Las historias jamás contadas, p. 121

Fitzwilliam se entera del compromiso de Darcy

Por Jack Caldwell

Traducido por Cristina Huelsz

Octubre 20, 1812

Una fría tarde de octubre, el coronel Richard Fitzwilliam subió alegremente los escalones de la residencia Darcy en Londres. Su llamada a la puerta fue rápidamente contestada.

―Ah, Thacker, ¿ha regresado mi primo?

El mayordomo miró hacia la puerta. El coronel era un invitado constante y bienvenido en la residencia Darcy, pero la aldaba no estaba a la vista, señal inequívoca de que la familia no aceptaba visitas.

El coronel se rio. ―Oh, no se moleste, viejo―. Entró en el vestíbulo. «Voy a visitar a la señorita Georgiana». Le entregó al imperturbable criado su sombrero y sus guantes y se estaba quitando el abrigo cuando un caballero alto hizo su aparición.

―Me pareció oír tu voz, Richard ―dijo un sonriente Fitzwilliam Darcy, con la mano extendida en señal de bienvenida.

―¡Darce! Has regresado y tienes muy buen aspecto, debo añadir. Ahora, ¿dónde diablos has estado? ¿Qué has estado haciendo?

―Ven a mi estudio, Fitz. Tu llegada es muy oportuna si piensas quedarte a cenar.

―¡Por supuesto! No dejarías a tu pobre primo a merced de las cocinas de la Guardia de Caballería, ¿verdad? ¡Hasta los caballos comen mejor!

Darcy arrugó el ceño. ―Dudo seriamente que la comida del Crown sea tan deficiente, pero sufriremos con su compañía. Thacker, sea tan amable de avisarle a la cocinera que tenemos un invitado para cenar―. El mayordomo asintió mientras los dos caballeros continuaban por el pasillo.

―No has respondido a mi pregunta ―señaló Fitzwilliam. ―Has estado ausente durante un mes. ¿ Volviste a Pemberley?

La respuesta de Darcy se perdió para la posteridad, pues en ese instante, una bonita joven salió corriendo del salón de música.

―¡RICHARD! ―exclamó Georgiana Darcy. ―Oh Richard, ¿has oído las noticias?» Se abrazó a su primo y tutor. ―¡Mi hermano se va a casar!

Fitzwilliam estaba estupefacto. ―¿Casarse? ―Con sus brazos ocupados con Georgiana, miró a Darcy por encima de su cabeza. ―¿Con quién?

La mantequilla no se derretía en la boca sonriente de Darcy. ―Ya conoces a la dama, es la señorita Elizabeth Bennet.

***

Treinta minutos más tarde, los dos caballeros se encontraban cómodamente instalados en el estudio de Darcy, con puros y vino, un crepitante fuego en la parrilla y Georgiana en el piso de arriba, cambiándose para la cena.

―Ahora que has logrado distraerme con los puros y el vino ―dijo Fitzwilliam―, ¿vas a contarme cómo sucedieron las cosas? ¿Comprometido con la señorita Bennet? Estoy totalmente asombrado.

―Pensé que te habías enterado. Debes haber visto pruebas de mi admiración en Kent.

―Creí haber visto algo, pero ¿hasta este punto? No. Has sido muy disimulado.

―En absoluto. Debo asombrarme de tu asombro; seguramente mi tía habló con el conde el mes pasado.

―No he oído nada, y me sorprendería que así fuera. Sabes que mi padre y tía Catherine se odian. Pero ¿por qué…? ―Fitzwilliam frunció el ceño. ―¿Ella lo sabía? ¿Le contaste a Lady Catherine tus intenciones y no a mí?

―¡Tranquilo, primo! No se trataba tanto de decírselo como de que ella lo supiera.

Apaciguado, el coronel se sentó. ―¿Cómo fue eso? ¿Y Anne?

―No, tampoco se lo dije a Anne―. Le contó la historia del viaje de Lady Catherine a Longbourn, su confrontación con Elizabeth y su intento de advertirle a Darcy. Para cuando Darcy terminó su relato, el coronel estaba excesivamente entretenido.

―¡Ho, esto es estupendo! La vieja bruja creyó que lograría que te doblegaras a su voluntad, pero lo más probable es que te haya llevado directamente a los brazos de la señorita Bennet. ¡Como se va a reír mi padre cuando se entere de esto!

Darcy se incorporó. ―¿Tienes que decírselo?

―¡Por supuesto! No puedo ocultarle nada, sobre todo si deseo permanecer en sus mejores registros y seguir recibiendo mi mesada―. Ante la mirada sombría de Darcy, Fitzwilliam se serenó y palmeó la rodilla de su primo. ―Sería lo mejor, Darce. No puedes pensar que verá con buenos ojos tu compromiso con una dama rural sin importancia.

