Las historias jamás contadas, p. 117

Lady Catherine le hace una visita a Darcy

Por Abigail Reynolds

Traducido por Cristina Huelsz

Octubre 3, 1812

Darcy no estaba acostumbrado a tener que inventarse excusas. Ya había fabricado suficientes asuntos como para mantenerlo en Londres durante mas de dos semanas, pero ahora tenía que tomar una decisión: regresar a Netherfield, como le había dicho a Bingley que haría, o inventar otra excusa para el retraso. La opción más lógica sería regresar a Pemberley, pero eso sería algo intolerable. Georgiana estaba esperando ahí a que él regresara con noticias de su compromiso con Elizabeth, noticias que nunca serían ciertas. Ya era bastante malo verse obligado a vivir sin la mujer que amaba; pero enfrentarse a la decepción de Georgiana era más de lo que podía soportar.

Su mayordomo llamó a la puerta del estudio. ―Señor, Lady Catherine de Bourgh ha venido a verlo. Le dije que usted no estaba en casa, pero ella insistió en entrar, así que le pedí que esperara en el salón.

¿Lady Catherine? Era la última mujer del mundo a la que deseaba ver en ese momento. Si había venido a presionarle para que se casara con su prima Anne -y, si no, ¿por qué iba a viajar hasta allí? No sabía si podría mantener el semblante. No ahora, no cuando el recuerdo de la discreta evasiva de Elizabeth hacia él en Longbourn estaba aún fresco en su mente.

Desgraciadamente, no le quedaba más remedio que verla. Si él se negaba, ella entraría a la fuerza, y él no podía pedirle a sus sirvientes que la detuvieran. Tapó el tintero y se levantó.

―Muy bien, la veré allí. Supongo que esperará que le sirvan un refrigerio.

―Ya lo he pedido, señor, y me he tomado la libertad de decirle a su señoría que creía que usted tiene un compromiso importante para cenar.

―Muchas gracias―. Otra excusa más, de la que él se alegró.

En el salon, Lady Catherine se había entronizado en la silla que la madre de Darcy siempre había preferido. El polvo del camino aun cubría sus faldas. ―Ahí estás, Darcy. Tienes que hablar con tu mayordomo. Tuvo el descaro de decirme que no estabas en casa.

Darcy hizo una reverencia, aunque su tía no le había hecho la cortesía de levantarse. ―Él estaba siguiendo mis instrucciones.

―¡Sin duda, pero debió haber sabido que esas instrucciones no se aplicaban a mí! Como si yo no estuviera ya bastante enfadada.

A él no le importaba si su enfado le provocaba una apoplejía, pero cuanto antes fuera al grano, antes se marcharía. ―¿Qué es lo que le molesta tanto?

―¡Esa chica! Esa chica obstinada y testaruda. ¡Es completamente irrazonable!

Así que Anne debió haberle dicho finalmente a su madre que no tenía intención de casarse con Darcy. Ya se había tardado bastante. ¿Qué creía precisamente Lady Catherine que podía hacer él al respecto, aunque lo deseara? ―No es de extrañar que se sienta molesta.

―Ella se niega a obedecer las exigencias del deber, el honor y la gratitud, y está decidida a arruinarte en opinión de todos tus amigos, y a hacer que seas despreciado por el mundo. ¡No lo hubiera creído posible! ¡Qué muchacha tan grosera, impertinente y presuntuosa!

Algo iba mal. Anne tenía muchos defectos, pero la impertinencia no estaba entre ellos. ―¿Está hablando de mi prima, señora?

―¡Claro que no! Anne nunca se comportaría de una manera tan despreciable. Esa joven está perfectamente dispuesta a arruinar todos nuestros planes para ti y Anne.

―¿De qué joven está hablando?

―¡No juegues conmigo, Darcy! Hablo de la señorita Elizabeth Bennet, por supuesto. ¿Qué tienes que decir a eso? ¡Ella me dijo a la cara que estaba dispuesta a arrastrarte a la desgracia!

Las manos de Darcy se aferraron a los brazos de la silla. ―¿Ha visto a la señorita Elizabeth Bennet?

