
Darcy y Elizabeth en la biblioteca de Pemberley
Por Diana Birchall
Traducido por Cristina Hulesz
Noviembre 25, 1812
La criada descorrió las cortinas y dejó la bandeja del té. En cuanto se hubo retirado, Elizabeth abrió los ojos y levantó la cabeza de la almohada de plumas. Darcy, en camisón, comenzaba sus abluciones con la jarra de agua y el tazón.
—Oh, Darcy —gimió ella—, ¡mira como está lloviendo! —Él dejó de salpicar y le sonrió afectuosamente.
—Derbyshire puede ser húmedo en invierno, creo que olvide advertirte cuando te hice mis propuestas», dijo burlonamente, y volvió a su espejo. —No; no recuerdo haber mencionado la lluvia en ninguna de las dos ocasiones.
—¡Humedad! Querido, está cayendo a cántaros. No hay más que mirar el cristal de la ventana. Íbamos a dar un largo paseo por el bosque suspendido, al que no llegamos ayer. Siempre he querido verlo.
—¿Dónde está tu filosofía, Elizabeth? Tienes toda una vida, y muchos veranos, espero, para inspeccionar nuestros bosques colgantes. Hoy disfrutaremos dentro de casa. Aún te queda mucho por explorar dentro de la casa de Pemberley, te lo aseguro.
Elizabeth se levantó de la cama, se envolvió en su bata blanca y se acercó a él. Se abrazaron calurosamente y pasaron unos momentos de silencio, que terminaron con una risa baja de Elizabeth.
—¡Cielos! Estás tan húmedo como afuera.
—No importa, sólo me alegro de que tu ardor te impidiera esperar a que estuviera seco.
Elizabeth se ruborizó y cambió de tema. —Bueno, ¿y qué tienes pensado para entretenerte dentro? Es cierto que ya he visto toda la casa, pero he estado tan ocupada con los preparativos y aprendiendo donde esta cada cosa y quien es cada uno, que no me he familiarizado con mi nuevo hogar tanto como debiera.
—¿Qué me dices de la biblioteca? —sugirió Darcy. —Siempre he tenido la intención de enseñarte su contenido, y nunca lo he conseguido.
Elizabeth se animó de inmediato. —¡Oh, sí! Vamos a la biblioteca inmediatamente después del desayuno.
Darcy le dio un último abrazo. —Iremos. Abrígate bien y les diré que enciendan un fuego allí. La humedad se mete en los huesos.
Una hora más tarde, abrieron de un empujón las puertas de la gran biblioteca y fueron recibidos por un noble fuego que rugía en la hermosa chimenea. Elizabeth miró a su alrededor, contenta de disponer de más tiempo libre para estudiar la estancia, que, pensó, debía de ser sin duda una de las más bellas de toda Inglaterra. La biblioteca daba al norte, y las largas ventanas enmarcaban las verdes colinas y los bosques que se alzaban tras la casa, un paisaje magnífico. Había cómodos asientos y nichos repartidos por la larga y amplia estancia, con cuadros intercalados entre las altas estanterías de libros, de color rojo oscuro, azul oscuro y dorado en sus antiguas encuadernaciones.
—Qué hermoso —suspiró.
—¿Verdad que sí? Confieso que es mi habitación favorita de la casa. Los Darcy siempre han sido hombres de lectura, y la colección contiene algunos libros muy finos de gran antigüedad.
—¿Cuál es el más antiguo? —preguntó ella.
—Creo que nuestra edición de Erasmo, el Moriae Encomium, de 1523. Hay varias otras obras del siglo XVI, y una hermosa edición de Chaucer -aquí está, la antigua edición de Speght de 1598. No es la que yo leo; demasiado rara y frágil, leo una copia más moderna.
—¿Te gusta Chaucer, y lo lees con regularidad? —preguntó Elizabeth con asombro.
—Desde luego que sí, es un viejo favorito, y me atrevo a aventurar que tú sientes lo mismo, pues eres una estudiosa de la naturaleza humana, y él es el mejor.
—¡Oh, sí! Aprendí a amar la lectura de Chaucer porque también es el favorito de mi padre. Siempre se reía para sus adentros de la Esposa de Bath. No debería decirlo, no es respetuoso, pero creo que ella le recordaba a mi madre.
Sus miradas se cruzaron y se rieron. —Me alegro de que tu padre tenga tan buenos amigos que le hagan compañía —le dijo afectuosamente el señor Darcy.
