
Se difunden las noticias sobre Lydia y Wickham
Por Maria Grace
Traducido por Cristina Huelsz
Agosto , 1812
Elizabeth miró a Jane y Jane le devolvió la mirada con una sonrisa tensa y cansada. El estrecho vestíbulo estaba demasiado silencioso para resultar cómodo. Un inquietante silencio se había apoderado de Longbourn desde que llegaron las primeras noticias sobre Lydia, interrumpido únicamente por los episodios nerviosos de mamá.
Que agradable hubiera sido para Elizabeth poder esconderse en su habitacion, lejos del trabajo de la casa, y entregarse a un sentimiento desenfrenado. Pero alguien tenía que mantener su casa en orden. Así que iría al mercado.
Enderezó los hombros y se colocó la cesta bajo el brazo. Jane se ató el gorro y se abrochó los botones de su pelisse. La pobre estaba pálida y demacrada. Todos aquellos días esperando noticias de Londres le habían pasado factura.
La señora Hill le entregó a Elizabeth una lista, y larga por cierto. Aunque no salía de sus aposentos, al parecer mamá era capaz de organizar sus pensamientos lo suficiente como para manejar una detallada lista de mercado. Mejor no pensar demasiado en esa ironía.
Elizabeth la metió en su cesta y se marcharon.
Una ráfaga de aire helado rozó el dobladillo de su pelisse y la dejó sin aliento. Se avecinaba una tormenta. ¿Acaso mamá no había aprendido aún que era peligroso mandar a las hijas afuera bajo la lluvia?
Echó un rápido vistazo hacia Jane, con el rostro sereno como siempre. Pero sus ojos contenían silenciosas notas de tristeza. Nunca hablaba de ello, lo soportaba bien. Aun así, la melancolía por Bingley persistía y tal vez nunca desapareciera. Jane le aseguraba que todo estaba bien y que se recuperaría con el tiempo. Pero cada día que pasaba, le resultaba más y más difícil de creer.
¿Quién habría pensado alguna vez que los Bennet de Longbourn se enfrentarían a una situación semejante? Cuánto habían aprendido -o tenido la oportunidad de aprender- en los últimos meses.
La inconstancia de los amigos.
La frivolidad de los jóvenes caballeros.
Los peligros de dejar sin control a las jóvenes.
La falta de certeza de las primeras impresiones.
Eso era, tal vez, lo más irritante. Cuán equivocada había estado tanto con respecto al señor Darcy como con el señor Wickham. ¿Cuánto les costaría? Si tan sólo se pudiera contener la noticia de la locura de Lydia.
Jane se hizo sombra con una mano y entrecerró los ojos a lo lejos. ―Oh, mira… creo que veo a Lady Lucas y a Maria en el camino. ¿Intentamos alcanzarlas?
―Creo que no. No me apetece su compañía ahora mismo―. A decir verdad, había pocas personas a las que le apeteciera ver menos.
―Pero ¿por qué no? Ella ha estado tan preocupada por la comodidad de mamá, visitándola casi todos los días.
Querida, dulce e ingenua Jane.
―¿No ves el peligro que supone para nuestra reputación?»
―¿Qué quieres decir? Los Lucas han sido nuestros amigos todos estos años.
―Amigos que no han tardado en aprovecharse de cualquier situación que pudieran utilizar a su favor. No puedes negar…
―No seas tan dura, Lizzy. Rechazaste al señor Collins total y completamente. ¿Algo te habría hecho cambiar de opinión?
―No, pero esa no es la cuestión―. Elizabeth hizo una pausa y se mordió el labio. No era justo utilizar un tono tan duro con Jane. ―Considera lo rápido que Charlotte se comprometió con él, apenas unos días después. No es difícil creer que debió de haber un plan.
―¿Un plan? No puedo creerlo. Incluso si ese fuera el caso, ¿que plan podrían tener ahora? ¿Crees que Lady Lucas habría deseado las atenciones del señor Wickham para Maria?
―Difícilmente. Ni siquiera ella está tan desesperada, especialmente cuando algo mucho más sutil le serviría tanto o más. Considera que sólo tiene que permitir que se difunda la noticia de nuestra desgracia, y cualquier atención que se le hubiera ofrecido a Kitty o a Mary podría perfectamente alejarse de ellas.
