
La señora Bennet persuade al señor Bennet
Por Maria Grace
Traducido por Cristina Huelsz
Agosto 21, 1812
El singular golpe de la señora Bennet sonó en la puerta del estudio apenas una hora después de la cena.
El señor Bennet recostó su cabeza en el mullido respaldo. Aunque era de esperarse, no le agradó demasiado esta visita. Ella apenas había empezado a bajar de nuevo anteayer. ¿No podía concederle a él una noche más de paz?
—Adelante.
Entró como una gallina con las plumas alborotadas, buscando a quien picotear. —Me gustaría hablar con usted, señor.
—Supongo que has venido por eso—. Cruzó las manos sobre el escritorio.
—Entonces, ¿me escucharás? —Sus cejas se alzaron.
—No parece que me queden muchas alternativas.
Ella parpadeó como si no entendiera.
—Estoy escuchando, señora Bennet.
—Oh, muy bien entonces—. Echó los hombros hacia atrás y asintió. —Insisto en que le permitas a nuestra querida Lydia que nos visite.
Y así comenzó.
—Creo que ya he dejado clara mi posición al respecto.
—Recuerdo que expresaste tu opinión». Su voz subió media nota, definitivamente fuera de tono.
—Mi decisión—. Golpeó el escritorio con los nudillos.
—No has oído mi opinión al respecto.
—Dejaste muy claros tus deseos al respecto. Claro, salpicado de grandes lamentos y crujir de dientes.
—Pero no has oído mis razones.
¡Razones! ¿Quería argumentar razones? —No veo cómo eso hace alguna diferencia.
—No dejas de hablar de que eres una criatura racional y sensata, mientras declaras que yo no lo soy. No, no me rechaces con esa mirada. Deberías escucharme y oírme, ver si no puedo razonar tan bien como tú.
El señor Bennet se pellizcó el puente de la nariz. ¿Qué clase de parodia de pensamiento pondría ella a sus pies? Se le revolvió el estómago. ¿Qué inquietante sería esto para su sentido común? Pero ¿cuán inquietante sería su negativa para su sensibilidad? ¿Qué era peor?
—Señora, dígame sus razones, pero hágalo rápido—. No es que ella fuera a acatar tal petición.
Ella se acomodó las plumas y juntó las manos como una estudiante lista para recitar sus historias. —Como sabes, nuestra hija menor se ha casado recientemente, y pronto partirán hacia el Norte.
Él gruñó. ¿Por qué tenía que tentarlo tanto?
—Creo firmemente que deberían venir, quedarse con nosotros, más bien se les debería permitir quedarse con nosotros en su viaje al Norte.
Él apretó su mano con fuerza.
—Le ruego, señora, que exponga su punto de vista y lo haga con prontitud.
Pequeñas arrugas delinearon los costados de sus ojos. —Sí, en cuanto a eso, señor, las razones de mis peticiones son, en primer lugar, que los criados seguramente oyeron sus declaraciones de que ellos no serían bienvenidos en Longbourn. Ya sabes como suelen hablar los criados. Sin duda todo el vecindario lo sabrá, ¿y qué pensarán? Y lo que es más importante, ¿que pensarán de tus otras hijas? Seguramente debes ver que tenemos más hijas que necesitan esposos…
—Parece que nuestra más joven no tuvo dificultad en encontrar un joven despreciable para casarse con ella. No veo por qué las otras deberían tener más dificultades. No puedo aceptar tu razón, ni tu insinuación inicial de que los cotilleos de la servidumbre deberían preocuparme.
Ella resopló y enderezó los hombros. —Ya veo, entonces, mi segunda razón…
En realidad, era su tercera razón.
—es la impresión que le darás a tus otras hijas.
—No tengo idea de lo que quiere decir, señora Bennet.
—Si las otras chicas ven que rechazas a tu hija menor luego de su matrimonio, ¿que pensarán que harás con ellas luego de sus propios matrimonios? Considera a Lizzy, tu indiscutible favorita. Si ella teme que tu dejes de quererla, podría mostrarse renuente a aceptar una oferta de matrimonio que de otro modo sería aceptable.
