
«Una fiesta en Lucas Lodge»
Por Jack Caldwell
Traducido por Cristina Huelsz
desde el punto de vista de Sir William
Noviembre 1, 1811
FUE UNA NOCHE MAGNÍFICA EN LUCAS LODGE.
Sir William Lucas celebraba una reunión en honor del Regimiento de Milicias __, y la casa estaba llena de las principales familias del distrito: los Longs, los Gouldings, los Phillipses y los Bennets.
Los Lucas habían tenido éxito en el comercio, hasta el punto de que William Lucas pudo vender sus intereses y establecerse como caballero granjero. Compró una bonita casa y la rebautizó como Lucas Lodge. Poco después se convirtió en alcalde, y cuando el rey George III visitó Meryton, fue su augusto deber darle la bienvenida a su soberano.
Verdaderamente, ¡el discurso que pronunció estaba inspirado por la Provenza! El anciano había asentido, sonreído y mostrado gran benevolencia con su agradecimiento. ¡Qué orgulloso se sintió el señor Lucas cuando su nombre apareció en la lista de honores el día siguiente al cumpleaños del rey! El día de su investidura en la Corte de Saint James estaba grabado a fuego en su memoria.
Era cierto que se trataba de un título honorífico, no hereditario. Al igual que el cargo de alcalde era honorífico y carecía de poder. Y el rey estaba loco. Aún así, el señor William Lucas era ahora Sir William, y su esposa era Lady Lucas. ¡Estupendo, estupendo!
Sir William se dio cuenta de que con su nuevo título venían nuevas expectativas de sus vecinos. Se esforzó por ser digno de su posición y de su respeto. Consideraba a su familia y a los Bennet, dueños de la propiedad más grande de la zona, las figuras principales del distrito. Con un esfuerzo consciente, Sir William cambió su manera de comportarse. Como cada una de sus palabras era importante, aprendió a elegirlas con sumo cuidado. Su amigo, Thomas Bennet, fue de gran ayuda en este empeño. Bennet le aconsejó que utilizara palabras de al menos cuatro sílabas siempre que fuera posible. Sir William sabía que iba por buen camino cada vez que Bennet sonreía o se reía.
Lo que no cambió fue la benevolencia y liberalidad naturales de Sir William. De hecho, a veces era demasiado generoso para su propio bien. Gracias a Dios por Lady Lucas. Sus esfuerzos por economizar les permitían vivir mejor de lo que normalmente les permitían sus ingresos.
Los frenéticos esfuerzos de Lady Lucas dieron como resultado una velada de lo más agradable para amigos, vecinos e invitados. Los caballeros vestían sus mejores galas, los soldados resplandecían de escarlata y ante, y las damas lucían un arco iris de encajes y tafetanes. Había vino y ponche en abundancia. El pianoforte estaba listo para amenizar la velada.
Los oficiales de la milicia eran los tipos habituales, hombres que intentaban actuar como caballeros mientras se atiborraban de comida y bebida. Poco importaba. Sus elegantes uniformes daban al lugar un aire digno y su presencia alegraba a las damas. Como caballero, Sir William sabía que era su deber proveer a los encargados de proteger el reino y mantener la paz. Qué eran unas pocas libras comparadas con mantener su posición, le explicó a su esposa.
La milicia no era la única invitada de honor. Sir William estaba feliz de que el grupo del señor Bingley también estuviera presente. El nuevo residente de Netherfield Hall era un caballero de lo más amable, adinerado y sociable. Era un hombre de muy buena figura y esperaba que Charlotte llamara su atención.
¡Ah, Charlotte! La tranquila e inteligente Charlotte. Sir William amaba a todos sus hijos, pero a ninguno más que a la mayor. Era una pena que nadie digno de ella se hubiera acercado a él para pedir su mano, y Lady Lucas estaba preocupada. Sir William no. Cada cosa a su tiempo, pensó. Además, la resentida preocupación de Charlotte podía ser señal de que alguien había llamado su atención.
¡Quizás era el augusto acompañante del señor Bingley, el señor Darcy! La vestimenta, el porte y el comportamiento del caballero denotaban dinero y posición. Sir William ya se había encontrado con otros como él en la corte. No eran groseros, le explicó a su esposa, pero mostraban la reserva propia de su clase. Era mejor dirigirse cortésmente a sus superiores.
Las hermanas del señor Bingley eran la elegancia misma. Se movían y conversaban con la modestia propia de su clase.
Las damas Bennet eran todo lo contrario. Eran una explosión de vivacidad y belleza, que iluminaban la estancia en cuanto entraban. La alegre señorita Lydia y la risueña señorita Kitty eran como uña y carne con su hija Maria. La señorita Jane Bennet y la señorita Elizabeth buscaban la compañía de Charlotte.
Ah, allí estaban: la señora Bennet y Lady Lucas, sonriendo, asintiendo y peleándose de nuevo. Sir William se había criado con la anterior Fanny Gardiner, y en un tiempo se había sentido atraído por la bonita hija del comerciante. Sin embargo, la señorita Charlotte Wigglesworth pronto le hizo olvidar a la señorita Gardiner. Ella le proporcionó una esposa perfecta, llevando las riendas de su casa, siendo una madre afectuosa para sus espléndidos hijos y ascendiendo con pulcritud a su elevada situación. No lamentó a la señorita Gardiner ni por un instante. Lo único que lamentaba era no haber podido convencer de ello a su querida Lettie.
Miró a su hijo John. Oh, ¡qué fastidio! Estaba en la mesa del ponche. No se sabía lo que le había agregado al ponche. Que lo había hecho no cabía duda; su sonrisa de satisfacción personal era una admisión de culpa. Sir William podía ser discreto cuando le convenía. Una palabra tranquila a un criado y el ponche no tardó en ser diluido.
