
La propuesta del señor Bingley
Por Susan Mason-Milks
Traducido por Cristina Huelsz
Septiembre 26, 1812
Charles Bingley nunca había experimentado una expectación tan nerviosa en su vida. Hoy era el día. Sin excusas. Sin retrasos. Hoy le iba a pedir a la señorita Jane Bennet que fuera su esposa. Estaba ensayando en el espejo lo que iba a decir cuando James, su ayudante de cámara, lo interrumpió.
―¿Está listo para vestirse hoy, señor Bingley? ―preguntó cortésmente el hombre mayor al entrar en la habitación.
El corazón de Bingley dio un brinco. ¿Estaba listo?
―Me gustaría lucir lo mejor posible hoy ―contestó nervioso, pasándose una mano por el cabello rebelde.
James arqueó una ceja. ―Creo, señor, que nunca le he permitido salir de su vestidor con un aspecto que no sea el mejor.
Aquello hizo sonreír a Bingley y parte de su nerviosismo se esfumó. ―Por supuesto, tienes toda la razón. Confío implícitamente en tu buen gusto. Ahora, ¿qué has planeado para mi hoy?
Cuando por fin Bingley se puso frente al espejo para examinarse, se sintió muy satisfecho con lo que vio. Luego, James le tendió su reloj de bolsillo, le cepilló el dorso del abrigo una vez más y lo declaró listo. Justo cuando Bingley estaba a punto de llegar a la puerta, el ayuda de cámara se apresuró tras él.
―Una cosa más, señor ―dijo James tendiéndole un pañuelo nuevo.
Bingley lo miró con curiosidad. ―Creo que ya me has proporcionado uno de estos.
―Estaba pensando que, precisamente hoy, le convendría tener otro disponible. En caso de que… ―La voz de James se entrecortó. Estaba claramente avergonzado.
―¿En el caso de que qué? ―repitió Bingley con curiosidad.
―Si la señorita Bennet… en caso de que se ponga tan contenta que… bueno, ya sabe que las mujeres pueden ser bastante emotivas en circunstancias como esta ―explicó James.
Por fin, Bingley lo comprendió. ―¿Cómo…?
―Señor Bingley, hace muchos años su padre me encargo que le ayudara a aprender a parecer y actuar como un verdadero caballero. En el transcurso de los últimos diez años, he llegado a conocerlo, y bueno, tuve el presentimiento de que hoy sería el día.
Charles Bingley se maravillaba de como a veces James parecía conocer sus propios pensamientos antes de que él mismo fuera consciente de ellos. Bingley se palpó el bolsillo del chaleco donde había metido el anillo que pensaba entregarle a Jane cuando lo aceptara.
―Deséame suerte entonces.
―No creo que le haga falta suerte, señor. Y permítame añadir que su padre estaría muy orgulloso de usted.
Bingley decidió montar a caballo en lugar de tomar el carruaje. El aire fresco y el ejercicio le sentarían bien. Darcy había regresado a Londres el día anterior y estaría ausente por más de una semana, dejando a Bingley muy solo. La conversación había sido tensa cuando Darcy le explicó cómo había ocultado la presencia de la señorita Bennet en Londres el invierno pasado. Bingley se había estremecido, pero cuando pensó en lo que aquella confesión debía de haberle costado a su amigo en términos de orgullo, le resultó más fácil perdonarlo. La expresión de alivio en el rostro de Darcy había sido genuina. Durante años, Darcy había sido como un hermano mayor para él. Por fin, Bingley estaba viendo a este hombre complejo bajo una luz más clara. Darcy no era infalible y había reconocido sabiamente que decidir con quien casarse era una decisión que solamente Bingley podía tomar.
Tras una breve estancia en Hertfordshire, sabía que estaba más enamorado que nunca de Jane Bennet. Y lo que era más importante, esta vez estaba seguro de que era amor y no un simple capricho. El otoño pasado, cuando había hablado con Jane, bailado con ella, cortejado, había estado tan maravillado por su belleza que no pudo apreciar plenamente sus otras cualidades, cualidades que en una esposa eran aun mucho mas importantes que su elegante perfil, su piel de porcelana y su cabello dorado.
