
Bingley escucha la confesión de Darcy
Por Nicole Clarkston
Traducido por Cristina Huelsz
Septiembre 23, 1812
«Elizabeth, con una sensación de triunfo, miró hacia su amigo. Él lo soportó con noble indiferencia, y ella se habría imaginado que Bingley había recibido su sanción para ser feliz, de no haber visto que sus ojos se volvían igualmente hacia el señor Darcy, con una expresión de alarma medio risueña.»
Bingley desmontó con una ligereza que apenas podía contenerse, lanzó las riendas al mozo de cuadra que lo esperaba y apenas aguardó a Darcy antes de subir a saltos los escalones de Netherfield. Su rostro, enrojecido por la emoción, parecía reflejar la esperanza que durante tanto tiempo había estado ausente de su rostro.
―Ella estaba… Darcy, ¿la viste? ―exclamó Bingley, cuyas palabras salieron apresuradamente cuando cruzaron el umbral. ―¡La señorita Bennet fue tan amable, tan cariñosa! Me atrevo a decir que nunca la había visto tan complacida en toda mi vida. Ahora no puede haber ninguna duda… ¡ninguna en absoluto!
Darcy, que demoró más en entrar, tardó un momento más en quitarse los guantes y el abrigo, y le dedicó al criado una inclinacion de cabeza casi deliberada. El corazón le latía con fuerza en el pecho, y cada palabra de Bingley le oprimía con mayor fuerza. Darcy sabía lo que tenía que decir, pero ¿cómo podía hablar sabiendo que arrancaría la alegría del rostro de su amigo?
―Darcy ―continuó diciendo Bingley, con la voz rebosante de un optimismo que había reprimido durante mucho tiempo―, ¡tú mismo debes haberlo visto! Era sincera, ¡hasta el último detalle! No puedes dudar de mí ahora, ¿verdad? No puedes seguir pensando que ella es indiferente.
Darcy apretó la mandíbula y se volvió lentamente hacia Bingley. ―No ―dijo, bajando la voz―, no puedo.
Hubo una pausa, en la que el espacio que los separaba estaba cargado de algo no dicho. Bingley, ajeno a la tensión de Darcy, soltó una suave carcajada, sacudiendo la cabeza. ―Apenas sé que pensar. De haber imaginado todo este tiempo que yo podría no interesarle, y ahora… ¡ahora es como si el mundo se hubiera vuelto del revés!
A Darcy se le hizo un nudo en el estómago. El momento se escapaba y, aun así, Bingley lo miraba con esa confianza desprevenida, una confianza que Darcy ya había roto una vez sin que Bingley lo supiera. No pudo soportarlo ni un segundo mas.
―Bingley ―comenzó Darcy, con tono vacilante―, hay algo que debes saber.
Bingley parpadeó, sin dejar de sonreír, aunque había un destello de incertidumbre en sus ojos. ―¿De que se trata?
Darcy inspiró, tranquilizándose, aunque sentía como si su pecho se oprimiera a su alrededor. ―Me equivoqué con respecto a la señorita Bennet ―dijo, con un gran sentimiento de culpa. ―Terriblemente equivocado. Cuando te aconsejé que te fueras, cuando hablé mal de su afecto… todo se basó en mi mal juicio.
El aire pareció detenerse entre ellos. La sonrisa de Bingley flaqueó, la confusión nubló su rostro mientras daba un paso hacia Darcy. ―¿Qué quieres decir? ―preguntó, ahora con la voz aguda. ―¿Qué estás diciendo?
A Darcy se le hizo un nudo en la garganta. Se obligó a continuar. ―Te convencí de que Jane Bennet no correspondía a tus sentimientos. En ese momento lo creí, pero ahora veo que estaba cegado por mi propio orgullo, por mi determinación de protegerte de lo que yo percibía como una pareja inadecuada.
Bingley lo miró fijamente, como si no lo comprendiera del todo. ―Pero… la has visto hoy. ¡Sabes que yo estaba en lo cierto! Ella se preocupa por mí, Darcy. Siempre le he importado.
El silencio de Darcy fue suficiente para romper los últimos vestigios de esperanza de Bingley. El color de su rostro fue desapareciendo a medida que asimilaba la verdad y, cuando volvio a hablar, su voz estaba cargada de ira. ―Espera… ¿Tú lo sabías? ―susurro, agudizando el tono. ―Todo este tiempo, ¿lo sabías?
―No lo sabía ―replicó Darcy, con la voz tensa. ―No al principio. Creía que te estaba protegiendo. Creía…
―¿Protegiéndome? ―lo interrumpió Bingley, con el rostro enrojecido por una emoción completamente distinta. ―¿Pensaste que me estabas protegiendo al mentir? Alejándome de la mujer que… ―Se detuvo, apretando los puños a los lados mientras luchaba por controlarse. ―Me hiciste creer que ella era indiferente hacia mí. ¡Dejaste que me fuera, cuando ella… cuando ella me amaba!
