Las historias jamás contadas, p. 94

La señorita Darcy conoce a la señorita Elizabeth en la posada de Lambton

Por Joana Starnes

Traducido por Cristina Huelsz

Agosto 5, 1812

La calesa avanzaba a paso firme por el camino bordeado de árboles, con los elegantes pelajes de los bayos brillando bajo la luz del sol moteado. Por mucho que estuvo tentado de tirar de las riendas e impulsar al galope a los caballos, Darcy lo pensó mejor y reprimió ese imprudente impulso. Haría bien en apresurarse lentamente. Y eso, se sintió obligado a recordarse a sí mismo, debía aplicarse a todo, no sólo al manejo de su carruaje. El cielo no permitiera que se precipitara y arruinara esta inesperada oportunidad de hacer las paces y disminuir su mala opinión.

¿Aceptaría ella un nuevo comienzo?
La trascendental pregunta pasó por su mente, sin que nadie se lo pidiera, y Darcy apretó los labios mientras contenía un exasperado resoplido. Por el amor de Dios, acababa de decidir que debía proceder lentamente y con cautela, en lugar de precipitarse tontamente donde los ángeles temían pisar. No, debía dar un paso a la vez. Durante la próxima hora, tendría que concentrarse únicamente en el propósito de aquella visita matutina: presentar a su hermana a los conocidos de Elizabeth.

Por extraño que pareciera, Georgiana se había mostrado sumamente ansiosa. Pudieron hablar en privado una vez que la señorita Bingley y los Hurst optaron por retirarse a sus aposentos y descansar tras las largas horas de viaje. Tan pronto como él le contó los hechos más destacados, Georgiana exclamó: ―¿La señorita Bennet está en Lambton? ¿Y podría encontrarme con ella? Oh, hermano, ¡vayamos hoy! ¡Di que podemos! No nos extrañarán aquí. Me imagino que la señorita Bingley y la señora Hurst permanecerán en sus aposentos por un buen rato. ¡Oh, maravilloso! ―había aplaudido y sonreído una vez que él hubo accedido con sorprendida presteza, aunque su plan original había sido acompañarla a Lambton al dia siguiente. ―Gracias, Fitzwilliam. Deja que suba a cambiarme. Este vestido no me sirve. Debo quitarme mi ropa de viaje. Pero no me demoraré. Estate tranquilo, ¡volveré enseguida!

Había cumplido su palabra. No había tardado en regresar, enrojecida por la emoción y llena de preguntas. Sin embargo, no tuvo la oportunidad de formular más que un par de ellas, ya que Bingley no tardó en reunirse con ellos. Darcy se sintió obligado a admitir que, a su modo de verlo, era mejor así. Las impacientes preguntas de su hermana sólo sirvieron para que se diera cuenta de lo poco que sabía. Todas las preguntas cruciales seguían sin respuesta.

Georgiana estaba muy callada. No había dicho una palabra desde que le dio las gracias por ayudarla a subir a la caleza. Tal vez ella había hecho las paces con el hecho de que una conversación detallada y privada tendría que esperar. Bingley había expresado su deseo de presentar sus respetos a la señorita Elizabeth Bennet y a sus parientes, y eligió acompañarlos a caballo. Sin embargo, una larga mirada en dirección a su hermana le hizo pensar a Darcy que su entusiasmo inicial había dado paso a cierta intranquilidad. La vio inquietarse y luego alisarse la falda con un gesto ligero y tembloroso. Conmovido, Darcy trató de liberar una mano para estrechar la suya y tranquilizarla, pero antes de que pudiera hacerlo, los dedos enguantados de ella se posaron en su manga y ella se volvió hacia él para preguntarle en voz baja: ―¿Estás muy nervioso?

Darcy soltó una risita apenada mientras cubría la pequeña mano de su hermana.
―Estaba a punto de preguntarte lo mismo. No tienes ninguna razón, te lo aseguro.

―Pero tú sí ―observó ella con su nueva franqueza, que no dejaba de desconcertarlo.

―Cierto ―fue la única respuesta que pudo darle.

Apartó la mano para sujetar las riendas y frenar a los caballos cuando aparecieron a la vista un par de casitas de piedra, un primer indicio de que pronto llegarían a Lambton. Pero Georgiana mantuvo su mano enguantada en el pliegue del brazo de él durante todo el camino hasta la plaza del mercado. Cuando se detuvieron ante el Red Bull, ella le apretó el brazo y luego se inclinó más hacia él para susurrarle: ―Adelante con el mejor pie, hermano.

