Las historias jamás contadas, p. 139

Lady Catherine se digna a inspeccionar a los recién casados en Pemberley

Por Diana Birchall

Traducido por Cristina Huelsz

Diciembre 16, 1812

El acceso a Pemberley era a escala gigantesca: el amplio valle, la gran mansión, el vasto jardín que la precedía y las tierras boscosas que se alzaban a sus espaldas. Los habitantes de la casa, tanto el propietario como su familia y los criados, podían ver desde muy lejos, a través del valle, cuando se acercaban los carruajes; y podían elegir las ventanas desde las que mirar, ya que en Pemberley se contaban por centenares.

Darcy y Elizabeth hicieron una pausa en sus ajetreadas vidas para contemplar el puente que cruzaba el rio desde las largas ventanas de la biblioteca. Un carruaje y seis caballos cruzaban a gran velocidad, y Darcy fue capaz de identificar el escudo de armas incluso desde aquella distancia.

—Sí, es la tía Catherine—. No suspiró, y su pequeño encogimiento de hombros filosófico fue apenas perceptible.

Elizabeth se asomó con aprensión. —No es posible ver el escudo de Bourgh desde esta distancia, sin ojos de águila —argumentó. —Lo que sí veo es que el carruaje está pintado de púrpura. Creía que sólo la realeza podía tener carruajes de ese color.

Mary, que estaba de visita y siempre pasaba todo su tiempo en Pemberley en la biblioteca, cerró su libro. —Es cierto —dijo—, Lady Catherine está rompiendo con el protocolo si ha pintado de púrpura su carruaje. Un magistrado de su condado debería tenerlo más claro.

Darcy pareció no escucharla y sacó su reloj. —Desde donde se encuentra, pasara un poco menos de diez minutos hasta que la bajen del carruaje. Si sabemos lo que nos conviene, será mejor que no tardemos en estar en el pórtico para recibirla.

—Sí, desde luego —replicó Elizabeth, siguiéndolo rápidamente fuera de la habitación. —Y será mejor que le hagamos la señal a la señora Reynolds.

—Ella ya lo sabe —dijo el señor Darcy con una ligera sonrisa—, ¿no crees que la información ha llegado a sus oficinas con la misma rapidez que a nosotros?

—Oh, sí. Y todo el personal de cocina ha estado trabajando muy duro estos dos días. Me han dicho que las tartas no se parecen a nada que se haya visto antes fuera de Francia. ¿No es una pena que el menú vaya a ser considerado un fracaso, y que yo tenga la culpa?

—Querida —protestó él—, ¡tú la invitarías! Fuiste tú quien me convenció en exceso. No debería, a mi juicio, haber invitado a la tía Catherine aquí de nuevo, después de las cosas que dijo de ti.

—No importa —dijo ella apresuradamente, poniéndole suavemente su mano en los labios de él. —Quiero empezar de nuevo con ella y perdonar el pasado, si ella me lo permite.

—Siempre tan generosa Elizabeth —murmuró él, tomando su mano y besándola.

El carruaje se detuvo, los criados correspondientes abrieron y cerraron las puertas, y la propia Lady Catherine estaba de pie en el vestíbulo. Miró a Darcy y a su esposa con ojos penetrantes y desaprobadores, y sacudió la cabeza con un gesto sentencioso, que hizo que sus altas plumas temblaran como las de un pájaro. Darcy se inclinó y Elizabeth hizo una respetuosa reverencia.

—Bienvenida, tía —le dijo Darcy cortésmente. —Mi esposa y yo nos alegramos de volver a verte en Pemberley.

—¡Tu esposa! Al menos ella nunca me había visto antes en Pemberley —dijo Lady Catherine con desprecio, volviendo un rostro frío hacia Elizabeth. —Pero a veces vivimos para ver cosas que nunca esperabamos ver.

—Debe estar cansada, Lady Catherine —dijo Elizabeth civilizadamente. —Su habitación está preparada, quizás quiera descansar.

