Las historias jamás contadas, p. 10

Darcy y Elizabeth cenan en compañía

Por Amy D’Orazio

Traducido por Cristina Huelsz

Si se hubiera limitado a cenar con él, sólo habría descubierto si tenía buen apetito; pero debes recordar que también han pasado juntos cuatro veladas, y cuatro veladas pueden hacer mucho.
Orgullo y prejuicio, capítulo 6

Octubre, 1811

Darcy estaba solo, cerca de la gran chimenea, mientras observaba discretamente el salón atestado de gente. No consegu[ia recordar el nombre de sus anfitriones aquella noche: ¿eran los Simmons? ¿Simpsons? ¿Smithsons? Pero sabía muy bien que era la cuarta velada de aquella índole que se veía obligado a soportar. Como en las tres primeras, la sala estaba llena de animadas conversaciones y personajes poco elegantes. Vidas tan poco distinguidas pero que se divertían.

Y ninguno de ellos tanto como la señorita Elizabeth Bennet. Se encontraba de pie al otro lado del salón, entre un grupo de admiradores, con su risa resonando como el tintineo de una campana de plata y sus expresivos ojos centelleantes de inteligencia.

En la asamblea, aquella maldita noche en Meryton, Darcy ni siquiera la había considerado bonita, aunque Bingley si lo hizo. Incluso Hurst había opinado que tenía una bonita figura. De modo que la segunda vez que estuvo en compañia de los Bennet -la primera de las muchas cenas que el vecindario les ofreció-, Darcy la había buscado para ver si tenía defectos, a fin de justificar su opinión original y demostrar que estaba en lo cierto. Y, efectivamente, poseía defectos. Había más de una falta de simetría perfecta en su forma, era bajita, y tanto sus ojos como su boca parecían demasiado grandes para su cara. Desgraciadamente, cuando le expuso estas observaciones a Bingley, lejos de persuadirlo, éste se limito a sonreirle. «¿Tratas de persuadirme a mí o a ti mismo?», fue el insolente comentario de Bingley al respecto.

En la segunda cena, hizo el mortificante descubrimiento de que los ojos oscuros de Elizabeth Bennet eran, de hecho, bastante hermosos. La expresión de su rostro los tornaba extraordinariamente inteligentes y la manera en que brillaban cuando se reía era realmente digna de contemplar. Brillaban de esa manera despues de que la insultaras, se dijo a sí mismo con tristeza. Se reía de ti.

La tercera velada concluyó con un baile infelizmente extemporáneo por parte de algunos de los más jóvenes de la multitud. Darcy nunca habría soñado con sucumbir a un baile tan indecoroso -en el que la hermana más sencilla de las Bennet proporcionaba lo que en aquellos lugares se consideraba musica-, pero se vio obligado a observar. Por mucho que le disgustara admitirlo, la señorita Elizabeth era como un diamante entre los trozos de carbón, moviendose con elegancia y gracia entre los patrones. Su figura era ligera e innegablemente agradable mientras saltaba y giraba, y al instante le asaltó una visión de lo más inoportuna: la señorita Elizabeth en sus brazos en Almack’s, o en alguna otra ocasión mas elevada.

Al principio había planeado marcharse de Netherfield después de la segunda velada. A decir verdad, no sabía por qué estaba aquí. Sólo había planeado quedarse dos semanas y, sin embargo, algo lo retenía. Desde luego, no era por ningun deseo de cortejar a Elizabeth Bennet, ni de permitirse el placer de verla bailar. Era porque, al parecer, el mayor señor Goulding es un hombre de un refinamiento poco comun, se recordo a sí mismo.

Entonces, ¿por que no le has dirigido la palabra más alla de un simple saludo de cortesía?

El baile terminó y Elizabeth Bennet, con su pareja, pasó rozándolo. Parecía que, en la medida en que la observaba, se había vuelto casi invisible para ella. De repente, perversamente decidido a importunarla, la siguió y estuvo a punto de chocar con ella cuando ella dio media vuelta sin previo aviso.

―Le ruego me disculpe ―dijo Darcy dando un rápido paso atrás y haciendo una ligera reverencia.

―Disculpeme ―dijo ella con una sonrisa que duró un breve instante. Luego lo rodeó y siguió caminando, dejando tras de sí el más leve rastro de azahar.

Sus modales no eran los del mundo a la moda. Una mujer londinense se habría aprovechado de estar tan cerca de él, se le habría caído algo o habría utilizado la casi colisión como excusa para caer en sus brazos. Elizabeth, en cambio, actuaba como si él fuera un molesto lacayo que estaba en el lugar equivocado. Darcy frunció el ceño al pensar en eso y decidió que no pensaría más en la segunda hermana mayor de las Bennet.

