Las historias jamás contadas, p. 118

El plan de Lady Catherine

Por Maria Grace

Traducido por Cristina Huelsz

Octubre 3, 1812

Lady Catherine de Bourgh se sentó muy derecha en su sillón. Su boca, siempre formidable, estaba comprimida en una fina línea de enojo y tenía manchas rojas en las mejillas. La camarera, la señora Dawson, una viuda obligada a trabajar debido a su pobreza, se encogió al otro lado del asiento. Lady Catherine no había vuelto a abrir los labios desde que le había ordenado al cochero que condujera a toda velocidad hasta la residencia londinense del señor Darcy; y la velocidad y la energía de los cuatro caballos de posta que había alquilado parecían prometer que llegarían a su destino en muy pocas horas.

No fue hasta que estuvieron fuera de la vista de Longbourn, Meryton y todo lo relacionado con la vil familia Bennet, y en efecto acercándose rápidamente al límite de Hertfordshire mientras avanzaban por la buena y lisa carretera que ella habló.

―Estoy excesivamente disgustada ―dijo. ―Mi viaje ha sido en vano.

La señora Dawson podría haber dicho que el disgusto de su patrona era evidente, pero sabía mucho más, y sólo murmuró un sonido comprensivo, invitando a su señoría a decir más.

―Esa muchacha. Esa criatura atrevida y grosera. ¡Le digo que pretende casarse con mi sobrino!

―¿Se refiere al coronel, milady? Eso será muy malo, ¿no?

―¡No! ―explotó Lady Catherine. ―No finjas ignorancia, Dawson. Eso es tanto como insolencia y no toleraré nada semejante. Sabes muy bien que me refiero a Darcy, y que Pemberley quedará… ¡aa-rrruuii-nado! ―Al llegar a este punto, dio un gran suspiro y buscó su pañuelo de encaje.

Aunque no supiera otra cosa, la señora Dawson sabía cómo tratar los ataques de histeria, tanto de empleadores como de sus hijas. Las sales aromáticas, el frasco de agua de lavanda, los polvos de talco y el lino fueron sacados de su práctico y bien provisto bolso, y aplicados sobre el ancho y enrojecido rostro de Lady Catherine, acompañados de pequeños gemidos y caricias. Enderezó el tocado de encaje de su señoría, que se asemejaba al mascarón de proa de un barco y se había deslizado de lado con el rebote del carruaje, de una manera muy poco decorosa.

―Siento mucho oír esto, mi querida Lady Catherine ―dijo apologéticamente. ―No me extraña que esté afligida. Pensé cómo podría ser, cuando usted no le indicó al cochero que nos llevase a Lucas Lodge.

―¿Qué asuntos tenías que pensar, Dawson? ―expuso Lady Catherine. ―Naturalmente yo no permanecería en el mismo condado con esa joven impertinente ni diez minutos más de lo necesario. Los Lucas no merecen el honor de una visita mía. Estoy segura de que ellos han promovido este vergonzoso emparejamiento.

―Oh-pero seguramente-ellos no se atreverían…

―Habla sólo de lo que sabes, Dawson. Las noticias de esta desdichada unión llegaron a mí a través de sus medios, ya que escribieron para alegrarse por la conexión con su hija, la señora Collins. El estúpido de su marido me trajo la noticia de inmediato. Quieren el privilegio de visitar Pemberley, recuerda mis palabras, y se olvidaron completamente de lo que me deben.

―¿Qué… qué le deben? ―se aventuró tímidamente la señora Dawson.

―¡Lealtad! ―escupió Lady Catherine. ―¡Y respeto! Después de todas las atenciones que les he concedido, y la gran consideración que he prestado a su hija. Promover el matrimonio de mi sobrino con esa niña, de familia baja y deshonrada, su hermana no mejor que una… ―Se detuvo y se secó la cara.

―Quizás no sea tan malo como usted teme ―la consoló la señora Dawson. ―No están realmente comprometidos, ¿verdad?

―No ―concedió Lady Catherine―, y yo me ocuparé de Darcy―. Asintió. ―Sí, le recordaré lo que le debe a la familia, el deber que tiene conmigo, que siempre lo he amado con tanta ternura y he sido una segunda madre para él.

