
Un Darcy con el corazón roto vuelve a Pemberley
Por Christina Morland
Traducido por Cristina Huelsz
Junio 5, 1812
Al ver Pemberley por primera vez, se deshizo.
En la ciudad, había mantenido su agenda, su fachada. Nadie que lo mirara podría haber sabido que algo era distinto. (Todo era distinto.)
Con la alta sociedad, sabía exactamente cómo actuar: con confianza (arrogancia), orgullo (vanidad) y racionalidad desapasionada (un desdén egoísta por los sentimientos de los demás). Era un caballero consumado, al menos el tipo de caballero que la gente de Mayfair admiraba.
Deambulando por las calles de Londres, podía sentirse miserable sin que nadie se diera cuenta, porque en Londres todo el mundo era miserable, o si no lo era, debía serlo. Londres era un lugar asqueroso. ¿Por qué se molestaba estar ahí?
―Pemberley te levantará el ánimo ―había murmurado su hermana, mientras su carruaje viajaba hacia el norte. ―Siempre lo hace.
No, siempre lo había hecho. Pero ahora, con sólo echar un vistazo a los viejos robles que bordeaban el bosque de Pemberley, se le llenaron los ojos de lágrimas.
Dios mío, a ella le habrían encantado esos árboles. Lo habria tomado de la mano y le habria dicho: ¡Detengan el carruaje! Caminemos el resto del camino. Y él habría dicho: ―Son más de tres millas hasta la casa, Elizabeth, y además es un camino enlodado―. Y ella le habría preguntado con una ceja arqueada: ―¿Te preocupa el estado de mis enaguas, Fitzwilliam?
―¿Fitzwilliam? ―Georgiana le tocó la espalda con una mano tentativa. ―¿Estás… bien?
Mirando resueltamente por la ventana, dijo: ―Estoy… ―y luego no dijo nada más, porque ¿qué podía decir ante tanta belleza? (Permítame que le diga…)
Allí estaba el arroyo, borboteando hacia el estanque. (¿Me enseñarás a nadar, Fitzwilliam?) Allí estaba la pradera, ondeando la hierba dorada. (¡Cuántas flores silvestres! Ah, espera hasta agosto, Elizabeth). Y allí, por fin, estaba la casa. (Hogar, habría dicho ella, inclinándose hacia él. Hogar, habría dicho él, apretando sus labios contra los de ella).
―¡Oh, mira! ―dijo Georgiana, en el tono excesivamente alegre que una madre podría usar con su hijo enfurruñado. ―¡Ahí está la señora Reynolds, que viene a recibirnos!
(¿Siempre te espera fuera de casa? ¿Y también con otros criados?)
―Sí ―dijo él.
(Pero ¿por qué? ¿No es un inconveniente para ellos?)
―Así ha sido siempre ―dijo él.
―Sí ―dijo Georgiana, dándole una palmada en la espalda. ―Exactamente como siempre ha sido.
(No exactamente. ¿Ves lo despacio que se acerca la señora Reynolds? ¿Lo inestable de su reverencia?)
―Su espalda ―dijo él, viendo cómo el ama de llaves se ponía precariamente de puntillas para poder besar a Georgiana en la mejilla. ―¿Se ha hecho daño? ¿Debo llamar a un médico?
―Ah, no es nada ―respondió ella, apretando un puño contra la base de su columna vertebral. ―Nada en absoluto, señor―. Luego le dirigió una mirada larga y dura. ―Usted es el que parece necesitar un médico… ¡o al menos una buena noche de sueño!.
(Ella me cae muy bien, Fitzwilliam.)
―Él no ha estado del todo bien ―murmuró Georgiana, mientras ella y el ama de llaves lo seguían escaleras arriba.
―Londres no le sienta bien ―dijo la señora Reynolds. ―Nunca lo ha hecho.
―No… es decir, sí, tiene razón sobre Londres, pero creo que puede ser otra cosa lo que lo angustia.
(Vaya, vaya. Georgiana ve mucho más de ti de lo que crees.)
―Haré que Banning prepare su plato favorito para la cena de esta noche. Ah, y Frank ―le dijo la señora Reynolds al lacayo―, asegúrate de que Caldwell quite el cubrecama del señor Darcy; no duerme bien cuando está demasiado abrigado.
(¡Cómo atienden todas tus necesidades! Es casi como si no fueras su amo, sino…)
―¡Basta!», rugió, rodeándolos tan rápidamente que casi tropiezan con los escalones. ―No me traten como…
(¿Un niño malcriado?)
Sí, al ver Pemberley -los terrenos, la casa, la gente (sobre todo la gente)- se sintió deshecho. Porque solamente allí, solamente en su casa, comprendió de verdad que ella había hecho bien en rechazarlo.
