Las historias jamás contadas, p. 45

El primer visitante para el Año Nuevo

Por Maria Grace

Traducido por Cristina Huelsz

Diciembre 31, 1811

Nota: la costumbre era que dependiendo de quién fuera el primero en entrar a la casa para el año nuevo, traería suerte a la casa, así que esa persona era muy bien venida.

Cuando el señor Bingley y su grupo abandonaron Netherfield, una nube gris se posó sobre el vecindario, haciendo que la sociedad se volviera aburrida y monótona. Ahora que Jane se había ido a Londres con los Gardiner, el mismo ambiente sombrío parecía impregnar los pasillos de Longbourn.

Aunque mamá seguía organizando fiestas y cenas, la chispa se había apagado. Incluso las organizadas por los Goulding y (se atrevería a decir) los Lucas, despertaban poco interés. Hablar de la boda de Charlotte, que si hubiera sido una buena amiga de verdad debería haberle resultado agradable, la dejaba fría e incómoda. Tanto que se encontró a sí misma como una alhelí, una posición que nunca había ocupado antes. Al menos ahora entendía mejor a Mary. Así era.

Sin embargo, los preparativos de papá para el Año Nuevo le proporcionaron una distracción bienvenida.

―Deprisa, deprisa―. Papá apremiaba a Kitty y Lydia delante de él mientras bajaba las escaleras y entraba en el salón, exactamente igual que el año pasado y el anterior y el anterior a ese. El reloj anunciaba que faltaba un cuarto de hora para el nuevo año y él no se atrevía a llegar tarde.

Elizabeth se apartó y se mordió el interior de la mejilla. Mamá la regañaría si se reía en voz alta. Las jóvenes educadas no se ríen en compañía.

Aun así, Jane habría compartido una risa privada con ella cuando por fin se metieran en la cama si no se hubiera marchado ya con los Gardiner a Londres. Sólo llevaba un día fuera y ya la echaban mucho de menos.

―¿Has mandado a la criada a retirar todas las cenizas? ―Papá tiró de las sillas hacia el centro de la habitación, formando un tosco círculo.

Mamá se levantó las faldas y se sentó. ―Sí, sí, y Hill también ha tirado todos los restos de la cocina. Me atrevo a decir que tus pointers serán perros muy felices esta noche.

―Excelente, excelente―. Papá empujó una última silla en su lugar.

Todos los años él hacía las mismas preguntas. Había algo bastante reconfortante en su predictibilidad.

―De verdad, señor Bennet, no entiendo por qué insiste en esta…

―No diga tonterías, señora Bennet ―levantó un dedo de advertencia mientras se le arrugaba la frente.

Ella arregló los flecos de su chal. ―No son más que supersticiones y tonterías.

―Soporto tu interminable charla sobre encajes y fruslerías. Una noche al año, no es mucho pedirte…

Mamá arremetió. ―Cuando lo pones en esos términos…

―Es casi medianoche ―gritó Kitty, aplaudiendo suavemente.

Todos se volvieron hacia el venerable reloj de caja larga del rincón, cuyas manecillas casi se superponían bajo las «12».

Papá se levantó y corrió hacia la puerta principal. El reloj dio la primera campanada de medianoche y él abrió la puerta. ―Bienvenidos a mil ochocientos doce. Ahora a despedir al mil ochocientos once―. Caminó por el pasillo hasta la puerta trasera. Crujió en señal de protesta y golpeó contra la pared como hacía siempre que se abría del todo.

Una fuerte brisa silbó a través de la puerta principal. Elizabeth se frotó las manos por los brazos. De alguna manera, siempre parecía hacer viento en Nochevieja.

―Dese prisa, señor Bennet, o moriremos―. Mamá se ciñó el chal alrededor de los hombros.

Papá le hizo una seña con la mano mientras pasaba por el salón.

―Hola… ¿hay alguien que quiera entrar aquí?

Elizabeth se levantó, pero Lydia y Kitty la precedieron hasta la puerta principal.

―¡Señor Wickham! ―chilló Lydia y apartó a Kitty de su camino.

¿Cómo era que él conocía la costumbre de papá? ¡Seguramente Lydia debió habérselo sugerido! ¿Acaso ella no conocía el decoro?

―Pase, pase―. Papá hizo pasar al señor Wickham y cerró la puerta. Papá no parecía sorprendido, ¿había sido él quien organizó la visita del señor Wickham?

―Un hombre alto, moreno y apuesto es el mejor primer visitante―. Lydia se aferró al brazo derecho del señor Wickham, ignorando la bolsa colgada de su hombro.

