Las historias jamás contadas, p. 44

La Navidad de Lady Catherine

Por Diana Birchall

Traducido por Cristina Huelsz

Diciembre 25, 1811

La Navidad de Lady Catherine se ve perturbada por sus preocupaciones acerca de las intenciones matrimoniales del señor Darcy…

La Navidad exige lo máximo de cualquier día sagrado para un clérigo, pero uno puede sentirse especialmente apenado por el señor Collins, cuyo primer sermón de Navidad debe predicar ante su formidable patrona, Lady Catherine de Bourgh. A pesar de todo, las cosas salieron bien, y se sintió gratificado al ser invitado, tras sus esfuerzos, para asistir a su cena de Navidad en Rosings. Para él ésta era la corona de sus ambiciones, y tomó asiento en el extremo inferior de la mesa, y siguió las minuciosas instrucciones de Lady Catherine para trinchar el asado de ternera, con tal presteza y cumplimiento que su señoría realmente le sonrió.

―Debo decir, señor Collins, que usted trincha mejor que nuestro anterior clérigo, el señor Horner. Nunca pude persuadirlo de que siguiera mis instrucciones correctamente. Siempre trinchaba la carne en sentido contrario, y el resultado, como debe ser, eran cuerdas. ¡Cuerdas, señor Collins! ―le dijo Su Señoría.

―¡Cuerdas! Muy tristes, le aseguro ―contestó él, mirando con complacencia los platos que él llenaba rápidamente con hermosas y gruesas rebanadas rosadas.

―Sí; y nunca quiso escuchar mis instrucciones sobre sus sermones. Eran bastante indecentes. Una vez predicó un sermón sobre cómo el pecado de la soberbia lo mantendría a uno fuera del Cielo, y me miró muy significativamente durante todo el sermón. ¡Un hombre insoportable!

―Y yo creo ―añadió la señora Jenkinson, la dama de compañía de la señorita de Bourgh―, que tenía propósitos matrimoniales, por encima de su posición―. La señora Jenkinson asintió con la cabeza y guiñó vigorosamente un ojo, de modo que el encaje de su tocado navideño, especialmente confeccionado para la ocasión, se balanceó mientras miraba a la señorita de Bourgh, quien se sonrojó e hizo una mueca.

―De eso no se debe hablar nunca, señorita Jenkinson ―dijo Lady Catherine severamente. ―Jamás. Las especulaciones de ese hombre no son de nuestra incumbencia.

―¡Qué espantoso, qué espantoso! ―dijo el señor Collins, mientras empezaba a comer su ternera y sus nabos con buena voluntad. ―Un clérigo, de entre toda la gente, debería saber el significado del himno, El rico en su castillo, el pobre en su puerta, Dios los hizo altos y humildes, y ordenó su posición.

―Ese podría ser el tema de su próximo sermón ―se aventuró a decir la señorita de Bourgh con aire muy atrevido.

―Ciertamente que podría ― asintió Lady Catherine―, esos bellos sentimientos no pueden ser demasiado promulgados.

―Espero ―afirmó el señor Collins―, conocer mi lugar. Un clérigo como yo debería estar seguro de conocerlo. Un hombre del clero, educado en Oxford como yo, es por supuesto un caballero, igual en algunos aspectos a cualquiera en el país; sin embargo, en su vocación, siempre debe mostrar una humildad apropiada. Eso es exactamente lo que hice cuando reflexioné sobre la importante cuestión de elegir una compañera para mi vida futura.

―Y parece que lo ha hecho muy bien ―dijo Lady Catherine con aprobación. ―La señora Collins, que así sea, no tiene pensamientos ni pretensiones por encima de su posición, según tengo entendido, sino que es una modesta mujer de campo, que sabe arreglárselas como puede.

―En efecto, así es; mi Charlotte es un modelo de prudencia y economía. Le garantizo, Lady Catherine, que no encontrará nada en ella que desaprobar.

―Estoy segura de ello. Sé, de hecho, que usted ha elegido donde debía y como debía. Será bueno tener un clérigo sabiamente casado, y no sujeto a ideas absurdas.

―Oh, espero no tener nunca ninguna idea en absoluto, Lady Catherine ―le aseguró seriamente. ―Eso sería de lo más inapropiado, de lo más inadecuado. Pensar en su hija, ¡que podría casarse con cualquiera!

Lady Catherine bebió reflexivamente una copa de vino francés y la hizo girar en su cristal. ―Sí, ésa es la cuestión. Ahora que usted mismo va a casarse tan pronto, señor Collins, y como después de todo es un hombre de la iglesia, creo que puedo confiar en usted.

―¿Confiar en mí? ―casi tartamudeó, y bajó su cuchillo para no dejarlo caer por la emoción. ―Sería el mayor honor de mi vida, y puede estar muy tranquila de que puede contar conmigo, en mi sagrado oficio, para mantener cualquier cosa que diga, perfectamente confidencial.

―Estoy segura de que lo hará ―asintió ella, y mirándolo fijamente con sus penetrantes ojos oscuros, prosiguió. ―Usted es un joven extraordinariamente inteligente, señor Collins, con una percepción más que ordinaria, y supongo que se le habrá ocurrido preguntarse sobre el matrimonio de mi hija, ¿no es así?

―No me corresponde, madam ―comenzó él, pero ella continuó.

―Lo que quizás usted no sepa es que mi difunta hermana, Lady Anne Darcy, y yo, decidimos que fuese la esposa de su hijo y sobrino mío, el señor Darcy. Creo que ha conocido a este caballero, ¿no es así?

―Por supuesto que sí. Le comenté a usted que él se encontraba en Netherfield, la casa de unos vecinos de mis primos de Longbourn. Ellos -me refiero a los Bingley- tal vez tenían la esperanza de que él se prendara de la hermana del señor Bingley, pero nunca vi señal alguna de ello.