Vio la desaprobación de Elizabeth en las expresiones de todos aquellos que deberían haberlo admirado: Georgiana, que se miraba los pies; la señora Reynolds, que no lo miraba a él, sino a algún punto detrás de él; los lacayos, que dejaban de hacer lo que estaban haciendo (lo que hacían por ti, Fitzwilliam) para mirar al cielo, o a sus manos, o a un lado… a cualquier parte menos a la cara del hombre que era su (autoproclamado) superior.
Se quedó allí de pie, paralizado, sabiendo que debía decir algo, pero ¿qué? (En casos como éste, creo que es el modo establecido de expresar alguna obligación…)
―Perdóneme ―logró decir al fin. ―He sido…
(¿Injusto? ¿Poco generoso?)
Sí, ella lo conocía desde el principio.
Dijo las palabras -las palabras de ella- con voz ahogada, giró sobre sus talones y escapó.
Pero ¿adónde podía ir sin que ella lo siguiera?
¿A la biblioteca? Puede que no fuera una gran lectora, pero habría encontrado el camino a cualquier libro que él abriera.
¿A la sala de música? No, no podía tomarse la molestia de practicar, hoy no.
¿Sus aposentos? Dios mío, no. ¿Cómo podría dormir en esa cama, sabiendo que había sido tan presuntuoso de imaginarla allí, en sus brazos? Sentía hacia él una aversión tan inamovible que se habría estremecido al encontrarse despierta a su lado.
Intentó refugiarse en su estudio, pero sólo pudo contemplar la pila de correspondencia sobre su escritorio. Se había equivocado, completamente equivocado, sobre los sentimientos de ella. ¿También se había equivocado sobre la opinión que los demás tenían de él? Hojeando las cartas, busco alguna prueba de su propio carácter: su abogado (fuiste bastante brusco con el hombre cuando lo viste en Londres); el vicario (también has sido brusco con él a menudo); Richard (en especial con él); Bingley (peor que brusco: cruel).
No, seguramente no. Con él he sido más amable que conmigo mismo.
(Al contrario, Fitzwilliam, has arruinado, tal vez para siempre, su oportunidad de ser feliz).
Se apartó de su escritorio y se dirigió a la única habitación de aquella vieja casa en la que tenía alguna esperanza de encontrar la paz: la galería de retratos. Allí podría estar solo (el último hombre del mundo); allí podría contemplar a las dos personas que estaba seguro lo habían amado y comprendido.
Pero no estaban allí. Donde antes estaban sus padres, pintados al óleo, no había más que una pared desnuda.
―¿Dónde…? ―empezó a decir, girando en redondo, como si alguno de los otros retratos pudiera decirle qué le había ocurrido al cuadro que más quería.
(Lo están enmarcando, Fitzwilliam. ¿No recuerdas la carta de la señora Reynolds?)
Sí, la recordó. Ella, por supuesto, no podía saber nada de esa carta, nada del cuadro, nada de Pemberley. Lógicamente, él sabía que ella no podía ser la voz en su cabeza. Eran sus palabras, sus pensamientos, sus sentimientos, suyos y sólo suyos. Una vez más, se había permitido pensar por ella, en lugar de pensar en ella.
Se sentó en un banco en un rincón de la habitación y apoyó la cabeza en las manos. ¿Qué habrían pensado sus padres de ella? Seguramente habrían desaprobado sus toscas relaciones y sus modales campechanos.
Pero aquel ingenio, aquellos ojos… la habrían amado a pesar de todo.
―¡Oh!
Ante la silenciosa exclamación de Georgiana, levantó la vista. Su hermana estaba de pie en la puerta, parpadeando, no hacia él, sino hacia aquel rectángulo de yeso color granate donde deberían haber estado sus padres.
―¿Adónde han ido? ―susurró.
―Así que tú también los visitas―. ¿Cuántas veces había venido ella a sentarse donde él estaba sentado ahora, buscando la seguridad de los padres que apenas había conocido?
―¡Oh, Fitzwilliam! No te vi allí, yo… es decir, no quise entrometerme, sólo quise… ―Se detuvo, ladeando la cabeza. ―¿Acabas de preguntarme si yo también los visito?
Él sonrió débilmente. ―Así es.
―¿Tú también vienes a… visitarlos? ―La voz se le quebró con la palabra «visitarlos». ¿Reconocía la extrañeza, la magia, de aquel ritual que ambos habían creado sin que el otro lo supiera?
―Vengo aquí ―dijo él―, siempre que estoy inseguro o perdido.