Sin embargo, la cuarta velada demostró verdaderamente su peligrosidad. La casa del señor y la señora Robinson apenas tenía la mitad del tamaño de Netherfield; pero el señor Robinson era un caballero y sus granjas parecían estar bien cuidadas y razonablemente prósperas. Su esposa, al parecer, destacaba en dos cosas: poner una buena mesa y organizar a sus invitados a su gusto. Mejor dicho, a gusto de Darcy, que por fin se encontró sentado junto a Elizabeth Bennet. Al otro lado estaba la señora Hurst, pero como la señorita Bingley no estaba cerca, Darcy sabía que ella tendría poco que decir.

Debo tener mucho cuidado, se advirtío a sí mismo, de no hacer ni decir nada que pueda crear falsas expectativas en la dama. ―Señorita Elizabeth ―dijo con seriedad mientras la ayudaba a tomar asiento. ―Parece que vamos a cenar juntos.

―Así es ―asintió ella―, en compañía de otras treinta personas―. Al decir esto, se giró hacia el hombre que estaba a su izquierda, un anciano caballero que estaba sentado en su silla y sólo podía oír una tercera parte de lo que le decían. Darcy permaneció sentado en silencio y asombrado, mirando sobre todo la nuca de Elizabeth mientras ella se inclinaba cerca del anciano, escuchando alguna historia sobre las malas cosechas del 78.

Al parecer, el anciano era el padre de la señora Robinson y, por ser muy mayor no aguantó toda la cena. Después del plato de queso, pareció desplomarse aún más en su silla y, al final, el criado de alguien vino a buscarlo y lo acompañó fuera de la mesa, asegurándole a la señora Robinson que lo llevaría sano y salvo a su cama. A Darcy poco le importaba eso, salvo por el hecho de que significaba que ahora Elizabeth tenía una silla vacia en el lado opuesto. ¡Ahora tendrá que hablar conmigo!

―¿Está disfrutando de su cena, señor? ―preguntó ella. Casi con pereza, tomó su copa de vino y le dio un delicado sorbo. Cuando volvió a dejar la copa, una gota roja como el rubí permaneció en sus labios hasta que su lengua salió rápidamente para lamerla. La oleada de deseo que lo invadió ante aquella leve e inocente acción casi lo dejó sin habla. Por Dios, hombre, ¡no te pongas en evidencia por un sorbo de vino!

―Yo… yo, sí, es una comida excelente. Sus vecinos nos han agasajado muy bien estos días.

Muy seriamente ella dijo: ―Me alegra oír que no ha sido un castigo asistir a tantas fiestas.

¿Castigo? Extraña elección de palabras. ―En absoluto, se lo aseguro―. Él lo pensó un momento y luego preguntó: ―¿Le parece un castigo asistir a tantas fiestas?

Ella negó con la cabeza y luego, con una dulce sonrisa, añadió: ―Pero hay muchas cosas que a mí no me parecen castigos y que a otros sí. A veces las opiniones difieren en estas cosas.

El segundo plato estaba entonces ante ellos y Darcy tuvo que servirle de los platos de pato con habas francesas y esparragos. ―No quisiera mucho ―dijo ella.

―¿No le gusta el pato? ―le preguntó mientras ella tomaba una pequeña porción de cada uno.

―No, me gusta, pero mi apetito ha quedado satisfecho desde el primer plato.

―¡Pero si apenas ha comido! ―Lo dijo sin pensar. No sería bueno para ella imaginar que él se había sentado a contar cada bocado que ella daba. ―Es decir, el plato era, um, era más ligero. Como ya sabe, el pescado nunca satisface del todo.

Ella se rio. ―Creo que debe estar acostumbrado a los apetitos de un hombre, señor.

¡Vaya! Una leve risa y un comentario sobre el apetito y él lo sintió de nuevo, ese revuelo en su interior. Era humillante, por no decir otra cosa. Se enorgullecía de su caballerosa regulación de tales… impulsos. ¿Por qué aquella dama -una dama por la que no podía sentir ningún apego honorable, una dama que ni siquiera le había parecido bonita en un principio- le provocaba aquellas sensaciones?

Darcy apartó la mirada de ella, tragó saliva y tomó su copa de vino. Unos instantes más tarde, bien dominado -o eso esperaba-, volvió a mirarla. Ella acababa de tomar un espárrago y se había llevado la punta a los labios, mordiéndola suavemente. Lo que sintió, lo que reaccionó ante semejante gesto, fue una nueva mortificación.

Él no sabía de dónde provenía esa extraña lujuria -sí, llámenla como fuera- por una dama tan inferior a él, pero no permitiría que lo conquistara. No podía tener intenciones honorables hacia aquella joven y por eso no la deshonraría, ni siquiera en su mente. Si para ello tenía que abandonar aquel lugar, que así fuera, pero nunca había sido un hombre que se rigiera por lo que residiera dentro de sus pantalones y no permitiría que Elizabeth Bennet lo convirtiera en uno.

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