Las historias jamás contadas, p.133

La noche de bodas de Jane y Bingley

Por Susan Mason-Milks

Traducido por Cristina Huelsz

Noviembre 18, 1812

No había sido fácil para los Bingley decidir dónde pasarían su noche de bodas. Estaba claro que quedarse en Netherfield le habría resultado más familiar y cómodo a Jane, pero tras unas cuantas insinuaciones de la señora Bennet de que tal vez necesitaría «ver» a su querida hija, la futura esposa decidió que Londres le parecía infinitamente más atractivo.

Aunque mudarse a la casa de los Bingley en Londres significaba viajar el día de la boda, tendrían más intimidad y la posibilidad tanto de pasar tiempo a solas como de disfrutar de los encantos de Londres. Caroline y los Hurst tendrían que elegir entre quedarse en Netherfield o trasladarse a la casa adosada de la familia Hurst. Esta opción tenía además la clara ventaja de instalar a Caroline, que hasta el momento había mantenido una escasa civilidad hacia sus futuros parientes, en otra casa. Bingley esperaba secretamente que eso sentara un precedente. Tal vez, ella continuaría pasando más tiempo con los Hurst y menos con su hermano y su nueva esposa, aunque Bingley sabía que, con toda probabilidad, era una esperanza vana.

Los Bingley llegaron a la casa a primera hora de la tarde del día de la boda. Durante el largo viaje en carruaje, el novio se había abstenido de seducir a su novia más por puro agotamiento que por sentido de la propiedad, aunque una Jane dormida y acurrucada contra él había resultado ser más que una pequeña tentación. Una vez en la casa, empleó lo que le quedaba de autocontrol para evitar tomarla y subir corriendo las escaleras hasta sus habitaciones. Aunque siempre le preocupaba alarmar a Jane con su pasión, le encantó comprobar que ella parecía estar tan deseosa como él de estar a solas.

Una vez instalados, se sirvió una comida ligera, pero ni la novia ni el novio tenían mucho apetito. Bingley le dio pequeños bocados a Jane, alentándola a que mantuviera sus fuerzas, pero ambos estaban demasiado ansiosos como para siquiera probar la exquisita comida preparada especialmente para ellos. Finalmente, aunque un poco avergonzados por lo temprano de la hora, decidieron retirarse y dejar que los criados pensaran lo que quisieran.

En el vestidor de Bingley, su ayudante de cámara, James, le ayudó a desatarse el cravat y a quitarse el abrigo. Después de darle a su amo una rápida afeitada, el ayuda de cámara ayudo a Bingley a ponerse una bata de terciopelo azul oscuro sobre los pantalones y una camisa de lino con el cuello abierto. Luego James se ausentó para comprobar los progresos de la señora Bingley.

—Molly me ha dicho que la señora Bingley ha terminado de tomar su baño y estará lista para recibirlo en su alcoba dentro de un cuarto de hora —le informó James a su regreso. —¿Quizás quiera otra copa de brandy o algún otro tentempié mientras espera?

—No, pero ¿dispusiste que pusieran el champagne en la habitación de la señora Bingley?

—Oh, sí, señor, tal como usted lo solicitó.

—Hmm… muy bien —contestó Bingley distraídamente, con sus pensamientos ya vagando hacia la habitación contigua.

Tirando ansiosamente del cinturón de su bata, comprobó su aspecto en el espejo al menos por décima vez. —¿Cuánto tiempo crees que ha pasado? —preguntó.

James consultó seriamente el reloj. —Creo que han pasado aproximadamente cuatro minutos desde que regresé, señor. ¿Hay algo mas que pueda hacer por usted esta noche antes de que se retire? —preguntó pacientemente el criado.

El gemido de Bingley fue casi audible. Si no hubiera estado tan ocupado mortificándose, se hubiera dado cuenta de que James reprimía una sonrisa. Entonces Bingley sonrió y pensó: ¿Qué hombre no estaría impaciente por estar con la mujer más maravillosa del mundo, que por algún milagro acababa de convertirse en su esposa?

