
Los Wickham se van de Longbourn
Por Maria Grace
Traducido por Cristina Huelsz
Septiembre 10, 1812
Elizabeth estaba con el resto de la familia en la entrada de Longbourn. El sol flotaba en lo alto de un cielo despejado, provocando un vago calor, mientras Lydia se despedía de la familia. Se echó hacia atrás para que mamá y Kitty pudieran ver mejor.
Los diez días de la visita de los Wickham no podían haber transcurrido más lentamente, y los tres últimos habían sido los más largos de todos. Especialmente aquella mañana, cuando Lydia convocó a todas sus hermanas para que la ayudaran a hacer las maletas, como si tuviera intención de marcharse justo después del amanecer, y luego se entretuvo desayunando con mamá hasta que el resto abandonó la sala del desayuno para seguir sus propias ocupaciones.
Wickham la ayudó a subir al carruaje alquilado que los llevaría en la primera etapa de su viaje hasta su regimiento en el norte. Si Elizabeth había oído bien, le habían pedido ayuda a papá para costear el equipaje. Probablemente la primera de una larga lista de solicitudes de este tipo. Teniendo en cuenta la calidad del carruaje, probablemente él había cedido para que mamá no se avergonzara de la naturaleza de su partida y de las habladurías de los vecinos.
Mamá agitó su pañuelo ante los que se marchaban, y sus mocos se disolvieron en sollozos.
―Ven, Kitty, ayúdame a llevar a mamá a su habitación―. Jane deslizó una mano bajo el brazo de mamá.
―Oh, señor Bennet, ¿qué haré sin mi querida niña? ―La voz de mamá aumentó hasta casi un chillido y se apretó el pecho.
Él puso los ojos en blanco y miró a Elizabeth. ―Tiene otras dos hijas igual de tontas disponibles para ocupar su lugar, señora. Creo que lo harás muy bien―. Él inclinó la cabeza y se dirigió al interior, probablemente a su biblioteca.
―¿Cómo podría él entenderlo? ¿Reemplazar a Lydia? ¡¿Cómo podría sugerir tal cosa?! ―Las manos de mamá se agitaron y su rostro se sonrojó.
―No le hagas caso; sabes que no quiere decir eso. Ven, mamá―. Jane la guio al interior, mientras Kitty la acompañaba.
Mary, con expresión nada menos que abatida, se encogió de hombros y las siguió dentro.
Elizabeth se hundió de nuevo en el marco de la puerta. Todavía le zumbaban los oídos con el constante parloteo de Lydia. Era lo bastante conocido como para molestarla relativamente poco. Pero la tensión entre ella y su nuevo hermano, si hubiera crecido más, podría romperse como una cuerda sobrecargada.
Tal vez había sido un error permitir que Wickham supiera que ella pensaba mejor de Darcy y, en consecuencia, menos de él. Pero ¿qué podía hacer ella frente a sus insinuaciones e intentos de congraciarse?
Verdaderamente, era demasiado para soportarlo. Sobre todo a la luz de lo que Lydia había dejado caer sobre el señor Darcy y la carta de la tía Gardiner que lo confirmaba todo como cierto.
Apretó sus frías palmas contra sus acaloradas mejillas.
Con toda la conmoción de la visita de los Wickham, aún no había empezado a reconciliarse consigo misma sobre el papel del señor Darcy en lo sucedido o lo que eso podría significar. Probablemente, la oportunidad de hacerlo no se presentaría pronto. No hasta que la casa volviera nuevamente a una cierta forma de rutina. No se podía saber cuanto tiempo llevaría eso.
Elizabeth entró en la casa y recogió las labores que había dejado apresuradamente sobre la mesa del vestíbulo cuando Lydia anunció su inminente partida.
No estaba dispuesta a seguir cosiendo, pero al menos debía devolver la prenda a la cesta que había dejado con prisas en el salón.
―Oh, Lizzy, me alegra que te hayas unido a nosotras―. Jane la saludó en la puerta, la hizo pasar y cerró la puerta.
Kitty y Mary ya estaban dentro, quizás protegiéndose de los nervios de mamá.
Jane la tomó del brazo con fuerza, casi como buscando fuerzas, con un deje de desesperación.
Se acabó la agradable soledad de su propia habitación. Ah, bueno, podría buscarla cuando Jan recuperara la ecuanimidad.