Red Bull en Lambton, foto de Joana Starnes

¡Dios mío! ¡Deja de mirar! se reprendió Darcy, y apartó los ojos de aquel rostro que lo encantaba e inquietaba a partes iguales. Elizabeth parecía perturbada. Tensa. Nerviosa. El sonrosado rubor que había brillado en sus mejillas cuando la criada los acompañó a Georgiana y a él al salón privado de los Gardner parecía haberse atenuado un poco, pero había algo en el aire de la joven que le hizo perder el equilibrio, pues no lo había notado antes. Tampoco podía definirlo.

Ella no estaba callada, no como tal, pero su participación en la conversación parecía requerir ahora un esfuerzo deliberado. Ya no estaba la despreocupación de antes. Había dado paso a otra cosa, Darcy se daba cuenta de ello. Pero tampoco pudo definir esa sutil transformación.

―Oh, sí, mucho ―dijo Georgiana con una suave sonrisa en respuesta a alguna pregunta que él había pasado por alto.

A la querida niña aún le costaba responder con algo que no fueran monosílabos, observó él, profundamente agradecido por sus esfuerzos. Desde que había tenido lugar la formidable presentación, se había esforzado por desempeñar su papel lo mejor posible, pero era evidente que su resurgente timidez no ayudaba en nada. No obstante, fue un gran consuelo verla sonreír. Su buen humor era la señal más segura de que no se sentía angustiada ni intimidada.

De repente, sus ojos se desviaron hacia Elizabeth por voluntad propia. Tal vez era de esperar que se rebelaran, ya había mirado hacia otro lado durante demasiado tiempo. Pero, en lugar de quedarse mirando en silencio como un tonto con la lengua trabada, esta vez se aclaró la garganta y dijo: ―El señor Bingley también está aquí. Insistió en acompañarnos a Lambton. No quería perderse esta oportunidad de verla.

El mensaje llegó justo a tiempo. Tan pronto como Elizabeth terminó de decir que se alegraría mucho de verlo, se oyó el rápido paso de Bingley en las escaleras y, unos instantes después, entró en la habitación.

Como solía ocurrir, la llegada de su amigo marcó la diferencia. La tensión disminuyó. La conversación comenzó a fluir con mayor facilidad, gracias al talento natural y la cordialidad natural de Bingley. La única desventaja era que la nueva disposición de los asientos reducía considerablemente sus posibilidades de hablar con Elizabeth, descubrió Darcy, pero se enderezó en su asiento y se mostró complaciente, no fuera a parecer que estaba enfurruñado en un rincón. Por todos los santos, no debía haber nada que le recordara a ella de su anterior conducta. Tenía que encontrar la manera de demostrarle que sus reproches, plenamente justificados, no habían caído en saco roto.

Dios sabe como podría compensar la propuesta de matrimonio más insultante de la cristiandad, pero mas le valía enmendar por todos los medios posibles la arrogancia de despreciar abiertamente a sus parientes de Cheapside antes incluso de conocerlos. Encontrar los temas de conversación adecuados podría haber sido una tarea ardua, pero, para su buena suerte, le resultó de lo más fácil. El señor Gardiner era aficionado a la pesca. Su mujer era de Lambton. Ambos temas ofrecían un sinfín de posibilidades.

Tal vez aceptarían una invitación para cenar en Pemberley antes de abandonar el condado. Si Darcy tenía suerte, incluso podría convencerles de que prolongaran su estancia.

Al otro lado de la estancia, Elizabeth había terminado de intercambiar las cortesías habituales con Bingley, y ahora ella y Georgiana hablaban de música. La actitud de su hermana se reflejaba en su voz y su semblante, y ya no estaba recurriendo a respuestas cortas.

Un calor fresco se extendió por el pecho de Darcy cuando su mirada recorrió de una a otra, luego permaneció fija en Elizabeth y un anhelo se hinchó, agridulce e incontenible. Darcy exhaló y apartó la mirada. Ahora era mejor que reuniera sus ideas y le preguntara al señor Gardiner si deseaba unirse al pequeño grupo de amigos que habían sido invitados a pescar en el arroyo de las truchas al día siguiente.
Sí, señor. Un paso a la vez.

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