Las historias jamás contadas, p. 134

El inicio del resto de sus vidas

Por Maria Grace

Traducido por Cristina Huelsz

Noviembre 18, 1812

El desayuno de boda había sido todo lo que se suponía que tenía que ser. Ruidoso, abarrotado, una mesa bien puesta y una casa llena de flores. Una madre efusiva, un padre satisfecho -o aliviado- y una novia sonrojada, rodeada de sus seres más queridos. Sus tías la habían elogiado, sus hermanas la envidiaban y sus amistades la felicitaban mientras él observaba y disfrutaba del placer de ella.

Pero ahora había terminado y era hora de empezar el resto de su vida -sus vidas- juntos.

La mayoría de los baúles de ella habían sido enviados por delante, pero los dos que iban a acompañarlos hoy estaban esperando, ya cargados en el vagón de equipaje con los de él.

Qué bien se veían juntos, el de él robusto y sombrío, a juego y bien cuidado, el de ella desgastado y bien usado, desparejado y ostentando juguetonamente las marcas de muchos viajes.

Era una idea ridícula. Una de las muchas que había empezado a tener desde que solía acompañar a Elizabeth.

Darcy la esperaba cerca del carruaje. Él ya se había despedido de los Bennet y los Gardner. A estos últimos los volvería a ver pronto en Londres, pues ya había concertado una cena en casa de los Gardiner para dentro de quince días. ¿ Acaso era ridículo alegrarse de tener familiares a los que realmente esperaba ver en Londres, y no sólo a los que toleraba en aras de la cortesía?

Comenzó a caer una ligera nevada. No del tipo que obstaculizaría su viaje, sino del tipo suave que uno podía oír caer si estaba lo suficientemente tranquilo. La que cubría el campo con un velo blanco, como el que Elizabeth llevaba esta mañana. Del tipo que ella disfrutaba.

Una despedida perfecta de Longbourn.

La puerta principal se abrió con un chirrido de queja por haber sido forzada. Salieron el señor Bennet y Elizabeth. Él la acompañó hasta el carruaje, con los ojos sospechosamente brillantes.

—Así que finalmente ha llegado el momento de que te lleves a mi Lizzy. No puedo retrasarte más—. Le dio una palmadita en la mano a Elizabeth, que estaba apoyada en el pliegue de su codo. —Cuídala bien: te llevas la luz más brillante de Meryton.

—Oh, papá—. Se puso de puntillas y besó la mejilla de su padre.

—Lo haré, señor—. Tomó la mano de Elizabeth, la ayudó a subir al carruaje y subió tras ella.

El señor Bennet cerró la puerta y le hizo señas al cochero para que avanzara.

El carruaje dio un bandazo que obligó a Darcy a sentarse de nuevo a su lado, en los mullidos asientos de cuero.

Elizabeth se enderezó la capota y se asomó por el cristal lateral, saludando con la mano hasta que la carretera giró y Longbourn se perdió de vista. Su sonrisa se desvaneció por un instante, pero volvió cuando lo miró.

Él le pasó el brazo por los hombros y ella se acomodó contra él.

¿Fueron los cálidos ladrillos que calentaban el carruaje o la cercanía de ella lo que le hizo sudar?

Las mejillas de ella brillaban: ¿también lo sentía?

El brillo de sus ojos y el giro travieso de sus labios sugerían que sí.

—Entonces, señor Darcy, ahora que es un hombre viejo y casado…

—Efectivamente soy un hombre, y ahora estoy casado, pero difícilmente soy viejo—. Sus cejas se alzaron y ladeó la cabeza.

Ella entornó los ojos, radiante. —Esa es una expresión muy inapropiada, señor Darcy.

La forma en que le brillaban los ojos cuando sonreía era una expresión tan atractiva, deseable y besable.

¿Qué podía hacer un hombre, un hombre casado? La besó, lenta y suavemente, saboreando cada momento.

—Tampoco creo que eso se considere apropiado —le susurró ella al oído, con su aliento haciéndole cosquillas en el cuello.

Estaba intentando volverlo loco.

—¿Ahora te preocupa lo que es apropiado? Mi queridísima Elizabeth, si lo consideras de verdad, lo apropiado no ha estado presente en nuestra relación desde el principio.

Ella respiró hondo y se llevó la mano al pecho. —¿Qué está diciendo, señor? ¿Me está acusando…?

—¿Considera que corretear por el campo, sola y sin compañía, es un comportamiento muy apropiado para una mujer joven? —Él endureció sus facciones, o al menos eso esperaba.