—¡Descansar! —Lady Catherine golpeó con su bastón de plata. —Sólo he viajado en coche desde Bakewell esta mañana, y no soy tan vieja como para que un viaje así me deje completamente agotada. Tomaré un poco de té. El servicio verde de té de la emperatriz Catherine, por favor. Nuestro padre, el conde, ya sabe -enuncio en beneficio de Elizabeth-, lo trajo a casa de su viaje a Rusia.

Se volvió hacia Darcy. —Al menos me alegra ver que el camino no ha sido alterado, ni las hayas taladas.

Darcy arqueó las cejas. —¿Taladas? ¿ Quién podría talar tan noble arboleda? ¿Qué podría darte semejante idea, tía?

—He oído hablar de muchas alteraciones escandalosas —respondió ella con amargura. —Es un rumor común en toda la campiña.

Darcy y Elizabeth ignoraron esto sabiamente, mientras caminaban por el gran salón a un ritmo que se adaptaba a Lady Catherine, quien se detenía cada pocos pasos para mirar con agudeza algún objeto o inspeccionar el panorama.

—¡Ahí! Esta no es la original alfombra de Turquía, lo sé. Y los cristales de los finos candelabros franceses de tu madre tienen un aspecto peculiarmente oscuro y turbio. Me rompe el corazón verlos así—. Le lanzó una mirada acusadora a Elizabeth. —Sabía que la nueva esposa no sería capaz de dirigir adecuadamente a un personal numeroso», declaró despectivamente. —¿Cómo podría esperarse, viniendo de una familia así? No ha sido educada para ello.

—Hice que trasladaran la alfombra turca a mi habitación, cuando hice algunas mejoras antes de nuestra boda —le informó Darcy con frialdad. —Temía que demasiados pares de pies la pisaran aquí. Un buen número de visitantes vienen a recorrer Pemberley durante el año, ya lo sabes, tía.

Ella se tranquilizó sólo parcialmente. —Ciertamente, tienes derecho, como amo de Pemberley. Pero no estoy segura de que la vieja y querida casa esté bien limpia». Pasó un dedo por encima de la chimenea de mármol rosa italiano situada en la cabecera del salón. Supongo que tu esposa habrá despedido a la mitad del personal y traído a sus propios favoritos. Sin duda, estos tontos no están entrenados adecuadamente en el arte de limpiar el polvo. Porque es un arte, ¿entiendes? —asintió significativamente.

—El personal sigue exactamente igual que antes de nuestro matrimonio —le dijo Darcy con calma—, no hubo cambios, excepto una nueva doncella para mi esposa—. Tanto él como Elizabeth se sonrieron a los ojos.

—Y sé que Reynolds hace mojar los cristales de los candelabros en agua de limón con bastante regularidad —intervino Elizabeth, «ella misma me lo dijo.

—¡Silencio! Ninguna verdadera dama habla de la limpieza de su casa. Y si sólo ha contratado a una nueva doncella, ¿quién, si puede saberse, me atenderá?

—¿No trajiste a tu criada? —le preguntó Darcy, sorprendido. —Estaba seguro de haber visto a alguien contigo en el carruaje.

—Y esperábamos ver a la señorita de Bourgh —añadió Elizabeth—, y a la señora Jenkinson.

—¿Habla de mi hija? Usted, que ha ocupado su lugar designado, mejor dicho, sagrado… No sé cómo puede atreverse…

—Tía Catherine —dijo Darcy con firmeza, con una mirada en sus ojos que logró acallarla—, esta no es manera de hablarle a la señora Darcy. ¿Anne se encuentra tan mal que no ha podido venir?

—Sí —contestó Lady Catherine con descortesía—, ella no quería… es decir, tiene la garganta débil, y me temo que tiene anginas, así que la dejé en casa con su dama de compañía. Yo estoy aquí sólo con Akers. ¿Dónde está ella? ¿Dónde está esa tonta? Quiero que se lleve mi rebozo. Hace un calor sofocante aquí. ¿De qué sirve un gran fuego en este salón, en abril además, si no vamos a sentarnos aquí? Espero que esto no signifique que hay un nuevo régimen de extravagancia en Pemberley.

—Han llevado a la señora Akers al comedor de la servidumbre para que tome algo caliente y se sirva algunas viandas —le explicó Elizabeth. —Yo tiraré de la campanilla, y una de nuestras criadas la atenderá. Y he pensado que podríamos tomar el té arriba, en la salita de Georgiana, es más cómoda que estos grandes salones.

