
La señora Gardiner y ELizabeth visitan Pemberley
Por Amy D’Orazio
Traducido por Cristina Huelsz
Agosto 6, 1812
Caroline practicaba su sonrisa ante el espejo. Primero, su sonrisa recatada. Luego, tímida con un toque seductor. Después, vulnerable y, por último, tierna. No practicaría la euforia, al menos no todavía. Cuando pareciera que por fin iba a llegar al punto, entonces practicaría su sonrisa eufórica. Hacerlo demasiado pronto traería mala suerte.
Como el otoño pasado, por ejemplo. Cuando el señor Darcy aceptó formar parte del grupo en Netherfield Park, estaba segura de que era por ella. Y podría haberlo sido, también, de no ser porque entre los pueblerinos había una que le llamó la atención. Afortunadamente, no había sucedido nada ; ¡pero había sido suficiente distracción para él como para no haberle prestado apenas atención a Caroline!
Pero todo eso había quedado atrás. Ahora ella estaba aquí, en un cuarto de invitados, sí, pero en Pemberley. El glorioso, elegante y enorme Pemberley. Miró a su alrededor, imaginando ya la redecoración que podría hacer, no en esta alcoba, sino en la de la señora de la casa.
―Ahora necesito que se quede quieta ―dijo su criada, como siempre lo hacía cuando usaba las planchas para rizarle el cabello.
Caroline le dedicó una sonrisa tensa. No necesitaba que una criada le diera órdenes y, en cualquier caso, Lawrence era la criada de Louisa, no la suya. Una de más en el carruaje de servicio, había decretado su hermano, y no tenía sentido que ella y Louisa no pudieran arreglárselas con una criada entre las dos. Caroline había hecho pucheros y protestado, pero su hermano no se había inmutado. ―¿Qué diferencia puede haber para tu cabello ―dijo―, cuando insistes en llevar esos turbantes a todas partes todo el tiempo?
En realidad, no llevaba turbantes todo el tiempo, sólo algunas veces , y la razón era que estaba de moda. No podía esperar que Charles lo supiera. Era tan probable que pensara que la señorita Jane Bennet con sus muselinas de tres años estaba de moda como sus propias hermanas.
En estos pensamientos se inmiscuyó el parloteo de Lawrence. Ella parecía pensar que Caroline estaba ansiosa por escuchar todos los chismes de la planta baja. ―…cuando el señor Bingley fue a la posada de Lambton y luego…
―¿Perdón? ―preguntó ella. ―¿Dijiste que mi hermano estaba en la posada de Lambton?
―Sí, señorita, ayer, con el señor y la señorita Darcy.
―Así que fue allí donde todos desaparecieron tan repentinamente―. Caroline arrugó la frente, observándose en su espejo. ―¿Por qué habrían de ir a Lambton cuando habíamos pasado por allí no hacía ni una hora?
―Nadie lo sabe ―dijo la criada en un susurro excitado y en voz baja―, pero dicen que tiene algo que ver con el pescador.
―¿El pescador? ―Caroline se rio. ―¿Qué quieres decir?
―El señor Darcy ha invitado a un hombre a pescar en su arroyo esta mañana. Llegaron bastante temprano, y han estado en ello desde entonces ―le informo su criada. Con manos diestras, envolvió un rizo en un papel para que se enfriara y preparó otro.
―¿Quién es? ¿Y por qué es tan importante como para que mi hermano y el señor Darcy salgan corriendo a su encuentro?
Su criada se quedó pensativa un momento. ―Creo que dijeron que su nombre era Gardiner.
¡Gardiner! Ella se puso rígida, haciendo que su criada gritara y retrocediera. ―¡Señorita! ¡Su cabello! ¡Casi la quemo!
―¡Eso no importa! Este Gardiner… ¿quién es? ―Lo que Caroline quería decir era que seguramente el señor Gardiner de Gracechurch Street no estaba aquí, en Derbyshire, ¡nada menos que en Pemberley! Lo último que necesitaba era que una persona relacionada con los Bennet volviera a entrometerse en su vida.
