
Darcy en el Boxing day
Por Maria Grace
Traducido por Cristina Huelsz
Diciembre 26, 1811
Nota: El día de San Esteban, ahora llamado Boxing Day, se acostumbraba a regalar «cajas de Navidad» a la caridad y a los sirvientes. La ropa vieja y los objetos sobrantes se guardaban en cajas y se entregaban a los sirvientes y comerciantes que acudían ese día. El Boxing Day era también un día tradicional para la caza del zorro. Los teatros también estrenaban sus pantomimas navideñas. (Fuente: https://randombitsoffascination.com/2015/12/04/regency-christmas-traditions-traditional-celebration-days/)
Darcy luchó contra sus lujosas sabanas, mantas y edredones mientras daba vueltas y vueltas en la alta cama de cuatro postes de su habitación en la Residencia Darcy. Su casa de Londres era tan cómoda como la de Pemberley, y no había ninguna buena razón para su inquietud.
Sin embargo, la ausencia de una buena razon no significaba que no existiera ninguna.
Dormir no era fácil. Rara vez lo lograba después de una reunión social tan grande. Eso no era precisamente inusual. Pero rara vez tenía que recurrir a una segunda copa de brandy para conciliar el sueño. Pero las necesidades lo obligaban y se dirigió de la cama a la licorera del tocador para servirse una generosa segunda copa.
A la mañana siguiente, había dormido mucho más de lo habitual. Cuando ya estaba vestido y en su estudio, el ama de llaves estaba recibiendo a los comerciantes y repartiendo los paquetes para el Boxing Day.
La criada trajo la bandeja del desayuno, que incluía el periódico. Darcy se sirvió una taza de café y se acomodó en su sillón favorito con el periódico. Lo hojeó en busca de algo de interés.
Los anuncios del teatro informaban del estreno de una nueva pantomima, Arlequin y Cenicienta. A mamá le habría gustado. Probablemente habría insistido en que papá comprara las entradas para el día siguiente al Boxing Day.
―Pero ¿por qué no vamos el Boxing Day? ―preguntó el joven Darcy.
―Es sólo para ayudarte a desarrollar la paciencia, Fitzwilliam―. Ella le besó la parte superior de la cabeza y enderezó el cuello alborotado de su esquelético traje.
―No me agrada la paciencia, mamá.
―Está bien, querido, a ninguno de nosotros nos agrada. Pero es una virtud importante. En cualquier caso, tenemos cosas más importantes que hacer el Boxing Day y no tendremos tiempo para el teatro hasta después.
―¿Qué debemos hacer?
―Bueno, por la mañana, los comerciantes vendrán por sus cajas. Luego, por la tarde, hemos invitado a los inquilinos a la mansión para tomar un refrigerio y jugar con los niños. Entonces también tendrán sus cajas. Luego hay que visitar las casas de caridad de la parroquia y entregar esas cajas.
―¿Por qué nosotros tenemos que llevar todas las cajas? ¿Acaso nadie nos trae una caja? No me parece muy justo.
―La vida no siempre es justa, hijo. Tenemos el privilegio de poder dar en esta época en lugar de recibir. Es lo justo, porque ya hemos recibido mucho.
Darcy no había comprendido entonces a su madre, pero ella había tenido razón. Rara vez Darcy había deseado algo de verdad.
Le dio un sorbo a su café y se relamió los labios. Tal vez era eso lo que le resultaba tan irritante del dilema de la señorita Elizabeth Bennet.
Pero no tenía sentido darle más vueltas. No cambiaría nada y sólo empeoraría su humor. Se levantó de golpe.
Su madre le habría dicho que fuera a saludar a algunos de los comerciantes que venían de visita. La compañía le atraía poco, pero al menos se ceñiría a un guión que entendía. Eso era mucho menos desagradable que la variedad habitual de vida social.
Se dirigió a la cocina, donde el ama de llaves charlaba con dos comerciantes que disfrutaban de una pequeña cerveza y un plato de pan, embutidos y queso.