Jane guio a Elizabeth para que se sentara con ella en el sofá.
Kitty resopló y se cruzó de brazos. ―Estoy tan cansada de los vaivenes de mamá por la marcha de Lydia. Y no entiendo por qué tanto alboroto. Creo que Lydia tiene mucha suerte. Estará rodeada de oficiales y lejos del terrible aburrimiento de Meryton.
―Lejos sí, pero con un hombre así―. Elizabeth murmuró en voz baja.
Papá no estaba del todo equivocado al considerar a Kitty tan tonta como Lydia. Pero quizás, sin el constante ejemplo de Lydia, podría mejorar. Y sin el regimiento en la ciudad, sería más fácil.
Pero ¿por qué esa idea pesaba como un yugo sobre sus hombros?
―Debemos ver esto de la mejor manera posible. Lydia está a salvo casada con él, así que no ha habido ningún daño duradero―. Jane apretó un poco más el brazo de Elizabeth.
Mary se quedó boquiabierta y se levantó de un salto. ―¿No ha habido ningún daño? ¿Cómo puedes decir semejante cosa? Levantó las manos y se dirigió hacia la puerta.
―¿Mary? ―Las palabras salieron de sus labios antes de que supiera que estaban allí, mucho más duras de lo que hubiera querido.
―No me reprendas porque no he hecho nada. Es Lydia quien merece censura. Su pérdida de la virtud, su comportamiento estúpido, su total desprecio por las reglas del decoro y la corrección. O tal vez tú también consideres que eso no tiene importancia.
Elizabeth hizo una mueca.
Por supuesto, Mary sentiría profundamente la ironía de la cálida bienvenida de Lydia. Y no sin razón.
―Jane, de todas las personas, tu comportamiento ha sido calificado de impecable, y habría pensado que hallarías la forma de censurar lo que ella ha hecho.
Jane se apartó el mechón de pelo de la frente. ―¿Qué sentido tiene ser tan dura, Mary? En verdad, lo hecho, hecho está. ¿No es mejor sacar lo mejor de todo y aprender a vivir juntos en paz?
―En efecto. ¿No es nuestro deber cristiano perdonarla y acogerla de nuevo en el seno de la familia? ―Elizabeth se acercó a ella, pero Mary se apartó.
―Si está arrepentida, sí. Pero no veo nada de remordimiento en ella. ¡Nada! Está orgullosa de lo que ha hecho. ¿No recuerdas que se ofreció a conseguir maridos para todas nosotras? ―La voz de Mary se alzó, aterradoramente como la de mamá.
Kitty y Lydia solían sonar como mamá, pero ¿y Mary?
―¿Entonces estarías de acuerdo con el señor Collins, en que deberíamos considerarla muerta para nosotros? ¿Qué conseguiríamos con eso? ―Igualar el tono de Mary probablemente no era la mejor manera de calmarla, pero ella no era la única con un espíritu cansado y magullado.
Jane las tomó del brazo y las empujó hacia el sofá. Se agachó ante ellas, con voz suave y tierna. ―Lydia siempre será la favorita de mamá, sobre todo ahora que está casada. Debemos contentarnos, a pesar de esa verdad, pues nada la afectará.
A Mary se le llenaron los ojos de lágrimas y escondió la cara entre las manos.
Jane tenía razón, incluso después del caprichoso comportamiento de Lydia, el resto de ellas seguirían sin subir en la estima de su madre e incluso podrían caer ya que permanecían solteras.
Sólo si se casaban mucho y mejor que Lydia tendrían alguna esperanza de subir en la consideración de mamá.
―No es justo ―susurró Mary.
―No, no lo es―. Jane deslizó su brazo alrededor del hombro de Mary.
No era justo en absoluto, sobre todo teniendo en cuenta que había sido Lydia la que en última instancia le había negado toda esperanza de… el señor Darcy.
Pero entonces, ¿por qué había hecho tanto por Lydia?
¿Qué podía significar todo aquello? Seguramente, ella podría encontrarle algún sentido si se esforzaba por comprenderlo.
A su lado, Mary sollozaba suavemente.
Pero eso tendría que esperar.
Mary se apoyó en su hombro, estremeciéndose.
Tal vez durante algún tiempo.