Al igual que el señor Darcy se había apartado de ella.
―¿Y en su lugar se dirigirán a Maria? Es una idea muy descabellada, ¿verdad?
―Tal vez, pero tal vez no. No obstante, en su mente, estoy segura de que tiene sentido. Lady Lucas está tan convencida de la escasez de hombres elegibles que puedo verla fácilmente distrayendo pretendientes lejos de nuestras hermanas como una victoria para su propia hija. Es más, no puedes negar que se ha deleitado con nuestra desgracia, y no ha mantenido en secreto sus propios triunfos.
―Estás decidida a pensar mal de ella». Jane se volvió hacia ella con esa mirada de admonición que siempre inspiraba un destello de culpabilidad.
―Lydia no está aquí para que yo descargue mi ira. Es natural que la descargue en alguna parte.
―Por favor, Lizzy, deja el rencor. Estoy segura de que es algo infundado. Ya lo verás. En el pueblo nadie le da importancia a este pequeño disgusto.
―Espero que tengas razón.» No es que ella lo creyera posible, pero Jane estaría muy angustiada si le ofreciera algún argumento ahora.
Las primeras gotas de lluvia, frías y punzantes, cayeron cuando llegaron a la tienda del panadero.
―Buenos días, señorita Bennet, señorita Elizabeth―. La harina manchaba la cara y el delantal de la dependienta. ―¿Qué puedo hacer hoy por ustedes? ¿No ha recibido ya la señora Hill su pedido habitual?
―Así es ―dijo Jane―, pero hay algunas delicias…
―Ah, sí, para su madre, supongo. Si se sintiera mal estos días, debería estar en cama, ¿no? Debería visitar al señor Fischer. Sé que no es su boticario habitual, pero hace un buen tónico para calmar los nervios de cualquier mujer. Mi madre ha confiado en él durante años. Aquí tiene, ¿esto le servirá?
Le tendió una caja con pastelitos salados, galletas de macarrones y galletas de azahar.
―Sí… sí, será espléndido―. La mano de Jane temblaba mientras empujaba la caja hacia la dependienta.
―¿Cómo ha llegado a la conclusión de que nuestra madre se ha puesto tan nerviosa que está en la cama?». Las palabras dolían al atravesar su garganta apretada.
―Le ruego me disculpe, señorita, pero dadas las circunstancias, ¿que otra cosa podría ser? ―Ató la caja con un cordel y se la entregó a Jane.
Elizabeth se mordió la lengua y se adentró en el frío y la lluvia.
―Sé lo que vas a decir, Lizzy, pero te ruego que no lo hagas. Los nervios de mamá son un secreto bien conocido por todos en Meryton. Aún no hay razón para sospechar que ella sabe más de lo que todos en Meryton saben.
Debería haber discutido, pero los ojos de Jane se lo suplicaban. Aquel encuentro no auguraba nada bueno para el resto de su encargo.
Elizabeth echó un vistazo por encima de su hombro, en dirección a Longbourn. ―Tal vez deberíamos…
―No, no, estoy segura de que no es lo que piensas. Todo estará bien.
Las frías gotas de lluvia salpicaron sus rostros mientras esquivaban los charcos cada vez más grandes de camino a la tienda. Al menos la lluvia seguía siendo suave y constante, no el aguacero torrencial que había sorprendido a Jane de camino a Netherfield.
El olor picante y polvoriento de la tienda del comerciante les hizo cosquillas en la nariz y les rascó los ojos al entrar.
―Un día lúgubre, ¿verdad? ―comentó el vendedor. ―Definitivamente apetece un té, ¿no?
―Sí, señor―. Jane buscó en su cesta. ―Usted prepara una mezcla de té especial para la señora Hill. Ella dijo que es muy calmante―. Le entregó un papel con la letra de Hill.
Él se enderezó las gafas y entrecerró los ojos. ―Sí, sí, lo recuerdo. Debería haber anticipado la orden, con todas las malas noticias que circulan.
―¿Malas noticias? ¿Qué noticias, señor?
Quién diría que Jane podía sonar tan parecido a mamá.
Sus cejas se alzaron por encima del borde de sus gafas. Abrió la boca.