―¿Tú, inseguro o perdido? ―Ella le dedicó una sonrisa tímida. ―Entonces no debes venir a menudo; por eso nunca te he visto sentado aquí.
―Cuando estoy en la residencia, Georgi, vengo aquí más de dos veces por semana.
Sus miradas se cruzaron y él sintió como si la viera -y ella a él- por primera vez.
Georgiana abandonó el resguardo de la puerta y entró en la galería, pareciéndose menos a su hermana pequeña y más a… bueno, más a su madre, al menos como él la recordaba. Hacía tanto tiempo que Lady Anne no estaba frente a él, mirándolo fijamente con aquella mirada resuelta.
―Dime qué te ocurre, Fitzwilliam.
Era una sensación extraña, mirar a Georgiana. De pie, él era casi un palmo más alto que ella… o quizás sólo medio palmo ahora. Ella había crecido mucho este año. Aun así, él siempre la había mirado por encima del hombro, pues rara vez había permanecido sentado mientras ella estaba de pie.
Ahora debería levantarse, pero en lugar de eso palmeó el asiento vacío que había a su lado. Ella se sentó sin vacilar, se acercó a él como la niña que había sido, pasó el brazo por el pliegue del suyo y apoyó la cabeza en su hombro.
No se movieron ni hablaron durante tanto tiempo que él se preguntó si se habían convertido en esculturas en aquella habitación llena de retratos. Sólo cuando ella refunfuñó, se miraron.
―He oído un rumor ―dijo él―, de que Banning va a preparar mi plato favorito esta noche. Supongo que deberíamos vestirnos para cenar.
―Pero… ―Ella tiró de su brazo, manteniéndolo en su asiento. ―No me has dicho qué te ocurre.
Él apartó la mirada y sacudió la cabeza.
―¿Por favor, Fitzwilliam? Piensa en todas las horas que pasaste, el pasado septiembre, escuchándome―. Ella se apoyó en él. ―¿No podría yo prestarle el mismo servicio?
Él se volvió para mirarla.
―No pretendo sugerir que mis problemas sean comparables a los tuyos. Sé que no serías tan tonto como para…
Le puso una mano en el hombro. ―Qué valiente eres, Georgiana.
―¿Valiente? No. Yo-
―Sí, valiente. No te lo he dicho lo suficiente―. Miró al techo, parpadeando rápidamente. ―Todos estos meses has estado sufriendo y, sin embargo, te has comportado con gracia y amabilidad.
Ella negó con la cabeza. ―He sido torpe y he tenido miedo y…
―¡Claro que has tenido miedo; él te trató de forma abominable!
Ante este arrebato, ella se echó hacia atrás, pero antes de que él pudiera disculparse, le tomó la mano y la apretó con fuerza. ―La aborrezco, ¿sabes? La aborrezco absolutamente.
Él parpadeó. ―¿A ella?
―¡La mujer que te decepcionó, que te rompió el corazón! La aborrezco…
―¡No! ―Si no hubiera sentido ya el aguijón de las críticas de Elizabeth, lo sentiría ahora. Ver a su hermana -su querida y compasiva hermana- esgrimir el odio por su causa, y además tan equivocadamente, lo ponía enfermo del corazón. ―No, lo has entendido mal.
―¡Oh! Pero yo pensaba… ―Ella soltó una suave carcajada. ―Me alegro de haberme equivocado. No debería haber supuesto que habías sufrido una decepción amorosa sólo porque yo…
―He sufrido una decepción. Yo… ―¡Ya has dicho bastante!
(No has dicho ni de lejos lo suficiente.)
Se encontró con la mirada de su hermana. ―Tengo el corazón roto, Georgi.
―¡Oh, Fitzwilliam! Yo-
―Pero no debes culpar a Elizabeth, no debes pensar que fue lo mismo que con Wi…
―¿Elizabeth? ¿Elizabeth Bennet?
Respiró agitadamente. ―¿La conoces?
―Bueno, no, por supuesto que no, pero… tus cartas, Fitzwilliam. Escribiste sobre ella varias veces: cómo recorrió todo ese camino para cuidar de su hermana, cómo tocaba y cantaba con una dulzura natural, cómo disfrutaba leyendo, cómo te hacía reír, cómo… ―Georgiana sacudió la cabeza. ―No lo comprendo. Parecía tan amable, tan encantadora.
―Lo es―. Darcy cerró los ojos. ―Lo es.
―¡No, no lo es! ¿Cómo podría serlo, si te causó tanto dolor?
―Georgiana…
―Cómo pudo… cómo pudo ella resultar ser tan diferente de lo que tú… de lo que yo… ―De repente, cerró sus puños y los apretó con fuerza contra su frente.