—Después de todo, tal vez me tome un poco de brandy —respondió, jugueteando una vez más mientras su Molly le ayudaba a la nueva señora Bingley a ponerse un vaporoso camisón de seda azul y una bata a juego.

Sentada en el tocador, Jane se miró en el espejo, comprobando nerviosa que el escote de la nueva prenda dejaba ver la cantidad justa de piel pálida y delicada. Es bastante bajo, pensó, preguntándose qué pensaría su esposo. Una de las comisuras de su boca se torció al darse cuenta de que probablemente estaría encantado. Acariciando la tela, se deleitó con su suave tacto y volvió a maravillarse de lo bien que el color del vestido resaltaba el cálido azul de sus ojos. Aunque todo el mundo, especialmente su madre, siempre le decía lo hermosa que era, en realidad no era demasiado vanidosa ni estaba obsesionada con su aspecto. Para ella, lo único importante era que Charles pensara que era hermosa.

—¿Le gustaría que le trenzara el cabello, señora Bingley? —le preguntó Molly cortésmente.

—Creo que esta noche no —respondió Jane mientras se peinaba el largo cabello con los dedos.

La nueva doncella de Jane era una joven dulce y muy competente a la que ella misma había seleccionado tras media docena de entrevistas realizadas durante su reciente viaje a Londres. Al principio, Jane se había resistido a las sugerencias de Charles de que contratara una criada para ella. Como era una joven pueblerina y práctica, le parecía un despilfarro tener a alguien que se dedicara por completo a atender las necesidades de una sola persona. Después de todo, había compartido una criada con sus hermanas toda su vida.

Tampoco se sentía cómoda con la idea de tener siempre a alguien revoloteando a su alrededor. Finalmente, Charles la había convencido de que necesitaba que alguien la atendiera, no porque fuera lo que se hacía entre las damas, sino por razones más prácticas.

—Ya no tienes a tus hermanas para que te ayuden, y aunque pienso ser un esposo atento, no puedo estar a tu lado en todo momento—. Sonrió. —¿Quién te arreglará esos botoncitos de la parte de atrás del vestido si yo no estoy?

Jane bajó la mirada para ocultar que se estaba sonrojando y dijo: —Muy bien, supongo que me adaptaré a la idea.

—Caroline se ha ofrecido amablemente a ayudarte a realizar las entrevistas —le oyó responder.

Por un instante, a Jane se le encogió el corazón. Luego levantó la vista y se dio cuenta de que Charles la miraba con una sonrisa pícara. Juguetonamente, le empujó el hombro.

—Lo siento, cariño, pero es tan fácil tomarte el pelo que a veces no puedo resistirme. ¿Preferirías que…? —empezó él, pero ella lo detuvo con un beso rápido.

Al apartarse para leerle la cara, ella se alegró al ver que lo había tomado completamente por sorpresa.

—Si crees que un beso va a disuadirme de burlarme de ti, estás muy equivocada. De hecho, puedo asegurarte que tendrá el efecto contrario.

Jane sólo sonrió y le tendió la mano de nuevo.

Después de despedir a Molly por la noche, se quedó sola y un poco ansiosa mientras esperaba a que su marido llegara a su habitación. Al mirarse de nuevo en el espejo, decidió que le faltaba algo. Al abrir el joyero de terciopelo plano que había en su tocador, examinó con cariño el collar de perlas de dos vueltas que Charles le había regalado el día antes de su boda. El cierre estaba decorado simplemente con un brillante racimo de zafiros en forma de una pequeña y delicada flor. —Zafiros a juego con tus ojos —le había dicho. Tras abrocharse de nuevo las hebras alrededor del cuello, volvió a comprobar su aspecto en el espejo y decidió que el efecto era perfecto. Las lustrosas perlas se extendían con gracia a lo largo de sus clavículas, resaltando el blanco cremoso de su piel.