―Pero sólo si el agua corre bajo sus pies―. Kitty se agarró al izquierdo.

Medio lo escoltaron, medio lo arrastraron hasta el salon.

Él echó un vistazo a Elizabeth, quien permanecía varios pasos detrás de ellos. Era difícil determinar si simplemente toleraba las atenciones de sus hermanas con buen humor o si realmente las disfrutaba. En cualquier caso, era una compañía alegre.

―Siéntese, señor Wickham, y déjenos ver sus pies―. Lydia le acercó una silla.

―Los encontrará muy aceptables, señorita Lydia ―tartamudeó Wickham, mirando a papá como buscando ser rescatado.

Kitty tiró de su brazo, y él tropezó hacia el asiento.

―Creo que podemos tomarle la palabra a uno de los oficiales de Su Majestad en cuanto a la forma de sus pies―. Papá se cruzó de brazos.

―Además, creo que es igualmente importante que no llegue con las manos vacías―. Elizabeth ladeó la cabeza y frunció el ceño.

Mamá la fulminó con la mirada y Mary puso los ojos en blanco. Pero Mary tenía una excusa. Había esperado las atenciones del señor Collins cuando Elizabeth lo había rechazado. Desde que él dirigió sus atenciones a Charlotte, Mary se había mostrado taciturna y melancólica.

Mamá se inclinó hacia ella. ―No seas tan grosera. El señor Wickham es bienvenido a pesar de…

―No, Lizzy tiene razón. Es un mal presagio que el primer visitante llegue con las manos vacías―. Papá señaló con el dedo al señor Wickham.

―¡No teman, mis gentiles anfitriones! He venido bien preparado para la velada―. Metió la mano en la bolsa de mercado que llevaba colgada del hombro. ―A ver, aquí hay una moneda―. Le entregó el penique a mamá con una reverencia.

Ella soltó una risita al tomarlo .

―Y un poco de whisky―. Le pasó una pequeña petaca de metal a papá. ―Dulces para dos dulces jovencitas―. Le dio a Lydia un trozo de galleta y a Kitty un pequeño bollo negro.

Seguramente había visitado al panadero favorito de papá en el pueblo. Ese era el único lugar donde se podía adquirir un bollo negro en Meryton.

Elizabeth se pasó los nudillos por los labios. Tanta diligencia sólo podía significar que aquello estaba arreglado de antemano, con la ayuda de papá.

―Y señorita Mary ―le entregó un pequeño paquete de papel―, para usted, sal, repleto del simbolismo que usted mejor sabe apreciar.

Ella lo tomó, un poco de luz volviendo a sus ojos.

Wickham se dirigió a Elizabeth. ―Me temo que lo único que me queda para usted es esto―. Levantó un trozo de carbón.

―Llévalo por la casa y demuéstrale el excelente trabajo del personal de tu madre. Luego podemos brindarle una cálida bienvenida poniendo el carbón en el fuego―. Papá señaló el pasillo.

―El señor Wickham no necesita ver que la casa está limpia―. Mamá resopló.

―Y estoy segura de que preferiría un brindis antes que poner carbón en el fuego―. Lydia adoptó un mohín bien practicado.

―En el momento oportuno, mi niña―. Papá movió la cabeza hacia la puerta. ―Hay un orden para estas cosas que no se debe abandonar.

―Ciertamente―. El señor Wickham le ofreció su brazo. Elizabeth deslizó su mano por el pliegue de su codo. Se dirigieron a la cocina.

¿Qué era lo que le había motivado a elegirla para que lo acompañara? ―Es muy amable al ser tan atento con las tradiciones de mi padre.

―Es un placer ofrecer servicio en lo que pueda―. Se inclinó de hombros. ―Un hombre en mi situación tiene tan pocas alegrías verdaderas en la vida. Debo complacerme en las que están a mi alcance siempre que sea posible.

―Seguramente usted exagera, señor.

―Tal vez lo haga, pero ¿puede culparme por no desperdiciar la oportunidad de visitar a una familia con tantas bellas hermanas? ―Le guiñó un ojo.

Pero ¿acaso no había una a la que deseaba visitar más que a las otras? ―Esa es una razón que puedo creer con mayor facilidad.

―Nadie puede dudar de su capacidad de percepción―. Él hizo una pausa y la miró fijamente a los ojos.

¡Oh! Su mirada llegó hasta ella y tocó las cuerdas de su corazón. Sin duda, no podía querer decir…

―¿Ha encontrado la casa de acuerdo a sus exigentes estándares? ―preguntó papá de repente detrás de ellos.

―Más limpia de lo que incluso mi abuela podría desear.

