Las historias jamás contadas, p. 101

Lydia se prepara para su boda

Por Diana Birchall

Traducido por Cristina Huelsz

Agosto 20, 1812

La señora Gardiner entró tranquilamente en el estudio de su esposo y se deslizó por la habitación. Le dio un beso en la mejilla, acercó una silla a su lado y se sentó. Para su consternación, él parecía aún más cansado y distraído que en las últimas semanas.

―Gracias por venir, querida ―le dijo.

―Siempre busco una excusa para pasar más tiempo contigo, mi amor―. Ella le puso la mano cariñosamente sobre la rodilla. Sus ojos se encontraron y por un momento el mundo y todos sus problemas parecieron muy lejanos. Ella vio que el cansancio volvía a su rostro con demasiada rapidez.

―Esta mañana he recibido una carta de mi hermano Bennet―. El señor Gardiner rebuscó entre los papeles de su escritorio y por fin dio con el que había estado buscando.

―No estará dudando de la boda, ¿verdad? ―preguntó ella.

―La carta contiene sobre todo preguntas sobre los arreglos financieros. Parece aliviado de no tener que cargar con todas las deudas, pero también detecto algo de culpabilidad, como si sintiera que debería pagarlo todo él. Espero que esto no le cause dificultades.

―Sé que te molesta que el señor Darcy haga tanto pero insista en que te lleves el crédito. Ha demostrado ser un caballero de lo más amable y considerado, nada que ver con lo que pensábamos al principio.

―He dejado de intentar convencer a Darcy para que no se haga cargo de todo esto. Aún se niega a aceptar ayuda alguna. Pero no es por eso que te he pedido que vengas a hablar conmigo. Hay noticias de otra índole en la carta que sin duda afectarán la paz y la tranquilidad en nuestro hogar.

La señora Gardiner se incorporó. ―Todo el mundo está bien en Longbourn, ¿verdad? ―Le había preocupado que la angustia causada por la fuga de Lydia pudiera ser demasiado para los nervios de la señora Bennet. ¡Todo el mundo se preocupaba por los nervios de la señora Bennet.

El señor Gardiner le dio una palmadita en la mano. ―No temas. Todo el mundo está lo suficientemente bien teniendo en cuenta los recientes acontecimientos. No, esto se refiere a la solicitud de Lydia de fondos para comprar prendas de boda.

―Por la expresión de tu cara, veo que no son buenas noticias.

Él sacudió la cabeza. ―No, no lo son. Esto seguramente hará que Lydia sufra uno de sus… ¿debo decir berrinches? Sin embargo, no se puede evitar. Bennet ha decidido no mandarle dinero para su uso.

La señora Gardiner parecía preocupada.

Su esposo volvió a examinar la carta. ―Creo que sus palabras exactas fueron… sí, aquí están: «ni una guinea». También dice que no desea que Lydia visite Longbourn después de casarse. Se encargará de enviar su ropa desde Longbourn, pero eso es todo. Parece que él se está lavando las manos de ella.

―Oh, vaya. Todo el mundo podrá oír sus gritos hasta Hertfordshire ―dijo la señora Gardiner, sacudiendo la cabeza. Era una mujer sensata y muy paciente, pero hacía tiempo que había sobrepasado su límite con los caprichos de su sobrina. ―Sin duda, cambiará de opinión sobre permitirle una visita, ¿no? Tu hermana insistirá y, como sabemos, puede ser muy persuasiva.

―Seguramente él cambiará de opinión sobre permitir que ella los visite. Tu hermana insistirá y, como sabemos, puede ser muy persuasiva.

―Sí, algunas cosas nunca cambian. Mi hermana siempre fue muy buena para salirse con la suya con nuestro padre, y me temo que, con el tiempo, su persuasión se ha convertido en el tipo de insistencia ruidosa que sería difícil de manejar para cualquier esposo, y no digamos para uno como Bennet, que de todas las cosas odia que lo molesten.

La señora Gardiner le dio unas palmaditas tranquilizadoras en la mano a su esposo, mientras permanecían sentados en silencio durante un momento. Se maravillaba de lo diferente que era su mente aguda y sensata de la de su hermana, tan diferente como lo era Lydia de Jane y Elizabeth.

―Quería decírtelo primero para que estuvieras preparada ―dijo. ―Francamente, casi preferiría enfrentarme al propio viejo Boney antes que darle a Lydia esta noticia, pero debe hacerse, y sin demora.

