
Darcy cree que a una callada Elizabeth realmente no le importa
Por L.L. Diamond
Traducido por Cristina Huelsz
Septiembre 22, 1812
Darcy subió al carruaje y miró hacia Longbourn mientras esperaba a que Bingley se reuniera con él. El exterior de la casa estaba silencioso… tan silencioso como Elizabeth cuando él estuvo en Longbourn. ¿Por qué estuvo ella tan distante? ¿Tan reservada? Tales cualidades no formaban parte de su naturaleza.
Cuando él y Bingley hicieron acto de presencia después de su primera llegada a Hertfordshire, él no pudo conseguir un asiento cerca de ella, un contratiempo que le impidió cualquier intento de conversar en privado. No es que se pudiera tener una charla privada teniendo a la señora Bennet en la estancia. Aquella mujer llevaba a cabo una misión y ni siquiera la presencia de alguien que le desagradaba con tanta vehemencia la disuadiría. ¡El señor Bingley se casaría con Jane Bennet aunque tuviera que encerrarlos en una habitación y esconder la llave!
¡Que Dios ayude a Bingley si compra una propiedad cerca de Meryton!
Bingley entró de un salto en el carruaje y golpeó el techo con su bastón.
Darcy se giró y miro fijamente a la casa. Tal vez Elizabeth se asomaría a la ventana, algo, cualquier cosa que le diera alguna esperanza. Por desgracia, no estaba allí. Se le oprimió el pecho y no pudo respirar profundamente.
¿Por qué había estado tan callada? Durante su primera visita, Elizabeth pareció desconcertada cuando los hicieron pasar a la sala, pero una vez sentados, ella se concentró tanto en su bordado que excluyó a la mayor parte de los presentes. Incluso cuando él preguntó por los Gardiner, ella dio una respuesta tan sucinta. Un rasgo que él nunca le hubiera atribuido a la Elizabeth Bennet con la que estaba familiarizado.
―Se encontraban muy bien cuando supimos de ellos por última vez, señor Darcy.
Las palabras resonaron en su mente y se le hizo un nudo en el estómago.
Ella podía haberse explayado, ¿no? A él le hubiera encantado hablar de los Gardiner, de cualquier tema que pudiera dar pie a una conversación. Pero ella apenas le respondió con algo mas que lo cortés antes de mirar a Bingley y Jane o volver a su labor de aguja.
Elizabeth incluso le había preguntado por Georgiana, pero, una vez más, tras responderle, se mordió el labio inferior, asintió con la cabeza y volvió a su costura. Nada más.
―¡Darcy!
Se sobresaltó y miró a Bingley, que tenía la cabeza inclinada hacia delante e irradiaba diversión en sus facciones.
―¿No has oído ni una palabra de lo que he dicho?
Darcy tragó saliva frustrado. ―No. Te pido disculpas.
―La señorita Bennet se veía bien, ¿no te parece?
Apretó los labios con fuerza, conteniendo el gruñido que amenazaba con escaparse. ¡Tenía que tener en cuenta el comportamiento de Elizabeth y no el de su hermana mayor! ¿No podría Bingley tomar una decisión por sí mismo por esta vez?
―Parecía estar muy bien y encantada de verte.
El semblante de Bingley se ilumino. ―¿Eso crees?
―Lo creo.
―La señora Bennet fue ciertamente acogedora.
Bingley contuvo un bufido. Esa mujer admitiría a un completo desconocido en su casa si descubriera que era elegible.
¡Pero no importaba la señora Bennet! ¿Acaso se equivocó en Pemberley? ¿Acaso Elizabeth se había limitado a perdonarlo y a ser cortés en su compañía? De ser así, ¿cómo podía haber malinterpretado su comportamiento una vez más?
Ella no se había sentido cómoda en su compañía. Eso quedó patente en sus gestos durante la cena. Se removió en su asiento varias veces, sus ojos se abrieron de par en par en respuesta a varias de las efusiones de su madre y le costó mantener el contacto visual con él, un problema que nunca había tenido en el pasado.
Cuando los hombres volvieron a la sala después de la cena, Elizabeth estaba sirviendo café con la señorita Bennet. Él no podía habérsele acercado entonces, ya que las damas se habían agolpado alrededor de la mesa. No había ni un solo sitio libre cerca de ella, y una dama se había acercado especialmente sin que él pudiera comprender por qué.
―¿Darcy?
Darcy giró la cabeza hacia Bingley, que lo miraba con las cejas juntas.
―¿No has oído ni una palabra de lo que he dicho?
Darcy exhaló. ―Mi mente está en otra parte. De nuevo, me disculpo, pero tengo mucho trabajo esperándome. Me temo que eso ha dominado mis pensamientos desde que partimos de Longbourn.
―Siempre estás ocupado―. Bingley sacudió la cabeza mientras miraba hacia adelante. ―Debes permanecer en Netherfield para algunos tiros. Después de todo, la señora Bennet ofreció lo mejor de las parvadas del señor Bennet cuando ya hemos cazado a todos los nuestros―. Bingley esbozó una amplia sonrisa. ―Muy hospitalario de su parte, ¿no lo crees?
Los labios de Darcy se torcieron hacia arriba. ―Muy hospitalario.
Elizabeth se había puesto de un rojo brillante cuando su madre hizo aquella declaración. Sus sentimientos hacia su madre eran más claros que sus sentimientos hacia él. ¿Y cómo podía él proceder sin ese conocimiento? Otra propuesta rechazada era más de lo que podía tolerar. Su corazón no podría partirse en dos una vez más.
―¡Darcy!
Un lacayo se detuvo ante la puerta abierta del carruaje, y al asomarse Darcy vio que ya habían llegado a Netherfield.
―¿Qué te tiene con la cabeza en otra parte? Nunca estás tan distraído.
―Preferiría no hablar de ello en este momento, Bingley. Espero que lo entiendas.
Su amigo arrugó la frente y entrecerró los ojos. La preocupación de Bingley lo honraba, pero Darcy no revelaría su corazón tan pronto.
Bingley siguió parloteando mientras subían los escalones y entraban, pero, aparte de oír el ruido, Darcy no distinguió las palabras. Mientras su ayudante de cámara lo asistía para refrescarse y cambiarse, Darcy repasaba sus dos visitas a Longbourn.
Cuando se sentó en el escritorio de la biblioteca, dio un fuerte suspiro. Debió de haberse equivocado en Pemberley. Elizabeth no podía corresponder a sus sentimientos y mostrarse tan reservada en su compañía. Ella nunca era reservada. La única conclusión posible era que no deseaba su presencia.
Le dolió el pecho mientras tomaba el papel en blanco y la pluma que tenía más cerca. Al día siguiente regresaría a Londres. No le quedaba nada que hacer en Hertfordshire, ni siquiera si Elizabeth carecía de los tiernos sentimientos necesarios para aceptar el ofrecimiento de su mano.
Apoyó la pluma en el papel y se detuvo cuando le vino a la mente la imagen de Elizabeth sentada junto a Georgiana al piano. ¿Estaba condenado a amarla el resto de su vida mientras ella continuaba con la suya, casándose y teniendo hijos?
Algo húmedo tocó su dedo y se estremeció. Una mancha digna de una de las misivas de Bingley manchó la carta que aun tenía que escribir. Con un gemido, arrugó la hoja y la arrojó a la rejilla de la chimenea.
Esta vez escribiría la correspondencia. No más imágenes de Elizabeth. Tenía que abandonar Hertfordshire. No podía quedarse y enfrentarse a la tortura de otra visita en la que ella estuviera tan seria y silenciosa. Tenía que dejar atrás a su amada Elizabeth.