
Reflexiones del señor Collins sobre la boda de su prima
Por Maria Grace
Traducido por Cristina Huelsz
Noviembre 14, 1812
El desayuno debería haber sido un asunto tranquilo, pero parecía que pocas comidas lo eran en Lucas Lodge. El señor Collins se apretó las sienes. Tanta charla banal le revolvía el estómago y le quitaba el apetito.
Los hermanos de la señora Collins traían informes sobre los recién llegados a Netherfield Park, mientras que su hermana menor rebosaba hablando de encajes y vestidos. Collins no se atrevía a preocuparse por los vestidos de las novias y mucho menos por lo que llevarían las otras damas de su grupo. ¿Cómo podía Charlotte escuchar con tanta paciencia toda aquella cháchara? Un inquietante estremecimiento recorrió su espalda. ¿Cómo podían Sir William y Lady Lucas no ponerle freno a la exuberancia de los jóvenes de su mesa? Lady Catherine nunca soportaría tan malos modales.
Gracias a Dios que la señora Collins no trajo tales modales a su casa. Aunque escuchó pacientemente y sonrió cortésmente durante todo el vergonzoso espectáculo, sin duda ella estaba de acuerdo con su opinión. Ella compartía todas las opiniones de él, como lo hacía una esposa apropiada. Sin duda, los jóvenes debían guardar para sí sus intereses y conversaciones triviales durante las comidas. Sus hijos, cuando llegaran, recibirían una educación adecuada.
Collins se excusó tan rápido como pudo, alegando una necesidad de aire fresco. La señora Collins sonrió y le animó a irse, observando que él debía echar de menos el tiempo que habitualmente pasaba en su jardín y que un paseo parecía necesario para su constitución.
Una ráfaga de viento helado le azotó la cara al salir. Aunque le quemaba las puntas de las orejas, agradeció la molestia para distraerse de su propia agitación creciente. Se caló mejor el sombrero y se ajustó la bufanda.
Aunque Hertfordshire era bastante agradable y la posada de Lucas ofrecia muchas comodidades, no se comparaba en nada con su casa parroquial de Kent, el lugar en el que actualmente él no era bien recibido a causa de las irreflexivas y testarudas acciones de su querida prima Elizabeth. Sus hombros se crisparon al pensarlo.
Como podría soportar la ira de Lady Catherine. Por su cuenta, nunca la había sentido, pero ahora que su revoltosa e impenitente prima se había cruzado con su señoría, sintió toda su furia. Se le erizó el vello de la nuca. Se lo frotó a través de la bufanda, aunque no sirvió de mucho para aliviar su malestar.
Lady Catherine sonaba igual que la madre de él cuando se enfadaba y su temperamento era muy parecido al de su padre. Que disgusto sentiría su señoría al ser comparada con gente tan común. No obstante, soltó una risita. Ella nunca oiría eso de él. Desde que sus padres habían fallecido no había ninguna posibilidad de que Lady Catherine se diera cuenta de la comparación.
Sus pasos rápidos crujieron en las hojas secas bajo sus pies. El fuerte viento levantaba polvo alrededor de sus pies y le golpeaba la cara con pequeñas ramas. ¡Maldición! El jardinero responsable de estos caminos tan descuidados debería ser despedido inmediatamente. Refunfuñó en voz baja y se frotó la barbilla. Bah. La navaja de barbero se estaba volviendo a desafilar. ¿Acaso no había en Meryton un comerciante decente? ¿Qué otras molestias le iban a atormentarlo ahora?
A lo lejos, vio las puntas de las chimeneas de Longbourn. La Providencia le había sonreído el día en que la prima Elizabeth había rechazado tan cruelmente su oferta de matrimonio. Su magullado ego aun no la había perdonado, pero su visita a Kent demostraba su total falta de idoneidad. Collins hizo una mueca. Que desastre habría sido llevarla a la casa parroquial. La prima Elizabeth nunca hubiera tratado a Lady Catherine con la deferencia y el respeto debidos, como lo hacia su querida señora Collins, con un poco de gentil instrucción.
¿Cómo era posible que incluso ahora aquella marimacha siguiera atormentándolo? ¿Cómo podía tener la osadía de casarse con el señor Darcy? ¿Acaso no comprendía lo que le estaba haciendo al heredero de su padre? Aunque no quisiera casarse con él, le debía respeto. Una muchacha fría e insensible. Era su culpa que él estuviera aquí, en Hertfordshire, en lugar de disfrutar de las comodidades y la tranquilidad de su propio hogar en Kent.
Tenía que haber alguna forma de calmar la ira de Lady Catherine y volver a ganarse su simpatía. Él nunca falló en encontrar una manera de apaciguar a sus volátiles padres, así que también, encontraría una manera de apaciguar a su patrona.
De una patada apartó una pequeña roca de su camino. Había enviado carta tras carta de disculpa, pero había sido en vano. Más de lo mismo no serviría de nada. Necesitaba otra táctica.
Cuán más fácil sería su vida ahora si no fuera por su insolente, maleducada, grosera … Hubo un pensamiento. Las comisuras de sus labios se levantaron. Sí, sí, no había nada que calmara más a su padre que estar de acuerdo. Se frotó las manos.
Estaba deseando escribir su próxima carta… no cartas. Ah, las páginas y páginas que podría llenar dedicadas a los agravios de su querida prima. Las críticas que podría organizar para el placer de su señoría serían de lo más satisfactorias de escribir. Que cambio tan gratificante de encontrar otra manera de disculparse por errores que nunca cometió.
Sin duda, pronto volvería a contar con su favor y regresaría a su propio hogar. Marcó los días en su mente. Con quince días bastaría, tal vez unos días más. Se giró hacia Lucas Lodge, con los pies tan ligeros que casi corrió. Tenía cartas que escribir.