
Charlotte Lucas en el día de Guy Fawkes
Por Abigail Reynolds
Traducido por Cristina Huelsz
Fawkes se convirtió en el símbolo de la conspiración de la pólvora, cuyo fracaso se conmemora en Inglaterra cada 5 de noviembre desde entonces en la conocida como Noche de Guy Fawkes, durante la cual se quema su efigie en una hoguera y se lanzan fuegos artificiales.
Noviembre 5, 1811
Elizabeth dijo: ―Es evidente, cada vez que se encuentran, que él la admira; y para mí es igualmente evidente que Jane está cediendo a la preferencia que empezó a sentir por él desde el primer momento, y que en cierto modo está muy enamorada. No obstante, me complace que sus sentimientos no vayan a ser descubiertos por el mundo en general, ya que Jane combina con una gran fuerza de sentimientos una compostura de temperamento y una alegría de modales uniforme, que deberían protegerla de las sospechas de los impertinentes.
―Tal vez sea agradable ―replicó Charlotte―, poder imponerse al público en un caso así; pero a veces es una desventaja ser tan precavida. Si una mujer oculta su afecto con la misma habilidad al destinatario del mismo, puede perder la oportunidad de fijarse en él; y entonces no será más que un pobre consuelo creer que el mundo está igualmente a oscuras―. Además, había otras maneras en que una dama podía proteger la intimidad de sus afectos. Ella y el señor Robinson habían conspirado en silencio para no prestarse demasiada atención el uno al otro; cuando conversaban, era a menudo en una alcoba oscura o en las sombras escasamente iluminadas por las velas. Ni siquiera Elizabeth había adivinado su interés, pero el señor Robinson la entendía bastante bien.
Charlotte se daba cuenta de que Elizabeth no estaba convencida, así que continuó: ―Hay tanto de gratitud o de vanidad en casi todos los apegos, que no es seguro dejar ninguno para sí mismo. Todos podemos empezar libremente; una ligera preferencia es bastante natural; pero somos muy pocos los que tenemos corazón suficiente para estar realmente enamorados sin estímulo. En nueve de cada diez casos, es mejor que una mujer demuestre más afecto del que siente. A Bingley le gusta tu hermana, sin duda; pero puede que nunca haga más que gustarle, si ella no le ayuda a seguir adelante.
―Pero ella lo ayuda, tanto como su naturaleza se lo permite. Si yo puedo percibir su aprecio por él, él debe ser un simplón para no descubrirlo también.
―Recuerda, Eliza, que él no conoce la naturaleza de Jane como tú.
―Pero si una mujer siente debilidad por un hombre, y no se esfuerza por ocultarlo, él debe descubrirlo.
―Tal vez lo haga, si la ve lo suficiente. Pero aunque Bingley y Jane se ven con bastante frecuencia, nunca es por muchas horas juntos; y como siempre se encuentran en grandes grupos mixtos, es imposible que cada momento sea empleado en conversar juntos. Por lo tanto, Jane debe aprovechar al máximo cada media hora en la que pueda llamar su atención. Cuando esté segura de él, tendrá tiempo libre para enamorarse cuanto quiera―. Charlotte había seguido su propio consejo en este asunto. Había visto al señor Robinson en tres ocasiones desde la asamblea, y cada vez se aseguraba de distinguirlo. Él estaba respondiendo maravillosamente, y ella misma estaba más feliz que nunca.
―Tu plan es bueno ―replicó Elizabeth―, cuando lo único que está en juego es el deseo de estar bien casada; y si yo estuviera decidida a conseguir un esposo rico, o cualquier esposo, me atrevería a decir que lo seguiría. Pero estos no son los sentimientos de Jane; no actúa por designio. Ni siquiera puede estar segura del grado de su propia estima, ni de que sea razonable. Sólo lo conoce desde hace quince días. Bailó cuatro danzas con él en Meryton; lo vio una mañana en su casa y desde entonces ha cenado cuatro veces con él. Esto no es suficiente para que ella entienda su carácter.
―No como tú lo representas. Si se hubiera limitado a cenar con él, sólo habría descubierto si tenía buen apetito; pero debes recordar que también han pasado juntos cuatro veladas, y cuatro veladas pueden hacer mucho―. Le había bastado llegar al punto en que podía comunicarse con el señor Robinson con una simple mirada a través de una habitación abarrotada.
―Sí; estas cuatro veladas les han permitido comprobar que a ambos les gusta más Vingt-un que Commerce; pero con respecto a cualquier otra característica principal, no me imagino que se haya desvelado mucho.
―Bueno -dijo Charlotte, sacudiendo la cabeza ante las tonterías románticas de Elizabeth-, le deseo a Jane éxito de todo corazón; y si se casara con él mañana, creo que tendría tantas posibilidades de ser feliz como si estudiara su carácter durante doce meses. La felicidad en el matrimonio es cuestión de suerte. El que las disposiciones de ambas partes se conozcan tan bien, o sean tan similares de antemano, no favorece en lo más mínimo su felicidad. Siempre se las arreglan para ser lo suficientemente diferentes después como para tener su parte de disgusto; y es mejor saber lo menos posible de los defectos de la persona con la que vas a pasar tu vida.
