Las historias jamás contadas, p. 83

Darcy invita a Bingley a Pemberley

Por Lucy Martin

Traducido por Cristina Huelsz

Junio 17, 1812

Fitzwilliam Darcy miró a su buen amigo, Charles Bingley. Estaban sentados en su club y acababan de disfrutar de una comida ligera. Los últimos dos meses, durante los cuales él había estado en Londres, habían transcurrido con bastante facilidad, supuso, aunque sabía que no estaba de buen humor. ¿Cómo iba a estarlo, después de lo ocurrido en Kent? Las pesadillas de su desacertada propuesta de matrimonio a Elizabeth Bennet y su posterior discusion lo atormentaban. Durante el intervalo transcurrido desde entonces, Darcy se había dado cuenta de que se merecía cada palabra de condena que ella le había lanzado; él se había comportado de manera abominable, desde sus comentarios insultantes la noche en que se conocieron, hasta no advertirla a ella y a los demás sobre el verdadero carácter de Wickham, manteniendo separados a Bingley y a la señorita Jane Bennet, y especialmente hasta lo que él le había dicho a ella durante lo que debería haber sido una declaración de amor. Incluso la frialdad con que le había escrito y le había entregado la carta en las manos había sido poco caballeroso.

Mientras Bingley hablaba de una excursión que había realizado recientemente con algunos conocidos comunes, Darcy lo observó. ¿Qué debería hacer con respecto a la señorita Bennet? ¿No sería mejor guardar silencio sobre sus acciones y las de las hermanas de Bingley? Los tres habían decidido juntos convencer a Charles de que la señorita Bennet no lo correspondía. Más tarde, habían decidido ocultarle que ella había pasado algunas semanas en la ciudad el invierno anterior y que las damas se habían reunido. O Darcy debía decirle que aceptaba haberse equivocado y haber juzgado injustamente a la señorita Bennet; después de todo, ¿cómo podía saber lo que había en su corazón cuando él apenas la conocía? El error más atroz fue ocultarle la presencia de la sñorita Bennet; eso había sido poco menos que una mentira.

No se que hacer, pensó Darcy. No era normal que estuviera tan indeciso y no tenía a nadie a quien pedir consejo. La mejor opción sería su primo Fitzwilliam, pero él estaba de nuevo ausente, atendiendo sus deberes militares, y sería demasiado intentar discutirlo por carta, sobre todo teniendo en cuenta que Fitzwilliam era un pésimo corresponsal. Siento que debo contarselo a Bingley, confesarle cuanto lo he ofendido… y a la señorita Bennet… pero hace semanas que él no la ha mencionado. De hecho, Darcy no recordaba que su amigo hubiera hablado de los Bennet, Netherfield Park o Hertfordshire desde que se reunieron en la ciudad después de Pascua. Muy probablemente era senñal de que Bingley ya no pensaba en la señorita Bennet, y de que cualquier sentimiento tierno que hubiera sentido era cosa del pasado. ¿Sería correcto perturbar su paz -y posiblemente provocar que él discutiera con sus hermanas- al revelarlo?

No parece que ninguno de nosotros vaya a volver a ver a nadie de esa familia. Como siempre le sucedía cuando se le ocurría una idea similar, Darcy sintió una punzada de arrepentimiento. Todavía pensaba en Elizabeth a diario -muchas veces al día, en realidad- y, aunque había aceptado que ella estaba perdida para él, no podía evitar soñar que fuera de otra manera, que hubiera alguna circunstancia casual los reuniera y él tuviera la oportunidad de demostrar que se había convertido en un hombre mejor que el que ella había conocido antes.

―¿Qué hay del verano, Darcy? ¿Cuales son tus planes? ―Las preguntas de Bingley sacaron a Darcy de sus reflexiones privadas.

―Georgiana y yo dejaremos la ciudad la próxima semana, como creo haberlo mencionado. Pasaremos varias semanas con los parientes de mi padre en Hampshire. Luego, regresaremos a Pemberley. Espero que estemos allí a principios de agosto. Preveo quedarnos hasta octubre o quizás todo el invierno. No he decidido si volveremos a la ciudad en otoño―. Por el momento, no deseaba volver al ajetreo de la sociedad londinense, pero sabía que podría sentirse diferente después de unos meses en Derbyshire.

―Eso suena encantador, aunque no estoy seguro de que me gustaría quedarme tan al norte todo el invierno―. Bingley se rio. ―Ya me has descrito las nevadas y me has contado bastantes historias de no poder salir de la casa durante días seguidos, y recuerdo como era Yorkshire cuando yo era niño y aún vivía allí. Pemberley es el lugar más maravilloso, sin duda, pero ya me conoces. Me aburro rápidamente de mi propia compañía―. Volvió a reírse.

―¿Que vas a hacer? ―le preguntó Darcy, pensando si mencionaría Netherfield. Bingley todavía tenía el contrato de arrendamiento de la propiedad, y sería razonable que se retirara a ahí para evitar pasar el verano en Londres. Si lo hace, le diré que la señorita Bennet sí le correspondió su afecto el año pasado. Es posible que ella todavía tenga tiernos sentimientos hacia él, cosa que él debería saber antes de regresar a esa vecindad, independientemente de como la vea ahora.

―Oh―. Bingley se rascó la mejilla, como si tratara de recordar la información. ―Bueno, los Hurst, Caroline y yo iremos a Scarborough. ¿No lo he mencionado? Nuestro viejo tío -me has oido hablar de él- no se encuentra particularmente bien. No está terriblemente enfermo, pero tiene setenta y cinco años, y a mis hermanas y a mí nos gustaría verlo. Ya sabes a qué me refiero.

