Las historias jamás contadas, p. 140

Epílogo: Pemberley, 1845

Por Abigail Reynolds

Traducido por Cristina Huelsz

¡La última y nos vamos! Gracias por seguirnos y leernos por más de un años.

Bienvenidos a la última entrega de nuestras Historias jamás contadas. Para nuestro epílogo, vamos a saltar 33 años en la historia de amor de Darcy y Elizabeth.

Diciembre 19, 1845

Con satisfacción, Darcy observó a la multitud de amigos y familiares reunidos en el comedor de Pemberley. Había sido un buen día. Darcy aprobaba a la joven de buena familia con la que Thomas se había casado. Su impertinencia a veces lo consternaba, pero le recordaba a su Elizabeth de la primera vez que la conoció, antes de que descubriera el cálido corazón que se ocultaba bajo sus burlas. Pero era bueno que la esposa de Thomas tuviera espíritu; incluso de bebé, él había sido el más enérgico de sus cuatro hijos, el que siempre detectaba los problemas y se las arreglaba para encontrar la parte más desordenada de ellos. El ejército había tranquilizado un poco a Thomas, pero aun así su esposa tendría mucho trabajo por delante.

El desayuno de bodas se desarrollaba sin contratiempos. La nueva ama de llaves que Elizabeth había contratado parecía conocer bien su trabajo, aunque resultaba extraño tener un ama de llaves más joven que él. Todavía echaba de menos a la vieja señora Reynolds, que se había jubilado poco después de que Elizabeth se convirtiera en la señora de Pemberley. No fue una transición fácil para su propia esposa; en los primeros meses de matrimonio, la había encontrado varias veces llorando de frustración por tener que aprender algún aspecto del trabajo que debía supervisar. Por supuesto, ella había dominado el complejo papel tan rápido como cabía esperar, pero él sabía que lo haría. Los pocos sirvientes que habían sido tan tontos como para cuestionarlo cuando llegó la nueva señora Darcy habían sido rápidamente sustituidos por la señora Reynolds, que no permitió ninguna crítica a su elección de esposa.

Se acercó a Elizabeth tanto como le permitieron sus voluminosas faldas y pensó por milésima vez cuánto deseaba que volvieran las modas de su juventud. Las mujeres podían verse bastante bonitas con esos vestidos modernos, con sus faldas acampanadas realzadas por masas de enaguas y sus cinturas constreñidas hasta un tamaño antinaturalmente diminuto, pero él echaba de menos aquellos vestidos de talle alto que habían caído con tanta naturalidad a lo largo de la figura de Elizabeth. Cómo le había gustado verla con ellos puestos, la fina muselina pegada a su torneado cuerpo, la tela translúcida dejando al descubierto apenas un atisbo de la forma de sus piernas. Compadecía a los jóvenes de hoy en día, condenados a no vislumbrar nunca la verdadera figura de una mujer salvo en los momentos más íntimos. Gracias al cielo, Elizabeth nunca había adoptado el atuendo moderno. Sus vestidos en público estaban de moda, pero se las arreglaba para estar encantadora a pesar de mantener el corsé cómodamente suelto y, conociendo las preferencias de él, a menudo prescindía de algunas de las enaguas cuando se sentaban juntos en la intimidad de sus habitaciones. Y seguía estando encantadora, después de tantos años, con cuatro hijos ya crecidos y un mundo que había cambiado hasta volverse irreconocible.

¡Cuán inimaginable le habría resultado todo esto en aquellos primeros días! ¿Había cambiado tanto el mundo en el transcurso de una generación? La suya había comenzado en un mundo bucólico, y ahora estaban rodeados por la nueva era industrial. Las enormes fábricas de Manchester y Birmingham, los horribles ferrocarriles que surgían por todas partes, la afluencia de los pobres a las ciudades, donde se empobrecían aún más, obligados a soportar condiciones terribles hasta casi colapsar de agotamiento. Oh, podía admitir que era agradable ser capaz de llegar a Londres desde Pemberley en un día, renunciando al traqueteo de los carruajes por carreteras llenas de baches durante dos o tres días seguidos, y sin tener que preocuparse por cambiar los caballos o por la calidad de las posadas. Aun así, no le gustaba estar encerrado en la ruidosa caja de un vagón de tren, ni siquiera en los elegantes de primera clase. Probablemente nunca se habría subido a uno de no ser por la insistencia de Elizabeth. A ella le encantaban las nuevas experiencias, y a él le encantaba dárselas. Deleitarla seguía siendo una de sus mayores alegrías.

Por supuesto, no siempre había sido capaz de protegerla de la infelicidad. Las lágrimas y la depresión que habían seguido a la muerte de la pequeña Emma, de sólo tres meses, habían parecido durar eternamente, y él no supo cómo ayudarla, justo cuando más lo había necesitado. Pero la vida había continuado, y otro desastre los había unido de nuevo: aquel maldito año de 1816, cuando tuvieron que trabajar juntos por el bien de Pemberley, a través de la hambruna y una epidemia de viruela. La enfermedad irlandesa les había pisado los talones, llevándose a muchos de sus sirvientes, y durante un tiempo habían temido por la vida de Georgiana. Gracias a Dios, de alguna manera se las habían arreglado para mantener alimentados a los arrendatarios de Pemberley cuando las cosechas habían fracasado. Fue entonces cuando Darcy se felicitó por haber elegido una esposa tan inteligente y capaz, de la que podía depender como compañera, en lugar de una señorita de sociedad sin un pensamiento en la cabeza.

Se rio entre dientes al pensar que había elegido casarse con Elizabeth -su necesidad de ella en los comienzos había sido más bien una fuerza de la naturaleza-, lo que provocó que su esposa le dirigiera una mirada inquisitiva. Le dio unas palmaditas en la mano para asegurarle que todo iba bien y le sonrió a los ojos, que seguían siendo tan hermosos como cuando se conocieron. Puede que ahora tuviera el cabello teñido de plata, pero seguía viendo a la mujer risueña, burlona y encantadora con la que se había casado hacía tantos años, cuando inclinaba la cabeza de esa forma tan especial suya, con los labios arqueados. Cuando ella aceptó su mano por primera vez, él creyó que ningún hombre podría amar a una mujer más de lo que la amaba en aquel momento, pero era un joven inexperto. La pasión y la fascinación eran poderosas, pero no eran nada comparadas con el amor que crecía con los años, mejorando como el brandy con la edad.

Muchas cosas habían cambiado, pero otras nunca lo harían. Se inclinó hacia ella y le dijo suavemente: «En vano he luchado. No puede ser. Debe permitirme que le diga lo mucho que la admiro y la amo». Los ojos de ella se iluminaron y él sintió el poder de su vínculo, que había sobrevivido a malentendidos, grandes alegrías e igualmente a grandes dolores. Sin duda, era una mujer a la que merecía la pena complacer.


Y con eso el 2024 llega a su fin.

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