El señor Bennet resopló en su mano. —Es una propuesta totalmente ridícula en varios aspectos. Si mis otras hijas se casaran de esa manera, bien podrían esperar la censura paterna, y bien merecida por cierto. Lizzy es lo suficientemente sensata como para darse cuenta de que no la rechazaría por casarse decentemente y como es debido. No escucharé más—. Apoyó sus manos sobre el escritorio para levantarse.
—No, señor Bennet, dijo que me escucharía, e insisto en que haga lo que prometió.
Apretó sus sienes. Por desgracia, le llevaría mucho más tiempo ganar esa discusión que simplemente escucharla.
Le hizo un gesto para que continuara. Si al menos no pusiera esa expresión de suficiencia.
—Mi tercera razón tiene que ver con tu honor y tu sentido de la familia. Recuerda, tu primo Collins vino hasta nosotros para reparar la ruptura en tu familia. ¿Deberías ahora establecer otra?
—Debo recordarte que también nos visitó durante nuestra época de incertidumbre para sugerirnos que le diéramos la espalda a ella por completo y no volviéramos a verla.
—Yo… yo… no estaba al tanto de esa conversación. No estoy del todo segura de que fuera eso lo que dijo, ya que sólo tenemos los informes de las otras chicas. No es el tipo de hombre que se contradice a sí mismo, y tampoco me parece bien que tú lo hagas.
Él se mordió el labio inferior. En verdad, admitir a Lydia simplemente para fastidiar a Collins era la idea más tentadora que ella le había ofrecido hasta el momento. —Aún así, señora, no me ha persuadido. Parece que no importa el camino que tome, complaceré al señor Collins. Si ese es el caso, entonces no veo por qué no debería tomar el más acorde con mis propias opiniones.
—¿Tanto te gusta fastidiarme? —Dio un pisotón y sus puños se agitaron a los costados. Exactamente la misma expresión que Lydia usó.
—Tal vez debería recordarle que fue usted quien vino a mí, señora Bennet. Si ha agotado…
—No, no, no tan rápido, señor. Tengo una razón más.
—Entonces, por favor, preséntela rápidamente para que podamos terminar esta conversación y la paz pueda volver a nuestra morada.
Su rostro se suavizó y el acero abandonó su voz. —¿Es usted consciente, señor, de que día es hoy?
—¿Qué quieres decir?
—La fecha, señor. ¿Ha tomado nota de la fecha?
—No, no me he fijado—. Entrecerró los ojos y se rascó la cabeza. —Ah.
—Quizás ahora lo recuerde.
Se quitó las gafas. —Sí, señora Bennet, lo recuerdo.
—Tal vez también recuerdes que no todos en tu familia apoyaban nuestro matrimonio. Según recuerdo, tu madre favorecía a una joven con una dote mayor. Ella no nos dio la bienvenida al principio.
—Nunca nos negó la entrada a Longbourn.
—No, no lo hizo. Y sin embargo —se mordió el labio y volvió el rostro hacia un lado.
Una lágrima se le escapó por el rabillo del ojo.
El rechazo inicial de su madre la había herido profundamente. ¿Realmente había sanado alguna vez?
—En honor de nuestro aniversario, señor. Le pido que permita que nos visiten.
Él echó la cabeza hacia atrás y se hundió los dedos en la nuca. ¿Qué lógica podría esgrimir para contrarrestar semejante razón? Ninguna, salvo la más despiadada. Y él no era un hombre sin corazón.
Limpió sus gafas y suspiró. —Ay, señora Bennet, usted me ha vencido con su razón. No veo otra alternativa que acceder a su petición. Puede escribirle a Lydia y preguntarle cuando vendrán a Longbourn.
—Oh, señor Bennet—. Susurró, secándose los ojos con el extremo de su fichu. —Usted es el mejor de los hombres.
Ella se volvió y lo miró con aquellos mismos ojos de los que él se enamoró tantos años atrás. Eran hermosos en aquellos días y no habían cambiado tanto en las décadas siguientes.
Sí, se había vuelto tonta y nerviosa, pero aquellos sentimientos no se habían desvanecido del todo.
—¿Quizás podríamos subir y seguir rememorando nuestra boda? —Él le ofreció su brazo.
Ella deslizó su mano en el pliegue de su codo. —Una excelente sugerencia, señor.