―Me haces reír, Charlotte; pero no es sano. Sabes que no lo es y que tú misma nunca actuarías así.
Charlotte sabía que no debía discutir con su decidida amiga, pero ya estaba actuando de acuerdo con su opinión. El señor Robinson era amable, presentable en compañía, y la admiraba; y ella sentía un fuerte tirón de atracción cuando él la miraba de aquella determinada manera. La semana pasada, sin ir más lejos, él había tenido la oportunidad de posar subrepticiamente su mano en la parte baja de la espalda de ella después de bailar juntos, provocándole escalofríos. La primera vez que sus labios rozaron su oreja, ella pensó que había sido un accidente, pero la segunda vez ya lo sabía. No creía que fuera difícil compartir su cama, y no veía razón alguna para examinar cualquier otro defecto que él pudiera tener. Los descubriría muy pronto si él le hacía la oferta que ella esperaba. Menuda sorpresa se llevarían todos, incluida Elizabeth, que estaba tan segura de su propia perspicacia.
***
Sir William Lucas se enorgullecía de su condición de patrocinador de diversas actividades cívicas en Meryton, entre ellas la celebración del Día de la Traición de la Pólvora. Se había retirado todo rastro de heno del campo situado detrás de Lucas Lodge. Además, Sir William había donado las tradicionales dos cargas de carbón, que, sumadas a los palos de madera recogidos por los jóvenes de la localidad, crearon una hoguera lo bastante impresionante como para que Sir William dijera en más de una ocasión que era tan bonita como cualquiera que hubiera visto cerca de la Corte de Saint James. Algunos miembros de la alta burguesía local se dignaron a asistir, aunque la mayoría permaneció en el interior de Lucas Lodge, excepto durante los fuegos artificiales.
Charlotte tenía sus propios planes para la velada, basados en una comunicación previa susurrada por el señor Robinson. Se encargó de supervisar las actividades al aire libre, envuelta en un pesado y oscuro chal para abrigarse. Una vez hubo oscurecido, Sir William, con toda la pompa debida, clavó una antorcha encendida en el montón de combustibles. Las llamas se elevaron en el aire, enviando un bienvenido pulso de calor. Los niños se agolpaban para estar lo más cerca posible, gritando para que se les oyera por encima del crepitar del fuego.
Charlotte se dejó llevar hacia la parte trasera de la multitud, más alejada de Lucas Lodge. Aquella noche no había visto al señor Robinson. Tal vez no había podido venir después de todo. Decepcionada por su ausencia, no quiso unirse a la conversación en el interior y permaneció al margen de los festejos. Cuando los primeros fuegos artificiales se dispararon hacia el cielo creando una nube de luces centelleantes, sintió unas manos que descendían sobre sus caderas y una voz familiar que le susurraba su nombre al oído, esta vez acompañada no de un roce de labios, sino de un escandaloso mordisco en el lóbulo de la oreja. ―¿Me acompañas?
Ahora entendía por qué no se había presentado antes. No le habrían permitido salir con él en la oscuridad, pero de esta forma era libre de acompañarlo. Todos los ojos estaban puestos en la hoguera, aunque ella sabía que otras parejas se estarían escapando. Siempre había varios matrimonios apresurados después de la Noche de las Hogueras.
Él no le ofreció su brazo, sino que entrelazó sus dedos con los de ella, lo que tuvo el efecto de hacer que parecieran las parejas de campesinos más corrientes. También se había vestido con colores oscuros y ropas sencillas. Charlotte sonrió ante el éxito de su plan. Por fin, después de tantos años, tendría su propio momento con un admirador.
Mientras se dirigían hacia el pequeño bosque que bordeaba el campo, el señor Robinson dijo: ―Esperaba hablar con usted en privado esta noche. Señorita Lucas… Charlotte, no hace mucho que nos conocemos, pero siento como si te conociera desde hace años. Mañana iré a visitar a mis padres, y me gustaría pedir la aprobación de mi padre para hacerle cierta pregunta, pero no quisiera abusar de tu nombre al dirigirme a él sin tu permiso. ¿Me permitirías, o pido demasiado, que te nombre cuando hable con mi padre?
No era precisamente lo que ella deseaba oír, pero tenía que admirar su delicadeza al discutir el asunto con su familia antes de hacer una propuesta, y era emocionante simplemente saber que él lo deseaba. ―No me opondria ―dijo ella con recato. ―¿Estarás fuera mucho tiempo?
―Volveré dentro de dos semanas ―respondió él con seguridad―, y entonces hablaré con tu padre.
Llegaron a la linde del bosque y él seguía apremiándola. Charlotte dudó un momento y luego lo siguió. Al fin y al cabo, unos besos robados sólo harían que él se sintiera más unido a ella.