—¡Uf! Veo que todo este lugar está completamente desordenado —dijo Lady Catherine con disgusto. Antes de que terminara de hablar, una doncella había entrado y la ayudaba a quitarse el abrigo con ribetes de armiño.

Subieron las escaleras, sobre las cuales Lady Catherine tuvo mucho que decir acerca del cuidado apropiado de las maderas duras, la necesidad de airear el mármol y el mal consejo de permitir que un gato entrase en una casa. El vestíbulo de arriba sólo mereció un breve catálogo de quejas sobre la colocación de sus retratos, que no habían sido cambiados, aunque Lady Catherine estaba segura de que sí; pero por fin llegaron a la bonita sala de estar de Georgiana. La joven se levantó para saludar a su tía y recibir su beso.

Pronto estuvieron todos sentados junto al fuego y trajeron el té, mientras Lady Catherine observaba a Georgiana. —Tienes buen aspecto —dijo Lady Catherine a regañadientes—, espero que el triste descenso de tu puesto como ama de Pemberley no te haya sentado mal.

Georgiana era tímida, poco dispuesta a hablar en el mejor de los casos, y le tenía más miedo a su tía que a la mayoría de la gente, pero no podía dejar pasar esto. —¡Oh, no, tía! Estoy tan contenta con mi nueva hermana. Quiero mucho a Elizabeth, y no podría haber mejor ama de Pemberley.

—Pones buena cara —dijo Lady Catherine secamente—, pero supongo que debes hacerlo, o te arriesgas a que ella se enfade. Puede que no haya fin a las mezquinas maneras en que semejante intrusa te atormentará cuando yo me haya ido.

Georgiana continuó protestando fervientemente su amor por su hermana, y Elizabeth no levantó los ojos, como quería hacer, sino que se limitó a seguir serenamente sirviendo el té.

El señor Darcy le dio instrucciones al mayordomo para que le pidiera a los otros invitados que se unieran a ellos, si así lo deseaban, y al cabo de unos minutos entraron el señor y la señora Gardiner. Con un verdadero aire de dama, la señora Gardiner se sentó junto a Lady Catherine y les ayudó a Elizabeth y Georgiana a hacer de anfitrionas, ya que Elizabeth estaba inusualmente callada y Georgiana ya no hacía el menor intento de hablar.

A Lady Catherine no pareció disgustarle conocer a la nueva dama, quien iba vestida a la moda y hablaba muy bien, y se desvivió por contarle, sin preguntarle, todos los detalles de su viaje, la suciedad de los caminos entre Kent y Derbyshire, las incomodidades de las posadas y su temor de que los legendarios lujos de Pemberley hubieran disminuido por tener una ama que no conocía sus costumbres. —Estaba bastante preparada para que se convirtiera en una verdadera ruina abandonada —se lamentaba.

—Oh, no —le aseguró la señora Gardiner con una sonrisa. —Llevamos aquí hace ya algunas semanas, y puedo decirle que nunca hemos estado más cómodos en nuestras vidas. Como ya sabe, las camas son excelentes, con sábanas tan finas y antiguas, todas cubiertas de lavanda, y las cenas merecen la fama que tienen. Vaya, John, cuéntale a Lady Catherine sobre el buen trozo de venado que nos ofrecieron anoche. Nunca vi uno igual.

—El mejor que he probado en mi vida —exclamó su esposo—, ¡cazado por Darcy y Fitzwilliam, y cocinado a la perfección! No creo que ningún chef francés pudiera hacerlo igual.

—Estará en el aparador esta noche —dijo Elizabeth—, y hay un pavo fresco, así como unas sorprendentes tartas.

Lady Catherine juntó sus pesadas cejas y golpeó su bastón. —Hablando de su cuenta. Ninguna dama hace eso. Usted se deshonrará ante esta gente refinada. Ya sabía yo cómo iba a ser —suspiró. —Una serie constante de vergüenzas.

Los ojos de Elizabeth brillaron. —Me estoy esforzando por aprender las costumbres de los grandes —dijo solemnemente.