Darcy apretó los dientes. ―Elizabeth es la hija de un caballero; somos iguales.

―¡No seas tonto! Sabes que esto perturbará los planes que él tiene para ti. Sin embargo, puedo serte útil. Por mucho que le disguste ser frustrado, ¡mi padre disfruta más frustrando a la tía Cathy! El simple hecho de que nuestra tía desapruebe a la señorita Bennet la elevará a los ojos de mi padre.

Darcy apenas se inmutó. ―No soportaré ninguna falta de respeto hacia Elizabeth.

Fitzwilliam estuvo a punto de reírse ante la imagen que Darcy presentaba: el rostro ceñudo, los brazos cruzados sobre el pecho. Si tan sólo se mordiera el labio, sería la imagen perfecta de un niño enojado y testarudo. ―La señorita Elizabeth es encantadora. Se ganará a mi padre enseguida, y a mi madre también, no lo dudo.

―¿Y el vizconde?

La sonrisa de Fitzwilliam se desvaneció. «Esa será una tarea más difícil. Ya sabes lo mucho que mi querida hermana Eugenie le da importancia a las apariencias, y Andrew la sigue adondequiera que vaya». La aversión mutua del coronel y la vizcondesa era bien conocida en la familia. ―Sin embargo, mi padre exige un frente público unificado en todas las cosas. Gana la aceptación de mi padre y el resto de la familia se alineará, incluyendo a Lady Catherine.

Darcy se relajó. ―Mi tío es un hombre razonable. Estoy conforme. Le escribiré en breve. Aun se encuentra en Derbyshire, si mal no recuerdo―. Le dio un sorbo a su vino. ―Asistirás a la boda, ¿no? Si es así, te pediría que escoltaras a Georgiana.

Fitzwilliam asintió. ―Lo haré con mucho gusto si se me concede permiso. Después de todo, alguien debe representar a la familia. Ciertamente no será Lady Catherine―. Frunció el ceño. ―Me gustaría que Anne pudiera… pero eso no tiene mucho sentido. Su salud no se lo permitiría, aunque por algún milagro nuestra tía le diera permiso.

Los dos permanecieron sentados un rato, bebiendo, con el crepitar del fuego como único sonido en la habitación.

―Darcy ―comenzó de nuevo Fitzwilliam―, ¿estás seguro de esto? Por favor, comprende que sólo me preocupa tu felicidad. La señorita Bennet es encantadora, pero…

Darcy levantó una mano. ―Fitz, estoy completamente seguro. No cambiaré de opinión, me casaré con Elizabeth―. Suspiró. ―Me resulta complicado hablar de esto. En la presencia de ella, me siento tranquilo. Completo. En paz. Ella me es tan necesaria como la comida y la bebida. No creo que ahora pueda vivir sin ella, sabiendo que finalmente me he ganado su tierno afecto.

―¿Lo has hecho?

―Ella dice que sí, y yo le creo―. Se rio entre dientes. ―¡Ciertamente sé que mi fortuna significa poco para ella!

Fitzwilliam frunció el ceño, la fuente de sus dudas ahora estaba sobre la mesa. ―Perdóname, Darce, pero ¿cómo sabes eso?

Darcy soltó una carcajada. ―¡Porque me rechazó en Rosings!

¿Que?

Darcy ignoró el poco elegante arrebato de su primo e hizo un breve recuento de su desventura en la casa parroquial en Pascua. ―¿Lo ves? ―dijo al concluir su relato. ―Si ella hubiera sido mercenaria, habría aceptado mi grosera propuesta, y yo no me habría enterado hasta que hubiera sido demasiado tarde. Pero ella se apiadó de mí y me enseñó una dura lección sobre lo que se necesita para complacer a una mujer digna de ser complacida.

―Aparentemente, has aprendido esta lección.

―Me esforzaré por hacer buen uso de mi mejor comprensión durante el resto de mis días».

Normalmente, Fitzwilliam habría desestimado tal afirmación como una mera hipérbole si hubiera venido de cualquier otro hombre. ―Te ha embrujado, ¿verdad?

―Soy un hombre mejor por haberla conocido.

Fitzwilliam levantó su copa y brindó. ―Entonces le deseo felicidad de todo corazón.

Los ojos de Darcy estaban sospechosamente humedecidos. ―Gracias, Fitz. Tus palabras significan para mí más de lo que puedo expresar―. Se recompuso y se puso de pie. ―¿Vamos a cenar? Seguro que Georgiana ya nos está esperando.

Fitzwilliam sonrió, saboreando ya cualquier arte que la cocinera de Darcy fuera a emplear esa noche. ―¡Excelente! Guíanos, primo.

«Y si lo que dices de la señorita Elizabeth es cierto, Darce, la querré como si fuera mi propia hermana», pensó para sí el coronel.


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