Las historias jamás contadas, p. 7

El señor Darcy y el insulto

por Nicole Clarkston

Traducido por Cristina Huelsz

Octubre 16, 1811

No era la alta sociedad.

Fitzwilliam Darcy estaba acostumbrado a que se fijaran en él, pero no a que lo miraran abiertamente. Sorbía ociosamente de su bebida cada vez que algún atrevido lugareño parecía dispuesto a acercarse a él, y contemplaba con apatía el tumulto incivilizado cuando se quedaba solo. Una de las cargas de la sociedad moderna: se esperaba que un hombre como él se hiciera agradable a todo el mundo, sin importar cuales fueran sus propios deseos al respecto.

Bingley apenas había entrado en la sala cuando se vio envuelto en un alegre baile con una casi belleza local. Ni siquiera se trataba del minueto, como debería comenzar un baile como es debido, sino de una contradanza que hubiera sido más apropiada para más tarde, después de que todos hubieran bebido demasiado y los encantos de todas las mujeres presentes hubieran aumentado considerablemente. Darcy suspiró y bajaba la vista hacia su copa cada vez que Bingley pasaba a su lado con su amplia sonrisa y su risa contagiosa.

Maldito Bingley.

Tal vez no fuera del todo correcto, estar de pie al borde del salón, cuando era evidente que había muy pocos caballeros para el número de damas presentes. Pero esta noche él no era una buena compañia para nadie, y menos en una sala llena de extraños. La carta de su hermana Georgiana, recibida precisamente hoy, había arrojado oscuras nubes de preocupación sobre sus pensamientos. Seguía con el ánimo por los suelos tras los errores del verano pasado, y parecía que la señora Annesley, su nueva acompañante, no podía proporcionarle todo el consuelo que Georgiana necesitaba.

Debería estar de vuelta en Derbyshire. Donde podría alentar y guiar a su hermana, donde podría ocuparse mejor de sus propios asuntos, y donde podría estar lejos de las maquinaciones de las ansiosas madres que deseaban empujar a sus hijas hacia él. Pronto encontraría una esposa. Pero no en esta temporada. Y no una de esas criaturas sin clase y de rostro sencillo que se pavoneaban por la sala de reuniones.

La pieza terminó y Bingley devolvió a su pareja a sus acompañantes y se acercó a Darcy. Sin duda, con la admonicion de que se divirtiera. ―¡Darcy! ―exclamó. ―¿Piensas bailar?

―Ya me ofrecí bailar con cada una de tus hermanas. Creo que mi set con la señora Hurst está a punto de comenzar.

―Excelente, excelente. ¡Oh, y mira! Parece que aún no nos han presentado a todas las damas. Tendremos nuestra elección de bellas caras para admirar, ¿eh, Darcy? Me pregunto si esta es la familia Bennet de la que tanto he oído hablar. Parece que hay bastantes de ellos.

Darcy frunció el ceño y miró a través del salón. Ah, efectivamente. Ahí estaba Sir William Lucas, el mediador local de las presentaciones y los cotilleos entre caballeros, que había venido a presentar a otra ansiosa matrona y su abundante descendencia. Darcy suspiró y se resignó a mirar al grupo de mujeres a los ojos, hacer una reverencia y dirigirse a otro lugar.

―¡Señor Bingley y señor Darcy! ―se entusiasmó el hombre. ―Permítanme presentarles a algunas de las flores más bellas de todo Hertfordshire. La señora Bennet de Longbourn y sus hijas; la señorita Jane Bennet, la señorita Elizabeth, la señorita Mary, la señorita Katherine y la señorita Lydia.

Darcy contempló impasible a la prole. La más joven, mencionada en último lugar, pero de pie al frente, se mostraba positivamente feroz. La siguiente, que iba agarrada de la mano de su hermana menor y apenas si contenía un chillido, no estaba mucho mejor. Y dónde estaba… oh, estaba la hija mediana. No es que la hija mediana se escondiera, precisamente; de hecho, parecía desear hacerse ver. Simplemente no había casi nada digno de admiración.