—Sí. Y veo que también tienes muchos de nuestros otros favoritos: Peregrine Pickle y Los viajes de Gulliver, y oh, todo Johnson. Nunca he leído su Viaje a las Hébridas, y he deseado hacerlo, pero mi padre no lo tenía.
—¿Te gusta leer sobre viajes? Aquí tenemos muchos —y su esposo la condujo a unos estantes repletos de viajes de caballeros a lo largo de varios siglos.
—Oh, sí, he estado leyendo las cartas de la señorita Wollstonecraft desde Suecia, que son tan peculiarmente interesantes. Sin embargo, creo que ha sido una escritora de ficción, la señora Radcliffe, la que más me ha hecho desear visitar Italia. Y algunas de las descripciones de Corinne eran sublimes, aunque no me gusta tanto la escritura de Madame de Stael.
—Tenía la esperanza —dijo Darcy con timidez— no de leer sobre viajes contigo, sino de llevarte de viaje por el continente. ¿Te gustaría ir a Italia en la primavera, Elizabeth?
—¡Me encantaría! —exclamó ella, sin poder evitar aplaudir.
Él asintió. —Entonces iremos. Me encantará mostrarte sus bellezas, e Italia, tus belleza, mi amada Elizabeth.
—¡Nunca en mi vida soñé con algo así! —exclamó ella. —Los Lagos eran mis aspiraciones más lejanas.
—También los veremos —sonrió él. —Pero mientras tanto, tenemos que pasar este día lluvioso, y probablemente muchos más, hasta que vayamos a Londres por la Temporada, después de Navidad.
Ella lo miró con ojos brillantes. —No creo que nos cansemos nunca de estar juntos en Pemberley, ¿verdad, Darcy? ¡Y nos llevará una larga vida leer siquiera una parte de tantos miles de libros!
—Eso es lo que he estado pensando. Será un otoño y un invierno como nunca he experimentado en Pemberley, contigo aquí, mi Elizabeth. Leeremos juntos, y ¡qué lujo, si me lees a mí!
—Por supuesto. Te leeré algunas de mis novelas favoritas, de las señoritas Burney, Edgeworth y Austen…
—¡Pero si las he leído todas! Y muchas veces.
—¿Las ha leído? Me imaginaba que te entretenías con la erudición clásica. Eso parece, si estas estanterías sirven de prueba —y señaló los volúmenes de Heródoto y Horacio, Eurípides y Virgilio.
—Ciertamente, cualquier caballero que haya recibido una educación clásica encuentra un placer perenne en los autores más antiguos. ¿Supongo que tú también sientes la falta de esa educación? ¿Querrías que fuera tu instructor?
Darcy se había sentado en una silla de madera peculiarmente tallada junto al fuego, y sin más preámbulos, con la suficiente confianza como para resultar familiar, Elizabeth se subió a su regazo. Él la acarició y el tema de los libros quedó olvidado por unos instantes.
—Espero que nuestro matrimonio me proporcione una educación más sólida que la que recibí rebuscando en la biblioteca de mi padre, que es mucho más pequeña, y frecuentando la biblioteca de Meryton —le dijo ella, abstraída, alisándole el cabello.
—Nos deleitaremos juntos con los libros, Elizabeth. Apenas puedo comprender el placer que será.
—Yo tampoco. ¡Pero Darcy! —exclamó ella—, ¿qué es esto sobre lo que estás sentado?
—Oh, ¿esto? Es un dispositivo bastante ingenioso, la silla se convierte en una escalera de biblioteca, y te lo mostraré.
Le demostró cómo, abriendo el armazón de madera, se podía formar una sólida escalera para llegar a los estantes más altos.
—¿Terminaran alguna vez las maravillas de Pemberley? —se sorprendió ella.
—Espero que no. ¿Sabes lo que me gustaría, Elizabeth? Que me leyeras Las mil y una noches. Sospecho que sería algo especial, oír esas historias contadas en la voz de mi propia encantadora Scheherazade.
—Oh, si lo deseas, lo haré. Mi padre nunca me dejó leerlo; ahora descubriré por qué. Pero, oh, Darcy, ¡mira! Se está despejando, tan repentinamente. Ahí está la luz del sol, saliendo de entre esas nubes plateadas.
—Tienes razón. Por la tarde puede estar lo suficientemente seco para nuestro paseo, después de todo. Sólo tenemos tiempo para una historia. Ven y siéntate conmigo en el sofá. Es mucho más suave que esa silla dura, y puedo abrazarte.
Tomó su mano y se reclinaron juntos en el bonito sofá de satén a rayas, con Las mil y una noches en su regazo.