Elizabeth frunció el ceño, tomando prestada una expresión del repertorio de Hill.
―Oh nada, siempre hay malas noticias por ahí, con lo de Napoleón, ¿no? No piense que soy propenso a los cotilleos. No, yo no. Me he propuesto no escuchar nunca semejantes tonterías. Voy a mezclar esto para usted y traerlo de inmediato―. Y se fue.
Jane cerró los ojos y se apretó las sienes. «No lo digas Lizzy. No lo oiré. Él no nos ha dado ninguna señal…»
―Por favor, entra en razón. Está bastante claro…»
―No, no lo es. No me someteré a tus sombrías conclusiones». Jane se apartó y examinó una selección de velas sobre el mostrador.
Pobrecita. La tarea de cuidar a mamá seguramente estaba comprometiendo su propio sentido común. A Elizabeth le disgustaba inquietarla, pero ¿era amable o incluso responsable ayudar e instigar semejante autoengaño?
El vendedor volvio a entrar arrastrando los pies. ―Aquí tiene, señorita Bennet. Por favor, déle las gracias a la señora Hill y mis mejores deseos al…ah destinatario de mi té.
―Gracias―. Jane tomó la caja y la metió en su cesta, evitando la mirada de Elizabeth.
¿De verdad? ¿Eso era necesario?
La silenciosa desaprobación de Jane era mucho más penosa que los estridentes lamentos de mamá. Pero no era justo castigarla cuando nada de aquello era culpa suya. Sólo era la portadora de las malas noticias.
No hablaron en todo el camino hasta la botica. Probablemente fue mejor así. Elizabeth tenía pocas cosas agradables que decir.
La lluvia se hizo más intensa y los charcos más difíciles de evitar. Sus zapatos de media caña se oscurecieron con el barro y el agua de lluvia, empapando sus medias.
Cómo odiaba tener los pies fríos y mojados.
La campana de tono plano atada a la puerta de la botica sonó cuando entraron. Al igual que la tienda del vendedor, ésta estaba llena de extraños aromas herbales. Más penetrantes y medicinales, no cálidas y fragantes. A excepción de la menta y el jengibre que emanaban de dos grandes botes de confitería sobre el mostrador. Los frascos de cristal de colores reflejaban la luz y proyectaban sombras brillantes en las paredes. El juego de luces y colores siempre había fascinado a Elizabeth de pequeña.
El señor Scheer levantó la vista del mostrador y miró por encima de sus gafas. ―¡Las señoritas Bennet! ―Se escabulló alrededor del mostrador y se reunió con ellas a la mitad del camino.
Hicieron una reverencia.
―Díganme, ¿cómo está su querida madre? Sólo puedo imaginarme que sus delicados nervios la tienen en mal estado.
―¿A semejante hora? ―La voz de Jane era aguda y fina, pálida como sus mejillas.
―Perdone mi falta de delicadeza al sacar el tema con tanta libertad, señorita. Sólo deseo ser lo más directo posible para aliviar a su querida madre.
La mano de Jane tembló y sólo se oyó un gracioso chillido cuando intentó responder.
―Gracias por su amabilidad, señor―. Elizabeth se puso ligeramente delante de Jane. «En efecto, necesitamos el tónico de mi madre.
―Por supuesto, por supuesto. Se lo traeré en un momento». Se escondió detrás del mostrador y apareció un momento después, con dos botellas en la mano. Me imagino que esta vez le vendrá bien una más.
―Sí, sí, gracias.
―Había pensado pasar por Longbourn esta tarde. Sólo para ver cómo está la señora, ya sabe. ¿Cree que estará en casa para mi visita?
―Supongo que ella agradecerá sus atenciones―. Jane logró susurrar roncamente.
―Perdone mi atrevimiento, pero ¿sabría usted, es decir, se prevén más malas noticias de Londres?
Jane se aferró al brazo de Elizabeth. Con fuerza. Sus uñas estaban afiladas.
―No podemos predecir el futuro, señor, pero esperamos buenas noticias pronto―. Elizabeth forzó las palabras entre dientes apretados.
¡Qué descaro de aquel hombre! Ya era bastante malo que las habladurías se hubieran extendido hasta tal punto, pero que él curioseara tanto. Podía ser el boticario de mamá, pero no cabía duda de que había límites a las libertades que podía permitirse.
