Las historias jamás contadas, p. 96

Darcy y el señor Gardiner pescando

Por Lucy Marin

Traducido por Cristina Huelsz

Agosto 6, 1812

Darcy miró al hombre mayor que se encontraba a unos seis pies de él, el señor Edward Gardiner. Estaban a orillas del arroyo de su propiedad, disfrutando de un día de pesca con su buen amigo Bingley y el cuñado de éste, Hurst, que se alojaban en Pemberley. Era un magnifico día de verano, perfecto para practicar deporte al aire libre, y él se sentía más feliz de lo que recordaba en mucho tiempo.

El señor Gardiner estaba contando una historia de sus recientes viajes con su esposa y su sobrina, la señorita Elizabeth Bennet. Ella era la responsable del buen humor de Darcy. ¿Cómo no iba a estar encantado de volver a verla, teniendo en cuenta lo amable y acogedora que había sido? Al regresar a Pemberley antes de su grupo, apenas dos días antes, Darcy se había sorprendido al reconocer a una de las personas que paseaban por sus jardines. Era ella, la mujer que había captado su atención y, sin saberlo, su corazón. Los meses transcurridos desde que le propuso matrimonio en Kent y fue rechazado -con razón, en retrospectiva- fueron difíciles. Lo que ella le había dicho aquel horrible día fue duro y, aunque en parte injustificado, el mensaje más profundo -que no se comportaba como un caballero- era totalmente correcto. El castigo por su mal comportamiento había sido perder cualquier oportunidad de conquistarla como su futura esposa.

Y entonces, allí estaba ella, paseando por su terreno, como una visión de un sueño. Cuando la había saludado, le había parecido… tantas cosas. Hermosa, sin duda, pero un poco tímida y avergonzada, y había algo en la forma en que lo miraba, en cómo hablaba, que le hizo creer que lamentaba la discusión que habían tenido en Pascua. Supo de inmediato que haría todo lo posible por ganarse su afecto para que, cuando volviera a declararse, ella lo aceptara.

El encuentro con el señor y la señora Gardiner había aumentado el enfado de Darcy. Sin conocerlos, los había descartado como algo que no le interesaba. Sin embargo, el señor Gardiner era un hombre agradable, bien hablado e inteligente. Si uno no conociera su situación en la vida, pensaría que había nacido como un caballero. Darcy no había dudado en presentarlos a su hermana y, naturalmente, anhelaba que Georgiana y Elizabeth se convirtieran en amigas íntimas y, si tenía mucha suerte, en hermanas en poco tiempo.
Puede que no consiga gustarle lo suficiente como para que se case conmigo, pero debo intentarlo.

Esperaba volver a verla pronto. Ella y los Gardiner cenarían en Pemberley, y él tenía otras ideas que le propondría para divertirla, como dar una vuelta por los alrededores, y había dos o tres paseos muy agradables por los alrededores que sabía que ella disfrutaría. Mientras pueda pasar con ella todo el tiempo posible mientras esté en Derbyshire, le brinde la oportunidad de ver que he aprendido a ser un hombre mejor y que ella podría ser feliz como mi esposa, estaré satisfecho de haber hecho todo lo posible.

―Esta es una forma muy agradable de pasar el día. No puedo agradecerle lo suficiente que me haya invitado, señor Darcy,» comentó el señor Gardiner, sacando a Darcy de sus reflexiones.

―De nada, señor. Me alegra que haya podido acompañarnos ―respondió.

El señor Gardiner sonrió de una manera que a Darcy le recordó a Elizabeth. Había otros puntos de parecido, como el brillo de la rapidez de sus ojos. Posiblemente, eso hizo que Darcy se sintiera mas inclinado a aprobarlo.

―Viviendo en Londres, rara vez tengo la oportunidad de permitirme este divertido pasatiempo ―dijo el señor Gardiner. ―Siempre ha sido mi favorito. Tengo muy buenos recuerdos de la pesca en Hertfordshire cuando era un muchacho. Este verano esperábamos ir a los Lagos, pero los negocios me retuvieron en Londres más tiempo del esperado. Mi mujer propuso que hiciéramos una excursión que terminara en Lambton en su lugar.

