
Jane y Elizabeth en la víspera de sus bodas
Por Christina Morland
Traducido por Cristina Huelsz
Noviembre 17, 1812
Hicieron una promesa: los nombres de Darcy y Bingley quedaban prohibidos para el resto de la velada.
—Esta noche sólo seremos las chicas Bennet —dijo Elizabeth, sonriendo. Ella era consciente de la verdad, por supuesto: por mucho tiempo que pasaran sin pronunciar los nombres de sus prometidos, no podrían dejar de pensar en ellos.
Aun así, estaba decidida a intentarlo. Pronto, toda su vida estaría envuelta en esos hombres. Por ahora, que fueran dos hermanas, riéndose toda la noche, como solían hacer cuando eran niñas.
—Puede que te arrepientas de haberme permitido compartir tu habitación esta noche —le advirtió a Jane, deslizándose bajo las mantas.
—¿Sigues robando las colchas? No creo que el señor Darcy aprecie ¡oh! —Jane se llevó una mano a la boca y se echó a reír.
—¡Ah, Janie! ¡Ya estamos rompiendo nuestro pacto! Y estoy segura de que yo no robo las colchas.
Es decir, esperaba no hacerlo. ¿Qué aspecto tendría él, tendido en la cama -su cama- sin más ropa que su camisón?
Mmm, quizás robar las colchas no fuera tan mala costumbre, después de todo.
—¿Todavía roncas? —le preguntó a Jane, en un valiente intento de redirigir sus pensamientos.
—¡Nunca he roncado!
—Desde luego que sí. Solías mantenerme despierta toda la noche cuando éramos niñas.
Eso le valió un codazo no muy suave. (Jane, la dulce Jane, tenía los codos muy afilados).
—Tus ronquidos no suenan como los de papá —reconoció Elizabeth. —Los de él se oyen desde el otro lado de la casa. Tú roncas de una manera más refinada—. Tomó aire y luego emitió un suave maullido que descendió en una dulce bocanada de aire.
Jane se dejó caer contra las almohadas, riéndose. —¡Yo no hago ese sonido!
—¡Sí que lo haces! Pero no temas, Jane: estoy segura de que alguien encontrará encantadores tus ronquidos.
—Alguien, ¿eh? ¡Eso es trampa, Lizzy!
—¿Cómo? No he mencionado a nadie en particular. De hecho, cualquier persona podría encontrar encantadores tus ronquidos, siempre y cuando sea rubio, resida en Netherfield y le encante todo de ti.
Jane le arrebató uno de los almohadones de detrás de la cabeza y lo levantó como si fuera una espada. —¡Tal insolencia debe ser respondida!
Elizabeth tomó una almohada y durante los siguientes minutos no pensaron más en ronquidos ni en hombres, sino en la alegría que producía una guerra de almohadas bien librada.
—¡Niñas! ¡Niñas!
Sin aliento, las hermanas se detuvieron y no miraron a la puerta, donde sabían que estaba su madre, sino al caos de ropa de cama esparcida por la habitación.
—¿Qué significa esto? —preguntó la señora Bennet. —¿Por qué no están dormidas?
Elizabeth y Jane se miraron antes de soltar una carcajada.
—¿Han olvidado qué día es mañana? —exclamó su madre.
—¿Martes? —sugirió Elizabeth.
—No, miércoles —respondió Jane.
Ahora se reían tanto que estaban llorando.
—¡Quién creería que son dos mujeres adultas a punto de casarse! —La señora Bennet negó con la cabeza. Luego su voz se suavizó. —Mis ratoncitos de la risa han vuelto, ¿verdad?
Aquella frase, tan utilizada cuando eran niñas, puso fin abruptamente a las risas de las hermanas, pero no a sus lágrimas.
—¡Oh, nada de eso! —dijo la señora Bennet, entrando en la habitación y acariciando a Jane, y luego a Elizabeth, en la mejilla. —Deben dejar de llorar de una vez. No estaría bien tener la nariz roja el día de su boda.
—Sí, mamá —murmuraron las hermanas, sonando más como sus yo de cinco y siete años que como las mujeres que ahora se suponía que eran.
—Y realmente deberías volver a tu propia habitación, Lizzy —señaló la señora Bennet. —Una buena noche de sueño es esencial. No debes fatigarte para mañana.
—No sería bueno quedarnos dormidas el día de nuestra boda —comentó Jane, imitando a la perfección el tono de su madre.
—Claro que no —dijo su madre, que no se dio cuenta, o no le importó darse cuenta, de la versión de descaro de Jane. —Tampoco estaría bien dormirse demasiado pronto en su noche de bodas . Tal vez no les expliqué lo suficiente lo que les espera mañana, así que siéntense, las dos, y les describiré de nuevo…
—No, no —dijo Elizabeth, tomando a su madre del brazo y conduciéndola a la puerta—, nos has explicado nuestras obligaciones matrimoniales perfectamente bien.