La criada seguía ocupada arreglando el cabello de Caroline. ―No sé más que eso, señorita Bingley, y sólo diré que el lacayo que lo recibió dijo que era un poco mayor que el amo y estaba muy bien vestido.
Bien, seguramente no podría tratarse del mismo Gardiner. Si de nuevo esos dos hombres no eran los mismos, ¿por qué el señor Darcy y su hermano tendrían tanto interés en ese hombre como para precipitarse a Lambton tan pronto como llegaron? ¿Y para invitarlo a venir a Pemberley a pescar?
Si esos Bennet se entrometían en su oportunidad con el señor Darcy una vez más… Caroline apretó los dientes.
―Tal vez la señorita Darcy conozca al invitado de su hermano ―comentó Lawrence con tono de ayuda. ―Ya que es probable que ella estuviera allí cuando se le ofreció la invitación.
―Es posible ―dijo Caroline lentamente. Repentinamente impaciente por obtener respuestas, añadió: ―En cualquier caso, ¿has terminado? Porque creo que lo mejor sería ir a sentarme con la señorita Darcy.
Lawrence se apresuró, pero no estaba acostumbrada al cabello de Caroline, tan diferente del de Louisa en que sus rizos siempre parecían deshacerse. Por muy impaciente que estuviera, Caroline no se pasearía por Pemberley con el aspecto de haber sido sorprendida por un aguacero. Se quedó sentada, hirviendo en silencio, mientras Lawrence cacareaba, acomodaba y volvía a rizar los mechones lacios de su cabello.
Fue ya pasado del medio día cuando Caroline bajó por fin las escaleras. En el tiempo transcurrido, había recuperado la esperanza. Seguramente ese Gardiner era alguien importante para el señor Darcy por negocios o inversiones. Quizás deseaba presentarle a Charles. Quizás se trataba de la propia fortuna de la señorita Darcy. ¡Quién sabe! Pero seguramente…
La esperanza se desvaneció cuando el lacayo fue a abrirle la puerta. Una risa, una risa odiosa, flotando en el pasillo y, ¿peor? El señor Darcy, que venía por el pasillo desde el extremo opuesto, también la oyó… ¡y sonrió! Sonrió de una manera que ella no lo había visto antes, casi radiante.
―Un momento, si es tan amable ―le dijo al lacayo, las palabras emergiendo a través de la hiel que había surgido en su garganta. ―¿Tenemos invitados inesperados, señor Darcy?
Él se sobresaltó. ¿Acaso no la había visto? ¡Estaba delante de él!
―Señorita Bingley. Buenos días. Sí, las damas han venido a visitar a Georgiana.
Ella asintió, pero estaba demasiado enfurecida para decir más. ¡No, no otra vez! ¿Cómo había encontrado Eliza Bennet el camino hasta aquí? ¡Desvergonzada! ¿Qué había hecho, simplemente presentarse en la puerta de Pemberley?
Se obligó a sonar comprensiva, a pesar de que el señor Darcy parecía asquerosamente encantado con el giro de los acontecimientos. ―¡Qué bueno es usted, señor! Estos Bennet parecen tener la costumbre de meterse por su cuenta, ¿no es así?
Su semblante se endureció. ―Le aseguro, señorita Bingley, que la señorita Elizabeth Bennet no necesita recurrir a ningún tipo de artificio para entrar en Pemberley. De hecho…
Lanzó una mirada hacia la puerta que sólo podría describirse como anhelante, pero no dijo nada más. En su lugar, con una sonrisa tensa, abrió la puerta y le hizo un gesto para que entrara.
Eliza Bennet estaba sentada como la reina del castillo, con la señorita Darcy a su lado y la señora Gardiner enfrente. Todos sonrieron hacia el señor Darcy y Eliza tuvo la audacia de sonrojarse. ¡De sonrojarse!
Bueno, pensó Caroline con rencor, déjame ver que mas puedo hacer para que te sonrojes esta mañana.