
El mensaje exprés de media noche
Por Shannon Winslow
Traducido por Cristina Huelsz
Agosto 2, 1812
En la casa de los Bennet acababan de instalarse para pasar la noche después de un día de ocupaciones laboriosas. La señora Bennet habia estado en Meryton y discutido no sólo con el carnicero acerca de su cuenta, sino también con varios de sus vecinos que parecían estar haciendo circular rumores maliciosos acerca de aquel apuesto oficial que ella y sus hijas tanto admiraban: el señor Wickham. Después de agotarse de esta manera, la señora Bennet se había retirado temprano, diciendo que se encontraba muy mal de la cabeza.
Una vez más, Jane y Kitty habían pasado todo el día entreteniendo a los bulliciosos niños Gardiner mientras sus padres estaban de vacaciones en Derbyshire, con Elizabeth Bennet acompañándolos.
Sólo el señor Bennet había sido capaz de evitar un esfuerzo excesivo, por lo que había podido quedarse despierto hasta tarde, leyendo de nuevo su obra favorita de Shakespeare (Mucho ruido y pocas nueces) y riéndose entre dientes de las tonterías y absurdos que encontraba en ella. Al terminar, le agradeció a sus estrellas de la suerte que su propia casa no sufriera tales dramas, y luego se retiró igualmente a un sueño apacible.
Sin embargo, poco después de las doce, se oyeron unos golpes en la puerta principal que seguramente habrían despertado a los muertos. Uno a uno, los Bennet se levantaron de sus camas y bajaron las escaleras para ver cual era la causa de tan inoportuna conmoción. Era un mensaje exprés, cuyo contenido resultó ser aún más inoportuno.

El señor Bennet, tras pagarle al hombre y volver a cerrar la puerta, leyó en silencio la carta, que iba dirigida a él:
Mi querido señor Bennet,
Es con gran pesar que le escribo con noticias que seguramente lo angustiarán. Pero temo alarmarlo. Tenga la seguridad de que su hija se encuentra bien, hasta donde me es posible juzgar. Lamento comunicarle que la pasada noche la señorita Bennet se alejó de mi casa y de mi protección. De hecho, se ha fugado con uno de mis oficiales -el teniente George Wickham, a quien usted recordará.
De acuerdo a su propia información -una breve carta dirigida a mi esposa- sabemos al menos que ella se marchó con él por su propia voluntad y de muy buen humor, declarando que la intención de la pareja era dirigirse a Gretna Green y casarse allí. No tengo ninguna razón real para dudar de esto, sólo una inquietud general sobre el carácter del caballero. Al principio me pareció uno de los mejores jóvenes que podía esperarse encontrar. Sin embargo, al conocerlo más de cerca, he observado en él una preocupante tendencia a la imprudencia, y este suceso es una prueba más de ello.
Me siento en parte responsable de lo que ha ocurrido. Usted confió su hija a mi cuidado, y yo he fallado en mantenerla a salvo de cualquier daño. Ahora me comprometo a hacer todo lo que esté en mi mano para ayudarle a recuperarla. Interrogaré de cerca a los hombres bajo mi mando, especialmente a los amigos particulares de Wickham, para ver qué se puede averiguar aquí. Luego planeo ir directamente a Longbourn, para ofrecerle cualquier servicio que pueda prestarle. Hasta entonces, le ruego extienda mi humilde disculpa y mis sinceros respetos a toda su familia.
Atentamente, etc.
Coronel Forster
―¡Oh! ¿Qué ocurre, señor Bennet? ―exclamó su esposa cuando él dejó caer la mano y la carta a su lado. ―Dígamelo de una vez. ¿No tienes compasión de mis nervios? ―Atónito y completamente incapaz de hablar, el señor Bennet entregó la carta a su esposa, quien a su vez se la pasó a su hija mayor. ―Léemela tu, Jane. Estoy demasiado temblorosa―.
Pero escuchar la carta no hizo sino aumentar la agitación de la señora Bennet.
Inmediatamente cayó enferma de histeria, y toda la casa se desintegró en un estado de total confusión del que no tardaría en recuperarse. Ademas, no hubo ni un solo criado que no supiera toda la historia antes de que terminara el día. En dos días más, toda la comunidad estaba al corriente de los problemas de los Bennet. La mitad de sus vecinos tuvieron entonces la bondad de compadecerse de su gran desgracia, y la otra mitad se sintieron demasiado orgullosos al decir que siempre habían predicho un desenlace tan desfavorable para la familia.