
El señor Bennet recibe una carta del señor señor Collins
Por Shannon Winslow
Traducido por Cristina Huelsz
Octubre 4, 1812
Al terminar el desayuno, el señor Bennet se relajó en su biblioteca, con los pies apoyados en un taburete y un libro muy entretenido ante sus narices. Con la más problemática de sus hijas definitivamente lejos de la casa y la más angelical ventajosamente ocupada, no le quedaba mucho más que desear que la paz de su hogar durase. Sin embargo, no esperaba que durara. Al igual que el pequeño tirano del otro lado del canal no parecía que pudiera comportarse durante mucho tiempo, su propia esposa y al menos uno de sus vástagos no tardarían en involucrarle en otra ronda de hostilidades.
Pero la interrupción de aquella mañana en particular procedía de una fuente totalmente distinta, y en absoluto inoportuna. Era una carta… una carta de su primo el señor Collins.
En los meses transcurridos desde la reanudación de su relación, el señor Bennet había llegado a considerar la correspondencia del señor Collins como una fuente inestimable de diversión. De ningún modo habría renunciado a la asociación por motivos menos importantes que el impedimento que la propia muerte habría constituido. De modo que el señor Bennet dejó a un lado su libro; la misiva que acababa de llegar prometía el mejor de los entretenimientos.
No se sintió decepcionado.
El absurdo estilo de la carta, toda humildad afectada y lenguaje artificialmente formal, era justo lo que el señor Bennet se esperaba. Pero el contenido iba mucho más allá de lo que se había imaginado. Comenzaba, como era de esperarse, con un extravagante discurso de felicitación por la próxima boda de la hija mayor del señor Bennet.
»…Puede estar seguro, mi querido señor, que la señora Collins y yo enviamos nuestras más sinceras felicitaciones a mi prima Jane y a usted, su honorable progenitor. Qué triunfo para todos ustedes -especialmente después de ese lamentable asunto con su hija menor- que sus fortunas vuelvan a elevarse tan rápidamente. Debo confesar que me ha asombrado sobremanera. Supongo que habla en favor del señor Bingley el hecho de que sea tan generoso como para pasar por alto lo que muchos ciertamente no podrían haber pasado, es decir, las fatalmente manchadas circunstancias de su familia. Debe de ser un caballero de gran valor, además de tener mayores expectativas de las que mi prima podía esperar. Estoy seguro de que todos ustedes deben ser felicitados de todo corazón por formar una alianza tan favorable.
De estos halagadores y solícitos comentarios, el señor Collins pasó a su verdadero propósito al escribir, y a lo que para el señor Bennet era la parte verdaderamente divertida de la carta. Parecía que al pomposo clérigo se le había metido en la cabeza que el señor Darcy estaba violentamente enamorado de Elizabeth y que pretendía hacerle una proposición.
―¡Oh, esto es admirable! ―se dijo el señor Bennet, riéndose en voz alta tras leer este delicioso pasaje. ―¡El señor Darcy, entre todos los hombres!
Si el señor Collins hubiese sondeado al mundo entero, no podría haber dado con una idea más ridícula y un pretendiente menos creíble para la hija favorita del señor Bennet. Que Lizzy fuese el objeto romántico de aquel hombre orgulloso y desagradable sobrepasaba los límites de la credulidad. Lizzy, ¡quien había manifestado tan abiertamente su aversión hacia aquel hombre! Sin duda, sus verdaderos sentimientos no podían pasar desapercibidos para nadie. Independientemente de la alta opinión que tenia de sí mismo, el señor Darcy no podía ser tan tonto como para contemplar la posibilidad de acercarse a ella.
El señor Bennet soltó una risita al imaginarse la escena que podría producirse si el hombre lo intentaba. No le cabía duda de que su enérgica hija se encargaría rápidamente del pobre señor Darcy. Ella probablemente sisearía como un felino enfurecido ante su primera declaración de afecto y amenazaría con sacarle los ojos si el hombre se atrevía a acercarse a la pregunta. Desde luego, sería un espectáculo digno de contemplar, por el que el señor Bennet daría una buena suma.
El resto de la carta era puramente del señor Collins: sus obsequiosas atenciones a las opiniones de Lady Catherine de Bourgh sobre el asunto (ella lo desaprobaba, como era de esperarse), sus no tan sutiles insinuaciones sobre lo que se debía a la opinión de esa dama y su intencionada amabilidad al advertirle a los Bennet que no la traicionaran. Luego estaba la parte sobre la interesante situación de Charlotte, la esperada joven «rama de olivo», que al señor Bennet le pareció de mal gusto mencionar.
Finalmente, el señor Bennet no pudo seguir guardándose para sí solo estas desbordantes tentaciones de reírse, no cuando su hija también apreciaría los absurdos que implicaban. Abandonando el santuario de su biblioteca, el señor Bennet corrió directo hacia la persona que buscaba.
―Lizzy ―dijo―, iba a buscarte; ven a mi estudio…