Darcy se volvió hacia su tía y le dijo con seriedad: —Tía Catherine, creo que tus prejuicios se irán disipando poco a poco, a medida que observes que no solo Pemberley está bastante bien, sino que el corazón de su dueño ha sido completamente feliz gracias al matrimonio… muy al estilo de mis amigos los Gardiner, según creo—. Se inclinó ante ellos de la manera mas amistosa.

—¿¡Eh! ¿Cuál es el nombre? No lo capté.

—Estos son el señor y la señora Gardiner, los tíos de mi esposa.

Lady Catherine se ruborizó. —¡Oh, por supuesto! ¡No la gente de Cheapside! ¡Imposible!

—Sí, nuestra casa está allí, cerca del negocio de mi esposo, como usted sabe —comentó enérgicamente la señora Gardiner—, estamos muy cómodamente instalados.

—¡Santo cielo! No tenía ni idea de que ningún caballero viviera en un lugar así —exclamó Lady Catherine, levantando alarmada las manos entrelazadas—, no me extraña que… Debe de estar usted muy contenta con Pemberley, pues no sé quién no lo está.

Darcy parecía avergonzado por la descortesía de su tía, pero la señora Gardiner respondió alegremente. —Ciertamente, Lady Catherine, el campo es siempre un gran regocijo para aquellos que vivimos en la ciudad —dijo—, el contraste es lo que resulta encantador.

—Bueno, parece que han vivido entre gente de más categoría —observó Lady Catherine. —Qué casa tan grande tienen. ¿Cuántos hijos?

La señora Gardiner se sometió a responder en voz baja a una serie de preguntas impertinentes, y Darcy parecía impaciente. Pero las conclusiones de Lady Catherine eran, en general, de naturaleza positiva.

—Veo, señor Gardiner, que a pesar de sus conexiones en el comercio, se ha casado con una dama. Su esposa es un tesoro. Tenía miedo de que mi sobrino se hubiera metido en un lío total, y esos, ya sabe, siempre acaban mal. Aún así, puede que las enseñanzas de su esposa compensen las deficiencias de la propia madre de esta joven. Eso espero.

—Al menos podemos esperar una buena cena —dijo jovialmente el señor Gardiner, tratando de cambiar de tema.

—Sí, y es hora de entrar—. Darcy se levantó y le cedió su brazo a su tía con bastante desgana, mientras Elizabeth caminaba detrás con Georgiana, hacia el comedor, iluminado por cientos de velas de cera que hacían brillar el cristal. Los mejores manjares estaban servidos en todas sus presentaciones, desde las tartas de pichón hasta el pavo, y todos los manjares iban acompañados de vinos tan finos que Lady Catherine se fue ablandando poco a poco.

—Debo decir que este pavo esta muy bien cocinado —reconoció—, nunca tuve una cena mejor en Pemberley, ni siquiera en los viejos tiempos. Y no tenemos nada como este vino en Rosings. La bodega de los Darcy siempre ha sido famosa.

Elizabeth intercambió miradas de alivio con Darcy.

—Hablando de Kent, no hemos preguntado por el señor y la señora Collins —se aventuró a decir Elizabeth.

—Apenas los veo, se lo aseguro. La señora Collins esta demasiado ocupada con su nuevo bebe como para atenderme y tener en cuenta mis necesidades —fue la desagradable respuesta. —Su egoísmo es ahora totalmente evidente. Y ese odioso señor Collins…

—Vaya, pensé que usted lo aprobaba —exclamó Elizabeth.

—¡Aprobar a un clérigo chismoso, y su apoyo a la infamia!

—¿Seguro que no te refieres a nuestro matrimonio? —preguntó el señor Darcy. —Tía Catherine, esta es realmente la última vez que se te permite hablar despectivamente de nuestra unión. Es decir, si deseas…

No dijo nada más, pero Lady Catherine sabía que se refería a los derechos de visita, y capituló. —Muy bien. Puedo decir que pareces estar contenta. Y Pemberley no ha sufrido materialmente.

—Muy bien por su parte —el señor Gardiner no pudo resistirse a murmurarle suavemente a su esposa.