Antes de que sea demasiado tarde, pensó Darcy pero no lo dijo en voz alta. ―¿Cuándo piensan irse?

Bingley encogió los hombros. ―Todavía no hemos pensado en una fecha, pero sé que Hurst y Louisa deben de visitar a su familia primero. Quiero pensar que será hasta dentro del siguiente mes que nos iremos al norte.

Darcy suspiró disimuladamente, sin estar seguro de si lo que sentía era decepción o alivio. Bingley no dijo nada sobre Hertfordshire. Si lo hubiera hecho, y entonces Darcy hubiera hecho su confesión, tal vez eso lo hubiera llevado a volver a ver a Elizabeth, aunque no era algo que él deseara, ya que eso sólo provocaría más dolor para él y posiblemente incomodidad, si no enojo, para ella.

―¿Por qué no viajamos todos juntos al norte? Georgiana y yo podríamos pasar unos días en Londres de camino a Derbyshire, o podríamos quedar contigo por el camino. Tú y tu familia podrían pasar una semana o quince días en Pemberley. ¿No te parece bien?

La expresión de Bingley se iluminó. ―¡Claro que sí! Gracias, Darcy. Sé que mis hermanas estarán encantadas con la idea, y ya conoces a Hurst. Mientras pueda pasar sus días practicando la cacería, no tendrá quejas.

Hablaron de ello un poco más, decidiendo una fecha aproximada en la que estarían listos para viajar juntos desde Londres o cuándo y dónde se encontrarían.

***

El día después de ver a Darcy, Bingley fue a cenar con sus hermanas y su cuñado. Amaba a sus hermanas, aunque no ignoraba sus defectos. En primer lugar, cotilleaban demasiado. Eso era lo que estaban haciendo en ese momento, no sólo compartiendo todas las «noticias» que habían oído sobre todos sus conocidos, sino también compartiendo sus opiniones sobre su aspecto y comportamiento, a menudo de maneras que no eran particularmente amables.

Como hacían muy a menudo cuando estábamos todos juntos en Hertfordshire. Los oí hablar despectivamente de los Bennet muchas veces. Parecía que todos los días tenían algo desagradable que decir sobre ellos. Incluso se las arreglaban para encontrar la manera de poner objeciones a la señorita Bennet. En voz baja, suspiró. En su opinión, Jane Bennet seguía siendo la dama más encantadora, amable y admirable que había conocido y que probablemente conocería jamás. Si tan sólo yo le hubiera agradado mejor. Sé que Caroline y Louisa preferirían que me casara con alguien más brillante, alguna dama de fortuna y conexiones, pero si la señorita Bennet se hubiera interesado por mí como yo por ella, me habría casado con ella y habría sido un hombre muy, muy feliz.

En cuanto a sus propias hermanas, recordaba las insinuaciones que a veces le habían hecho en el sentido de que la señorita Georgiana Darcy sería una esposa apropiada, de hecho una excelente, y probablemente la única posible para él, en lo que a ellas concernía. Ciertamente, a Bingley le agradaba, pero apenas la conocía. Ella sólo tenía dieciseis años -demasiado joven para que él la viera con ojos románticos- y esperaba que Darcy y el coronel Fitzwilliam no quisieran que su pupila se casara con él. Después de todo, él no tenía conexiones y su padre no había sido un caballero. La señorita Darcy era una joven dulce y muy bonita, y con su origen y fortuna, podría ser una pareja brillante.

Además, no creo que pueda llegar a amarla como quiero amar a la dama que se convierta en la señora Bingley. Tal vez cambie de opinión una vez que ella sea mayor y yo tenga más tiempo para olvidarme de la señorita Bennet, pero por ahora, es impensable. Antes de ir a Pemberley, tendré que insistir en que olviden la idea por completo. No quiero volver a oír hablar de ello.

Entonces se le ocurrió que todavía no le había comunicado a su familia sobre la invitación de Darcy. Sin prestarle atención a lo que Louisa estaba diciendo, les anunció: ―Vi a Darcy ayer. Me propuso que viajemos juntos al norte a finales de julio o principios de agosto. Nosotros iremos a Scarborough y él regresará a Pemberley más o menos al mismo tiempo. Dijo que podríamos interrumpir nuestro viaje en su propiedad durante una semana más o menos. Le dije que lo haríamos.

―¿Estamos invitados a Pemberley? ¿Viste al señor Darcy y no nos lo dijiste de inmediato? ―Su hermana menor estaba claramente molesta y probablemente pretendía reprenderlo.

―Veo a Darcy todo el tiempo, Caroline. No necesito mencionarlo cada vez que lo hago ―replicó Bingley antes de que ella pudiera continuar.

Siguieron varios minutos en los que su hermana mayor le exigió que no él les hablara en ese tono y ambas mujeres le explicaron por que -en su opinión- era vital que supieran todo sobre su relación con Darcy, incluyendo cuando y donde se vieron, lo que hicieron y de que hablaron. Bingley continuó tranquilamente con su comida mientras ellas lo hacían, con la intención de ignorar sus palabras para que no lo afectaran. En todos los años en que Darcy y él habían sido amigos, Bingley nunca había contado habladurías sobre él con sus hermanas; por qué creían que esto cambiaría era un misterio.

Cuando ellas se callaron, él levantó la vista de su plato y dijo: ―Entonces, ¿le digo que aceptamos?

Así comenzó otra ronda en la que le contaron todas las carencias que encontraban en él, incluido el hecho de que tuviera que hacer semejante pregunta cuando la respuesta era un evidente sí.

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