―Se lo diré yo. Tú ya tienes otras cosas más importantes de las que preocuparte―. La señora Gardiner se levantó y alisó sus faldas. No hubo mucho que pudo hacer para ayudarle a su esposo y al señor Bennet a encontrar a la pareja errante, pero al menos esto era algo que ella podía manejar.

―¿Estás segura? Podríamos hacerlo juntos―. La señora Gardiner vio la tensión en sus ojos y negó con la cabeza.

―No, sé que estás atrasado en tu trabajo por los problemas que ha causado esta niña, y lo último que necesitas es volver a escuchar sus lloriqueos y quejas. Ya es bastante malo que tengas que soportarla en la mesa todas las noches». Se dio la vuelta para irse, pero se detuvo. ―Hablando de la cena, creo que insistiré en que ella tenga una bandeja en su habitación esta noche. Sus modales son una auténtica penitencia.

―Gracias, querida ―dijo el señor Gardiner agradecido.

―En realidad, tengo una idea que podría ayudar a calmar un poco las plumas erizadas de Lydia. Tengo algunas telas sobrantes en el desván, que deberían bastarnos para confeccionar un par de sencillos vestidos nuevos. Las criadas pueden echar una mano para hacerlos a tiempo. ¿Qué te parece mi plan? ―preguntó.

―Estupendo. Todo lo que quieras hacer dentro de lo razonable me parecerá bien, siempre que no esperes que me encargue personalmente de coser botones o encajes―. Se echó a reír. ―Me alegraré mucho cuando esto termine.

Mientras los niños dormían la siesta la señora Gardiner fue en busca de su sobrina. Encontró a Lydia sola en el banco de la ventana del salón, mirando a la calle. La niña parecía taciturna en vez de con su habitual buen humor.

―Lydia, ¿te encuentras bien?

―Estoy cansada de esperar a la boda. ¿Por qué no podemos casarnos inmediatamente con una licencia especial? Seguramente el señor Darcy podría arreglarlo.

―Sabes que el costo de una licencia especial es muy caro, y no hay razón para que no puedas esperar.

Justo entonces se le ocurrió un horrible pensamiento. ―Lydia, no hay ninguna razón por la que debas casarte inmediatamente, ¿verdad?

La señora Gardiner contuvo la respiración mientras Lydia, que nunca había sido la chica más inteligente, descifraba el significado de su pregunta.

―No hay ninguna razón, excepto que me muera de aburrimiento. No entiendo por qué no podemos salir a fiestas o bailes. Seguro que hay eventos de ese tipo, aunque ahora no sea la temporada. Al fin y al cabo, esto es Londres.

La impaciencia y la impertinencia de su sobrina eran asombrosas. Parecía que Lydia no tenía ni idea de la gravedad de su escapada, ni le preocupaba haber estado a punto de arruinar las posibilidades de todas sus hermanas de casarse bien. Y lo que era aún más inquietante, si es que lo entendía, no le importaba. Nada parecía importarle excepto las fiestas y los bailes y, por supuesto, los soldados. ¡Cuántas veces la señora Gardiner la había sermoneado sobre sus transgresiones, y ni una sola palabra había hecho mella en la joven!

―Estás aquí por una sola razón y es para casarte, no para un baile o una fiesta o cualquier otro entretenimiento. Estamos trabajando para salvar tu reputación y a tu familia, algo por lo que no pareces preocuparte ―le dijo con dureza.

Lydia la miró con los ojos muy abiertos. ―No he hecho nada malo.

La señora Gardiner tomó asiento junto a su sobrina y le puso las manos sobre los hombros. Quiso hacerla entrar en razón, pero se abstuvo porque la experiencia le decía que no serviría de nada.

―¿No has hecho nada malo? Oh, Lydia, ¿en qué estabas pensando?

―Que me casaré antes que todas mis hermanas. ¡Eso sí que será algo!

―¿Por eso te escapaste? ¿Porque deseabas ser la primera? Estás arruinada y has estado a punto de no casarte. La intervención de tu familia fue lo único que te salvó―. La señora Gardner mantuvo el pulgar y el índice juntos frente a la cara de Lydia mientras hablaba.

