Las historias jamás contadas, p. 138

EL señor y la señora Darcy en Pemberley

Por Joana Starnes

Traducido por Cristina Huelsz

Diciembre 2, 1812

—¿Sigues dormida?

Los dulces tonos llegaron hasta ella en medio del delicioso sopor, el bajo rumor de su voz la hizo volverse con algo muy parecido a un ronroneo, y los ojos de Elizabeth se abrieron de golpe para ver el amado rostro de su esposo justo encima del suyo. Unos cálidos labios rozaron los suyos y luego empezaron a trazar una deliciosa y hormigueante línea a lo largo de su cuello, dejándola sin aliento… y volvieron a subir a un ritmo lento y exquisito.

—Pensé que te gustaría saber —susurró él entre besos suaves y tentadores—, que mi criado ha traído chocolate… y panecillos calientes… y mermelada…

En efecto. Ahora ella podía percibir el delicioso aroma del pan recién horneado, que competía con el exquisito aroma de él por llamar su atención, pero como era de esperarse, Elizabeth optó por deleitarse con este último y se acurrucó contra él, con los brazos emergiendo de la acogedora calidez bajo el cubrecama para rodearle el cuello.

—Hmm… ¿chocolate en la cama? Pensaba que era una extravagancia de corta duración —le susurro ella.

Darcy se apoyó en un codo y le acarició la mejilla con la mano.

—¿En serio? —preguntó él con seriedad. —Pero no te importa, ¿verdad?

—¿Importarme? Cielos, no. Simplemente pensé que tendrías más tiempo que dedicarte a malcriar a tu esposa —dijo ella riéndose, y Darcy le pasó los dedos por el cabello antes de inclinarse hacia ella para darle otro beso.

—Nada tiene prioridad frente a mimar a mi esposa —sonrió, y luego añadió suavemente: —Elizabeth, llevo demasiado tiempo soñando con que se me permita hacer precisamente esto, cuidarte, estar contigo, sí, mimarte, si quieres, como para permitir que nada tenga prioridad sobre ti. Hay otras exigencias, por supuesto, ambos lo sabemos. Pero eres mi primera preocupación, mi alegría y mi propósito, y todo lo que hago estos días es pensando en ti. Espero que lo sepas.

—Lo sé, mi amor —le susurró ella, al borde de las lágrimas, totalmente abrumada por la abierta declaración de sentimientos tan profundos por parte de un hombre de pocas palabras.

Se acercó para abrazarlo, con el corazón desbordado, y apretó los labios contra su frente. Darcy la abrazó por un momento y luego se incorporó.

—Entonces, ¿qué prefieres? ¿Una bandeja en la cama, o estarías más cómoda en la mesa?

La mesita y las dos sillas colocadas en el hueco de la ventana eran nuevas adiciones a la habitacion, y formaban un conjunto deliciosamente acogedor, además del cual se abría una amplia vista, menos encantadora por la lluvia torrencial que dejaba riachuelos a lo largo de los cristales. En un día seco, debería ser tan impresionante como la vista desde la otra habitación, pensó Elizabeth, y entonces sus ojos volvieron al ligero banquete y, súbitamente hambrienta, apartó las sábanas.

—La mesa, creo —respondió ella, y Darcy se levantó.

—Aún no está lo bastante caliente, acaban de encender el fuego. Toma. ¿Sirve esto?

Darcy levantó su propia bata del largo asiento que había a los pies de la cama y se la tendió, para que ella pudiera ponérsela por encima del camisón, y Elizabeth lo hizo, deleitándose infantilmente con la novedosa intimidad de ponérsela, de llevar algo suyo. Frotó la mejilla contra la suave tela, inhalando el delicioso aroma a Fitzwilliam y sándalo que impregnaba la prenda y se metió en su abrazo mientras él terminaba de anudar el fajín.

—A este paso, nunca nos sentaremos a tomar chocolate», se rio ella y, presionando brevemente sus labios contra el pecho de él, donde los pliegues de su camisón se separaban, se animó finalmente a ir y hacer justamente eso, y luego vertió para ambos -una intimidad menor comparada con todas las otras que ya habían compartido, pero exquisita a pesar de todo.

—Parece que nuestra excursión prevista tendrá que esperar —observó Elizabeth al cabo de un rato, inclinando la cabeza hacia las ventanas salpicadas por la lluvia. —Tal vez me alegraría tener la oportunidad de ocuparme de mi correspondencia descuidada durante tanto tiempo, pero será difícil resistirse al encanto de la biblioteca.

—Será mejor que disfrutemos de nuestra paz y tranquilidad mientras podamos. No falta mucho para que mi tía descienda sobre nosotros—. Hizo una mueca. —Debo decir que me siento aliviado de que el señor y la señora Gardiner vayan a estar con nosotros en el momento de este obstáculo, ya que están obligados a levantarte el ánimo y proporcionarte todo su apoyo, pero sigue siendo una verdadera lástima que su visita se vea arruinada. Se merecen algo mejor.

—Oh, se lo tomarán con buen humor, y yo también, lo prometo. En verdad, de todos nosotros, la visita de Lady Catherine será para ti la prueba más dura, y lo lamento. Pero debe hacerse. No por el bien de su señoría, no como tal, sino por Anne y Georgiana y el resto de tu familia. Mantener un agravio angustiaría a todos a la larga.

—Bienaventurados los pacificadores —sonrió Darcy, tendiéndole la mano. —Ninguna otra mujer habría mostrado una paciencia tan santa.

Elizabeth soltó una suave risita.

—Yo no lo llamaría así. Digamos que he tenido mucha práctica. Dentro de poco nos visitará también mamá, y no dudo de que nos mortificará a los dos con sus efusiones…

—Pero sin malicia —intervino Darcy. —Lo cual no puede decirse de Lady Catherine.

—Tal vez no —reconoció Elizabeth. —Pero nos vendrá bien recordar que ninguno de nosotros puede elegir a sus parientes -agregó con una fugaz mueca de dolor al recordar todas las molestias y mortificaciones que él había soportado por su causa, no a manos de su madre, sino de Lydia y el canalla de su esposo.

Sin embargo, no quiso mencionar a Wickham, no aquí, en el feliz santuario de su dormitorio. En su lugar, se esforzó por poner un toque de picardía en su tono y sus modales al reanudar:

—Cuando su señoría me reprendió por influenciarte con mis artes y seducciones, apuesto a que no se imaginó que mis impíos poderes de persuasión serían empleados para su propio beneficio. De modo que, cuando venga de visita y ponga a prueba nuestra paciencia con sus comentarios, como es su costumbre, alegrémonos en privado imaginando lo que podría decir y hacer, si ella llegara a tener ese particular conocimiento.

A pesar de todo, Darcy soltó una risita y miró al cielo.

—¡Incluso así te diviertes!

—Como a mi padre le gusta decir, pues para que vivimos sino para burlarnos de nuestros vecinos y reírnos de ellos a su vez. A esto, sólo añadiría, gracias a Dios que Lady Catherine no es nuestra vecina. Así que tomemos las cosas con humor y demos gracias por cada una de las millas que separan a Rosings de Pemberley.

Al decir esto, ella abandonó su asiento y vino a acurrucarse en los brazos de él, con los suyos estrechamente envueltos alrededor de él.

Ella presionó sus labios contra los de él y entrelazó sus manos en su cabello, sin aliento por la felicidad y por sus besos. Y la lluvia no dejaba de caer en largas lanzas grises, envolviendo Pemberley en lúgubres pliegues, pero en los aposentos del amo reinaba el calor y una luz brillante y estimulante.


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