―Desde luego que sí ―exhaló la señora Dawson, por encima del traqueteo del carruaje.

―Le repetiré ―continuó―, todas las frases insubordinadas y amotinadas que pronunció esa chiquilla. Las recuerdo todas. Fingió no saber a qué había venido; se atrevió a negar que ella y su familia y los Lucas habían difundido por su cuenta el rumor del compromiso; y se negó a confesar que había utilizado sus artes y sus encantos para encapricharlo.

―Sí que lo hizo ―dijo la señora Dawson, no sin sentir una punzada de compasión por Elizabeth―, eso estuvo muy mal.

―¡Malo! Bien puedes decir eso. Incluso cuando expliqué la naturaleza del compromiso que subsistía entre Darcy y Anne, ¡ella se negó en redondo a prometer que no se casaría con él!

―La pobre señorita de Bourgh lo lamentará mucho ―convino la señora Dawson, con poco tacto. ―Será una gran decepción para ella. Sé que siempre ha deseado ser la señora de Pemberley.

Lady Catherine no pudo aguantar más. Extendió su mano pesada como un jamón, que no era más hermosa por el delicado guante de encaje que la cubría, y abofeteó a la señora Dawson. ―¡Silencio! ―le espetó. ―No te corresponde decir lo que tus superiores piensan y sienten.

―No, señora ―murmuró la pobre mujer, bajando los ojos para ocultar las lágrimas y frotándose la mejilla enrojecida, donde rápidamente se estaba formando una marca de la huella de la mano.

―Tienes suerte de que no te eche de este carruaje y te despida sin referencias. Pero siempre soy célebre por mi extrema caridad y ternura de corazón.

―Desde luego, milady ―respondió la señora Dawson, como sabía que debía hacer.

―¿Dónde estamos ahora? ¡Cochero! ―llamó Lady Catherine. ―¿Puede decirnos a cuántas millas estamos de Londres?

―Ya no está tan lejos, Su Señoría ―le contestó―, acabamos de pasar la señal del poste de la carretera, y no es más que cuestión de otras veinte millas más o menos.

Lady Catherine se sentó con cierta satisfacción. ―Ya está. Deberíamos estar con Darcy para la hora de la comida. Puedes cerrar los ojos si quieres, Dawson; voy a darle vueltas en mi mente a lo que le diré a mi sobrino.

―Muy bien, Su Señoría ―dijo obedientemente la otra mujer, y cerró los ojos, exhausta. Sin embargo, antes de que pudiera sumirse en un sueño inconstante, Lady Catherine volvió a hablar. ―Le diré ―dijo―, que la señorita Bennet es la terquedad en persona; tiene un desagradable espíritu de independencia, obstinación y contrariedad, y ella misma me ha dicho que está decidida a tenerlo.

―¿Ah, sí? ―preguntó la señora Dawson, abriendo los ojos.

―Lo ha dicho. La amenacé con todo lo que le ocurriría si fuera tan tonta como para seguir adelante con su plan; sería rechazada, censurada y deshonrada. Sin embargo, puedes imaginar que ella sólo estaba pensando en las ventajas de ser la esposa de Darcy. No le importa en absoluto el hombre, sólo el lugar. La presioné mucho, Dawson, mucho; pero a pesar de todas mis insinuaciones e importunaciones, se mantuvo en su posición con una firmeza que resulta verdaderamente extraña en una mujer tan joven. Recuerda mis palabras, si Darcy se casa con ella, se encontrará atado a una arpía.

―No me cabe la menor duda ―dijo la señora Dawson débilmente.

―Sí. Y eso es precisamente lo que iré a contarle a Darcy en Londres. De la ambición, el cálculo, la testaruda determinación de esta niña, que está destinada a arruinarlo por completo.

―Me atrevería a decir que él estará muy preocupado ―dijo la señora Dawson.

―Quiero decir que lo estará ―dijo Lady Catherine con cierta satisfacción. ―Espera y verás, le abriré los ojos y le mostraré lo que esta joven es en realidad una criatura maquinadora; y al final tendremos a Anne en Pemberley, estoy perfectamente segura de ello.

―Espero que así sea ―repitió obedientemente la mujer que aguardaba.


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