Pero la hija mayor era, lo reconocería, bastante atractiva. Poseedora de una piel de porcelana, una figura a la moda y una expresión serena, tal vez no fuera un absoluto castigo pararse junto a ella. Pero Bingley ya estaba reclamando ese honor, y Darcy no estaba de humor para distinguir a la dama dos veces.

Eso dejaba a la segunda hermana mayor. Permitió que su mirada se desviara hacia ella, con cuidado de que no se detuviera demasiado tiempo. No sería bueno que ella esperara que él le concediera la mano simplemente porque se había visto obligado a ponerse de pie para una presentación. Darcy le dirigió una mirada despreocupada y la retiró casi de inmediato. Pero aún así, los detalles de su aspecto quedaron grabados en su mente. Una figura no tan perfecta como la de su hermana, una piel aceptable, unos rasgos poco llamativos y un cabello al que no le faltaba volumen. Nada de falsos pompones para una joven como ella, más bien parecía como si sus horquillas y cintas apenas pudieran contener sus tirabuzones.

Pero lo más inquietante de su aspecto era la forma en que le devolvía la mirada. No, su mirada no era precisamente «de frente», como la de sus hermanas menores. Era más… inquisitiva. Casi analítica. Junto con el divertido giro de sus labios cuando sus ojos lo estudiaban, el efecto era francamente desconcertante. Atrevida y descarada. Casi sintió como si ella se riera de él.

Bingley condujo a la señorita Jane Bennet a la pista, lo que significaba que era hora de que Darcy buscara a la señora Hurst para su set acordado. Pero la señora Bennet permanecía cerca, y las miradas que le dirigía no eran sino de expectación. A su favor, la señorita Elizabeth ya se había girado para mirar a otra parte, con un leve enrojecimiento manchando sus mejillas. Hacer una reverencia a las damas sólo indicaría que tenía intención de volver más tarde, para pedirles un baile. Desde luego, no tenía esa intención, así que buscó a la señora Hurst sin volver a dirigirse a las damas Bennet. Estaba bastante seguro de haber oído un indignado «¡Vaya!» de la señora Bennet cuando se marchó.

El set con la señora Hurst transcurrió bastante indoloro. El siguiente… sí, más le valía acabar de una vez. No pudo evitar bailar con la señorita Bingley, que era de su mismo grupo, pero le desagradó verla acicalarse ante los demás cuando le tendió su brazo. Su sonrisa era vulgar e insincera, y cada vez que le daba la mano en el baile, ella le lanzaba una mirada casi posesiva.

¡Cómo si eso pudiera inducirlo a hacer una oferta por Caroline Bingley! Su conversación era insípida, sus pensamientos pequeños y su lengua mordaz. Darcy respondió a todas las preguntas que ella le hizo, pero se negó a mirarla a los ojos, para que no se dijera que sentía algo especial por ella. En lugar de eso, dejó que su mirada se perdiera en la siguiente pareja en el baile.

Él había captado frecuentes fragmentos de su conversación, animada y desenfadada, pero también interesante por los ingeniosos giros que la dama daba a sus palabras, y más de una vez la risa de la dama había acentuado los giros del baile. Tal vez él podría considerar la posibilidad de pedir una presentación a…

Pero en el instante en que Darcy finalmente prestó atención a la pareja y sus ojos chocaron con los de la dama, sintió un cosquilleo en la columna vertebral y una extraña caída en el estómago. Aquella segunda hermana… ¿como se llamaba? Haría mejor en olvidarlo, fuera cual fuera. Ella era demasiado libre con sus expresiones, y lo miraba como si ya lo conociera. Eso no funcionaría… en absoluto.

Una hora después, Darcy había encontrado un rincón de la sala que parecía necesitar una estatua que le diera un poco de sofisticación. Y de ese modo, se había comprometido a estar durante el resto de la velada. Ahora estaba bastante solo, ya que todas las matronas del lugar habían comprendido por fin que no pretendía interesarse por ninguna de sus hijas. Al menos nadie se le acercaba, pero eso no les impedía mirarlo abiertamente.