El señor Scheer retrocedió.
Por lo visto, el uso juicioso de la mirada de Hill acobardaba eficazmente a los boticarios, así como a los vendedores y a las sirvientas.
―Me alegra oírlo y deseo que las mejores noticias lleguen muy pronto ―balbuceó él.
―Gracias―. Elizabeth hizo una reverencia y las condujo fuera.
El viento frío y húmedo les abofeteó la cara con gotas de lluvia afiladas cuando salieron a la calle.
―¡Oh, cómo se atreve! Ser tan atrevido, tan personal». Elizabeth se apretó más el abrigo sobre el pecho.
―Qué clima tan horrible y desagradable―. Jane se ajustó el gorro contra el viento.
Pobrecita, eso era lo más cerca que estaba de admitir su propia angustia por las circunstancias.
Un trueno retumbó sobre los tejados. El cielo centelleó y, antes de que pudiera respirar, se oyó un violento crujido. Gritaron y agacharon la cabeza ante la siguiente ráfaga aguda. Las gotas que caían, más pesadas y frías ahora, les escocían como bofetadas en las mejillas.
Jane se estremeció, con los ojos desorbitados.
Elizabeth la sujetó por el codo. ―Vamos, no deberíamos quedarnos fuera con esto.
La oficina de correos estaba cerca. Arrastró a Jane al interior.
―Qué tormenta más espantosa, señoritas―. El hombre del mostrador apenas levantó la vista para saludarlas.
―En efecto, señor ―Elizabeth se quitó las gotas de lluvia de las mangas.
―Por favor, tomen asiento y sean bienvenidas hasta que pase la lluvia―. Señaló un pequeño banco en un rincón.
―Gracias señor, es muy generoso.
―Es una pena que ya haya enviado el correo de hoy. Había una carta para Longbourn enviada desde Londres. Ustedes podría haberla recibido para pasar el tiempo.
―¿Había? ―A Jane le castañetearon los dientes. Apretó la mano de Elizabeth.
―De hecho, una muy gruesa también, requirió un porte extra.
―Oh, oh ―Jane jadeó y se abanicó la cara con la mano.
―Espero, por el bien de todos en Longbourn que sean las buenas noticias que están buscando. He descubierto que las cartas tan largas suelen contener buenas noticias, sobre todo cuando las escriben hombres.
Elizabeth se quedó mirando al empleado, con la cabeza ladeada.
―Fue la mano de un hombre la que escribió la dirección, apostaría mi posición en ello, he visto tantas en el correo. Ningún hombre quiere dar rodeos cuando las noticias son malas, ya sabe.
―Yo… yo… supongo.
―Tenemos poca experiencia con la correspondencia masculina―. Elizabeth forzó una sonrisa.
Sin duda, él no podía haber pretendido una insinuación tan vulgar. ¡Las hermanas Bennet no recibían cartas de hombres!
Él dio un ligero respingo y agitó las manos, con el rostro del mismo tono que el lacre de las cartas que tenía sobre el escritorio. ―Por supuesto, por supuesto, debí haberlo pensado. Perdóneme. No pretendía ofenderlas.
―No nos ofendió, señor―. Parte de la tensión abandonó sus hombros.
―Sólo deseo lo mejor para ustedes y su familia. Longbourn siempre es amable con la gente de Meryton. Si alguien merece buenas noticias, son ustedes―. El empleado sonrió y asintió, volviendo a su trabajo.
Jane apretó los dedos lo suficiente como para que le dolieran. «Son buenas noticias. Puedo sentirlo. Estoy segura.
Elizabeth sonrió. El empleado de correos tenía razón. Si era del tío Gardiner, una carta larga bien podía presagiar mejores noticias.
Pero aún así, la esperanza era algo peligroso.
―Mira, las nubes se están separando.» Jane señaló a través de la ventana.
Más bien, una nube se adelgazó y la lluvia se redujo a ligeras gotas de niebla.
―Vamos, apresurémonos a casa, tal vez el correo ya haya llegado―. Jane sostuvo la puerta para Elizabeth.
¿Para qué discutir? La lluvia había amainado lo suficiente y fueran cuales fueran las noticias, mejor no esperarlas.
Por favor, que sean buenas noticias.