Las historias jamás contadas, p. 90

Jane se entera de la fuga de Lydia

Por Kara Louise

Traducido por Cristina Huelsz

Agosto 2, 1812

Unas voces fuertes y unos golpes repetidos despertaron a Jane de un profundo sueño. Tardó unos instantes en darse cuenta de que alguien llamaba a la puerta principal. Pudo distinguir a alguien hablando desde fuera, así como la voz elevada de su madre desde el interior de la casa.

El corazón de Jane latía con fuerza mientras intentaba comprender qué podía estar pasando, pero fuera lo que fuese, estaba segura de que no era nada bueno.
Se asomó a la puerta de su habitación y vio a Kitty bajando las escaleras. Mary la siguió de cerca, diciendo: ―Esto no puede ser bueno. Que alguien llame a la puerta después de medianoche no puede ser más que una mala noticia.

Jane temblaba al pensar en lo que podía haber ocurrido. Acercó el oído a la puerta de la habitación en la que dormían los hijos de los Gardiner y, cuando se aseguró de que no se habían despertado por el alboroto, siguió a sus hermanas escaleras abajo.

La puerta se estaba cerrando cuando llegaron al vestíbulo, y vieron a su padre abrir apresuradamente la carta que acababa de llegar por expreso.

―¡Oh, señor Bennet! No pueden ser más que noticias terribles. ¡Algo le ha ocurrido a mi hermano, a su esposa y a Elizabeth! Estoy segura de ello!

Jane sintió una oleada de terror al pensar que algo pudiera haberle ocurrido a su querida hermana. Contuvo la respiración, al igual que los demás, mientras observaban y esperaban.

Les pareció una eternidad mientras aguardaban a que el señor Bennet les contara lo sucedido en la urgente carta o a que apareciera algún signo en sus facciones que pudiera tranquilizarles y asegurarles que nada iba terriblemente mal.

El corazón de Jane latió con fuerza cuando notó que él tensaba la mandíbula y enrojecía. Era señal inequívoca de que estaba más enfadado que afligido. Esto dejó a Jane algo tranquila pero confusa en cuanto a las noticias que contenía la carta.

Él arrugó la carta en la mano. ―¡Lydia tonta! ¿En qué estaría pensando?

La señora Bennet se echó hacia atrás. ―¿Lydia? Oh, mi corazón! ―dijo, dándose palmaditas en el pecho. ―¡Qué le ha pasado a mi querida y dulce Lydia!

El señor Bennet miró a su esposa. El resplandor de la vela que sostenía la señora Bennet pintaba su rostro con una inquietante distorsión. ―¡No es lo que le ha ocurrido, señora Bennet! Es lo que ha hecho.

―¿Qué es, papá? ―preguntó Jane, sintiendo que su corazón comenzaba a acelerarse.

―¡Niña imprudente! ¡Ha huido con Wickham! Se fugaron juntos a medianoche, dejando sólo una nota, que fue descubierta esta mañana―. El señor Bennet sacudió la cabeza. ―El coronel Forster está tratando de determinar si alguien sabía de esto. Cree que se han ido a Escocia, pero…

―Oh, gracias a Dios ―la señora Bennet juntó las manos. ―Planean casarse. A él siempre le gustó tanto Lydia. Era tan atento con ella.

―Mi querida señora Bennet, estoy seguro de que ha sido muy atento con ella, ¡pero no desearía ese tipo de atención sobre ninguna de mis hijas!

―Sé que Lydia debe estar encantada. Él siempre fue uno de sus favoritos ―dijo Kitty mansamente.

Jane dio un paso atrás, recordando la discusión que Elizabeth y ella tuvieron sobre aquel hombre después de que el señor Darcy le informara de su verdadera naturaleza. Se le revolvió el estómago al considerar las posibilidades, ninguna de las cuales era tranquilizadora. Le lanzó una mirada a Kitty, que no parecía sorprendida por la noticia.

―Pero ciertamente, si algo anda mal, los Forster tienen la culpa por no protegerla. ¡Debemos exigirles que respondan! Deben asegurarse de que se casen! ―Las manos de la señora Bennet comenzaron a temblar, y Kitty se acercó y le quitó la vela.

―¡Hasta que sepamos más detalles, haré responsable a Lydia! ―El señor Bennet hizo un gesto a todos para que se marcharan. ―No hay nada que podamos hacer ahora. Vuelvan todos a sus camas y traten de dormir un poco.

―Pero ¿cómo voy a dormir, sin saber lo que le ha pasado? ―sollozó la señora Bennet. ―¡Pero se casarán! Ciertamente, ¡se casarán!

Cuando se dieron la vuelta para marcharse, Kitty y Mary tomaron cada una un brazo de su madre para ayudarla a subir a su habitación. Jane se quedó atrás y tomó la mano de su padre. ―Tal vez todo esto sea un malentendido.

El señor Bennet le dedicó una media sonrisa. ―¡Sí, o tal vez nos despertaremos todos por la mañana y descubriremos que sólo ha sido un sueño terrible! ―Dejó escapar un resoplido.

―¡Pero dudo que ninguna de las dos cosas resulten ser el caso!

Jane le dio un rápido abrazo a su padre y se dio la vuelta para subir las escaleras, dejando a su padre solo. Poco después oyó cerrarse la puerta de su estudio.

Una lágrima resbaló por el rostro de Jane mientras entraba en su habitación. ―¡Oh, Lizzy! ―dijo Jane en un ferviente susurro. ―¡Cómo desearía que estuvieses aquí! No hay nadie a quien desee más a mi lado en este momento que a ti.

Se sentó en la cama y vio brillar la luna llena sobre la carta que antes había empezado a escribirle a su hermana. Se levantó, encendió la vela de su escritorio y se sentó. Lo mejor después de tener a Lizzy a su lado para hablar de todo lo que había pasado -todo lo que podría haber pasado- era plasmar sus pensamientos en una carta para ella.

Empezó a escribir de nuevo, continuando donde lo había dejado antes…

Desde que escribí lo anterior, queridísima Lizzy, ha ocurrido algo de lo más inesperado y grave…

Deja un comentario