—Y encontrarse con dicha joven para pasear, sola y sin compañía, es igualmente inapropiado para un caballero ¿no es así? De hecho, creo recordar que cierto caballero visitó a dicha joven y descubrió que estaba sola en la casa. Sin embargo, no se marchó, sino que se quedó e insistió en hablar con ella a solas.

—¿Ha olvidado que una oferta de matrimonio se ofrece tradicionalmente en una audiencia privada?

Ella arrugó juguetonamente: —Tal vez sea cierto, pero un hombre apropiado no hace comentarios sugerentes sobre las figuras de las damas de su compañía mientras pasean por la sala.

Aquel día él sólo estaba haciendo comentarios sobre la figura de una de aquellas damas.

Elizabeth parecía demasiado engreída.

—¿Y es totalmente apropiado aceptar una carta de un hombre sin parentesco y luego leer dicha carta? ¿Múltiples veces?

—No menos apropiado que el caballero que escribe dicha carta. Además, ¿cómo sabrías cuántas veces se leyó la carta?

El color de su cara confirmó lo que él sospechaba: habían sido muchas veces.

—Así que, entonces estás totalmente de acuerdo, el decoro quizás no ha sido la característica principal de nuestro cortejo.

—Tal vez tenga razón, señor. Ahora que soy una mujer casada y mayor, me ocuparé de que todas las cuestiones de decoro sean cuidadosamente atendidas—. Ella cruzó las manos en su regazo y levantó la barbilla, justo así.

—No quiero nada de eso—. Él tiró de la cinta del sombrero y el nudo se soltó. Un suave toque y la cofia se deslizó hacia atrás para dejar al descubierto su hermoso cabello, adornado con cintas y perlas. El vaporoso velo blanco le caía sobre los hombros como una capa de nieve.

—No tengo intención de vestirme como es debido hasta dentro de quince días.

Los ojos de ella se abrieron de par en par, con un toque de genuina sorpresa en ellos. —¿Quince días, señor? ¿No hablarán los criados?

—Tal vez tengas razón. Me limitaré a sólo cinco días, y para estar completamente seguro de que no se hable mal de mí, no habrá criados.

—No puede estar hablando en serio, señor. ¿Cómo funcionará la casa sin el personal?

Darcy apretó los labios. Ella no apreciaría que se rieran de ella en ese momento, pero su desconcierto era totalmente divertido.

—No he dicho nada de la casa. No me has preguntado cuál es nuestro destino.

—¿No vamos a la residencia Darcy?

—Sí, pero de camino a la casa de mi amigo Wingrave.

Ella ladeó la cabeza, con una mirada lejana, esa expresión pensativa que a él tanto le gustaba. —¿No es el baronet que tiene su residencia…?

—¿Pero a cinco millas de aquí? Sí, es él. Él y su familia estarán fuera durante las Navidades. Tiene una cabaña en su propiedad y nos ha ofrecido usarla. El ama de llaves nos atenderá por las mañanas y por las noches, así que supongo que tendremos que mantener un mínimo de decoro mientras estemos allí.

—¿Qué está diciendo, señor?

—Sólo que pretendo pasar los próximos cinco días siendo totalmente inapropiado con usted, señora Darcy. Voy a comentar sobre su figura y cómo se muestra en todo su esplendor, no menos de… ¿qué me dice, cinco veces al día?

—¿Sólo cinco? —La picardía volvió a sus ojos.

Sí, ¡estaba encantada!

—¿Habrá tiempo para más? Supongo que corretearás por el campo, sin supervisión, y en compañía de un hombre muy importante.

—¿Ese hombre me escribirá cartas?

—¿Necesitará hacerlo cuando se quede solo para conversar contigo todo lo que quiera?

—¿Y sobre qué conversará? ¿Será inapropiado?

Ella se pasó la lengua por los labios.

Él se inclinó para besar esos labios.

El carruaje se detuvo. —Lavender Cottage —llamó el conductor.

Darcy refunfuñó en voz baja.

Ella le puso un dedo en los labios. —Una muestra de mal genio es altamente inapropiada, señor.

—Le mostraré lo inapropiado, señora Darcy—. La ayudó a bajar del carruaje y la levantó de sus pies, llevándola a la cabaña que la esperaba.

Horas más tarde, Darcy contempló su rostro dormido; el rubor no había desaparecido de sus mejillas ni la sonrisa de sus labios. Parecía que su Elizabeth disfrutaba de la impropiedad tanto como él.


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