Las historias jamás contadas, p. 132

Reflexiones sobre la boda por Charlotte

Por Abigail Reynolds

Traducido por Cristina Huelsz

Noviembre 18, 1812

Por tercera vez, Charlotte Collins sintió que un codo se le clavaba en las costillas. Su hermana Maria estaba emocionada por asistir a la boda de Lizzy y Jane. Sus padres también estaban llenos de orgullo y su madre, sin duda, estaba tomando nota de cada detalle para poder contárselo después a sus amigas. La mayoría de los vecinos estaban celosos, ya que sólo habían invitado a la ceremonia a los miembros de la familia. Charlotte sintió una gran satisfacción al saber que la invitación de su familia se debía a su relación con los Bennet y no a la posición de su padre.

Para ella había sido toda una revelación regresar a Meryton como futura señora de Longbourn. Personas que en el pasado habían tenido poco tiempo para ella se esforzaban por pedirle su opinión sobre diversos asuntos. Después de años de ser considerada nada más que la hija solterona del antiguo alcalde, ahora tenía una posición propia en la sociedad y un futuro envidiable. Nunca antes se había dado cuenta de hasta qué punto había sido despreciada por mucha gente. Esto suponía una clara mejora.

Por supuesto, si el cambio en su estatus había sido una conmoción para ella, no era nada comparado con lo que Lizzy debía estar experimentando. En pocos minutos, sería la señora Darcy de Pemberley. Ya no sería la hija menos favorita de la señora Bennet, aquella cuya vivacidad había hecho que más de una vez la gente murmurase entre dientes que ningún hombre se involucraría jamás con alguien como Lizzy Bennet. Ahora sería a ella a quien acudirían, sombrero en mano, para rogarle un favor, que pusiera una palabra en el oído correcto, que usara su influencia para esto o aquello. Era una suerte que Lizzy no fuera de las que se regodeaban.

No, Lizzy era del tipo generoso, y al parecer también lo era su futuro esposo. Hacía unos días, Lizzy había llevado aparte a Charlotte y le había dicho que el señor Darcy esperaba que ella se pusiera en contacto con ellos en caso de que surgieran serias dificultades entre su esposo y Lady Catherine a raíz de su matrimonio. Dado que la gran preocupación de Charlotte estos días era que Lady Catherine pudiera hacerles la vida en Hunsford intolerable, se sintió muy aliviada por las palabras de su amiga. Con suerte pasarían muchos años antes de que el señor Bennet abandonase la tierra, dejando Longbourn al señor Collins, y mientras tanto, necesitaban un lugar donde vivir. Charlotte no deseaba abandonar Hunsford; apreciaba mucho su hogar y había hecho amigos en la zona, pero era bueno saber que no se verían forzados a permanecer en una situación desagradable si Lady Catherine continuaba con su arrebato de cólera.

Y allí estaba Lizzy, escoltada por su padre, con Jane del otro brazo. El vestido de seda blanca de Lizzy resplandecía bajo la luz matutina que entraba por las ventanas, adornado con finos encajes y un fajín dorado. El collar de zafiros que colgaba de su cuello, regalo del señor Darcy, marcaba su futuro estatus aún más claramente que su elegante vestido. Charlotte nunca tendría un vestido tan bonito, ni joyas una décima parte más caras, pero daba igual. Lizzy, con sus galas, parecía una rosa en flor; Charlotte, en cambio, se habría visto demasiado elegante y llamativa. Tampoco habría disfrutado con algunas de las tareas que Lizzy tendría que afrontar. Charlotte se alegraba igualmente de no formar parte de la alta sociedad, por mucho que su padre hablase de su presentación en la corte de Saint James.

Mientras Lizzy llegaba al lado del señor Darcy, Charlotte envió en silencio sus mejores deseos a su más querida amiga para que su matrimonio le trajese toda la alegría que se merecía.


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