Las historias jamás contadas, p. 99

Darcy cancela la cena en Pemberley

Por Abigail Reynolds

Traducido por Cristina Huelsz

Agosto 7, 1812

Después de separarse de Elizabeth en la posada de Lambton, Darcy dio rienda suelta a su caballo y a su temperamento. Galopar por la campiña familiar era la situación perfecta para descargar su ira contra George Wickham, que una vez más se había interpuesto entre Darcy y su Elizabeth. Darcy quería la sangre de Wickham. Le daría una paliza por haber arruinado a Lydia Bennet y luego lo golpearía sangrientamente por haber hecho llorar a Elizabeth.

Nunca se había sentido Darcy tan impotente como cuando vio correr las lágrimas por las hermosas mejillas de Elizabeth. Había deseado estrecharla entre sus brazos, decirle que lo solucionaría todo, que todo volvería a estar bien, pero todo lo que pudo hacer fue ofrecerle una copa de vino. Hubiera sido feliz arrancando a Wickham miembro por miembro.

Para cuando Darcy llegó a Pemberley, había dejado a un lado su furia y volvía a ser un hombre civilizado. Si quería ayudarle a Elizabeth, tendría que ofrecer cortesía y, sin duda, una importante suma de dinero a Wickham, en lugar de la paliza que se merecía. Su amor por Elizabeth y su responsabilidad como amo de Pemberley no le dejaban otra alternativa.
Dentro de la casa, Georgiana bajó las escaleras a su encuentro, con el rostro encendido.

―¿Que ha dicho ella? ―Luego, al contemplar su semblante serio, su sonrisa se esfumó. ―Oh, no. ¿Te ha rechazado? Lo lamento mucho.

Por un momento, Darcy se quedó desconcertado ante su pregunta. «No se lo pregunte -dijo en pocas palabras-. ―No era el momento adecuado. Ella acababa de recibir malas noticias de su casa y regresará inmediatamente.

Georgiana vaciló. ―Espero que no sea nada demasiado grave.

Darcy no la miró a los ojos. ―Un escandalo relacionado con una de sus hermanas, nada más. Espero que no llegue a nada.

Su hermana pareció desconcertada por su vaguedad, pero no lo interrogó.

Por supuesto, la señorita Bingley no pudo dejarlo en paz cuando él les anuncio que los Gardiner y la señorita Bennet habían enviado sus disculpas y no cenarían con ellos esa noche. «¡Que lastima!», exclamó ella con evidente insinceridad. ―Tenía tantas ganas de volver a ver a la querida Eliza». Su intento de cortesía disgustó a Darcy tanto como lo hicieron el día anterior sus insultantes comentarios sobre el aspecto de Elizabeth.

―Me pregunto, Darcy ―dijo Bingley. ―¿Dieron alguna razón para su repentina partida? Pensé que planeaban permanecer en la zona varios días más.

―Sólo que tenían regresar a casa de inmediato ―respondió Darcy. Le había prometido a Elizabeth que ocultaría la verdad todo el tiempo que pudiera y, con un poco de suerte, todo el asunto de Lydia Bennet podría resolverse antes de que Bingley se enterara.

―Sin duda uno de los hijos de los Gardiner tiene alguna dolencia insignificante ―comentó la señora Hurst. Su tono sugería que tal dolencia debía de haber sido planeada deliberadamente por el niño.

―Parece que los niños se recuperan muy rápido ―dijo la señorita Bingley, que al parecer no podía abandonar el tema de la familia de Elizabeth con la suficiente rapidez. ―¿Cree usted que mañana será un día tan bueno como hoy? Tal vez podríamos dar un paseo por los jardines. Declaro que no hay lugar en Inglaterra que pueda igualar la belleza del parque de aquí.

―Espero que el clima lo permita, pero tendrán que disculparme. Han surgido algunos asuntos urgentes en la ciudad que requieren mi atención personal, y partiré mañana temprano―. Darcy se preparó para la tormenta que seguramente seguiría a su anuncio.
Pero ésta no se materializó, aparte de una mirada angustiada de Georgiana. La señorita Bingley se limitó a apretar los labios, y toda la conversación se detuvo hasta que la señora Annesley hizo gala de su buena educación cambiando de tema.

Darcy dejó que la discusión fluyera a su alrededor mientras sus pensamientos se volvían hacia sus planes para localizar a George Wickham. Sin embargo, no estaba tan preocupado como para no darse cuenta de que la señora Hurst hablaba con urgencia al oído de su hermana. Por sus susurros, sospechaba que la señorita Bingley no había pasado por alto la importancia de su repentino cambio de planes inmediatamente después de la partida de Elizabeth. Tal vez ahora por fin dejaría de importunarlo con sus aduladoras atenciones.

La imagen de los ojos enrojecidos de Elizabeth volvió a aparecer ante sus ojos. ¡Maldito George Wickham!

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