
Lydia y Wickham en Londres
Por Diana Birchall
Traducido por Cristina Huelsz
Agosto 25, 1812
Fue después del desayuno cuando el señor Gardiner fue llamado para consultar con su hombre de negocios, el señor Stone, y Lydia estaba aterrada de miedo de que se demorara tanto que no llegarían a San Clemente a las once, hora en que debía celebrarse la boda.
Sin embargo, se vieron obligados a esperar, y Lydia, en su agitación, se cambiaba de ropa y metía las cosas en su bolso con tal abandono que su ropa interior se desparramaba.
―¡Oh, tía! Declaré que quería casarme de azul, ya sabes que dicen que si te casas de azul tu amor es tan verdadero, pero mi muselina azul tiene esa horrible mancha asquerosa, uno de los oficiales derramó algo blanco… ponche de huevo creo, sobre mí y no pude detenerme a lavarlo, aunque estaba tan pegajoso. Este vestido de muselina es tan blando que resulta realmente insípido. Quiero verme hermosa para mi querido Wickham, y no podré. Es una lástima.
―Lydia, debo hablar contigo ―comenzó su tía con energía. ―¡Cómo puedes pensar en tus atavíos, en vez de en la maldad de lo que has hecho!
―Oh tía, no empieces otra vez con eso ―le suplicó Lydia. ―¿Qué he hecho yo que no hayan hecho miles de chicas? De cualquier modo, me voy a casar, y estoy segura de que no hay nada de qué avergonzarse. Oh, si tan sólo tuviera algunas cuentas de coral para esta cosa blanca. Uno no pensaría que el blanco pudiera desteñir, pero esto está absolutamente deslucido. ¿Me prestas tus corales?
―El vestido se quedaría blanco si alguna vez lo lavaras Lydia ―dijo la señora Gardiner apretando los labios. ―Y creo que no volvería a ver mis corales si te los prestara, porque te vas a casa, a Meryton, desde la puerta de la iglesia.
―Sí, ¿no será divertido? No veo la hora de aparecer ante mis hermanas, mamá y todos los sirvientes como una mujer casada. Sólo piensa que yo soy la primera en casarme, aunque sólo tengo dieciséis años y soy la más joven. Eso las convierte a todas en solteronas. ¡Oh! ¡Qué broma!
―Pero Lydia, debes darte cuenta de la vergüenza que le has causado a toda tu familia. ¿No sabes que está mal, que es perverso, que vivas con un hombre antes de casarte? Te convierte en una mujer descarriada, y si el señor Darcy y tu tío no hubiesen tomado cartas en el asunto, habrías seguido siéndolo, pues el señor Wickham no tenía prisa por casarse contigo.
―¿Qué más da? ―Lydia se encogió de hombros despreocupadamente. ―Podría llevar mi querida chaquetita roja de spencer que mandé hacer en una de las tiendas de Brighton. No tenía dinero para comprarla, pero la señora Forster me prestó un poco. ¡Que elogio para los militares! Todo acordonado, con trenzas, y ranuras como las de Wickham, ¿y ves las borlas doradas? Creo que debería llevar borlas de oro el día de mi boda, ¿no lo crees?
La señora Gardiner cruzó el dormitorio, le quitó la spencer de las manos a Lydia y la metió firmemente en la maleta de alfombras de Lydia. ―Desde luego, borlas de oro no ―dijo con énfasis.
Lydia sacudió la cabeza. ―Bueno, de todos modos no son los colores del nuevo regimiento de Wickham ―dijo con brusquedad. ―Lamento que pierda su uniforme rojo; por eso siempre quiero tener pequeños toques de rojo en mí, aunque es muy mezquino de tu parte no prestarme tus corales. Pero ahora vestirá de azul. A decir verdad, estará más apuesto que nunca de azul―. Pensó por un momento. ―Tienes pendientes de jaspe, tía; ¿no podrías prestármelos?
―No ―espetó la señora Gardiner. ―Lydia, de una vez por todas, quiero que entiendas que si Wickham hubiese continuado negándose a casarse contigo -y creo que él nunca pretendió tal cosa- tú estarías, hablando claro, arruinada. ¡No sólo tú estarías arruinada, sino todas tus hermanas! ¿No te das cuenta? Nadie se casaría jamás con Jane, o Elizabeth, o Mary, o Kitty. Ningún caballero decente se uniría a la familia, una de cuyas hijas era…
―No importa, tía, me casaré dentro de media hora, y entonces seré tan respetable como tú ―dijo Lydia con pertinacia. ―¿No oigo a los caballeros salir del estudio? Corrió hacia la puerta. «Son ellos, el tío y los otros caballeros. Ahora podemos ir al carruaje. Date prisa, tía. Si no puedo tener los jaspes, ¿qué tal tu pañuelo de seda azul? Así tendría algo azul. ¡Oh! Wickham se verá tan apuesto de azul. ¡No puedo esperar a verlo! ¡Y piensa que estará esperando en la iglesia, junto al señor Darcy, por mí, su futura esposa!
―¡Lydia! Antes de irnos, ¿comprendes que has quebrantado los mandamientos de Dios y que debes arrepentirte? Aunque vayas a casarte, si no te arrepientes, seguirás cargando con el pecado. Seguramente lamentas los problemas y la miseria que le has ocasionado a tu familia. El señor Darcy, un extraño, debe pagar por todo ello-
―Bueno, ¿y por qué no habría de hacerlo? Es muy rico, y dicen que es como un hermano para Wickham. Además, sabes, creo que le agrada Lizzy. Cuando le pregunté cuál le parecía más bonita, enrojeció. Le dije: «Estoy segura de que Jane le parece la más bella», y lo molesté hasta que respondió: «No, la siguiente hermana». Así que ahí tienes, tía, a menos de que Lizzy sea una tonta, se casará con él y será rica. Aunque no creo que se divierta tanto como yo. El señor Darcy es un palo, y no es ni la mitad de apuesto que mi querido Wickham.
La señora Gardiner se ruborizó a su pesar. ―Lydia, Lydia, no debes hablar de esas cosas. De camino a la iglesia para casarte, deberías pensar en temas sagrados, arrepentirte de tus pecados y jurar que te reformarás y llevarás una vida pura, tranquila, útil y santa.
―Pero no lo haré ―replicó Lydia con una sonrisa pícara. ―¿Cómo puedes pensarlo? Wickham y yo vamos a divertirnos tanto como sea posible. De hecho, ya lo hemos hecho. ¡Es tan apasionado! ―Suspiró y cerró los ojos. ―Supongo que no sabes nada acerca de la pasión, tía Gardiner, pero te aseguro que yo no tardé mucho en aprender. Y creo que Lizzy lo sabe, pues se encaprichó bastante de Wickham, ya lo sabes. ¡Qué lástima! ¡Soy yo quien lo tiene ahora!
Mientras el señor Gardiner venía a buscarlas y el cochero recogía el bolso de Lydia, ésta se colocó sus guantes rojos con complacencia, y se dirigió al carruaje cantando una canción de campo, que a pesar de todos los esfuerzos de la señora Gardener por hacerla callar, no dejó de tararear en todo el trayecto hasta su boda.
Nunca olvidaré aquella noche,
Las estrellas brillaban sobre mí,
Y suavemente prestaron su luz plateada
Cuando juró amarme por primera vez.
Pero ahora estoy destinado al campamento de Brighton –
El cielo bondadoso entonces ruega guiarme
Y envíame a salvo de vuelta,
A la chica que dejé atrás…