—Pero ahora dime, con sinceridad, Darcy, pues sabré si me estás ocultando algo. ¿Cómo te ha recibido el condado? ¿Es bienvenida la señora Darcy en todas las grandes casas? Seguramente no ha recibido invitación alguna de Rowlands, ni de Tilden Court. Sólo la más alta clase es admitida como visitante allí.

—Hicimos visitas nupciales a todas las casas de los alrededores», respondió él en voz baja, «incluyendo las que tú mencionas; y fuimos amablemente recibidos en todas partes. Ahora que no soy un hombre soltero, me atrevo a decir que soy menos buscado, pero como puedes ver estos días me siento más feliz en casa.»

—Y es mucho más agradable para mí, tía Catherine, tener a mi hermana aquí —dijo Georgiana tímidamente. —Pasamos tan buenos ratos paseando y leyendo juntas.

—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que leen ustedes dos? —preguntó incrédula Lady Catherine. —Un libro de modales sería muy útil —dijo ella señalando con una mirada a Elizabeth.

—Hemos estado leyendo El Errante, y algunos de los poetas modernos.

—No ese espantoso Byron —dijo ella resoplando. —¡Tonterías!

—No; Marmion de Scott, tía —dijo Georgiana.

—Me gustaría que leyeran al doctor Johnson —añadió Mary con inquietud.

—¡Hm! ¿Y quién es esta jovencita para dar su opinión? ¿Es una de sus hermanas?

—Así es. Mi siguiente hermana, Mary —respondió Elizabeth concisamente.

—Y me parece que es más culta que la mayoría de ustedes.

El señor Darcy miró con recelo, pero Elizabeth se apresuró a responder: —Mary siempre ha sido una gran lectora, señora.

—Pero no tan bonita como usted y su hermana mayor. Bueno, en cualquier caso parece sensata, y si quiere que ella venga a Rosings conmigo, puede hacernos una visita y sernos de utilidad. Tal vez encontremos a alguien… supongo que el señor Collins tendrá un amigo aceptable.

Elizabeth apenas pudo contener un estremecimiento, pero Mary parecía interesada, por lo que Elizabeth aceptó cortésmente la invitación por ella, como vio que era su deseo.

Todo quedo arreglado, y Lady Catherine manifestó su propósito de hacer su habitual recorrido por la casa y los terrenos, y luego, en dos o tres días, regresar a Rosings, llevándose a Mary con ella. Si Darcy dijo —dos pájaros de un tiro— no fue al oído directo de nadie, y Elizabeth ignoró lo que dedujo de ello.

La cena, para alivio de muchos, había llegado a su fin. Pero mientras las damas se preparaban para retirarse, Lady Catherine permaneció sentada. —Deseo —anunció—, hablar en privado con mi sobrino.

El señor Gardiner se sintió claramente aliviado al seguir a su esposa y a las otras damas, y tía y sobrino se quedaron solos.

—Ya es hora —le dijo ella a Darcy—, de que me expliques qué te ha llevado a olvidarte tanto de ti mismo como para contraer este matrimonio. Oh, no te agites; no diré nada más contra la dama. Lo hecho, hecho está. Es bonita e inteligente, y no parece carecer por completo de contactos aceptables. Confieso que me alivia ver que Pemberley sigue funcionando como debiera. Más o menos —se corrigió.

—Entonces espero que estés empezando a descubrir lo que realmente es mi Elizabeth —replicó Darcy.

Ella se encogió de hombros. —Debes saber que mi asombro y consternación no fueron suscitados por la dama en particular, Darcy. No, se trata de que ti, descendiente de nobles por parte de tu madre y de una antigua y respetable familia por parte de tu padre, te has olvidado tanto lo que le debes a tu familia y a sus sombras. Y pensar que olvidaras así de tu orgullo.

—Ah, mi orgullo —dijo Darcy, recostándose en su silla, que parecía un trono. —Sí. Has juzgado correctamente, tía Catherine. Es para mi gran beneficio, que he aflojado las ataduras de mi orgullo. Esto, lo reconozco, se lo debo enteramente a Elizabeth.

Una sonrisa cubrió su rostro, haciéndolo ver realmente apuesto. —No veo —dijo Lady Catherine indignada—, por qué sonríes en una situación así. Tu querida y difunta madre, lo sé, estaría muy apenada.