—Prometemos soplar las velas e irnos a la cama inmediatamente —añadió Jane, dándole a su madre un rápido beso en la mejilla antes de empujarla suavemente a través del umbral.
—Asegúrense de hacerlo —dijo su madre—, porque si sus esposos se parecen en algo al mío, necesitarán…
—¡Buenas noches, mamá! —dijeron las hermanas al unísono, mientras la puerta se cerraba.
Fueron tan buenas como lo que Jane había dicho… literalmente, al menos. En cuestión de segundos, habían apagado las velas y se habían metido en la cama. Sin embargo, después de un momento de descanso en silencio, una al lado de la otra, Elizabeth susurró: —¿Estás ansiosa, Jane?
—No, en absoluto—. Una pausa. —¿Y tú?
—No—. Un suspiro. —Tal vez.
—No tengas miedo —susurró Jane. —Creo que alguien te ama mucho. Muy ardientemente, si los rumores son creíbles.
—¡Nunca debí haberte dicho eso!
—Te mereces un amor ferviente, Lizzy. Ambas lo merecemos.
—Sí, claro que lo merecemos. Pero ¿y si…? —Elizabeth miró fijamente a la oscuridad. —¿Y si alguien descubre que mis modales no son ni mucho menos tan cautivadores, mi aspecto ni mucho menos tan fino, mi ingenio ni mucho menos tan seductor, como podrían haber parecido a lo lejos?
—Me sorprendes, Lizzy.
—¿Ah, si? —Se rio débilmente. —Suponía que ya sabías que podía ser vanidosa y tonta.
—No eres vanidosa ni tonta, pero a veces incluso a ti te falta algo de confianza. Pero eso no es lo que me sorprende.
—¿No?
—No. Lo que me sorprende es el poco crédito que le has dado al señor Darcy.
—Jane, se supone que no debes decir su…
—Basta de nuestros juegos, Lizzy.
Las hermanas giraron sobre sus costados, enfrentándose en la oscuridad.
—¿No crees que él conoce su propia mente?
—Ningún hombre conoce mejor su propia mente —admitió Elizabeth—, pero… bueno, ¿recuerdas la otra noche, cuando nos sentamos juntas aquí, en esta misma habitación, con Mary y Kitty?
—Sí, por supuesto.
—Creo que no me di cuenta, hasta que estuvimos riéndonos todas juntas, de lo mucho que soy parte de ti, parte de toda nuestra familia… y de lo mucho que todas ustedes son parte de mí». Suspiró. «Estoy diciendo tonterías. Lo que quiero decir es que… soy Elizabeth Bennet, una hermana, una hija, una residente de Longbourn. Esa es la persona que él ama, pero mañana me convertiré en Elizabeth Darcy de Derbyshire, y no sé quién es ella… ni en quién se convertirá.
—¿Realmente supones que Elizabeth Darcy será tan diferente de Elizabeth Bennet?
—A veces, pienso que es imposible que yo cambie… normalmente cuando deseo cambiar para mejor.
Jane le dio un golpecito juguetón en el hombro. —Estás evadiendo la pregunta, Lizzy.
—Pemberley no se parece en nada a Longbourn, Jane—. Entonces cerró los ojos, imaginando el lugar que pronto sería su hogar. En realidad, había visto muy poco de él, pero lo que imaginaba ahora le parecía tan hermoso, tan perfecto, que se estremeció. —No sé si podré ser todo lo que debo.
—Sólo debes ser Elizabeth—. Jane la tomó de las manos. —Si alguien quiere que seas alguien más que Elizabeth, entonces es un tonto. Y no puede ser un tonto, Lizzy, pues es el amigo más querido de mi alguien.
Elizabeth se rio. —Veo que no cambiarás: sea cual sea tu apellido, siempre creerás lo mejor de todo el mundo.
—No, no de todos. Tendré dos hermanas que no son ni de lejos tan buenas como las mías. Ahora lo sé muy bien.
Elizabeth se acurrucó más cerca de Jane. —No te preocupes por ellas, querida.
—Oh, no lo haré. Pasarán la mayor parte del tiempo en Londres, y cuando vengan a Netherfield , se comportarán como es debido.
—¡Oh ho! Me gustaría mucho verte dándoles una buena lección.
Jane suspiró. —Caroline será cortés, pero sólo porque su asignación depende de ello, y Louisa siempre hace lo que hace Caroline, aunque sea la hermana mayor. Oh, ¡basta de ellas! Volvamos a otros temas.
—Tales como… ¿ronquidos?
Jane emitió un maullido que terminó en una carcajada.
—Oh, Lizzy —murmuró, justo cuando se estaban quedando dormidas—, ¡mañana nos casaremos! ¿No somos las mujeres más afortunadas del mundo?
—Sí, lo somos —asintió Elizabeth, aunque no sólo porque fueran a casarse con sus respectivos «alguien».
Eran Jane y Elizabeth Bennet, las mejores hermanas, las mejores amigas, y siempre lo serían, sin importar sus apellidos.