¿Cuántas veces había oído la frase: «Diez mil al año, y probablemente más»? Al principio no se había dado cuenta de que se referían a él. ¿Cómo iban a saber lo que valía? Pero habían tenido que oír algo de alguna parte, por lo menos, ya que esa cifra podría ser una descripción adecuada de los ingresos de Pemberley en concepto de arrendamientos. No se acercaba ni por asomo a sus inversiones, pero no tenía la más mínima intención de ilustrar a nadie. No eran mejores que los mercenarios caza-maridos de la alta sociedad, y considerablemente menos cultos.

―¡Ven, Darcy! ―exclamó Bingley al acercarse, luego de reclamar otra pareja para el siguiente set. ―Debo ver que bailes. Odio verte parado solo de esta manera tan estupida. Es mucho mejor que bailes.

Darcy miró a la dama que estaba parada a varios pasos de distancia, esperando a que Bingley reclamara su mano. La mayor de las hermanas Bennet, otra vez. Darcy le dio vueltas a su copa y se propuso tener unas palabras con Bingley al día siguiente sobre el hecho de despertar las expectativas del vecindario en torno a semejante joven.

―Ciertamente no lo haré. Sabes como detesto eso, a menos que conozca bien a mi pareja. En una asamblea como esta, sería insoportable.

Bingley se burló y sacudió la cabeza, y estaba a punto de protestar cuando Darcy continuó.

―Tus hermanas están comprometidas, y no hay otra mujer en la sala con la que no sería un castigo para mí estar con ella.

Bingley hizo un gesto expansivo hacia el salón, riendo consternado. ―¡Yo no sería tan fastidioso como tú por un reino! Por mi honor, nunca en mi vida me he encontrado con tantas jovencitas tan agradables como esta noche: y hay varias de ellas que se ven extraordinariamente bonitas.

―Estás bailando con la única joven atractiva del salón―. Darcy bebió el resto del vino de su copa e hizo una señal a un mozo para que le sirviera otra.

―¡Oh! ¡Es la criatura más hermosa que he contemplado! Pero hay una de sus hermanas sentada justo detras de ti, que es muy bonita y me atrevo a decir que muy agradable. Déjame pedirle a mi compañera que te la presente.

―¿A cuál te refieres? ―Darcy se dio la vuelta y al instante se arrepintió. Se trataba de esa segunda hermana… diablos, ¿cómo se llamaba? La del cabello y la expresión curiosa. La señorita Elizabeth, eso era. ¡Y qué mirada! A la vez regia e impertinente, irritada y divertida. Y tenían una forma bastante singular… ¿o era sólo el curioso estremecimiento de su mejilla al notar su mirada? Porque, en efecto, lo había visto, y le devolvía la mirada como si lo desafiara a hacer o decir algo hacia ella.

Egad, eso no serviria en absoluto. Una mujer así era todo riesgo y nada de recompensa, probablemente dotada de la capacidad de espiar los pensamientos de un hombre o de engañarlo para que hiciera confesiones que más tarde lo dejarían rascándose la cabeza y preguntándose qué fiera había poseído su cuerpo para decir tales cosas.

Se enderezó y se volvió hacia Bingley, forzando su tono para mantener la calma, no fuera a ser que Bingley sospechara que estaba interesado. ―Es tolerable, pero no lo suficientemente atractiva como para tentarme; en estos momentos no estoy de humor para darle importancia a jovencitas que son despreciadas por otros hombres. Será mejor que vuelvas con tu compañera y disfrutes de sus sonrisas, pues estas perdiendo el tiempo conmigo.

