Las historias jamás contadas, p. 105

El señor Darcy cena con los Gardiner

Por Joana Starnes

Traducido por Cristina Huelsz

Septiembre 1, 1812

El señor Gardiner sumergió su cuchara en su syllabub* mientras su mirada recorría el encantador equilibrio entre su esposa y su invitado.

El cambio de actitud del señor Darcy era extraordinario.

Durante sus largas conversaciones para abordar lo que Madeleine había calificado con tacto y moderación como la situación de Lydia, el señor Darcy se había mostrado excesivamente firme. Incluso contundente. Impulsivo. Como un poseso. Se había mostrado decidido y franco, acostumbrado a ir directamente al meollo de la cuestión, e igualmente acostumbrado a tomar las riendas.

También había sido decisivo en Derbyshire, aunque con un tipo de decisión muy diferente.

Ahora parecía haber perdido el entusiasmo, y el señor Gardiner no entendía por qué.

El señor Darcy no estaba callado, ni mucho menos, y no había perdido un ápice de su atenta cortesia. Durante toda la cena, se había esforzado por encontrar temas de conversación adecuados. Había hablado de lugares emblemáticos de Derbyshire que le resultaban familiares a Madeleine. Había desviado hábilmente la conversación hacia el canal de Bridgewater, el acueducto sobre el río Irwell y otras proezas de la ingeniería moderna. Había hablado mucho de Lambton: la iglesia, el mercado, la antigua herrería y el nuevo puente sobre el río. Pero aunque su conversación era eminentemente correcta y estaba claramente dirigida para complacer y atraer a cada uno de sus oyentes, su actitud carecía de la vitalidad que había sido tan obvia durante todos sus encuentros anteriores. Tampoco tenía chispa. Además, no había hecho ninguna referencia a Elizabeth.

¿Por qué?

Una sensación de malestar se apoderó del señor Gardiner. Con el ceño fruncido, volvió a maldecir para sus adentros la insensatez de Lydia. ¿Acaso la salvaje y egoísta muchacha había arruinado las perspectivas de su mucho más merecedora hermana?

Durante su breve estancia en Lambton, fue evidente que el señor Darcy albergaba una gran atracción por Elizabeth. Al poco tiempo, el señor Gardiner se entero de que su querida esposa había percibido todos esos signos y muchos otros que a él se le habían escapado.

Los dos habían hablado largo y tendido sobre el feliz tema, en la intimidad de su alcoba. Habían compartido sus pensamientos e impresiones, y se habían regocijado ante la alentadora perspectiva de que su querida Lizzy formase una alianza con un joven de buen carácter y buena fortuna, que estaba perdidamente enamorado de ella. Una pareja perfecta en todos los sentidos, por razones que iban mucho más allá de las consideraciones materiales.

Francamente, fue la evidente devocion de Darcy por Elizabeth lo que convenció al señor Gardiner para que dejara que el joven zagal llevara las riendas y realizara todos los preparativos que habían desembocado en el accidentado asunto que fue la boda de Lydia.

Las razones que Darcy había dado -que se sentía responsable por no haberle revelado a todo el mundo todo lo que sabía sobre Wickham y las inclinaciones del granuja- habían sido descartadas como un pretexto conveniente tanto por el señor Gardiner como por su esposa.

Pero ahora, al ser testigo de los modales sumisos y casi dolorosamente cautelosos del señor Darcy, el corazón del señor Gardiner se hundió. ¿Acaso el señor Darcy había dominado sus mejores sentimientos y había decidido que no podía casarse con una familia que ahora incluía a Wickham? Y el matrimonio de Lydia, que él mismo había conseguido sin escatimar esfuerzos ni gastos, ¿no era acaso un preludio de su unión con Elizabeth, sino su regalo de despedida para ella?

El señor Gardiner levanto la vista sobresaltado cuando la suave voz de su esposa lo sacó de sus inquietantes cavilaciones.

―Oh, sí, recuerdo muchas horas felices pasadas dibujando la vista desde ese mismo lugar. Puedo comprender perfectamente la fascinación de la señorita Darcy por ese lugar. Por cierto, señor, espero que su hermana no carezca de compañía durante su ausencia. ¿Sus amigos aún están con ella?

―Sí, por ahora. Pero creo que la mayoría de ellos partirá pronto hacia Scarborough.

―¿Lo harán? Es una lástima.

―Bastante ―fue la breve respuesta del señor Darcy. Jugueteó con su soufflé de chocolate durante un largo momento, luego levantó la vista y continuó, con solemne seriedad en sus modales. ―Mi hermana me encargó que le transmitiera sus saludos. Mis disculpas, ya debería haberlo hecho. Fue muy desafortunado que la amistad de ella con usted y con la señorita Elizabeth Bennet se viera interrumpida. Dijo que le hubiera gustado pasar mucho más tiempo en su compañía.

―El sentimiento es mutuo, se lo aseguro. Creo que puedo hablar con seguridad tanto en nombre de nuestra sobrina como en el nuestro ―se alegró el señor Gardiner al oír la respuesta de su esposa. ―Nos sentimos muy complacidos y honrados de conocer a la señorita Darcy.

―¿Y está- ¡Mm! ¿Se encuentra bien la señorita Elizabeth Bennet? ¿Y todos sus parientes?

―Ciertamente lo están, se lo agradezco, señor ―El señor Gardiner se sintió obligado a intervenir. ―Mucho mejor, me imagino, una vez que la ceremonia de ayer puso fin a su agitación y ansiedad. No he tenido oportunidad de decir esto antes, señor Darcy, pero es por ellos, y no por Lydia, que nuestra gratitud es más profunda. Desearía que supieran con quién están realmente en deuda, pero…

Una mirada parecida al pánico cruzó el semblante del señor Darcy, obligándolo a decir con prontitud: ―No tema, señor. Por mucho que desee que me roben las plumas prestadas, no diré ni una palabra de su implicación.

El señor Darcy dejó su cuchara y se reclinó en su asiento.

―Se lo agradezco ―dijo él con evidente alivio. ―No quisiera que la señorita Elizabeth y sus parientes se sintieran agobiados por algún sentimiento de obligación cuando volvamos a vernos.

Con el mayor esfuerzo, el señor Gardiner reprimió una sonrisa.

«Alabado sea, todo irá bien», pensó mientras mantenía un semblante admirablemente impasible y tomaba su copa de vino.

* dulce frío hecho con nata o leche, licor y zumo de limón

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