Las historias jamás contadas, p. 125

Conversación entre hermanas antes de la boda

Por Maria Grace

Traducido por Cristina Huelsz

Noviembre 12, 1812

La noche se volvió fría y la familia se retiró al piso de arriba algo antes de lo habitual. Elizabeth y Jane se refugiaron en la habitación de Jane. En la chimenea crepitaba un cálido fuego y se sentaron juntas en la cama, llena de almohadas.

Elizabeth quitó las horquillas del cabello de Jane y se lo cepilló con el viejo cepillo de plata que le había regalado la abuela Gardiner hacía tantos años. El cabello de Jane era tan hermoso, brillaba como oro fundido bajo el cepillo y siempre se comportaba tan bien. Sus sedosos mechones se sometían a la trenza y a las horquillas con la misma serenidad con que la propia Jane caminaba por la vida, no como sus propios mechones rebeldes.

Pasó los dedos por el cabello de Jane. Lo hacían muy a menudo, ella peinaba a Jane y Jane a ella. ¿Cuántos momentos así compartirían? Muy pocos. La vida como la señora Darcy prometía mucho, pero esto se lo perdería.

—¿Has vuelto a quedarte pensativa, Lizzy? —Jane se giró sobre su hombro y la miró a los ojos. —Así es. Puedo verlo en el melancólico giro de tus labios—. Jane estrechó las manos de Elizabeth. —¿Cómo puedes estar triste cuando nos espera tanta alegría? Ya hemos hecho muy feliz a mamá.

—Así lo ha dicho, innumerables veces y a innumerables almas—. Elizabeth se echó a reír y trenzó lentamente el cabello de Jane. Ésta podría ser la última vez que lo hiciera.

La puerta detrás de ellas chirrió y ambas se volvieron. Mary y Kitty, en bata, se asomaban por la puerta y ellas y Lydia habían hecho lo mismo que cuando eran pequeñas, escabullirse de sus camas para unirse a sus hermanas mayores en reuniones clandestinas.

—Pasen, pasen—. Jane les hizo señas para que entraran y se deslizó hacia la cabecera de la cama.

Elizabeth palmeó el cubrecama a su lado. Mary y Kitty entraron corriendo y se amontonaron en la cama de plumas, metiendo los pies debajo de ellas.

—¿Se acuerdan de cómo hacíamos esto después de que mamá nos diera las buenas noches? —Kitty soltó una risita. —Se enfadaba mucho cuando nos oía reírnos. Nos llamaba sus «ratoncitos risueños».

Jane se rodeó las rodillas con los brazos. —Pero no nos mandaba de vuelta a la cama. Creo que ella y la tía Philips hacían lo mismo—. Subió los hombros alrededor de las orejas y rio suavemente.

Mary encorvó los hombros y levantó la cabeza como una mujer mayor. Su voz se volvió fina y quebradiza. —¿Recuerdan cómo Lizzy nos leía cuentos y hacía todas las voces de los personajes?

Elizabeth soltó una carcajada. —Hacía años que no pensaba en eso—. Esa sería otra de las cosas que echaría de menos. ¿Qué pensaría el señor Darcy si ella…?

—Debes prometer que lo harás por tus hijos —dijo Mary.

—Y por los míos —añadió Jane, con los ojos brillantes.

—Tendrás unos hijos encantadores—. Kitty aplaudió suavemente.

Elizabeth puso los ojos en blanco, no si alguna de las predicciones de mamá era correcta. —Difícilmente, seguro que serán todo travesuras y tonterías. Los de Jane, sin embargo, serán ángeles, como ella.

Las mejillas de Jane brillaron. —No si se parecen a su padre—. Desvió la mirada.

¿Cómo? Jane nunca había mencionado…

—¿Ah, sí? —Kitty se acercó y apoyó la barbilla en el hombro de Jane. —Debes decirnos, ¿el gentil señor Bingley no es lo que parece? ¿Qué secretos has descubierto sobre tu prometido?

—Oh, Kitty, no—. La mano de Mary voló hacia su boca.

Jane se rio y se volvió hacia sus hermanas. —No, no, nada tan escandaloso como eso. Pero era un joven muy alegre, o eso me dijo.

