonita?
―Bastante. Una muchacha alta y bonita, de ojos azules, cabello amarillo y temperamento fácil.
―¿Crees que Su Alteza Real la encontraría de su gusto? ¿Joven y con buena figura, dices?
―Oh, sí. Robusta y bien crecida.
―Pero entonces no es virgen. A él le gustan vírgenes.
Él hizo un gesto con la mano. ―No importa; la he domado y le he enseñado algo mejor. Estoy seguro de que puedes conseguir una buena suma por ella; tú lo sabrías mejor que yo.
―Tengo que admitir que hay algo en tu historia. Puedo ser una tonta, pero voy a ir a por ello. ¿Recuerdas que tengo una serie de casas de huéspedes en Londres? No muy lejos del Palacio de Kensington, por razones obvias.
―Por supuesto. ¿Entonces la llevaré allí?
―Creo que es lo mejor. Iré primero, y me reuniré contigo. Probablemente no debería alojarse en mi casa principal en Edward Street, pero tengo otras propiedades disponibles. ¿Cuándo querías partir con ella?
―Casi de inmediato. Tengo deudas muy apremiantes. La verdad es que, para serte totalmente sincero, Penélope, he hecho que la ciudad esté demasiado caliente para retenerme.
―No tengo motivos para dudarlo. ¿Por qué cambiarías tus preferencias? Bueno, debes dejar Brighton. Llévate a la chica, si quieres. ¿Tienes dinero para un carruaje? ¿No? Pensé que no. Te daré algo de dinero para gastos. Encontrémonos en Green Street la semana próxima, y una vez que nos hayamos instalado, tomaré a la muchacha y la traeré aquí.
―Sabía que podía contar contigo, Penélope.
―Bueno, me debes algo, sabes, Wickham. Por cierto, ¿cómo se llama la chica?
―Lydia.
―Muy bien. Ahora asegúrate, Wickham, de que esto salga mejor que la última vez.
―Por supuesto. ¿Qué podría salir mal?