―Yo sabía que nos casaríamos tarde o temprano. No importa ―Lydia se encogió de hombros. ―Me propuse atrapar a un apuesto oficial como marido y lo he conseguido. ¿Qué puede importarle eso a nadie?

Sólo la buena educación y años de entrenamiento impidieron que la boca de la señora Gardiner se abriera. Esta niña realmente no tenía sentido común.

―Mi Wickham me ama ―continuó Lydia con seguridad―, y yo lo amo a él.

―Eso es bueno, ya que es muy posible que estés casada con ese villano durante mucho tiempo ―murmuró la señora Gardner en voz baja. Afortunadamente, sus palabras no parecieron calar en Lydia. La señora Gardiner suspiró. Lo mejor era cambiar de tema.

Intentar explicarle a Lydia cuál había sido su error era como hablarle a una roca. Las palabras se le escapaban.

―He venido a decirte que tu tío ha recibido una carta de tu padre esta mañana. Me temo que ha dicho que no podrá enviar fondos para tu ajuar de boda.

―¡No puedo creerlo! ―exclamó Lydia, poniéndose en pie de un salto. ―¿Cómo ha podido hacerme esto?

Dio un pisotón y empezó a recorrer la habitación como si buscara algo que tirar. No sería la primera vez en sus semanas en casa de los Gardiner que dañaba algo frágil cuando estaba de mal humor. Justo cuando la señora Gardiner vio que los ojos de la niña se clavaban en una de sus figuritas de porcelana favoritas, decidió que ya había tenido bastante.

―Lydia, no toleraré que tires cosas en mi casa. Tus acciones estas últimas semanas han sido deplorables, pero no quiero más destrucción de mis pertenencias.

―Sé que esto tiene que ser un error. Mamá escribió que tendría vestidos nuevos. Es lo justo, ya que voy a ser una novia». Cruzó los brazos sobre el pecho de forma desafiante.

―Tu padre no tiene los fondos en este momento. Ha tenido que saldar las deudas que Wickham dejó sin pagar en Meryton.

Eso detuvo a Lydia, pero sólo por un momento. ―Si papá no envía dinero, entonces se lo pediré al tío Gardiner.

―¡Lydia! Ya has hecho bastante para molestar a tu tío. No le darás más disgustos con tus quejas.

―Pero ¿cómo voy a casarme si no tengo nada que ponerme? Esto es absurdo. Lo próximo que me dirás es que tengo que casarme en mi camisón ―espetó Lydia.

La señora Gardiner suspiró. ―No te casarás en tu camisón. ¡De todas las cosas ridículas! Por favor, déjate de dramas. Aunque tu padre no te permitirá comprar cosas nuevas, al menos ha dispuesto que te envíen todos tus vestidos y sombreros desde Longbourn.

―Eso está bien. Harriet enviará las cosas que dejé en Brighton. Le pedí que le dijera a Sally que remendara la gran raja de mi vestido de muselina antes de empaquetarlo. Espero que se acuerde.

―¿Eso es todo lo que tienes que decir? Deberías estar agradecida a tu padre por hacer los arreglos.

Lydia suspiró pesadamente y se hundió en el asiento de la ventana. ―Oh, sí, muchas gracias, papá. Estoy tan agradecida de no tener más que trapos viejos que ponerme.

¿Debía dejar que Lydia siguiera lamentándose? No, no podía ser tan cruel a pesar del comportamiento de su sobrina. ―No te lo mereces, pero tengo un plan. Tengo diferentes telas arriba. Debería bastar para confeccionar unos cuantos vestidos nuevos si trabajamos deprisa.

En lugar de sonreír, Lydia hizo un puchero. ―Oh, tía Gardiner, soy terrible con la aguja. ¿No podríamos hacer que alguien más hiciera los vestidos?

―No hay tiempo ni dinero para eso. Incluso si mis criadas nos ayudan, nos llevará el resto de la semana completar los vestidos. Simplemente tendrás que aplicarte con más diligencia a la costura. Menos mal que tengo muselina de sobra por ahí. No siempre es así, te lo aseguro.

La señora Gardiner se levantó y fue a su cesta de costura para sacar una cinta métrica, lápiz y papel. ―Ahora levántate, Lydia, y empezaremos por tomarte las medidas.

Lydia se levantó, con cara de disgusto pero resignada. La señora Gardiner creyó oír el leve golpe de un pie bajo la falda de la joven, pero lo ignoró y se puso manos a la obra.

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