¿Cómo era posible que el señor Wickham pareciera capaz de responder a cualquier comentario inesperado con tanto aplomo? Su ingenio era incluso más rápido que el de ella, y había pocos de quienes ella pudiera decir tal cosa.

―Pues bien, he servido un brindis en el salón―. Papá apretó la opaca petaca de acero en la mano de Wickham. ―Su obsequio es muy apreciado, pero mis damas no están acostumbradas a los rigores del whisky. Usted y yo podemos darnos ese gusto, pero el vino será mucho mejor para la sensibilidad de las damas.

Wickham guardó la petaca en su abrigo. ―Por supuesto, tiene usted razón, y es muy amable por su parte hacerlo así.

Siguieron a papá de vuelta al salón. En el camino, Wickham colocó su mano sobre la de ella en su brazo y la apretó. Aunque él no la miró, la comisura de sus labios se levantó un poco.

¿Por qué le dedicaba tales atenciones? ¿Qué querían decir con eso?

Apenas entraron en el salón, papá le colocó una copa en la mano a Elizabeth. ―Añade el carbón al fuego y brindaremos.

―Deprisa, Lizzy, ¿siempre tienes que tardar tanto en todo? ―Lydia la apartó del camino y enlazó su brazo con el de Wickham.

Elizabeth arrojó el carbón al fuego. ―Y así tendremos calor el año que viene.

―Por Longbourn y todos los que lo habitan―. Wickham levantó su copa. ―Que las bienvenidas continúen siendo cálidas, la mesa llena y colmada de sabor y prosperidad.

Todos le dieron un sorbo a sus copas.

―¿Me permite el privilegio, señor? ―Wickham colocó su copa sobre la chimenea.

―Está en su derecho―. Papá señaló a mamá.

Ella le ofreció su mano. Wickham la aceptó y se la llevó a los labios mientras ella se reía.

Lydia se acercó, pero él se volvió hacia Mary y le tendió la mano.

Las mejillas de ella se sonrojaron y murmuró sonidos que parecían protestas, pero extendió la mano hacia él. Él la besó con la misma ceremonia con que había besado la de mamá, y ella se sonrojó.

Lydia y Kitty se apresuraron a acercarse a él y le mostraron sus mejillas.

Wickham esbozó una sonrisa con sus ojos brillantes y depositó un beso en cada una de sus mejillas. Suspiraron al unísono y se llevaron una mano a la mejilla.

Que niñas tan tontas. Tal vez, papá no había exagerado cuando las llamó las niñas más tontas de toda Inglaterra.

Elizabeth luchó por no poner la mirada al cielo. Se dio la vuelta y chocó contra el hombro del señor Wickham.

―¿Me negaría mi beso? ―le susurró él, estando mucho más cerca de lo que debería.

―Por supuesto que no―. Ella levantó la mano, pero él se inclinó muy cerca.

Qué cálidos eran sus labios en la mejilla ardiente de ella. Era muy agradable ser besada por un hombre tan apuesto. Aún más agradable fue la mirada de él en su rostro mientras se retiraba lentamente.

―¿Se quedará un poco más, señor, o prefiere llevarse con usted los problemas y penas del año pasado? ―Papá señaló hacia la parte trasera de la casa.

¿Realmente podría la partida del señor Wickham llevarse consigo el aguijón del señor Collins y del señor Bingley?

―No me quedaría demasiado tiempo. Abran paso, señor. Damas―. En una reverencia, el señor Wickham tomó a Lydia de un brazo y a Kitty del otro mientras seguía a papá hacia la salida.

Ni siquiera echó una mirada atrás hacia ella. Con qué facilidad pasaba de un coqueteo al siguiente. Como si nunca la hubiera tenido del brazo.

¡Oh, cielos misericordiosos!

Se le hizo un nudo en el estómago cuando se cerró la puerta de atrás. ¿Cómo no se había dado cuenta?

Ella se sentó en una silla. Sin duda, él se marcharía en busca de otra casa que necesitara un primer visitante. Preferiblemente una con jóvenes bonitas a las que besar. Había sido presuntuoso pensar que él podría tener una predilección por ella. Pero fue un pensamiento agradable mientras duró.

¿Cómo sería ser el objeto de atención de un hombre joven y deseable? Seguramente sería muy agradable. Pero ¿podría llegar a saberlo por sí misma?

2 comentarios sobre “Las historias jamás contadas, p. 45

  1. Hola nena feliz año nuevo, un mega favor, podrias psarme link para comprar «ckmo quedar atrapado debajo del muerdago» y la nueva «spelbourog» por favor, no los encuentro en amazon

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