―Naturalmente que no. Tanto su mano como su corazón están destinados a ser propiedad de mi hija.

―¡Oh! ―El señor Collins juntó sus manos con una palmada de éxtasis. ―Ese será un matrimonio como nunca se ha visto antes entre Kent y Derbyshire. ¡Qué gran alianza de familia y fortuna, por no hablar de las abundantes cualidades personales de caballero y dama!

―Serán una pareja de lo más atractiva ―añadió la señora Jenkinson, inclinando la cabeza con afectación.

―¿Cuándo será la boda? ―preguntó el señor Collins. ―Usted sabe que estoy comprometido a traer a mi Charlotte a Kent sólo unos pocos días después de estas festividades navideñas. Espero que estemos en nuestro pequeño nido en Hunsford antes de mediados de enero. Como tendré que viajar para traerla a su nuevo hogar, probablemente no debería ofrecerme para la ceremonia antes del día quince, o tal vez del veinte, de ese mes. Pero no hace falta que le diga lo honrado y complacido que me sentiría de celebrar estas distinguidas nupcias. A menos ―lo distrajo un pensamiento―, que usted quiera que ella se case en Derbyshire.

―No, no, señor Collins, usted se confunde―. Las oscuras cejas de Lady Catherine se fruncieron y puso una expresión terrible, de modo que el señor Collins se estremeció.

―¿He dicho yo algo…? ―dijo con remordimiento, temblando un poco.

―Por supuesto que no. Es sólo que no me he explicado bien. Aún no hay ningún compromiso.

―¿No hay compromiso? Pero yo creía que la boda estaba planeada, entre usted y la señora Anne Darcy.

―Así fue, y Anne es dócil y obediente en este asunto, tal como debe ser. La dificultad es el propio caballero. Es mayor de edad, y sin embargo nunca se ha presentado para cumplir la promesa hecha por su madre.

―Eso es malo, muy malo ―comentó el señor Collins. ―¿Cuál supone usted que es la razón de esta vacilación?

―Me temo ―respondió sombríamente Lady Catherine―, que mi sobrino tiene una chispa de voluntad propia. Es difícil para nosotros concebirlo, pero puede que considere que una promesa hecha por su madre, y no por él mismo, no es necesario cumplirla.

―¡Oh, seguramente eso nunca podría ser! ―El señor Collins retrocedió horrorizado. ―Difícilmente sería posible. Por todo cuanto he oído y visto con mis propios ojos, el señor Darcy es sinónimo de pensamiento y comportamiento correctos, es un excelente caballero. También he conversado bastante con él. Usted sabe que me considero un juez de comportamiento caballeroso, como corresponde a mi posición.

―¿Ha conversado con él? Entonces es posible que haya visto algo de su orgullo y voluntad propia.

―Fue muy cortés y condescendiente conmigo, se lo aseguro, Lady Catherine. Mi prima Elizabeth… ―Pronunció su nombre con un poco de vergüenza que su patrona no pasó por alto―, quiso impedirme que hablara con él; pero le dije que yo sabía más que una joven como ella, y tenía razón.»

―La señorita Elizabeth ―dijo Lady Catherine con suspicacia. ―¿Es una de las hijas de su primo?

―Sí, así es. La segunda ―contestó él brevemente.

―¿Es una joven bonita?

―Algunos dirían que sí. Confieso que prefiero el aspecto de mi querida Charlotte.

―Como es debido. Pero esta señorita Elizabeth… ¿conoce al señor Darcy?

―En efecto. Bailaron juntos en Netherfield, y fue el tema de conversación del vecindario.

Lady Catherine guardó silencio por un momento. ―¡Entonces! ―exclamó, en un tono de extrema cólera. ―¡Ahí es donde reside el problema! ―Reflexionó un poco más. ―Aguarde, esa carta que me escribió anunciando su compromiso con una de las hijas de su primo. ¿Se trata de esta joven?

El señor Collins se puso rojo por la confusión. ―Sí, no, fue todo un error. Nunca pensé seriamente en nadie más que en mi Charlotte ―tartamudeó.

―Entonces, esta joven es una descarada y una arpía, y está causando problemas―. Lady Catherine asintió enfáticamente para sí misma. ―Sabía que algo andaba mal en alguna parte. Así es. Pensé que las cosas estaban mal cuando no fuimos invitados a Pemberley esta Navidad.

Tamborileó con sus gruesos dedos sobre la mesa de caoba cubierta de encaje. Todos guardaron silencio mientras ella reflexionaba. ―Ya se lo que debo hacer ―dijo al fin.

―¿Qu-qué? ―preguntó el señor Collins, asombrado.

―Iré a Pemberley ahora mismo. Sí, y me llevaré a Anne, y usted puede acompañarnos, señora Jenkinson. Haga que las criadas preparen el equipaje, y dígale a Harris que le avise al cochero que se prepare para un largo viaje con los mejores caballos. Si partimos mañana inmediatamente después del desayuno, sólo pasaremos una noche en el camino, y estaremos en Pemberley a esta hora la noche siguiente.

―¿Qué hará allí, madam, si puedo preguntar? ¿Debo permanecer aquí? ―preguntó nervioso el señor Collins.

―Por supuesto que usted deberá permanecer aquí ―dijo ella con impaciencia. ―Usted no va a ir a Hertfordshire todavía, y regresaremos mucho antes de que sea la hora de su propio viaje de bodas. No, voy a ver al señor Darcy ―se puso de pie y golpeó fuertemente el reluciente suelo con su bastón de caoba-― y le voy a recordar cuál es su deber.

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