
Lady Catherine a solas con sus pensamientos en aquella noche de bodas
Por Diana Birchall
Traducido por Cristina Huelsz
Noviembre 18, 1812
¡Rosings! Pobre, pobre Rosings. Ya no estaba aliada con Pemberley, ya no era una brillante corona en la colección de grandes casas de los Darcy, ahora Rosings estaba sola y desamparada. No habría más visitas de los jóvenes con los que Lady Catherine se había sentido tan orgullosa de estar relacionada. El señor Darcy ya nunca vendría a Rosings, y el coronel Fitzwilliam, vergonzosamente más leal a su primo que a su tía, tampoco presentaría allí sus respetos. Tanto la nueva señora Darcy como la engañada señorita Darcy estarían a partir de entonces muertas para la dueña de Rosings. Pues Lady Catherine de Bourgh los había cortado a todos de un plumazo: su abusiva carta sobre el vergonzoso matrimonio de Darcy había sido decisiva.
No es que Lady Catherine admitiera haber hecho algo más que un mero correctivo, aunque había que admitir que era más bien como azotar el establo vacío de un caballo, después de que la propia bestia hubiera brincado sus trabas y escapado. No importaba; ella había expresado su opinión y afirmado lo que consideraba correcto, por muy desagradables que fueran las consecuencias para ella personalmente. Pero ése era su carácter, por el que era tan justamente famosa. No admitía ningún acuerdo. Serían los jóvenes los que saldrían perdiendo, pues ya no tendrían acceso a la alta sociedad de Rosings.
Entonces en Rosings, Lady Catherine estaba sentada sola en una espléndida soledad, con nada más que la satisfacción de haber acertado: como siempre. No, no del todo sola, pues estaban Anne, sin duda, y su dama de compañía, la señora Jenkinson. Incluso a los ojos de una madre, predispuesta a ser prejuiciosa hasta que llega la inevitable decepción, era evidente que Anne no era el tipo de compañía que satisfacía a una mujer de mundo, con educación, fortuna y sabiduría como Lady Catherine. Toda una vida de homilias maternas habían sido dirigidas para convertir a Anne en otra como ella y, por extensión, en la esposa perfecta para el señor Darcy de Pemberley. Cual fue su disgusto, entonces, al tener una hija que apenas hablaba, y que silenciosamente interponía su mala salud como un muro entre ella y todo lo que su madre le pedía que hiciera.
A veces, Lady Catherine tenía la incómoda sensación de que eran sus propios e incesantes decretos los que habían hecho callar a Anne; pero no, eso era imposible. Todo lo había hecho con las mejores intenciones; ¿quién podía haber sido mejor madre que ella? Nadie podía decir en qué había fallado. Lady Catherine difícilmente podía suponer tal cosa. ¿Acaso sus instrucciones no habían sido siempre calculadas para hacer salir a Anne, para desarrollar sus facultades de atención, de conversación? No, sin duda era la mala salud de Anne lo que le impedía alcanzar el carácter y la reputación de la gran dama que no debería haber dejado de ser. Y ahora sería una solterona, a menos que se le encontrase otro hombre como su padre, sir Lewis de Bourgh. Lady Catherine se estremeció. Sabía que no había otro señor Darcy.
En Rosings, aparte de Anne, ¿quién más estaba aquí? Jenkinson era una inferior, una allegada lejana, una viuda venida a menos; y había sido muy meritorio por parte de Lady Catherine acogerla y darle una ocupación. Sin embargo, al aceptar su condescendiente caridad, la mujer no se había convertido más que en una sirvienta, y una dama de la categoría de Lady Catherine no podía tratar a alguien así como a una igual.
Había otras familias de fortuna en la vecindad, pero ninguna de un linaje comparable al de Lady Catherine, y entre las viejas rencillas, los insultantes casos de clientelismo, el intolerable abandono y las amargas enemistades que nunca podían borrarse, eran ya pocas las familias de calidad que tenían algo que ver con ella. Toda la culpa recaía en estas familias advenedizas, por supuesto, pues Lady Catherine prefería relacionarse sólo con lo mejor, y de eso había muy poco en esta triste parte de Kent.
Por eso no era de extrañar que ella le diera tanta importancia a la clase de clérigo que debía venir a Hunsford. Como necesariamente se convertiría en un miembro importante de su hogar, debía ser alguien a quien ella pudiera al menos soportar, si no respetar. Le habían recomendado al señor Collins por casualidad; y cuando lo convocó para la importantísima entrevista, se mostró respetuoso con todos sus beneficios. Por lo tanto, ella le sonrió amablemente a este caballero, y a su debido tiempo, aceptó a su esposa. La señora Collins era una persona muy correcta, sensata, sumisa y no poco refinada; lo suficientemente buena para él, y ya bien instruida sobre cuál debía ser su posición en la parroquia.
Pero ¿dónde estaban ahora esos mansos Collins? Se habían ido; y lo más humillante, habían seguido a los parientes aristocráticos de ella. Así es la naturaleza humana, pensó vengativamente. Los Collins, ¿cómo pudo pensar alguna vez que eran dóciles? Parecían conocer tan bien su posición. Sin embargo, eran ellos quienes habían promovido el matrimonio entre la bonita amiga de la señora Collins y su propio sobrino, y nunca se había visto una traición más vil y no sería aceptable. Era una lástima que no se pueda despedir a un clérigo, pensó Lady Catherine, rechinando los dientes; igual que a un alguacil delincuente.