Acarició las perlas y pensó que eran mucho más finas que cualquier otra cosa que hubiera tenido. De hecho, tal vez fueran lo más hermoso que había visto en su vida. Además del collar, él le había regalado una pulsera a juego y peines de perlas para el cabello. Otras mujeres podrían desear joyas más llamativas, pero este regalo era simplemente perfecto. Su elección demostraba lo bien que la conocía.

Jane tomó el cepillo y empezó a pasárselo lentamente por el cabello, como había hecho cientos de veces antes. Sólo que esto era diferente. En unos minutos, Charles, su esposo, llegaría a su habitación y comenzarían su vida juntos como marido y mujer. No estaba asustada, sólo un poco insegura, a decir verdad. Con todos los consejos que había recibido de su familia, tenía cierta idea de lo que le esperaba, pero incluso con toda esa información, sentía que el estómago se le revolvía.

Sólo sabía que cada vez que Charles la abrazaba, su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que todo el mundo podía oírlo en el condado vecino. Y cuando la besaba… bueno, cuando la besaba, nunca estaba segura de que sus piernas siguieran sosteniéndola. Si aquel día en el bosquecillo en el que ella había fingido interés por recoger piñas era una muestra de los placeres físicos que estaban por llegar como marido y mujer, entonces todo iría bien esta noche. Sin duda había sido una experiencia esclarecedora darse cuenta de que podía dejarse llevar tan completamente por pasiones que ni siquiera sabía que poseía. —Confía en tu esposo —le había dicho su tía Gardiner, y pensaba hacerlo.

A pesar de esperar su llegada, cuando oyó que él llamaba a la puerta abierta de su vestidor, ella casi se sobresaltó.

—Adelante—. Jane esperaba sonar más segura de lo que realmente estaba.
Charles se acercó y se colocó detrás de ella poniéndole las manos suavemente sobre los hombros. Los latidos de su corazón se aceleraron al sentir el calor de sus manos calentando su piel.

—Sé que debería haber esperado en tu habitación en vez de venir a tu vestidor, pero estaba ansioso por verte —le dijo él.

Cuando sus miradas se cruzaron en el espejo, ella vio la bondad y el amor que había allí: bondad y amor, pero también una profunda emoción. Sí, había hecho bien en esperar tantos meses por él. Estaba más segura que nunca de que estaban hechos el uno para el otro.

—Todavía llevas tus perlas.

Sus dedos volvieron a rozar las perlas. —Me gustan tanto que quería llevarlas un poco más.

Él sonrió. —Cada vez que te miraba hoy, era todo lo que podía hacer para mantenerme sin hacer esto —dijo haciendo una demostración.

Ella se estremeció cuando el dedo de él recorrió ligeramente las perlas contra su piel.

Cerrando sus ojos, Jane disfrutó de las nuevas sensaciones. —Sé que ha sido un tonto capricho mío volver a ponérmelas. Puedes desabrochármelas ahora y yo las guardaré —dijo, acercándose a la caja de terciopelo.

—Déjatelas puestas.

—¿Quieres que…? —Ella lo miró desconcertada.

—Sí, déjatelas puestas.

Pronto no llevaré nada más que mi collar, se preguntó. La mera anticipación de lo que eso podría significar la hizo sonrosarse desde la parte superior de la bata hasta la raíz de su cabello. Desde luego, esperaba que él no pudiera leer su mente.

—¿Puedo hacerlo? —preguntó él, indicando el cepillo que ella aún tenía en la mano. Al principio con movimientos tentativos, él fue ganando confianza con cada pasada. —Tu cabello es como un hermoso halo brillante.

—No me extraña que me confundieras con un ángel cuando nos conocimos —dijo Jane con un brillo en los ojos.

Charles sonrió, pero luego se puso más serio. Dejó el cepillo a un lado y volvió a ponerle las manos suavemente sobre los hombros.

—No fue un error. Eres un ángel—. Le besó la coronilla e inhaló el aroma de limones frescos con un toque de lavanda.

—No soy tan perfecta como crees —dijo Jane en voz baja.