―¿Por qué Lambton? ―preguntó Bingley.

A Darcy no se le había escapado que su amigo estaba particularmente contento de ver a Elizabeth y a su familia. Ya había hablado más de la señorita Jane Bennet de lo que lo había hecho en meses. No demasiado, sino una mención aquí o allá, suficiente para demostrar que recordaba con cariño su estancia en Hertfordshire. Debería decirle que tengo razones para creer que estaba equivocado acerca de los sentimientos de ella hacia él y que ella estuvo en Londres el invierno pasado. No lo había hecho todavía porque Bingley llevaba meses sin hablar de la señorita Bennet, dando la impresión de que hacia tiempo que ya no sentía afecto por la dama. No obstante, Darcy ya no estaba seguro de que eso fuera cierto y, si era un buen amigo, tendría que revelárselo pronto.

―La señora Gardiner vivió allí durante algunos años ―explicó el señor Gardiner. ―Mantiene correspondencia con varias personas que aún viven allá, y hace años que desea visitar su antiguo hogar y ver a sus amistades. Por mucho que me hubiera gustado ver los Lagos -y a mi sobrina aún más-, ninguno de nosotros lamenta el cambio. Hemos estado encantados con nuestro viaje, y mi mujer está especialmente contenta de estar en Lambton una vez más. Que yo tenga la oportunidad de pescar en un entorno tan magnífico no hace sino aumentar mi felicidad. Se lo agradezco de nuevo, señor Darcy.

―Es un placer, señor. Me alegro de que hayamos tenido la oportunidad de conocernos ―dijo Darcy, inclinando la cabeza en señal de reconocimiento.

―¿Que están haciendo la señora Gardiner y la señorita Elizabeth mientras usted está aquí? ―preguntó Bingley, y Darcy le dio las gracias en silencio. Estaba casi desesperado por saber dónde estaba Elizabeth.

―Deben de estar muy cerca. De hecho, ¡espero que lo estén! ―El señor Gardiner se rio. ―Mis damas tenían la intención de visitar a la señorita Darcy. Se alegraron mucho de conocerla. Su hermana es una joven encantadora.

La última afirmación iba dirigida a Darcy. Éste se quedó mirando al hombre mayor durante un breve instante, incapaz de responder de inmediato. ¿Elizabeth podría estar incluso en ese momento en su casa? ―¿He entendido bien que están aquí, con mi hermana? ¿Ahora?

El señor Gardiner asintió. ―Sí. Hablaron de venir mientras yo estaba así de ocupado. Fue muy amable de su parte traerla a conocer a mi sobrina, especialmente tan poco tiempo después de su llegada. Lizzy quedó encantada con ella. Mi esposa y yo también, pero la pobre Lizzy se ha quedado sólo con nosotros como compañía. Espero que se sienta feliz de tener otras jóvenes con quien conversar, especialmente una a la que le gustaría conocer mejor, como es el caso de la señorita Darcy. Es probable que eso la haya entusiasmado aún más para devolverle la visita.

La mente de Darcy gritó: ¡Ella está aquí, en mi casa, la casa que espero que algún día sea nuestro hogar! Tenía que verla, darle la bienvenida él mismo, comprobar que se encontraba a gusto, aprovechar esta oportunidad para demostrarle que había aceptado sus reprimendas y que había intentado corregir los defectos de sus modales, hacerle ver quien era realmente y que seguía amándola.

―Si me disculpan, caballeros, debo regresar a la casa unos momentos. Hay… algo que olvidé atender esta mañana. Volveré ―dijo, su voz sonando áspera e inestable a sus oídos.

Hurst murmuró algo, Bingley le hizo un alegre gesto con la mano y el señor Gardiner dijo: ―Supongo que es mejor que se ocupe de lo que sea.

Su expresión en ese momento le recordó a Darcy a la de Elizabeth cuando se burlaba de alguien. Lo que le decía a Darcy era que el señor Gardiner estaba al tanto de su interés por ella y no lo desaprobaba. Darcy lo miró a los ojos, y el señor Gardiner asintió levemente con la cabeza, como si dijera que se entendían a la perfección.

Darcy dijo: ―Gracias, señor. Lo haré.

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