Anne ya se había retirado a la cama y la señora Jenkinson se había escondido en algún lugar. Lady Catherine se quedó sola, en el salón principal de Rosings, mientras el resplandeciente día de diciembre en el exterior, con el pálido sol brillando sobre la crujiente nieve, comenzaba pronto a oscurecerse en el crepúsculo. Se dirigió irritada a la larga mesa del comedor para comer en silencio su ragú de ternera asada y verduras, antes de reclamar que encendieran el fuego. Nada de venado, nada de pajaritos gordos cazados por los jóvenes y guardados para una noche de invierno para ser disfrutados, pensó amargamente; su carne ahora la compraba en la carnicería.
Fuera, el cielo nocturno era de un color añil aterciopelado, con un barrido de estrellitas blancas titilantes en tal profusión como nunca antes se había visto en los cielos; pero Lady Catherine no se asomaría a la ventana para ver tan vulgares presagios. Ella sabía muy bien, con exactitud astronómica, lo que ocurría esta noche. Era la noche de bodas de Darcy y Elizabeth. Y ella la pasaría sola.
Decidida, tomó el libro más cercano, pero eran los Sermones de Fordyce, y sintió que necesitaba algo más entretenido. Sin embargo, no había una cómoda partida de casino para ella, ni una novela ligera y entretenida dejada por un joven y animado visitante. De repente, se dio cuenta de que era infeliz, y un extraño sonido surgió de su encorsetada y férrea sección media, que un oyente podría haber pensado que era casi un sollozo desgarrador. Pero no había oyentes.
Entonces, de algún lugar remoto, muerto hacía mucho tiempo en su interior, surgió el recuerdo de lo que había soportado de Sir Lewis de Bourgh, hacía ya tantos años. No había pensado en ello, casi desde que ocurrió. Había suprimido firmemente el recuerdo, como se suprimen las cosas inadecuadas.
Fue un matrimonio muy apropiado y aprobado, ya que los de Bourgh eran una familia rica y antigua, y Lady Catherine había conservado todos los privilegios para ser su propia dueña, como heredera de fuerte mentalidad, a punto de cumplir los treinta. Desde el principio había tenido la intención de gobernar el gallinero; y Sir Lewis, tímido de temperamento y frágil de salud como sería su única hija superviviente, no era el hombre adecuado para llevarle la contraria. Aún así, una vez hubo una noche de bodas, y por qué razones no podía decirlo, de espaldas a la oscura ventana, contemplando un fuego bajo y resplandeciente, Lady Catherine pensaba en ello ahora. Las imagenes surgieron en su mente, sin que ella las pidiera.
Sir Lewis había salido del vestidor, con las rodillas nudosas bajo el camisón, y se subió a las frías sábanas de satén. Lady Catherine yacía rígida en el centro de la cama y no se movió. —Querida, ¿me harás sitio? —baló él tímidamente. —Desde luego que no —respondió ella. —Ese no es el modo adecuado de proceder, en absoluto. ¿No sabes que un caballero nunca se acerca a su dama en la noche de bodas, o de hecho, nunca, hasta y a menos que sea invitado? Y no recuerdo haberte dado la invitación.
Sir Lewis se había ido dócilmente a otra alcoba, con su camisa blanca pálida en la oscuridad como un fantasma. Y eso fue todo, hasta que, varios años después, su propio hermano, el entonces vizconde Fitzwilliam, vino de visita a Rosings, trayendo a su señora y a sus hijitos. Se había mostrado sorprendido por la falta de hijos de su hermana, y unas cuantas preguntas astutas a su cuñado le habían permitido averiguar el estado de las cosas. Un paseo por los arbustos; una insinuación a Lady Catherine de que si Sir Lewis moría con el matrimonio incompleto, podrían aparecer herederos desconocidos para desafiar la posesión de Rosings por parte de su viuda.
De modo que ella, a regañadientes y con infinito desagrado, permitió que sir Lewis se saliera con la suya; el resultado fue la enfermiza y pálida Anne; y el padre se desvaneció poco después, como un caballero arácnido devorado por su dama, sin que ella lo lamentara en lo más mínimo.
Al igual que la luna llena, majestuosa, brillante y jubilosa se alzaba a medianoche sobre Pemberley, también se alzaba sobre Rosings; pero sólo brillaba sobre una viuda en su propia cama majestuosamente engalanada, que se reflejaba blanca en el resplandor de la luna, como un galeón. Desvelada, Lady Catherine permitió que sus pensamientos vagaran hacia su sobrino y su esposa. ¿Sería probable que la nueva señora Darcy supiera cómo se las arregla una dama con su esposo en la noche de bodas? ¡Humph! pensó. Esa tosca joven, ¿cómo podría esperarse de que ella que supiera comportarse correctamente? Probablemente se estaban comportando como animales de corral en ese mismo momento…
No. No pensaría en esas cosas. Decidida, se dio la vuelta, apartándose de la ventana, y cerró los ojos para dormir el sueño tranquilo e imperturbable de los justos.