
Los recién casados llegan a Pemberley
Por Nicole Clarkston
Traducido por Cristina Huelsz
Noviembre 23, 1812
Elizabeth Darcy se bajó del carruaje con una sensación de asombro que incluso ella apenas pudo reprimir. Inclinó la cabeza para contemplar una vez más la grandiosa fachada de Pemberley, que ahora se había convertido en un lugar no sólo de admiración, sino de pertenencia. El sol del atardecer proyectaba una luz dorada sobre la piedra, resaltando la robusta gracia de sus columnas y la hiedra que trepaba por el ala este, como si quisiera abrazar la casa como seguramente lo haría su señora.
Era el mismo Pemberley que había visto aquellos meses atrás: tranquilo, majestuoso, perfectamente proporcionado. Sin embargo, ahora estaba transformado por el cambio de sus propias circunstancias. Entonces, ella había sido una invitada, insegura de su bienvenida, sus emociones tumultuosas y sus opiniones sobre el dueño sin resolver. Ahora ella era su dueña, tan segura del afecto de su esposo como del suyo propio.
Darcy ya estaba a su lado, con la mano enguantada extendida en una silenciosa invitación. Había algo en su expresión -una especie de orgullo cohibido, atemperado por la esperanza- que la hizo sonreír. Coloco su mano sobre la de Darcy y se inclinó hacia él, como si le estuviera confiando un secreto.
—Creo haber visto a sus lacayos intercambiando miradas de complicidad, señor Darcy —murmuró. —¿Que escandalosas conclusiones podrían estar sacando sobre nosotros?
—Tal vez —respondió él con fingida severidad—, que su amo está completamente perdido por su esposa. Una verdad escandalosa, desde luego.
Los ojos de Elizabeth brillaron. —¿Perdido, señor? ¿Ya? Y acabamos de cruzar el umbral de sus dominios. ¿Debo prepararme para administrar la propiedad sin ayuda de nadie cuando usted se vea reducido a un estado de indefensa adoración?
Los labios de Darcy se crisparon, pero los moduló para que aparentar seriedad. —Si mi amor fuese alguna vez impotente, madame, sería enteramente culpa suya.
—Entonces acepto la culpa con gusto —dijo ella, con una risa suave pero radiante.
Entraron en el gran vestíbulo, con los suelos de mármol relucientes y todas las superficies pulidas reflejando su llegada. Elizabeth se sorprendió de nuevo ante la grandiosidad del lugar, pero sus ojos no tardaron en buscar y encontrar lo que antes había pasado por alto: las huellas del propio Darcy en cada rincón. Estaba presente en la disposición de las estanterías de la biblioteca, en el escaso uso de la ornamentación, en la preferencia por el orden y la simetría. Pemberley, al igual que su amo, mostraba las marcas del buen gusto y de una moderada actitud.
El personal de la casa los esperaba en ordenadas filas, y Elizabeth sintió una momentánea punzada de nervios. No era ajena a la vida doméstica, pero Pemberley era un reino comparado con Longbourn. Sin embargo, cuando miro a Darcy y vio su tranquila confianza, se dio cuenta de que no estaba sola en este nuevo papel. Enderezó los hombros y dio un paso al frente.
La señora Reynolds hizo una profunda reverencia. —Bienvenidos a casa, señor y señora Darcy.
Elizabeth sonrió cálidamente. —Gracias, señora Reynolds. Debo agradecerle especialmente que haya mantenido a mi esposo en buen estado todos estos años.
Darcy soltó una risita baja, aunque la disimuló con una tos. —La señora Reynolds ha hecho un trabajo admirable manteniendo Pemberley, pero me temo que estoy fuera de su jurisdicción.
—En efecto, señor —se mofó Elizabeth, dejando que su voz resonara lo suficiente como para que el personal la oyera. —Estoy aprendiendo rápidamente que usted necesita una mano más firme.
Los labios de la señora Reynolds se torcieron ligeramente, pero su respuesta fue comedida. —Creo que la señora Darcy encontrará en Pemberley un lugar de armonía, madame, mientras el señor Darcy continúe pareciéndole tan bien a su señora.
—Ah, señora Reynolds —intervino Darcy con suavidad, aunque sus orejas se habían puesto notablemente rosadas—, dejemos mis defectos para una discusión privada, ¿de acuerdo?
Elizabeth, reprimiendo una sonrisa, se dejó llevar hacia el salón. —Una sabia retirada —murmuró. —Ahora entiendo por qué admiras tanto a la señora Reynolds; incluso a ti te maneja con sutileza.
—Ha tenido años de práctica —respondió él secamente. —Confío en que no tendrás problemas para ponerte al día.
Cuando llegaron al salón, Elizabeth observó las proporciones y el mobiliario con nuevos ojos. El espacio era grandioso y acogedor, con ventanas que ofrecían una impresionante vista de los jardines. Era allí donde ella presidiría como señora, recibiendo a sus amistades, compartiendo momentos privados de alegría y reflexión con Darcy y, tal vez algún día, viendo a sus hijos corretear por los jardines.
Darcy se acercó un poco mas, rozando su mano con la de ella, como si se sintiera inconscientemente atraído por la conexión. —¿Te agrada? —le preguntó, ahora con voz mas tranquila.
Elizabeth se volvió hacia él, con una mirada suave pero traviesa. —Sí, aunque me reservo el derecho a cambiar los muebles.
—Haz los cambios que tú consideres —replicó él, con tono serio a pesar del humor de sus ojos. —Pero prométeme que no me cambiarás a mí.
Elizabeth ladeó la cabeza, como si lo estuviera considerando. —Eso depende, señor Darcy. ¿No es usted ya un hombre reformado?
—Estoy totalmente en tus manos —dijo él, liberando por fin una sonrisa. —Aunque espero que me encuentres muy mejorado y sin necesidad de mayores alteraciones.
—Hmm —musitó ella, acercándose. —Supongo que el tiempo lo dirá.
Mientras estaban allí de pie, con la luz dorada del atardecer derramándose por el salón, Darcy le tomó la mano y se la llevó a los labios. —El tiempo -dijo en voz baja- es un lujo que pienso dedicarte por completo.
La risa de Elizabeth fue leve, pero sus ojos brillaron con lágrimas que no hizo ningún esfuerzo por ocultar. —Entonces soy la mujer más rica que existe.