Darcy se preparó para el golpe, para la ruptura de su amistad, que ahora parecía inevitable. ―Permití que te engañaran ―admitió. ―Incluso perpetué esa falsedad, confiado en mi creencia de que estaba en lo cierto. De verdad… de verdad creía que ella era indiferente. Y nunca he estado más equivocado. Tienes todo el derecho a enfadarte, a despreciarme por ello.
Bingley se dio la vuelta y se pasó las manos por el cabello en un gesto de incredulidad y frustración. Se paseó a lo largo del salón, acentuando su ira a cada paso. ―¿Por qué no me lo has dicho antes?», preguntó, alzando la voz. ―¿Por qué esperar hasta ahora? Hoy la has visto, ¡tú mismo has visto lo equivocado que estabas! ¿Por qué no lo confesaste antes?
―No me di cuenta hasta hace poco, hasta… ―Darcy se detuvo, sabiendo lo vana que sonaría la explicación.
―¿Hasta que? ―la voz de Bingley atravesó la estancia, aguda y acusadora. ―¿Hasta que fue conveniente? ¿Hasta que ya no pudiste ocultármelo?
A Darcy se le oprimió aun mas el pecho. Bingley estaba en todo su derecho de sentirse traicionado. Había roto su confianza, retrasado su felicidad y Darcy, su amigo, había sido el causante de todo.
―Creí que estaba haciendo lo mejor para ti ―respondió Darcy, aunque sus palabras le parecieron débiles, incluso a sus propios oídos. Podría contarle a Bingley lo de la señorita Elizabeth… como ella le había contado lo que él se había negado a ver por sí mismo. Pero no quiso dañar su reputación. Ella estaba perdida para él, y este… este desastre era obra suya. ―Creí que te estaba salvando del dolor, de la decepción. Me equivoqué, pero mis intenciones nunca fueron para hacerte daño.
Bingley detuvo sus pasos y entrecerró los ojos. ―¿Tus intenciones? ―repitió con amargura. ―Tus intenciones me han costado meses de felicidad, Darcy. ¡Meses! ¿Tienes idea de lo que se siente?
Oh, demasiado bien. Darcy no pudo mirarlo a los ojos, la vergüenza era demasiado grande. ―No puedo enmendarlo ―dijo en voz baja―, pero estoy aquí para admitir que te he perjudicado gravemente. Si no puedes perdonarme, si deseas romper nuestra amistad, lo entenderé.
Hubo un largo momento de silencio. Darcy se mantuvo quieto, preparándose para el fin de su antiguo lazo, la inevitabilidad de que la ira de Bingley los separara. Durante semanas había temido este desenlace, sabiendo que era probable y, sin embargo, aquí, en el salon de Netherfield, enfrentándose a la realidad, la pérdida le pareció más dolorosa de lo que se había imaginado.
Bingley respiraba con dificultad, con los puños aun apretados y una expresión ilegible. Luego, lentamente, la tensión de sus hombros comenzó a aflojarse y soltó un largo y cansado suspiro.
―Darcy ―dijo por fin, con voz más tranquila, aunque todavía tensa. ―No sé que decir. Estoy enfadado. Furioso, de hecho. Me has mentido y… sí, tengo todo el derecho a estar furioso contigo.
Darcy asintió, aceptando las palabras sin inmutarse. ―Así es.
―Pero -continuó Bingley, suavizando su expresión-, si Jane Bennet todavía se preocupa por mí… si aún existe la posibilidad de que… ―Se le quebró un poco la voz y se apartó un momento, recuperando la compostura. ―Entonces no puedo perder el tiempo enfadándome. No permitiré que te interpongas en el camino de mi felicidad, Darcy… no otra vez.
A Darcy le dolió el corazón al oir esas palabras, sabiendo lo profundamente que había herido a su amigo. Sin embargo, le quedaba una pequeña esperanza de que tal vez no todo estuviera perdido.
―No merezco tu perdón ―dijo Darcy en voz baja, con la voz cargada de emoción. ―Pero si me lo concedes, no olvidaré tu generosidad.
Bingley se volvió hacia él, con la ira a flor de piel, pero atenuada por una profunda comprensión. ―Te equivocaste, Darcy -dijo, con voz firme pero sin malicia. ―Pero no puedo aferrarme a esto ―señaló entre los dos- cuando Jane todavía podría darme la bienvenida.
Darcy asintió con la cabeza, sintiendo que se le quitaba un peso del pecho, aunque no sin cierto pesar. ―Lo hará, Bingley ―dijo, ahora con voz firme. ―Lo hará.
Bingley suspiró y lo ultimo de su frustración desapareció, mientras una sonrisa se dibujaba en la comisura de sus labios. ―Eso espero ―dijo en voz baja, y luego, al cabo de un momento. ―No… ya lo sé. Y si es así, debo agradecerte que me hayas devuelto al camino de la felicidad.
Darcy sintió que una leve sonrisa se dibujaba en su rostro, aunque el corazón le pesaba al saber que la felicidad de Bingley era ahora suya. Darcy nunca experimentaría esa felicidad por sí mismo… Elizabeth Bennet seguía tan perdida para él como siempre lo había estado. Pero por ahora, se conformaría con ver a su amigo encontrando la felicidad que tanto se merecía.