
Charlotte Collins en la noche de Guy Falkes*
Por Abigail Reynolds
Traducido por Cristina Huelsz
Noviembre 5, 1812
*La Noche de Guy Fawkes (en inglés: Guy Fawkes Night), también conocida como Bonfire Night (la noche de las hogueras), Cracker Night («la noche de los petardos») o Fireworks Night (la noche de los fuegos artificiales), es una celebración que se realiza en el Reino Unido la noche del 5 de noviembre.
El festejo conmemora el fracaso del atentado del 5 de noviembre de 1605, conocido como la conspiración de la pólvora, mediante el cual una facción de católicos, entre los que se encontraba Guy Fawkes, intentaron destruir el palacio de Westminster, la sede del parlamento en Londres.
Al otro lado del claro, saltaron chispas cuando el muñeco de paja quedó envuelto en llamas. De la hoguera salieron zarcillos amarillos y naranjas hacia el cielo. Charlotte recordaba lo enormes y descontroladas que le parecían las hogueras del Día de Guy Fawkes cuando era niña. Siempre había temido que las chispas le prendieran fuego a un edificio, tal vez como consecuencia de todos aquellos años de severas advertencias de su madre sobre el cuidado que había que tener con las velas y sus descripciones gráficas de las posibles consecuencias de un descuido. Ahora, por supuesto, Charlotte no pensó dos veces en el riesgo de que el fuego se propagara. Podía ver las precauciones que estaban tomando los hombres: el círculo de piedras para contener el fuego, los cubos de agua colocados a intervalos regulares alrededor del claro.
Ahora Charlotte asociaba la noche de las hogueras con otro tipo de fuego. ¿Acaso hacía sólo un año que había permitido que el señor Robinson la condujera a los oscuros bosques? Aquella noche había cambiado su vida por completo, y no de la manera que ella esperaba. Ya no era una solterona entrado en años, con un futuro incierto y completamente dependiente de su familia, un blanco fácil para un seductor adulador. Ahora era la señora Collins, con un hogar propio y una seguridad que no podía esperar.
Por supuesto, ese hogar propio de poco le servía en ese momento, ya que ella y el señor Collins habían huido de las cercanías de Rosings Park. La ira de Lady Catherine de Bourgh por el compromiso del señor Darcy con Elizabeth Bennet, que no daba señales de disminuir quince días después de recibir la noticia, había sido suficiente para convencer al señor Collins de que la ausencia era su mejor defensa. Y así, Charlotte, ahora una mujer casada, estaba de vuelta en Lucas Lodge la noche de las hogueras, que había sido cuando todo comenzó.
Ahora iba a haber otro nuevo comienzo. Elizabeth se casaría con el señor Darcy en menos de dos semanas. ¿Quién lo habría imaginado? Ni siquiera ella, que había visto antes que nadie el interés del señor Darcy por Elizabeth, había creído que aquello conduciría al matrimonio. Ahora se preguntaba si Lizzy lo había estado deseando todo este tiempo, a pesar de su temprana aversión hacia él.
¿Había sido esa esperanza lo que motivó la negativa de su amiga a considerar la oferta del señor Collins? Quizás Charlotte estaba siendo demasiado cínica. Lizzy nunca había tenido un pensamiento práctico en la cabeza, por lo que las ventajas de casarse con el señor Collins no se le habrían ocurrido, ni las económicas, ni las de un marido al que se pudiera manejar fácilmente. Charlotte no pudo evitar sonreír ante la idea de que una mujer tratase de manejar al señor Darcy. Esperaba que su actitud no afectase demasiado al buen humor de Lizzy. Su amiga estaba acostumbrada a tomar sus propias decisiones, ya que sus padres ejercían tan poca autoridad. El matrimonio sería todo un cambio para Lizzy.
Sin embargo, no parecía haber duda alguna de que Lizzy lo amaba y de que él desbordaba de admiración por ella. Charlotte no envidiaba a Lizzy por las riquezas y los finos vestidos que tendría como la señora Darcy, pero no podía evitar sentir un escalofrío al considerar que su propio esposo nunca la miraría con ese brillo en los ojos. No es que deseara especialmente que el señor Collins lo hiciera, pero la idea de un esposo que la amara tanto seguía despertando algo en su corazón: un esposo con el que pudiera compartir el lecho conyugal sin tener que fingir que era otra persona. Lizzy era afortunada en ese sentido.
Entonces su esposo se acercó a ella con una banal felicitación por las fiestas. Como de costumbre, ella apenas escuchó, salvo para insertar un murmullo ocasional de acuerdo, que era todo lo que él esperaba de ella. Pero no tenía motivos para quejarse. A pesar de que no era inteligente, ingenioso o educado, su esposo era un hombre decente que la mantenía bien y nunca la golpeaba. Y si no era lo bastante listo como para darse cuenta de que a veces ella desaparecía durante horas sin ninguna excusa en particular… pues mejor para ella. Sus labios se curvaron al pensar en esas horas secretas y en el hombre que las había compartido con ella. En efecto, era muy afortunada, aunque nunca lo hubiera pensado hace un año.
El señor Collins miró a Charlotte con gran satisfacción, y se felicitó por lo mucho que había florecido su esposa desde que había decidido casarse con ella. Era una mujer afortunada por haber atraído su interés el pasado noviembre.