Una vez superada la crisis, Sir William podía volver a prestar atención a sus invitados. Se esmeró en intercambiar palabras con todos y cada uno de ellos. Bennet era el mismo de siempre, aunque a veces su humor escapaba a la comprension de sir William. El señor Bingley era facil y afable, un hombre que seguía a su corazon.
En cambio, el señor Hurst no lo era, pero el anfitrión no se sintió insultado. Hurst era de Londres, y sus costumbres eran más restringidas que las de los caballeros del campo. Phillips era bullicioso, y Goulding un pesado. El pobre Goulding era siempre un pesado, pero como no había nada que hacer, el buen caballero asentía, sonreía y se compadecía de él.
Ahora la música llenaba el ambiente, lo que hizo que Sir William diera golpecitos con los dedos de los pies. La señorita Elizabeth Bennet estaba tocando el pianoforte, y su interpretación sencilla y sin afectación era de lo más encantador. Varias fueron las súplicas para que volviera a cantar, pero fue sucedida con entusiasmo en el instrumento por la señorita Mary.
Su talento se inclinaba hacia piezas más serias y desafiantes, e incluso Sir William tuvo que admitir que no era del todo una maestra en ellas. Al final de un largo concierto, la joven tuvo el placer de recibir elogios y gratitud con aires escoceses e irlandeses a peticion de las hermanas Bennet más jovenes. Ellas, con algunos de los Lucas y dos o tres oficiales, se unieron con entusiasmo para bailar en un extremo del salón. ¡Que entretenimiento!
El señor Darcy se encontraba cerca de él. Sir William aún no lo había saludado personalmente, por lo que comenzó así.
«¡Qué encantadora diversión para los jóvenes es ésta, señor Darcy! No hay nada como bailar, después de todo. Lo considero uno de los primeros refinamientos de las sociedades refinadas.»
La voz del señor Darcy estaba nivelada. «Ciertamente, señor, y tiene además la ventaja de estar de moda entre las sociedades menos refinadas del mundo. Todo salvaje sabe bailar».
Sir William se limitó a sonreir. Había oído ese tono de voz muchas veces en la Corte. Era un indicio de la gran importancia del señor Darcy.
Al ver que Bingley se incorporaba al grupo, Sir William continuó tras una pausa. «Su amigo baila de maravilla, y no dudo de que usted mismo sea un adepto a esta ciencia, señor Darcy».
» Creo que me vio bailar en Meryton, señor».
«Sí, ciertamente, y obtuve un placer nada despreciable al verlo. ¿Baila a menudo en Saint James?»
«Nunca, señor.»
«¿No cree que sería un cumplido apropiado para el lugar?»
«Es un cumplido que nunca hago para ningún lugar, si puedo evitarlo».
¡Qué hombre tan divertido! Le recordaba bastante a Bennet. «Supongo que tiene una casa en la ciudad.» El señor Darcy se inclinó. «Alguna vez pensé en instalarme en la ciudad, pues me gusta la alta sociedad. Pero no estaba muy seguro de que el aire de Londres le sentara bien a Lady Lucas.»
Sir William hizo una pausa esperando una respuesta, pero su acompañante no la dio. En ese momento, la señorita Elizabeth se dirigía hacia ellos, y a él se le ocurrió la idea de hacer algo muy galante.
«Mi querida señorita Eliza, ¿por qué no baila?». Se volvió hacia el caballero con una sonrisa. «Señor Darcy, permítame presentarle a esta joven como una pareja muy deseable. No puede negarse a bailar, estoy seguro, cuando tiene ante usted tanta belleza».
Le tomó la mano con la intención de dársela al señor Darcy, quien, aunque parecía sorprendido, no se mostró reacio a recibirla. La señorita Elizabeth retrocedió al instante y habló con cierta incomodidad.
«En efecto, señor, no tengo la menor intencion de bailar. Le ruego que no suponga que me he puesto en camino para pedirle una pareja.»
El señor Darcy, con profunda propiedad, solicitó el honor de su mano, pero fue en vano.
Sir William trató de sacudir su propósito con un intento de persuasión. «¡Usted sobresale tanto en el baile, señorita Eliza, que es cruel negarme la felicidad de verla! Y aunque a este caballero le disgusta la diversión en general,» indicó al señor Darcy, «no tendrá inconveniente, estoy seguro, en complacernos durante media hora.»
«El señor Darcy es muy cortés», dijo la señorita Elizabeth, sonriendo.
«En efecto, lo es, pero considerando el incentivo, mi querida señorita Eliza, no podemos extrañarnos de su complacencia. Pues, ¿quién se opondría a una pareja así?»
La señorita Elizabeth lo miró arqueadamente y se dio la vuelta.
Sir William sintió una cortada y miró al caballero con cierta incomodidad. Pero se sintió aliviado por lo que vio. El señor Darcy estaba lejos de sentirse herido; de hecho, se tomó todo el episodio con cierta complacencia. Casi se le dibujaba una sonrisa en los labios.
Sir William se preguntaba si la señorita Elizabeth y el señor Darcy lo habrían salvado de cometer un gran paso en falso. ¡Eso nunca lo haría! Tendría que acordarse de preguntarle a Bennet al respecto.
Hizo una breve reverencia a su invitado y se despidió de él. Todavía tenía que saludar al coronel Forster. Cuando encontró al oficial, ya se había olvidado de su intención de hablar con Bennet. En lugar de eso, se perdió en las risas y la música que llenaban su casa.
¡Qué velada tan magnífica!