Los Gardiners reflexionan sobre haber conocido a Darcy
Por Shannon Winslow
Traducido por Cristina Huelsz
Agosto 6, 1812
―¡Vaya día que hemos tenido! ―exclamó la señora Gardiner a su esposo cuando se metieron en la cama de la posada aquella noche. Apenas ella había sido capaz de contenerse hasta que estuvieron solos, hasta que pudieron discutir los acontecimientos del día en privado, pero incluso ahora tuvo que tener cuidado de bajar la voz para que su sobrina no la oyera a través de las delgadas paredes. ―¿Qué opinas del señor Darcy, querido, ahora que has pasado más tiempo en su compañía?
―Digo que tiene uno de los mejores puntos de pesca del condado. Me hubiera gustado que vieras la pesca de hoy, mi amor, algunos de los mejores ejemplares que he tenido el placer de pescar, te lo aseguro. Hubo uno en particular que dio una pelea heroica…
Aquí la señora Gardiner lo interrumpió impacientemente, dándole a su esposo una vigorosa sacudida en el brazo para enfatizar. ―¡El pescado no! Lo que me interesa mucho más es tu opinión sobre el hombre. ¿Qué opinas de tu anfitrión el señor Darcy?
―¡Oh! Bueno, mi opinión sobre él es igualmente alta, creo. Es uno de los mejores hombres con los que me he cruzado, y mucho más cortés que el típico hombre rico.
―¿Ningún falso orgullo, entonces?
―No que yo pudiera ver. Tal vez sea un poco reservado, pero no podría haber sido más complaciente y servicial conmigo. Creo que eso habla bien de su carácter, especialmente si se considera que no podría haber nada en ello para él. No hay razón para que el señor Darcy se haya esforzado por alguien como yo. No estoy en posición de hacer nada a cambio por él. Ciertamente no soy su igual en riqueza o posición, y no tengo influencia o conocidos que pudieran interesarle. Sí, pensé que era la prueba más positiva de su carácter generoso. Pero tú también tuviste oportunidad de observar el comportamiento del señor Darcy hoy, cuando se reunió contigo y las otras damas. ¿Cuál es tu opinión al respecto?
―Oh, estoy bastante de acuerdo contigo.
―Muy bien, entonces.
La señora Gardiner permaneció un momento en silencio, repasando en su mente todo lo que había visto y oído aquella tarde. Sus sentidos se habían puesto en alerta instantáneamente cuando el apuesto propietario de Pemberley entró inesperadamente en el salón, y lo mismo les había sucedido a todas las demás: la señorita Georgiana, Elizabeth, la señorita Bingley, la señora Hurst y la agradable y gentil señora Annesley. Todas las miradas femeninas se fijaron de inmediato en el señor Darcy, lo cual no era de extrañar, teniendo en cuenta su elevada estatura y su imponente presencia. Ella misma, según recordaba la señora Gardiner, había notado un aleteo involuntario en su propio pecho. Luego comenzaron las maniobras. La señorita Bingley estaba claramente ansiosa por impresionarlo, e incluso a la señorita Darcy. Sin embargo, había algo más…
―Sin embargo, debo discrepar contigo en un punto ―continuó la señora Gardiner.
―¿En efecto? ¿En qué aspecto?
―En tu presunción de no tener influencias o conocidos de valor. Creo que de hecho tu sobrina puede ser de particular interés para el señor Darcy.
―¿Elizabeth? Es poco probable. Su relación en el pasado fue sólo trivial, y ya sabes la decidida aversión que ella ha expresado por ese hombre.
―Debes admitir que las primeras impresiones no siempre son acertadas, y tampoco son siempre inmutables. Creo que aquí puede haber un cambio. Cualquiera que los haya visto juntos esta tarde -cuán atento estaba él, cuán ansioso por promover la amistad entre su hermana y nuestra sobrina- debe sospechar que hay algo más en la relación de lo que Elizabeth ha admitido.
―Quizás tengas razón, querida. Ahora que lo mencionas, el señor Darcy no pudo alejarse del río lo suficientemente rápido una vez que le dije que Elizabeth y tú iban a visitar a su hermana. ¡Ese fue el fin de la pesca! Evidentemente, lo que ocurría en la casa era más apremiante en su mente, y la compañía más intrigante.
―¡Imagínate! ―exclamó la señora Gardiner, con las manos levantadas para apretárselas contra las mejillas y los ojos muy abiertos por el asombro. ―¡Nuestra sobrina dueña de Pemberley!
―¿No crees que eso sería adelantarse demasiado ―advirtió su esposo―, o al menos demasiado rápido?
―Estoy impaciente por saber la verdad, si tan sólo Elizabeth empezara con el tema. Ya te habrás dado cuenta de lo mucho que habló de Darcy cuando nos fuimos: de su hermana, de su casa, de sus jardines e incluso de su mesa, todo en términos favorables, aunque cautelosos. No pronunció ni una sola palabra sobre la persona más interesante en el centro de todo, el hombre mismo, aunque podría jurar que estuvo a punto de decirlo una y otra vez. Eso debe significar algo.
―Tú también pareces un poco deslumbrada por el hombre, querida.
―Tonterías. Es un caballero impresionante, debes admitirlo, y no de una manera desagradable tampoco, no ahora que lo hemos conocido por lo que realmente es. Sin embargo, sólo pienso en Elizabeth. Realmente creo que su felicidad estaría a salvo bajo el cuidado del señor Darcy. Sí, me encantaría verla casada con él tan pronto como sea posible. ¡Qué buen hogar sería para ella!
―Y qué bueno sería para nosotros poder visitarla en Pemberley tanto como quisiéramos a partir de entonces. Tampoco se puede pasar por alto esa ventaja para la pareja ―dijo el señor Gardiner, apoyándose en un codo, con un guiño conspirativo.
La señora Gardiner ahogó una carcajada y apagó la vela. ―Es cierto ―susurró, acurrucándose junto a su esposo. ―Recuerda cómo nos vimos obligados a abreviar nuestra excursión a pie el otro día, y estoy segura de que nunca seré completamente feliz hasta que haya dado toda la vuelta al parque por un medio u otro.
―¡Diez millas, nos dijeron! Tal vez la próxima vez un carruaje de algún tipo -un faetón con un par de ponis robustos.
―¡Oh, sí, querido! Eso sería lo mejor.