—Nada que ver con tu aburrido señor Darcy, estoy segura—. Kitty parpadeó con la misma inocencia fingida que solía utilizar con mamá.

Elizabeth sonrió alzando las cejas y ladeando la cabeza. Ahí tenía aquellas historias que el coronel Fitzwilliam le había contado en Kent.

—¡Oh, Lizzy! —jadeó Kitty.

—¿Qué es lo que no nos has contado? —Mary apretó su hombro contra el de Elizabeth.

—¿Cómo son sus besos, Lizzy? Parecía que te gustaron mucho —canturreó Kitty.

Elizabeth jadeó e intercambió miradas con Jane. Si su cara ardiera más, habría estallado en llamas.

—Eso no es apropiado Kitty —dijo Mary suavemente.

—Pero he visto… —Kitty se apoyó en sus talones e hizo un mohín.

Elizabeth tragó saliva. —¿Cómo creen que serán los hijos de Charlotte?

Jane ahogó una risa y escondió su rostro entre sus rodillas. Mary y Kitty se quedaron boquiabiertas.

—Estoy segura de que Lady Catherine tendrá que aprobar al niño antes de que nazca.

Elizabeth miró por debajo de su nariz y forzó su voz en un tono serio y digno. —De verdad, señor Collins, debe estar seguro de decirle a la señora Collins que la hora mas apropiada para el nacimiento es entre las tres y las cuatro de la tarde para permitir que la casa se asiente y tenga una cena apropiada esa noche.» Se llevó el puño a la boca para contener la risa.

Jane levantó la cabeza y miró a Elizabeth, con las mejillas llenas de lágrimas. Cayó de rodillas entre carcajadas impotentes. Mary y Kitty se dejaron caer una sobre los hombros de la otra entre risitas ahogadas. Elizabeth se balanceaba de un lado a otro, sonriendo ampliamente.

Mary se secó los ojos con la manga. Kitty levantó la sábana y se la pasó por las mejillas.
Sólo Jane llevaba un pañuelo en la manga. Se secó los ojos. —Echaré mucho de menos estos momentos.

—Yo también—. La alegría de Elizabeth se desvaneció. Qué extraño. Hasta ahora nunca había contemplado la soledad que podría acompañar su traslado a Derbyshire.

Kitty resopló. —No puedo imaginar lo que será sin ustedes dos aquí.

—Nunca me he imaginado Longbourn sin ustedes—. Mary parpadeó rápidamente, con los ojos brillantes.

Elizabeth acarició el brazo de Mary y parpadeó para disimular el ardor de sus ojos. —Bueno, no temas, a diferencia de Lydia, estoy segura de que te escribiré tan a menudo que te cansarás de pagar el correo.

—Debes hacerlo, Lizzy, realmente debes hacerlo—. Mary se mordió el labio. —¿Podríamos ir a visitarte?

—Absolutamente…

Jane se apretó el pecho exactamente igual que mamá. —Después de todo, podría ponerte en el camino de otros hombres ricos.

Una nueva carcajada estuvo a punto de ahogarlas a todas. Pocos sabían lo talentosa imitadora que era Jane, la más hábil de todas. ¿Lo sabía ya el señor Bingley? Sin duda, pronto lo haría.

Elizabeth suspiró. —Necesitaré algún tiempo para asentarme en mi papel de señora de Pemberley, pero tal vez podríamos solicitarle a papá que ustedes nos visiten durante el verano.

—¿En serio? ¿Crees que papá estaría de acuerdo? —Kitty juntó las manos bajo la barbilla.

—Lo creo. Las comisuras de los labios de Elizabeth se torcieron. Desde luego, Pemberley no sería como un viaje a Brighton.

El brillo en los ojos de Jane le confirmó el pensamiento que compartían.

—También tú y el señor Bingley, si están libres para venir entonces.

—Estoy segura de que el señor Bingley agradecerá la invitación. Él habla con mucho aprecio de Pemberley.

—¿Podríamos hacer esto mientras estamos en Pemberley? —preguntó Kitty en voz muy baja.

—Estoy segura de que se puede arreglar; no sería una visita apropiada sin una reunión de los ratones de mamá.


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