Las historias jamás contadas, p. 93

Darcy reacciona a encontrarse a Elizabeth en Pemberley

Por L.L. Diamond

Traducido por Cristina Huelsz

Agosto 4, 1812

La mirada de Darcy siguió al carruaje que transportaba a Elizabeth Bennet mientras daba la vuelta al lago. Después del largo viaje, pasar la tarde en compañía de la señorita Bennet era una bienvenida que no había esperado, pero que disfrutaba de todos modos.

El semblante de Elizabeth reveló su sorpresa ante el primer encuentro; no esperaba que nadie de la familia estuviera en casa. Su expresión cuando él se reunió con los Gardner y con ella para pasear por los jardines no fue menos de asombro, pero él no podía ignorar su presencia como lo hacía con la mayoría de los visitantes que recorrían la casa. Tenía que demostrarle que había prestado atención a sus reproches, que él había cambiado.
Por supuesto, su encuentro no estuvo exento de cierta incomodidad, y no le pasó desapercibido el gesto de preocupación expresado en sus hermosos ojos cuando él le pidió que le presentara a los Gardiner. Ella conocía bien la inteligencia y los modales de sus parientes, lo que significaba que su preocupación había sido por la reacción de él. Le dolió el corazón al recordarlo.

Afortunadamente, los Gardiner, que bien podrían confundirse con gente elegante, eran realmente amables, y a Darcy no le resultó muy difícil conversar con gente tan encantadora. Había hablado en serio cuando invitó al señor Gardiner a pescar en el arroyo. De hecho, Darcy le mostraría con gusto todos y cada uno de los lugares donde podría encontrar el mejor punto para pescar y cebar sus anzuelos si eso significaba que podía cambiar los sentimientos de Elizabeth hacia él.

¡Los sentimientos de Elizabeth! Darcy había cometido semejante error de juicio en Meryton y, sin embargo, la incomodidad de Elizabeth en su compañía hoy era evidente. Su inquietud no era menos aguda. ¿Había ella comprendido las explicaciones contenidas en su carta?

En retrospectiva, la misiva había sido escrita con tanta amargura de espíritu que una parte de él esperaba que ella la hubiera quemado. Su opinión de él ya era bastante pobre como para que ella percibiera un resentimiento que no existía; sin embargo, la señora Reynolds indicó que Elizabeth lo encontraba muy apuesto. Tal vez no todas las esperanzas estuvieran perdidas.

No pudo evitar darse cuenta de que, al mencionar al señor Bingley y a sus hermanas, Elizabeth se había quedado callada. No había tenido la oportunidad, hasta el momento, de aclararle a Bingley sobre los sentimientos de la señorita Jane Bennet, pero rara vez había estado en compañía del caballero desde Pascua. Esas pocas ocasiones también incluían a la señorita Bingley y a la señora Hurst. No le era posible abordar el tema en su presencia. ¿Acaso Elizabeth seguía enfadada por los malos consejos que le había dado a su amigo?

Sin embargo, ¡ella había accedido a conocer a Georgiana! Darcy le había escrito a su hermana sobre la señorita Bennet, hablándole de la inteligencia y el ingenio de Elizabeth, y esperaba que se conocieran. Su hermana necesitaba una amiga que no le adulara ni sonriera para ganarse su favor, al igual que la señorita Bingley; no, necesitaba a alguien con un toque de impertinencia que la sacara de su timidez. La amabilidad y la personalidad extrovertida de Elizabeth le vendrían muy bien. Georgiana llegaría al día siguiente y ellos irían enseguida a Lambton. Su hermana querría a Elizabeth tanto como él.

El carruaje no tardaría en desaparecer de su vista, adentrándose en el bosque de Pemberley camino de Lambton, por lo que se dio la vuelta y comenzó a caminar a grandes zancadas hacia la casa. Pemberley era un lugar hermoso y lo amaba profundamente; sin embargo, a menudo se había imaginado a Elizabeth caminando por los pasillos, habitando la suite de la señora y riéndose con él mientras paseaba por los jardines. Su hogar ya no era el mismo que antes de conocerla; ahora la necesitaba para estar completo.

El tiempo que había pasado negando su atracción y sus sentimientos por Elizabeth. Esta vez las cosas serían diferentes: no repetiría el mismo error. Mientras ella estuviera cerca, se esforzaría al máximo para asegurarse de que fuera consciente de su afecto y sus deseos. Aquellos preciosos sentimientos no habían cambiado desde Hunsford, salvo que esta vez haría todo lo que estuviera a su alcance para obtener una respuesta favorable al ofrecimiento de su mano.

Echó una mirada hacia atrás justo a tiempo para ver la parte trasera del carruaje mientras desaparecía entre los árboles. Puede que la señorita Bennet se marchara hoy, pero algún día volvería para no separarse nunca más de él.

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