―Señor Darcy―. Ella hizo una reverencia y los dos hombres se levantaron y se inclinaron.
―Muchas gracias por la caja, señor ―el mayor de los dos hombres volvió a inclinar la cabeza. ―Mi esposa no se encuentra muy bien. Las raciones y el chal le levantarán el ánimo.
―Así es, señor ―el otro hombre se llevó las manos a la espalda y se balanceó sobre los talones. ―Muchas gracias. La Residencia Darcy es conocida por su generosidad. Será un privilegio poder decir que el queso de su mesa procede de mi establecimiento».
Sin duda, esa misma información también mejoraba sus ventas. Aun así, tampoco había nada de malo en ello. El buen trabajo y la buena mercancia merecían su recompensa.
Darcy se obligó a entablar la charla apropiada y a permanecer en la cocina una hora entera, mientras otros comerciantes entraban y salían. Cuando se fuera a Derbyshire, debía dejarle al ama de llaves unas libras de más. Ella también debía ser recompensada. Reunir todas aquellas cajas según las necesidades de las familias no era tarea fácil.
Su madre se había esmerado tanto en la tarea, era un privilegio de la dueña de la propiedad hacerlo, había declarado ella.
Darcy se preguntaba si la señorita Elizabeth disfrutaba de la tarea en Longbourn…
No, no, no, ése no era un pensamiento que le ayudara en absoluto. Se presionó la sien y sacudió la cabeza mientras salía de la cocina y caminaba hacia el estudio. La criada lo interceptó para informarle de que Bingley había llegado y lo estaba esperando en el salón.
―Buen día, Bingley―. Darcy lo invitó a sentarse en uno de los grandes sillones de cuero que estaban cerca de la chimenea.
―Tienes mucho mejor aspecto que cuando te fuiste anoche. Me siento muy aliviado―. Bingley se acomodó y cruzó una pierna sobre la otra. Bingley siempre se las arreglaba para parecer confortable, aunque demasiado informal.
―Sí, bueno, como ves, no hay razón para preocuparse.
―¿Estás seguro? No parecías estar del todo bien-
―Estoy completamente bien. ¿Es eso todo por lo que has venido? ―Darcy frunció el ceño.
Bingley se rio. ―Sabes muy bien que no es por eso. ¿Has olvidado como se pone Caroline la noche después de un acontecimiento social importante? Es doblemente así cuando se trata de un evento que ella ha organizado. Uno pensaría que ya no hay que preocuparse por nada, pero no. Siempre está inventando razones de temor e inquietud: qué dirá la gente, qué aparecerá en las páginas de sociedad, si habrá invitaciones o será desairada… Dios mío, no puedo entender por qué tiene que preocuparse tanto. A veces parece que disfruta complaciéndose tanto.
―Así que te refugias aquí para evitarla.
―No pienses que soy tan vil. Traigo conmigo una invitación.
―¿Otra fiesta? Me sorprende que incluso tú y tu hermana puedan organizar otra tan pronto.
«―Yo también lo estaría. No, no es otra fiesta. He comprado entradas para la pantomima, para dentro de cuatro días. Cuando las compré, tenía toda la intención de acompañar a mi hermana al teatro. Pero ahora me encuentro en un dilema. Parece que ese mismo día tengo prevista una reunión muy importante con el banquero. No me atrevo a intentar convencerlo para concertar otra cita.
Si cualquier otra persona hubiera hecho semejante afirmación, él no le habría creído. Pero Bingley…
―No puedo entender como es que sigues sin conseguir organizar tus citas. Realmente debes considerar contratar a un secretario.
―Sí, sí, bueno, me ocuparé de eso directamente cuando llegue el nuevo año. Mientras tanto, hay una entrada extra para la pantomima. Louisa y Hurst asistirán…
―Entonces la señorita Bingley puede asistir con ellos, ¿no es así?