―¿No acabo de decirlo? Por supuesto que sí. Fui a verla para exigirle que desmintiera universalmente el rumor, ¡y se atrevió a negarse! ¡Me rechazó! ¡Y ese fue su agradecimiento por mis atenciones hacia ella la primavera pasada!

Inclinándose hacia adelante, Darcy dijo: ―¿De qué rumor se trata?

―El rumor de que su hermana no sólo estaba a punto de contraer un ventajoso matrimonio, sino que, con toda probabilidad, poco después ella se casaría contigo… ¡Mi propio sobrino! Aunque yo sabía que debía tratarse de una falsedad escandalosa, aunque no quería herirte tanto como para suponer posible la verdad de aquello, resolví al instante ponerme en camino para darle a conocer mis opiniones. Pero la juzgué mal; está decidida a atraparte, Darcy. Debes dejarle en claro que nunca te degradarías tanto como para comprometerte con ella, y la mejor manera de hacerlo es anunciando tu compromiso con Anne. Debes enviar el aviso a los periódicos mañana―. Lady Catherine se sentó con expresión triunfante.

Automáticamente Darcy exclamó: ―No me voy a casar con Anne―. Pero entonces sus palabras se asentaron. ¿Elizabeth había dicho que estaba decidida a tenerlo? ¿Sería eso posible? «Le ruego, ¿qué dijo la señorita Elizabeth?»

Lady Catherine sacudió la cabeza. «Dijo tonterías de toda clase, incluso que se consideraba tu igual porque su padre es un caballero. ¡Como si él fuera tu igual! Y no quiero ni hablar de la atrocidad que es la familia de su madre, ni de su arruinada hermana. ¿Cómo pudo creer que te aliarías con la cuñada de Wickham? ¡Está completamente loca!»

Darcy apretó los dientes y habló muy despacio. «¿Qué fue exactamente lo que dijo de mí?»

―¡Bueno, no hay necesidad de que uses ese tono, sobrino! Tu madre te enseño mejores modales que eso».

Cruzándose de brazos, Darcy la fulminó con la mirada. Si era necesario, podía hacerla esperar más, pero ¡tenía que saber lo que Elizabeth le había dicho!

Lady Catherine bufó. ―¡No solamente no ha querido desmentir el rumor de que ustedes vayan a casarse, sino que se ha negado en redondo a prometerme que no se comprometería contigo! ¿Has oído hablar alguna vez de algo así?

¿Había oído bien? ¿Elizabeth no aceptaría negarse a casarse con él? ¿Por qué, en nombre del cielo, si realmente no lo quería, iba a decir semejante cosa? Si estuviera firmemente en contra de él, lo habría dicho con franqueza y firmeza. Pero eso significaba… Una sonrisa incrédula comenzó a dibujarse en su rostro.

―¡Veo, sobrino, que te resulta tan difícil de creer como a mí! Pero te aseguro que es cierto. ¡Su presunción no conoce límites! Debes tomar medidas de inmediato antes de que estos rumores se extiendan más.

―¿Tomar medidas? ―Darcy tamborileaba ligeramente con los dedos sobre el brazo de la silla, más porque no podía permanecer quieto que por impaciencia. ―Le aseguro, Lady Catherine, que tomaré medidas, y de inmediato. Oh, sí, actuaré ahora―. ¿Podría cabalgar hoy hacia Hertfordshire? Miró por la ventana. ¡Maldita sea! Era casi el anochecer. Tendría que esperar a mañana. Iba a ser una noche muy larga.

―Sabía que harías lo correcto, Darcy. Nunca has fallado en tu deber hacia tu familia.

¿Deber? Tenía un deber, es cierto, pero era el de hacer a Elizabeth y Georgiana tan felices como pudiera. Se puso en pie de un salto. ―Le estoy muy agradecido por su oportuna intervención. Será mi primera prioridad. Pero ahora debo pedirle que me perdone, ya que tengo un compromiso urgente esta noche.

―¿»Urgente»? Hmmph. Me alegro de que al menos entiendas que debes poner fin a esta tontería con la señorita Bennet.

―Por supuesto que sí―. Oh, sí, él pondría fin a esta tontería. Un final que lo llevaría al altar y a su anillo en el dedo de Elizabeth. ¡No podía ocurrir lo bastante pronto!


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