―¡Georgiana!
―¡No está bien! ―exclamó ella, con su voz resonando en la galería. ―¡La gente debe ser lo que parece!
―Sí ―murmuró él, rodeándole los hombros con un brazo y acercándola a ella. ―Sí, deberían―. Luego cerró los ojos y esperó a que ella sollozara, contando en silencio de cien en cien.
Al menos, había querido contar en silencio. Cuando llegó a cincuenta y uno, debió de hablar en voz alta, porque Georgiana preguntó, entre jadeos: ―¿Qué es cincuenta y uno?
―No es nada, es… ―Miró involuntariamente hacia la mancha en blanco de la pared. ―Es una estrategia que me enseñó mamá cuando era niño, una forma de serenarme.
Ella se apartó para mirarle. ―¿Te enseñó a decir… cincuenta y uno?
Su risa era suave, triste. ―No, ella decía que, cuando me sintiera desbordado, debía recurrir a la parte más racional de mi mente, ¿y qué hay más racional que las matemáticas?
―Pero ¿por qué contar de siete en siete? ―preguntó ella, cuando él hubo explicado los detalles. ―¿Por qué no de cinco en cinco, de ocho en ocho o…?
―Nunca se me ocurrió preguntarlo. ¿Quizás yo tenía siete años entonces? ―Se encogió de hombros. ―Me dijo que era un truco que ella utilizaba cuando se sentía angustiada.
―Entonces, ¿crees que se angustiaba a menudo? ―La mirada de Georgiana se desvió hacia la pared. ―¿Crees que eran infelices o estaban decepcionados o…?
―No, no ―dijo él rápidamente, aunque en verdad no lo sabía con certeza. Sólo tenía doce años, casi trece, cuando murió su madre, edad suficiente para recordarla bien, pero demasiado joven para saber mucho sobre el matrimonio de sus padres.
―¿Te contaron alguna vez ella o papá historias sobre su cortejo? ―preguntó Georgiana.
Él negó con la cabeza. ¿Por qué nunca se le había ocurrido preguntar?
―Papá prometió una vez que me lo contaría todo, pero sólo cuando ―suspiró ella― sólo cuando estuviera en edad de casarme.
Darcy volvió a mirar a la pared, como si su prolongada ausencia pudiera proporcionarle una respuesta, o al menos una señal. Pero no se le ocurrió nada, salvo las palabras que siempre pronunciaba en esos momentos: ―Habrían estado muy orgullosos de ti, Georgi.
Ella comenzó a llorar de nuevo.
―¿Cómo puedes llamarme valiente, cómo puedes creer que estarían orgullosos, cuando estoy así? ―preguntó, agitando una mano hacia sus ojos rojos y sus mejillas hinchadas. ―Perdóname, yo… ―Soltó un largo y tembloroso suspiro. ―¿Ciento noventa y tres, ochenta… er, ochenta y seis?
Asintió, y luego, al unísono: ―Setenta y nueve, setenta y dos, sesenta y cinco…
―Supongo que funciona ―dijo ella, cuando llegaron a dos y no pudieron avanzar más sin volverse a números negativos.
―Sí, al menos por un tiempo.
―No creas que he olvidado que se supone que debo consolarte ―murmuró ella, volviendo a apoyar la cabeza en su hombro.
Él no dijo nada, porque ¿qué podía decirle? Ella no lo estaba consolando, pero nadie podía hacerlo.
Sin embargo, él adoraba a su hermana; siempre la había adorado. Aunque ella había dado su primer suspiro cuando su madre había exhalado el último, o tal vez por eso, él siempre había considerado a Georgiana como una bendición. Demasiado joven para ser su amiga, demasiado amable para ser su antagonista, demasiado sincera para ser un fastidio, le permitía ver el mundo con otros ojos, al menos cuando se tomaba el tiempo de conversar con ella. ¿Cuántas veces, en los últimos años, le había prestado toda su atención? Sólo ahora, después de Wickham… después de Elizabeth.
Sacudió la cabeza, odiando pensar en el hombre que despreciaba al mismo tiempo que en la mujer que amaba.
La mujer que nunca lo amaría.
―Supongo que es más difícil ―dijo Georgiana, cuando él no pudo contener su estremecedor suspiro―, ser un hombre con el corazón roto que una mujer con el corazón roto.
Él hizo una mueca. ―Desearía no haber usado esa palabra, y no, no creo que mi situación sea más difícil que la tuya.