Los largos meses de invierno le proporcionaron mucho tiempo para contemplar a lo que había renunciado. Cuando comparaba a Jane Bennet con las demás damas que había conocido y con sus propias hermanas, realmente no había nadie como ella. Lo que le gustaba de Jane era que siempre pensaba lo mejor de la gente, incluso de él. Había sido tan rápida en perdonarlo que él se preguntaba a diario qué había hecho para merecerla. También le encantaba que nunca contara chismes de ningún tipo. Cada vez que él oía a sus hermanas riéndose, sabía que era a costa de otra persona.
Tras tomar la decisión de regresar a Hertfordshire, había reconocido que era hora de imponerse ante sus hermanas. Al fin y al cabo, él era la cabeza de la familia y ya no podía permitirse que Caroline lo manipulara. Bingley sonrió al recordar aquel día en Londres, cuando le anunció que iría a Netherfield a cazar. La reprimenda de diez minutos de Caroline y Louisa sobre el error que estaba cometiendo fue desagradable y, en realidad, bastante aburrida. No les importó que él ya hubiera escuchado su extensa lista de objeciones en numerosas ocasiones. Escuchando sin decir una palabra, había burbujeado por dentro de impaciencia. Antes de hacer el anuncio, había decidido no discutir con ellas, pues sólo prolongaría la confrontación. Su decisión estaba tomada, nada lo haría cambiar de parecer.
Durante toda la conversación, Darcy, que casualmente estaba de visita en ese momento, se mantuvo curiosamente callado a pesar de los esfuerzos de Caroline por solicitar su ayuda y ponerse de su parte. ―Supongo que Bingley sabe lo que hace ―fue todo lo que Darcy dijo.
Cuando la situación llegó al punto en que Bingley pensó que se le iba a desprender la cabeza del cuello y salir disparada hacia el techo, finalmente hizo lo que sabía que debía haber hecho hacía mucho tiempo.
―¡Caroline! ¡Louisa! ¡Alto!
Su conmoción fue tan grande al escuchar a su gentil hermano alzar la voz que, de hecho, dejaron de hablar por un momento y se quedaron con la boca abierta, sorprendidas.
―Ustedes son mis queridas hermanas, y yo haría casi cualquier cosa para asegurar su felicidad ―comenzó―, pero lo que no voy a hacer es renunciar a la única persona que es tan esencial para mi propia felicidad que no puedo imaginarme una vida sin ella. Iré a Netherfield, y si percibo la más mínima señal de que Jane Bennet aún me tiene en alta estima, ¡pienso pedir su mano!
―Mi querido Charles, cualquiera diría que no crees que tu bienestar es la preocupación más apremiante e importante de nuestras vidas. Por supuesto, queremos todo lo que sea bueno para ti. Es doloroso pensar que no crees que nos importa ―dijo Caroline con un mohín y un resoplido apenas audible.
Bingley abrió la boca para decir lo que solía decir en esas situaciones, cuando Caroline se las arreglaba para hacerlo sentir culpable, pero esta vez era diferente. Se detuvo.
En voz muy baja, dijo: ―Y además, no toleraré ni una sola palabra despectiva de ninguna de vosotras sobre la señorita Bennet o cualquier otro miembro de su familia. Pronto se convertirán en nuestra familia, y los tratarán con el mayor respeto… incluso a la señora Bennet. ¿Entendido?
Cuando se hizo el silencio, hizo su mejor esfuerzo por subir la intensidad de su mirada y repitió: ―¿Entendido?
Louisa tuvo la delicadeza de asentir y parecer un poco avergonzada, pero Caroline se limitó a observarlo con un aire de estudiado aburrimiento.
―¿Caroline? ¿Debo interpretar tu silencio como que deseas irte a vivir con tía Emmeline a Manchester hasta la próxima primavera?
De repente, los ojos de Caroline se abrieron de par en par. La tía Emmeline era la única persona de la familia que no toleraba tonterías de su parte y tenía el potencial de hacer de su vida una miseria. ¿Manchester en invierno? ¿Aislada de la temporada londinense? Caroline preferiría vestirse con sacos de estopa.
