Las historias jamás contadas, p. 57

Las impresiones de Anne de Bourgh

Por Diane Birchall

Traducido por Cistina Huelsz

Enero 26, 1812

―Mi querida Anne ―le dijo Lady Catherine de Bourgh a su hija―, espero que hoy salgas a dar una vuelta. Necesitas un poco de aire.

―Hace tanto frío ―replicó Ana con inquietud―, que no veo cómo puede esperarse que un paseo constitucional le siente bien a nadie en el mes de enero.

―Ya sabes lo que dijo el doctor Shaw ―Lady Catherine dejó deliberadamente su taza de té. ―Tu salud requiere una gran cantidad de aire fresco, y hoy está soleado.

―Un sol pálido, y no creo que vaya a durar. Hay varias nubes negras. Y es tan deprimente estar sentada sola en el faetón tirado por un pony.

―Lleva contigo a la señora Jenkinson ―le instó Lady Catherine―, te aseguro que yo misma iría contigo, pero tengo una inmensa cantidad de correspondencia. Hay asuntos importantes que ocurren en la nación, y yo, como magistrada, debo informarle al Primer Ministro de mis puntos de vista. Y luego debo visitar a algunos enfermos. Hay un jornalero en el pueblo que se niega a trabajar, y estoy segura de que sólo está fingiendo.

―Podría acompañarte ―dijo Ana, animándose un poco.

―No; si está enfermo, no podemos correr el riesgo. No eres fuerte, Anne, y podrías resfriarte en esas casas tan frías. Además, me gustaría que hicieras una visita por la casa parroquial.

―¿La casa parroquial? ―Ana frunció el ceño. ―Oh, mamá, ¿no hemos prestado suficiente atención -y más- a esa odiosa gente?

―¡Querida mía! El señor Collins es nuestro clérigo, y un joven muy bueno, creo yo. Ciertamente se ha mostrado debidamente reverente conmigo, como es debido, y me trata como debería, considerando que soy su patrona, su señora y su superior en todos los sentidos. Además, es con la señora Collins con quien deseo que hables.

―¿Yo? ―Ana retrocedió horrorizada. ―¿Qué he hecho yo para que tengas que obligarme a esto?

―¡Pero Anne! Ella es una criatura bastante inofensiva. ¿Cuál es tu objeción? ―Lady Catherine sirvió un poco más de té y le insistió.

―No, no tomaré más té, mamá. Estoy demasiado disgustada. Todo el problema con esa tal señora Collins es que es ordinaria. Y tú lo sabes.

Las marcadas cejas negras de Lady Catherine se fruncieron. ―No puedo decir que no tengas razón, pero yo misma le insistí al señor Collins que no se casara con alguien de alta cuna o con pretensiones. Me parece que la señora Collins es una buena ama de casa.

―Ella no es una dama. Y su esposo es un payaso.

Pocas veces, muy pocas veces, Lady Catherine había estado tan perdida para responder. Después de pensarlo un momento, dijo: ―Así que por eso nunca les hablas en la cena y estás tan callada. Ya lo había observado.

―Tienes razón. Y si puedo atreverme a decirlo, mamá, opino que los has estado invitando a Rosings con demasiada frecuencia. Sé exactamente qué clase de gente prepotente y presumida son, y si les das una pulgada, ¡tomarán otra! Han estado aquí siete veces a lo largo de su mes de vida matrimonial, y pronto empezarán a creer que las visitas dos veces por semana a Rosings son algo que les corresponde por derecho. Eres demasiado blanda de corazón y susceptible con los inferiores, mamá.

―Siempre he sido célebre por mi bondad de corazón, es cierto ―aceptó Lady Catherine complacida―, pero si me permites contradecirte, querida, creo que ellos son bastante inofensivos y agradables. Y ya sabes la escasa compañía que podemos tener aquí en estas oscuras noches de invierno. Es bueno que un clérigo manso y su esposa puedan ser llamados en cualquier momento para un juego de cartas o una cuadrilla.

―¡Ja! Preferiría sentarme con un libro que escuchar los parloteos del señor Collins o los halagos de su esposa.

―Así que es por eso que tampoco abres los labios de un extremo a otro en una partida de cartas ―musitó su madre. ―Ya veo.

