Las historias jamás contadas, p. 112

Darcy y Bingley cenan en Longbourn

Por Elizabeth Adams

Traducido por Cristina Huelsz

Septiembre 22, 1812

El señor Hill había estado con la familia Bennet desde que la joven señorita Jane Bennet estaba aprendiendo a caminar. Había sido testigo de sus derrotas y triunfos, de sus discusiones y rencores. En una casa del tamaño de Longbourn, el mayordomo con frecuencia actuaba como lacayo en el comedor, lo que le permitía al señor Hill ver a la familia durante las comidas, lo que le resultaba una ocasión bastante entretenida.

Una vez había visitado a su primo en Londres y éste lo había llevado a un combate de boxeo. Dos hombres brincaban el uno alrededor del otro, tratando de golpearse, con un gran grupo de hombres rodeándolos y animándolos, esperando ver un poco de derramamiento de sangre y, finalmente, el triunfo de uno sobre el otro.

Hill recordaba a menudo aquella escena cuando atendía a la familia Bennet durante la cena. La señorita Lydia era la más alborotadora de las luchadoras y su oponente más digna era su hermana, la señorita Elizabeth, aunque la señorita Kitty era una pequeña luchadora. Podría aprender a ser fuerte de verdad si su madre no detuviera constantemente sus esfuerzos.

Por desgracia, la señorita Lydia se había marchado al norte, algo que al viejo criado le causaba más de un conflicto. Por un lado, la casa era infinitamente más tranquila y apacible sin ella. Por otra, era una joven imprudente a la que no se le había educado como se debía, y cualquier tonto podía ver que se encaminaba a una vida de dificultades e infelicidad.

Los criados hablaban entre ellos, por supuesto, y Hill sabía que no era el único que pensaba así. Las mujeres tendían a culpar más a la señora Bennet, probablemente porque pasaban más tiempo con ella y les resultaba más cercana, pero personalmente, Hill culpaba al señor Bennet.

El amo sabía lo que tenía que hacer y simplemente no se molestó en hacerlo. Hubiera sido tan fácil. Una carta a los periódicos solicitando un anuncio para una institutriz; una acompañante contratada para su esposa; simplemente decirle que las niñas no debían salir en sociedad hasta que tuvieran diecisiete años por lo menos. Cualquiera de estas cosas hubiera cambiado drásticamente el curso de la vida de las chicas Bennet, pero el indolente hombre simplemente no pudo dejar sus libros y escribir una carta. Al parecer, quince minutos de su tiempo eran demasiado para salvaguardar la respetabilidad de su familia.

Hill respiró hondo. No debía enfadarse por esas cosas. Al igual que el señor Bennet era el único hombre en condiciones de controlar a su esposa y salvaguardar a su familia, Hill era el único en condiciones de mantener cierta apariencia de orden en aquella cena desastrosa.

La pobre señorita Bennet había estado verde todo el día ante la perspectiva de que el señor Bingley viniera a cenar, y ahora había llegado el momento. Hill observó desde un rincón como la familia entraba en la sala de estar. La señorita Bennet se acomodó en su silla y muy pronto el cachorro de Bingley la siguió. Le lanzó una mirada a su amigo que Hill no pudo evitar sentir intriga.

Al mirar al caballero más alto, el gran señor Darcy de Derbyshire, vio que miraba a la señorita Elizabeth con un anhelo que sólo otro hombre silencioso reconocería, pero como en ese momento ella le estaba sonriendo a su hermana, la joven no lo notó. Al parecer, la señora Bennet recordó que debía que tener un mínimo de decoro -por fin- e invitó al señor Darcy a sentarse a su lado. Hill estaba seguro de que ése era el momento en que todos hubieran deseado que ella olvidara el orden de las cosas y permitiera que el hombre se sentara donde quisiera.

La cena fue a la vez dolorosa y divertida. La señorita Jane Bennet se mostraba feliz y a punto de comprometerse; el señor Bingley apenas podía apartar los ojos de ella el tiempo suficiente para comer. El pobre señor Darcy estaba siendo torturado por la señora Bennet, que se quedaba tan corta de palabras que se limitaba a decirlas todas, para disgusto del señor Darcy. Aquel caballero estaba aguantando de un hilo, Hill apostaría su colmillo por ello. No dejaba de mirar a la señorita Elizabeth, que estaba enfrascada en una conversación con sus vecinos, pero era poco probable que le dirigiera la palabra al caballero.

¿En qué había estado pensando la señora Bennet al organizar una fiesta tan grande? Hubiera sido preferible una reunión más pequeña, tal vez con Sir William y Lady Lucas. Pero aquella señora nunca organizaba una fiesta pequeña donde bastaba con una grande.

La interminable cena finalmente terminó y el grupo se retiró a la sala. La señorita Elizabeth volvió a mirar al señor Darcy, y aquel hombre se sintió tan incómodo que Hill estuvo tentado de llevarle una copa de brandy. Por supuesto, eso sería totalmente inapropiado, pero la idea se le pasó por la cabeza.

Darcy comenzó a acercarse a la señorita Elizabeth en más de una ocasión, levantando el pie e inclinándose en su dirección, y entonces la señorita Elizabeth se veía rodeada por las damas de la fiesta -demasiadas damas para una cena como aquella- y él volvía a retroceder. La señorita Elizabeth siguió mirándolo hasta que sus miradas se hicieron tan frecuentes que Hill se preguntó si las jovencitas que estaban a su lado no se habían dado cuenta.

Finalmente, cuando ya no pudo soportar más el suspenso, Darcy se dirigió a la mesa para devolverle su taza de café. La señorita Elizabeth estuvo charlando con él y, por un momento, Hill pensó que la velada podría salvarse. La señorita Elizabeth era una excelente conversadora y un hombre como el señor Darcy no la intimidaba, una de las muchas razones por las que Hill pensaba que les iría bien juntos.

Por desgracia, ella sólo parecía ser capaz de pronunciar unas pocas frases y la pareja se quedó callada. El señor Darcy permaneció valientemente a su lado durante unos minutos más, pero la señorita Elizabeth miraba torpemente a su alrededor -cosa rara en ella- o se distraía con las otras damas. Muy pronto el señor Darcy se alejó. Hill no podía culparlo. Nunca había visto a la señorita Elizabeth consumida por los nervios, pero era evidente que estaba sufriendo.

Hill suspiró. La fiesta pronto llegaría a su fin. Salió de la habitación para decirle al mozo de cuadra que el carruaje del señor Darcy debía ser llamado primero. Lo mejor sería dejar escapar al pobre hombre lo antes posible. Podría volver a intentarlo con la señorita Elizabeth otro día, cuando no hubiera tanta gente.


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