Bingley resopló, tiró de sus puños y se marchó. En efecto, la señorita Jane Bennet era demasiado generosa con sus sonrisas, y su benevolencia ya había embelesado por completo al amigo de Darcy. Nunca había visto a Bingley tan animado y tan absorto en su pareja de baile. Darcy comenzó a caminar lentamente a lo largo de la sala, con los ojos fijos en Bingley y su nueva conquista. Si no era cuidadoso, las lenguas de Meryton estarían esperando un compromiso para fin de mes. Darcy estaba decidido a hablar con Bingley sobre ese punto, pues esto no era Londres y Bingley tampoco podía esperar que sus acciones fueran tratadas con la misma ligereza que allá.

Pero cuando Darcy estaba pasando al lado de un grupo de damas que no bailaban por falta de pareja, un repentino estallido de risitas lo sorprendió. ¿Qué demonios pasa? Se dio la vuelta, y los ojos de todas las damas buscaron al instante un objeto al otro lado del salón. Los ojos de todas las damas, excepto los de una.

Elizabeth Bennet.

La risa aún brillaba en sus ojos y calentaba sus mejillas, pero su mirada no lo invitaba a compartir su diversión. Era firme. Provocadora. Ella sostuvo la mirada sin pestañear, y una ceja se alzo sutilmente. Y de pronto el cravat de Darcy pareció estar demasiado ajustado.

―¡Lizzy! ―susurró una de las jóvenes. ―¡Por el amor de Dios, no lo mires!

Un lado de su boca se levantó… y luego el otro. La frialdad de su mirada se desvaneció, sustituida por una suave risa mientras se volvía hacia su amiga. ―No temas, Charlotte, no tengo intención de montar una escena. Oh, mira, John está bailando con la señorita King. Eso debería complacer a tu madre.

―Deja de burlarte, Lizzy. La señorita King no tiene ni un centavo a su nombre, y sabes que John no puede permitirse hacerle una propuesta.

―Mucho mejor que sea la señorita King, a quien le agrada, que la señorita Goulding, a quien no le agrada. No le desearía una alianza tan infeliz a tu hermano.

Darcy ya había comenzado a alejarse, y la respuesta de la señorita Lucas se perdió en el remolino de la música, pero no pudo evitar una última mirada a las damas por encima del hombro. Que idea tan curiosa, la de la felicidad por encima de las circunstancias. Confiar en una campesina sin dinero para expresar semejante opinión.

Ah, pero entonces… ¿era tan diferente de lo que él mismo había determinado? Podría haber tenido cualquier número de debutantes acomodadas durante las últimas tres temporadas seguidas. La mayoría eran hermosas. Muchas venían con un linaje tan largo como el camino de Londres a Derbyshire. Un puñado habría sido una esposa digna para su hogar. Y él no había elegido a ninguna de ellas, porque precisamente ninguna le había gustado.

Parte de su criterio a la hora de elegir siempre había sido buscar una hermana amable y benévola para Georgiana. Cuanto más aplazaba esa decisión, menos importante se había vuelto ese factor… hasta el verano pasado, cuando la necesidad de rodear a Georgiana de parientes compasivos y afectuosos se había convertido en su principal preocupación. Una mujer como la señorita Bingley nunca podría esperar desempeñar ese papel. De hecho, no conocía a ninguna que pudiera. Y si no podía encontrar a la mujer adecuada para darle su nombre, entonces no tendría a ninguna en absoluto, al menos hasta que Georgiana hubiera superado la necesidad de sus cuidados.

Pero aquella frase de la señorita Elizabeth resonó en su cabeza durante el resto de la velada. Mejor una mujer que lo quisiera… a él, no a su dinero. No su nombre o su propiedad. ¿Podría existir algo así? ¿Y cómo demonios podía saber si una mujer lo admiraba por él mismo o simplemente por lo que podía ofrecerle?

Fue con el mayor alivio que Darcy subió al carruaje para regresar a Netherfield aquella noche. Poca belleza y nada de moda: esa era su valoración de la colección de personas que se había encontrado en la asamblea. No le importaba ninguna de ellas, ni ellas a él. Y mucho menos aquella joven descarada que lo había mirado fijamente y se había reído de él, para luego tirar por la ventana todas sus ideas sobre la manera correcta de buscar pareja con un puñado de palabras.

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