—No es así, tía —dijo él seriamente. —Yo amaba a mi querida madre, y ella y mi padre representaban todo lo bueno; pero ya sabes, vivieron en otra época, y las ideas han cambiado con los tiempos.

—¡Por todos los cielos! Espero que no sea así —exclamó Lady Catherine, echándose hacia atrás en su asiento e indicando con gestos que quería más brandy.

Darcy se lo sirvió debidamente y luego se inclino hacia delante para explicarse. —Sí. En su época, y antes, se consideraba una verdad que algunos grupos de personas eran mejores que otros; que la gente noble, en particular, era intrínsecamente superior a los demás.

—¿Qué clase de charla revolucionaria es ésta? —preguntó Lady Catherine. —¿Has sido corrompido por emisarios de Francia? ¿Te has convertido en un radical? Por Dios, Darcy, ¡qué sería de Inglaterra si todos pensaran como tú!

—Pero es en Inglaterra en lo que pienso, tía —dijo seriamente. —Dios sabe que amo y defenderé mi casa, mi pueblo, mi país, con todo mi corazón, mi fuerza y mi poder. Pero Inglaterra no es perfecta. Debes saber que esto es verdad; sólo mira todo lo que intentas hacer para mejorarla.

Lady Catherine guardó silencio, no queriendo contradecir que hacía mucho.

—Sí. Incluso en tu parroquia hay muchos pobres, que trabajarían si pudieran; y algunas personas viven en grandes palacios mientras otras están a la intemperie.

—Cierto. Pero así es el mundo. «El rico en su castillo, el pobre en su puerta», ya sabes, Darcy. Así es como funcionan las cosas. Si no fuera así, habría caos.

—Pero nosotros que tenemos corazones sensibles, y vidas confortables, tenemos el deber de intentar mejorar el mundo, tía Catherine.

—Esto no me dice por qué te casaste con esa joven —dijo ella irónicamente.

—Sí lo dice. Elizabeth me enseñó que no existen tales diferencias entre las personas; y que es perverso percibirse a uno mismo como algo superior, cuando todos somos hijos de Dios.

—¿No superiores? Pero, naturalmente somos superiores, Darcy. ¿Qué quieres decir? Somos los amos, hechos para gobernar y dirigir, y los demás están hechos para seguir y servir.

—Bueno, no deseo debatir filosofía contigo —dijo él, con un tono de finalidad en su voz—, sólo hacerte ver que, al haber sido educado para pensar como tú, tenía la tendencia a volverme muy arrogante y, de hecho, odioso; y fue necesaria una mujer muy superior para enseñarme mi verdadero lugar en el mundo… y en el de ella.

—Ya veo,» se burló Lady Catherine —que estarás enredado en las cuerdas del delantal de tu esposa. Te tiene justo donde quería que estuvieras, desde el principio.

—¡Oh, tía Catherine, si supieras! Elizabeth ni siquiera deseaba casarse conmigo. Te aseguro que me rechazó al principio, tan enérgicamente, que apenas puedo alegrarme lo suficiente de haber podido conquistarla al final.

Su tía se mostró escéptica y dio un sorbo a su brandy. —Realmente, no hay límites para lo que una mujer intrigante puede hacer creer a un hombre —observó—, y ella es una de las mujeres más inteligentes del mundo, para hacerte pensar lo que piensas. Si la hubieras visto cuando me entrevisté con ella, se obstinó en insistir en tenerte. Muy inteligente.

—Si quieres pensar así, tía, es inútil tratar de convencerte de lo contrario. Pero creo que si pudieras observarnos durante la larga vida que esperamos que sea la nuestra, verías a una pareja que apuesta a ser la más feliz del mundo.

Él se levantó y ella lo siguió. —Quédate —le dijo ella, poniéndole la mano en el brazo. —Debes saber, Darcy, que te amo tiernamente, y de hecho te deseo toda la felicidad del mundo.

Darcy le sonrió, y sus ojos brillaron. —Esperaba que pudieras hacerlo, querida tía.

