
Reflexiones de Thomas Bennet
Por Maria Grace
Traducido por Cristina Huelsz
Noviembre 17, 1812
Thomas Bennet no era por naturaleza un hombre reflexivo. La reflexión solía provocar malestar y descontento, dos cosas que no le gustaban. Pero su casa -y su vida- estaban desordenadas en vísperas de la boda de sus hijas y un poco de reflexión no podía empeorar su malestar.
Se abrió paso entre los baúles y cajas apilados en el pasillo. Sólo era cuestión de tiempo que la señora Bennet comenzara a exigir que se los llevaran a otro lugar, para que no los vieran los invitados al desayuno de bodas. Por suerte, el señor Bingley había ofrecido espacio en Netherfield para las cosas de sus hijas.
Entró en el estudio y se dejó caer en su asiento favorito. Todos los bultos y protuberancias del asiento coincidían con los suyos. Al menos algunas cosas de su vida no cambiarían. Tenía esta vieja silla desde hacía décadas y se resistía a todas las insistencias de la señora Bennet para que la sustituyera.
Pero parecía que todo lo demás a su alrededor estaba cambiando, y estaba seguro de que no le agradaba. El cambio traía desorden y angustia. El cambio quitaba…
Se le hizo un nudo en la garganta. Se levantó de la silla y cerró la puerta. Una visita a la licorera y regresó a su silla.
Lizzy le había dicho que Lady Catherine decía que una hija nunca era de mucha importancia para un padre, pero la gran dama estaba muy, muy equivocada. Le dio un sorbo a su brandy e inclinó la cabeza hacia atrás. La sociedad le decía que debería tener hijos bien dotados, un heredero y un repuesto que heredaran sus bienes y continuaran con su nombre. Pero no era así.
Oh, él había tenido la intención de tener un hijo, sin duda, pero su corazón no había estado en ello. Quizás por eso Fanny sólo concibió hijas. Eso era lo que argumentaba su padre cuando regañaba a su hijo mayor por no producir el heredero requerido. Como si la voluntad de un padre pudiera influir en las decisiones de la Providencia. Sacudió la cabeza y cerró los ojos.
Aunque nunca lo diría en voz alta, era mejor así. Después de vivir con su padre y un hermano que era igual que su progenitor, Bennet no se fiaba de los hijos. No podía deshacerse del persistente temor de que un hijo pudiera ser como su abuelo o como el padre de Collins. Se estremeció. No, era mucho mejor tener hijas.
Un hombre podía mimar a sus hijas. Podía deleitarse en ellas en lugar de intentar moldearlas a su imagen y semejanza. Entrelazó los dedos y frotó los pulgares. Estaba satisfecho con sus hijas, con las dos mayores en particular, salvo por una cosa: estaban a punto de abandonarlo.
Es cierto que apenas echaba de menos a Lydia, pero era hija de su madre. Jane, y especialmente Lizzy eran más sus niñas. Jane se sentaba y le leía. Tenía una voz encantadora para leer. Lizzy era su compañera de ajedrez y con quien podía discutir sus intereses.
Sólo ayer las había hecho rebotar sobre sus rodillas, les había enseñado a amar a los clásicos y a razonar. Aquellos días habían pasado volando. Ojalá hubiera algún modo de recuperarlos.
Bajó el labio superior por encima de los dientes. Lo que daría por volver atrás en el tiempo y estar de nuevo con sus pequeñas. Pero eso nunca podría ser. Tal vez el vacío que seguía amenazando su conciencia se convertiría en un elemento permanente de su vida. Se acarició la barbilla.
Por otro lado, podía tolerar la compañía de Bingley con cierta ecuanimidad y, aunque no quería admitirlo en voz alta, la presencia de Darcy también se le hacía cada vez más tolerable. Las chicas habían encontrado buenos hombres para ser sus compañeros en la vida. Bueno, Lydia no. Wickham era tan tonto y banal como ella.
Si podía evitar que Fanny molestara a Jane con constantes intrusiones, podrían seguir siendo bienvenidos en Netherfield. Con el tiempo, una vez que el recuerdo de Darcy de los efusivos elogios de Fanny se hubiera desvanecido, incluso podrían disfrutar de invitaciones a Pemberley. Entonces, si, no cuando, hubiera niños, sus nietos, él podría ser el abuelo que sus hijas nunca tuvieron. Seguramente uno de ellos tendría la disposición de Jane y otro la de Lizzy. Después de todo, podría recuperar aquellos días.
Sonrió, con los ojos un poco húmedos. A veces reflexionar un poco era bueno para el alma.