―Exactamente. Y permíteme recordarte, mamá, que no necesitamos ser tan desesperadamente cobardes para la sociedad, como eso. Cuando me case con Darcy, la sociedad de Pemberley será otra cosa. Y tú pasarás todos los inviernos con nosotros, estoy decidida a que así sea.

―Ah, Anne, tu dulzura es de fábula. Sé que Darcy nunca podrá resistirse a ella cuando te vea. Ya debe estar listo para sentar cabeza, y espero que en otra temporada seas la feliz dueña de Pemberley, como tu querida tía y yo siempre lo planeamos. Seguramente este será el año.

―Por supuesto que lo será ―murmuró Anne, que siempre había visto este destino ante ella, y en su orgullo y autosatisfacción, nunca se le había ocurrido dudarlo. ―Sabes, cuando sea la señora Darcy, nunca tendré que conversar con mujeres tan vulgares como esa señora Collins. ¿La viste en la cena de la otra noche? Su vestido era tan monótono y sencillo, y ni siquiera podía tomar su sopa con delicadeza. Eso demuestra que está muy mal educada.

―Su padre, Sir William Lucas, es un caballero ―señaló Lady Catherine con duda. ―Un nombramiento reciente, es cierto, pero dicen que fue presentado en la corte.

―Bueno, eso no hizo nada por los modales de su hija ―dijo Anne agriamente. ―Sabes que no fue más que una niñera para esa espantosa prole de hermanos y hermanas de la que habla, y no tiene ninguna elegancia, ningún refinamiento, ningún aire en absoluto. ¿Y es esa la clase de persona con la que quieres que me relacione, tan poco tiempo antes de ser elevada como esposa de Darcy y reina de Pemberley?

―Sólo quería que le dieras el recibo del caldo de carne que la vieja Nanny escribió para mí ―dijo Lady Catherine, en un tono de inusitada mansedumbre. ―La señora Collins cree que la voz de su esposo está tensa, debido a los rigores de su último sermón, y a un resfriado en su garganta. Sería un detalle, querida.

―Oh, muy bien ―dijo Ana con enfado. ―Llamaré al faetón―. Tiró irritada de la cuerda de la campana, y la señora Jenkinson entró apresuradamente en la habitación.

―Lo siento, querida Ana ―dijo sin aliento―, pero estaba hablando con Nanny sobre el recibo que quería su madre, a petición suya. ¿Va usted ahora a la casa del párroco?

―Eso parece ―contestó Ana sin gracia. ―Debo ser un ángel ministerial para los humildes. Bonito privilegio, según mi palabra, ¿no es así?

―¿Puedo ir a hacerle compañía? ―preguntó humildemente la señora Jenkinson. ―Podría llevar su chal de cashmere, para que no se resfríe cuando baje del carruaje.

―No; seguro que no. Si estoy sola, diré que no es una visita regular, y entonces no tendré que salir del carruaje. Ellos pueden acercarse a la entrada. No les daré ni un cuarto de hora―. Y salió de la habitación, con su pequeña y delgada figura erguida, para ponerse su traje de paseo.

Lady Catherine y la señora Jenkinson, que se quedaron solas, se miraron a los ojos.

―Es cierto que los Collins son comunes, muy comunes ―comentó Lady Catherine―, pero me gustaría que Anne intentara ser un poco más agradable. Ella piensa que en Pemberley no tendrá a nadie con quien relacionarse, salvo los de alta cuna, pero administrar una gran casa como esa, impone muchas exigencias.

―Oh, pero ella nació para esa tarea ―dijo la señora Jenkinson, entornando los ojos y mirando al cielo con seriedad. ―¿No fue el señor Collins quien dijo que ella sería un ornamento para el rango de duquesa? Nunca habló con más verdad.

―Ciertamente ―dijo Lady Catherine, complacida. ―Su gracia y condescendencia son como no se ven a menudo. Oh, sé que Darcy quedará prendado de ella cuando venga. Este debe ser y será el año.

2 comentarios sobre “Las historias jamás contadas, p. 57

  1. Hola, ya no supe que paso o si va a seguir la historia hasta abril (<3). Me preguntaba si sigues con este proyecto, me llegan las actualizaciones a mi correo y lo leo desde ahí.

    Te agradezco tu dedicación.
    Saludos

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