Ella suspiró pesadamente para el efecto antes de que ella hablara. ―No, Charles, te prometo que haré todo lo posible para que la familia Bennet se sienta bienvenida. ¿Puedo preguntar cuándo partimos hacia Netherfield?» Su voz se volvió de repente dulce como la miel.
―Darcy y yo nos vamos mañana. Tú y Louisa se quedarán en Londres hasta que mande a buscarlas.
―Pero, Charles, querido, ¿quien…? ―comenzó Caroline.
Bingley miró fijamente a su truculenta hermana y pronunció una palabra: ―Manchester ―provocando que Caroline se pusiera blanca al instante.
―¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte a preparar tu viaje? ―preguntó ella alegremente. Él sabía que sólo estaba fingiendo, pero al menos era un comienzo.
Una vez dentro del carruaje y de camino a comer en su club, Bingley se recostó satisfecho estirando las piernas y poniendo las manos detrás de la cabeza. ―No sé tú, Darcy, pero yo estoy hambriento. ¡Me siento como si pudiera comerme una vaca entera de una sentada!
Darcy le dedicó a su amigo una de sus raras sonrisas. ―Defenderte a ti mismo es un trabajo que da mucha hambre, Bingley. Te felicito.
Ahora se encontraba de camino a Longbourn y, a pesar de todo lo que su familia y amigos habían tratado de decirle, se sentía confiado en la fuerza del afecto de Jane. No había ningún artificio en Jane. Nada de decir una cosa y querer decir otra, como aquellas jovencitas tímidas que había conocido en Londres. El otoño pasado, hace ya casi un año, cuando sus hermanas y Darcy se pusieron en su contra, su propia falta de confianza hizo que se dejara llevar y casi la perdió. Por razones que no comprendía del todo, pero que alegraban su corazón, Jane lo había perdonado por abandonarla. Era un error que no volvería a cometer.
Más tarde, aquella misma noche, cuando llegó la hora de que Bingley se retirara, encontró a James esperándolo en su vestidor. Antes de que el ayuda de cámara pudiera comenzar su trabajo, Bingley le pidió que sirviera una copa de brandy para cada uno de la botella que había pedido que colocaran allí. Darcy se había ido, su familia seguía en Londres, por lo que no había nadie más con quien pudiera compartir su júbilo.
―Espero que brindes conmigo en esta ocasión tan especial.
Levantando la copa, el ayuda de cámara miró a Bingley con expectación.
―¿Una ocasión especial, señor? ―preguntó, aunque Bingley estaba seguro de que la noticia del compromiso ya había viajado de Longbourn a Netherfield ese mismo día.
Bingley no pudo evitar una sonrisa. ―Esta mañana, la señorita Jane Bennet me ha hecho el mas feliz de los hombres al aceptar mi mano en matrimonio.
James se mostró tan complacido como Bingley esperaba que lo estuviera. ―Felicidades, señor. ¡En verdad son excelentes noticias! Si me permite el atrevimiento de decir, señor, que ha hecho una sabia elección. La señorita Bennet es una joven encantadora, y estoy seguro de que serán muy felices juntos.
Mientras bebían a sorbos el rico brandy, descendió una extraña incomodidad. Aunque una conversación como ésta no era tan inusual entre ellos, por alguna razón, esta noche, se sentía extraña. James pareció percibir el estado de ánimo de su amo y comenzó a preguntar por las actividades de Bingley para el día siguiente, a fin de poder planear su vestuario.
Cuando se hubo acabado el brandy, el ayuda de cámara retomó su trabajo con destreza. Una vez listo para acostarse, Bingley se encaminó hacia su alcoba, pero vaciló al llegar a la puerta. Tantas cosas pasaban por su cabeza, tantas cosas que le gustaría decir, pero se dio cuenta de que algo importante había cambiado. Pronto sería un hombre casado y cabeza de familia como no lo había sido antes. Tendría que confiar más en sí mismo y en Jane. En el pasado, podría haber dicho más, pero esta noche, no lo hizo.
―Buenas noches y gracias ―dijo con sencilla sinceridad, y luego esperó la respuesta habitual de James.
―Fue un placer, señor.
Bingley sonrió para sus adentros y se dirigió a la cama.