Volvieron a reunirse con los demás en el salón, y Lady Catherine se acercó a Elizabeth, que parecía alarmada.

—Señora Darcy —dijo lady Catherine, dirigiéndose a ella por primera vez-, no soy tonta y puedo aceptar los hechos tal como los veo. Mi discernimiento natural siempre ha sido notable; y mientras que muchas personas de mi edad se niegan a reconocer los cambios, mi mente posee una singular capacidad de discernimiento. Estoy dispuesta a creer que usted puede llegar a ser una buena esposa para mi sobrino, y una adecuada dama de Pemberley, con una condición.

—¿Y cuál es? —preguntó Elizabeth, con más curiosidad que inquietud.

—Tenga la paciencia de dejar que me explique. Usted sabe que yo era hermana de la madre de Darcy, y que sufrí mucho cuando ella murió. Amaba al muchacho como si fuera mío; y todo lo que he dicho y hecho desde que se sintió atraído por sus encantos, fue sólo por su propio bien.

—Sí, puedo entenderlo —dijo Elizabeth en voz baja.

—Debo seguir y seguiré interesándome por todos sus asuntos, y debo reconocer que al menos él parece estar bien y feliz… de momento.

—Es muy amable de su parte.

—¡Silencio, por favor! La impertinencia es impropia, cuando estoy cediendo tanto como esto. Usted sabe que mi hermano, el Conde, está provisto en su línea. La línea de Bourgh continúa en otra rama, y aún tengo esperanzas de que mi Anne pueda casarse, aunque si lo hace su esposo deberá tomar su apellido—. Se sumió en un ensueño.

Elizabeth y el resto de la comitiva esperaron pacientemente a que continuara.

—El linaje Darcy no es el mío por sangre, pero le tengo respeto, pues honro como yo el matrimonio de mi querida hermana. Por lo tanto, me importa mucho ver asegurada la sucesión de la casa Darcy—. Hizo una pausa, con una mirada significativa.

Tía Catherine, eso no es asunto tuyo», estalló Darcy, realmente molesto al fin. —¡No tienes derecho a saber semejantes asuntos tan personales nuestros! No llevamos casados ni seis meses.

Elizabeth lo miró con cariño. —Querido, ¿puedo hablar?

Él pareció sorprendido. —Si quieres. Es tu elección.

Inmediatamente, aunque con cierta timidez natural y titubeos en sus modales, le dio a entender a su tía, y a todos los presentes, que había razones para esperar que la llegada del otoño trajera una nueva pequeña sombra a Pemberley.

Decir que lady Catherine se sintió complacida es faltar a la verdad, pues deseaba fervientemente que todo lo relacionado con ella prosperase a lo grande, y el hecho de que Darcy tuviese un hijo y un heredero contribuiría al bienestar de su casa. Si albergaba la esperanza de que la joven madre no sobreviviese al proceso y se necesitase una segunda esposa de mejor clase social, al menos se comportó con la suficiente cortesía como para no decirlo.

Georgiana y los Gardiner estaban realmente encantados y el resto de la velada no fue suficiente para todas sus expresiones de felicidad.

Al subir las escaleras por la noche, después de acompañar a sus invitados a sus respectivos dormitorios, el señor y la señora Darcy se sintieron muy aliviados y satisfechos.

—La vieja Gorgona, por fin se ha comportado civilizadamente —comentó Darcy con alivio.

—Pensé que lo sería, cuando se enteró de todo.

—¿Lo pensaste? Confieso que temía que entrara en uno de sus ataques de ira, y no podía tolerar que te vieras expuesta a semejante disgusto.

Elizabeth esbozó una sonrisa secreta. —No tenías por qué preocuparte. Ya me he enfrentado antes a Lady Catherine, y ya ves que no perdí la batalla.

Darcy parecía divertido. —Muy cierto. Aunque no me gusta pensar en mí como el premio en un botín de guerra. Tú eres el premio, mi Elizabeth, y nuestro futuro pequeño.

—Y tú eres el mío. Nuestro —declaró ella, colocando su vela junto a la cama y soltando sus oscuros cabellos para que cayeran a lo largo de su camisón blanco y el cubrecama de satén. «Aunque algunos dirían que el premio es Pemberley.


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