Bingley suspiró. ―Sí y no. Puede, pero odia ser la que sobra con una pareja casada. Insiste en que todo el evento es un desperdicio si no hay una cuarta persona que asista con ellos. Por favor, ¿quieres acompañarla?
Darcy se levantó y se revolvió el cabello, paseándose por la habitación. ―Me has puesto en una situación muy desagradable, ¿lo sabes?
―Pensé que disfrutabas de la pantomima.
―Lo hago, pero ese no es el punto.
―Entonces explícamelo―. Bingley se reclinó y cruzó los brazos sobre el pecho.
―¿Sabes lo que ocurre cuando me ven en publico, o a veces incluso en un evento privado, con una mujer, cualquier mujer, que no esta relacionada conmigo?
Bingley mantuvo su característica mirada perdida y se encogió de hombros.
―Empiezan los cotilleos y, la mayoría de las veces, llegan a la prensa sensacionalista. Comienzan las especulaciones sobre cuándo podría presentarse una oferta de matrimonio y cuáles podrían ser los términos del acuerdo.
―Seguramente estás exagerando.
Darcy se dio la vuelta y lo fulminó con la mirada. Era sabido que esa mirada acobardaba a los comerciantes y sirvientes más testarudos, pero Bingley apenas pestañeo.
―No es una exageración. Aunque lo fuera, existe el problema de la dama en cuestión.
―¿Disculpa? ―Bingley apoyó los codos en los brazos del asiento y se sentó muy derecho.
―Si estoy en compañía de una dama en un evento, ella inevitablemente se imagina que tengo mucho más interés en ella del que pretendo. ¿No te has dado cuenta del cuidado que puse en Meryton para no despertar las expectativas de ninguna joven? ―¿Hasta qué punto habían sido eficaces esos esfuerzos? ¿Cuáles eran las expectativas de Elizabeth? ¿Entendía lo que significaba que él la hubiera invitado a bailar? Era perspicaz; seguramente, sí.
―¿Qué, Caroline? Debes estar bromeando. Caroline no tiene ningún interés en ti. Ninguno en absoluto. Eres mi amigo y nada más.
―No estoy tan convencido.
―Pues te equivocas. Ella no está interesada en un hombre al que no le agraden los placeres de la ciudad y que esperaría que ella permaneciera en el campo la mayor parte del año. Estás completamente a salvo de ella.
Darcy puso los ojos en blanco.
―¿No lo viste, incluso anoche? Ella no se esforzó mucho por estar contigo. No mostró celos cuando te presenté a Lady Agnes. Darcy, de verdad, no tienes nada que temer de la señorita Bingley.
Darcy se mordió el labio inferior.
―Si esa es tu única objeción, tranquilízate y acepta las entradas. Ve con ellos y diviértete. Has estado tan apagado desde que salimos de Hertfordshire… ―las notas brillantes abandonaron la voz de Bingley, y suspiró. ―Será bueno que vayas.
―Eso apaciguará a tu hermana, y así no tendrás que escuchar sus continuas quejas.
―Bueno, sí, eso también. ¿Qué me dices? No puedo creer que tengas otros compromisos en este momento, y me harías un favor.
Darcy refunfuñó y murmuró en voz baja.
―Como Drury Lane aun no ha sido reconstruido, esta es tu oportunidad de ver si otro puede estar a la altura de la interpretación del payaso de Grimaldi. Siempre te has preguntado si alguno podría ser tan impactante, pero nunca optas por ver otro. ¿Cómo puedes ignorar una oportunidad tan conveniente?
¿Por qué Bingley tenía que parecerse tanto a su spaniel favorito?
―Muy bien. Gracias por tu ofrecimiento. Pero insisto en reunirme con tu grupo en el teatro. No me verán llegar o marcharme con una mujer soltera.
Bingley se rio. ―Le informaré a Caroline de las condiciones de tu asistencia. No le agradara, pero lo considerará mejor que si sólo asistiera ella.