Apartándole el cabello, Charles dejó al descubierto la delicada piel de su cuello y le besó el hueco justo detrás de la oreja. Jane suspiró al sentir el contacto de sus labios.

—Para mí, eres perfecta —susurró él. La sensación de su aliento contra su oreja le produjo un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. Entonces, como abrumado por la intensidad del momento, cambió repentinamente de tema. —¿Tomamos champán? Pensé que nos ayudaría a relajarnos.

Charles sirvió una copa y se la dio. Tras su primer sorbo de champán, Jane soltó una risita mientras las burbujas le hacían cosquillas en la nariz. Miró a su esposo por encima de la copa y se emocionó al ver la reacción que provocaba en él.

—Soy el hombre más afortunado del mundo. Y pensar que estuve a punto de perderte por mi propia estupidez. A veces, todavía no puedo creer que me hayas perdonado —le dijo.

—No había nada que perdonar —dijo ella, queriendo decir cada palabra.

—Eres demasiado buena. ¿Por qué sólo ves lo mejor de mí?

—No soy demasiado buena —dijo ella—, y veo lo que es realmente importante en ti: tu bondad, tu dulzura. Sé que puedo confiar en ti por completo y que siempre cuidarás de mí.

Charles le quitó la copa de la mano y la dejó a un lado.

—Me cuesta creer que seas mía—. La levantó y la estrechó entre sus brazos. Jane le rodeó la cintura y apoyó la frente en su pecho.

—No tienes miedo, ¿verdad? —le susurró él al oído.

Jane sacudió la cabeza y murmuró contra la tela de su bata. —Sólo un poco.

—¿Alguien de tu familia te dijo lo que te esperaba esta noche?

Ella asintió.

—Puedes confiar en mí, lo sabes —dijo él.

—Siempre.

Llevándola de la mano, Charles entró lentamente en el dormitorio. Al llegar a la cama, él se sentó en el borde y tiró de ella hasta que quedó de pie, con las piernas de él a ambos lados de su cuerpo. Tomando su cara entre las manos, la besó suavemente en la frente, las mejillas, los ojos y la nariz. Cada beso le provocaba a ella un pequeño escalofrío que lo animaba aún más.

—¿Recuerdas cómo fue hace unas semanas cuando estábamos recogiendo piñas? —le preguntó.

—Oh, sí, lo recuerdo. Confieso que últimamente no he pensado en otra cosa—. Ella alargó la mano para acariciarle los rizos.

Charles gimió suavemente y, tomando de nuevo su rostro entre sus manos, le besó los labios. Después de soñar con este momento durante tanto tiempo y preguntarse si de alguna manera se sentiría decepcionado cuando finalmente se hiciera realidad el hecho de abrazarla y besarla de esta manera, se dio cuenta de que no tenía por qué preocuparse. Aunque sabía que Jane era inocente, parecía saber instintivamente cómo responder. Algunos de sus amigos casados del club le habían advertido que las esposas podían ser simplemente pasivas y sumisas en sus noches de bodas, pero ése no era ciertamente el caso de su Jane.

—Oh, mi querida ángel —susurró. —¡Cómo te amo!

Primero, volvió a recorrer ligeramente el collar de perlas y, bajando, dejó que sus dedos siguieran el contorno de encaje de la parte superior del camisón.

Mirando al fondo de los ojos azules y verdes de su esposo, Jane se imaginó que estaba en un acantilado y que los ojos de él eran un océano en el que corría el riesgo de ahogarse. Cuando sintió que Charles volvía a acercarle la boca con impaciencia, se dejó caer.

Lo que siguió fue más que celestial: más exploración, caricias suaves y besos intensos, junto con mucho jugueteo con botones y cintas. Finalmente, tanto su bata nueva como su camisón quedaron reducidos a un charco a sus pies. Casi sin cohibirse en absoluto, y tal como lo había imaginado, Jane se dirigió a su lecho nupcial llevando nada más que la aureola dorada de su cabello y su doble collar de perlas.


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