Sólo entonces, cuando pronunció las palabras en voz alta, se dio cuenta de la verdad de las mismas. Fuera lo que fuese lo que Georgiana hubiese sentido por Wickham (y él esperaba, desesperadamente, que no hubiese sentido más que un enamoramiento pasajero), disponía de tan pocos medios para distraerse. Sin embargo, él tenía todas esas cartas sobre su escritorio que responder; tenía Pemberley que supervisar; tenía a su lado a esa querida joven (una hermana muy querida) a la que guiar y criar.
Tenía que sobreponerse a esos sentimientos (mis sentimientos no serán reprimidos); tenía que concentrarse en la realidad, por dura que fuera (con qué ardor la admiro y la amo).
―No creo que… ―Georgiana se mordió el labio. ―No creo que tengas razón, Fitzwilliam.
Él la miró, y ella le devolvió la mirada, sin pestañear. ¿Dónde estaba su mansedumbre, su timidez, que había llevado como una armadura en los meses transcurridos desde Ramsgate?
(Desaparecieron, si Dios quiere, desaparecieron.)
―Me llamaste valiente ―continuó―, y pensé que no era la palabra adecuada, pero tal vez sea valiente, sólo un poco. No por elección, sino por las circunstancias, porque tengo tan poco que hacer en todo el día, excepto considerar mis sentimientos. Debo enfrentarme a lo que he perdido.
―No has perdido nada ―dijo, antes de que pudiera contenerse. ―No vale la pena tener a Wickham.
―No, no lo vale ―asintió ella en voz baja. ―Y eso es lo que debo admitirme a mi misma, día tras día: Estaba completamente equivocada acerca de él.
―Esa no es tu…
Ella levantó una mano. ―Me has dicho, muchas veces, que no fue culpa mía, que él me engañó, que soy inocente. Ya no me importa, Fitzwilliam, la culpa o la culpabilidad. Sólo quiero creer que algún día podré volver a confiar en mi propio juicio.
¡Dios, cómo detestaba a Wickham!
(¿Quién que conozca sus fechorías puede evitar sentir aversión por él?)
Pero no: compostura y racionalidad, esas deben ser sus guías. Ciento noventa y tres, ocho-seis…
―Tú ―continuó Georgiana, deslizando su mano en la de él―, no puedes admitir que sientes dolor, por miedo a que te consideren débil. Por eso creo que, al final, te resultará más difícil que te rompan el corazón; nunca te darás la oportunidad de curarte.
―Precisamente es por esto ―miró a la mancha en blanco de la pared― ellos estarían orgullosos de ti, Georgi. Tienes toda su compasión y sentido común; eres su hija hasta la médula.
―Y tú, Fitzwilliam… puede que no haya conocido a mamá, y que no haya pasado suficiente tiempo con papá, pero estoy segura de que no podrían haber deseado mejor heredero para Pemberley que tú.
Estuvo a punto de sonreír, y entonces lo recordó: su arrogancia, su engreimiento, su desdén egoista…
―No ―dijo, suspirando. ―No he actuado de acuerdo con sus principios.
―¿Cómo puedes decir tal cosa? Tu Elizabeth Bennet, a pesar de toda su supuesta bondad e ingenio, te ha hecho lo que Wickham me hizo a mí: ¡te ha robado tu autoestima, tu confianza, tu orgullo!
―Georgi, escúchame: en este sentido, nuestras situaciones son totalmente diferentes. Wickham te engañó; te hizo creer que era alguien que no era. Pero Elizabeth ―respiró entrecortadamente al oír su nombre― resultó ser precisamente la persona que yo creía que era.
―No entiendo cómo puede ser eso cierto, a menos que… ―Lo miró fijamente. ―¿No le dijiste lo que sentías? Debe de ser eso. Ella nunca supo que la amabas, y por eso…
Si su corazón hubiera estado menos oprimido, se habría reído de la determinación de su hermana de transformar su error en un mero malentendido.
―Le pedí que se casara conmigo, Georgi; ella me rechazó.
―¿Tú… se lo propusiste? Y ella… ―Su hermana se quedó boquiabierta. ―¡Entonces está ciega!
―Georgi…
―¡No, puedes creer que es inteligente, pero es una tonta si no puede verte como el hombre que eres!
―Tal vez no me conoces, Georgi, no como me relaciono con los demás. Cuando estaba en Hertfordshire, me comporté con incivilidad con sus amigos y familiares, especialmente con su hermana.
―¿Su… su hermana?
―No creí que ella… ―Sacudió la cabeza. ―No importa, Georgi.
(¡Importa mucho!)
Georgiana suspiró. ―Empiezo a entenderlo.
―¿Lo entiendes?
―Pues sí. No le mostraste tu verdadero yo. Puedes ser taciturno y reservado, sobre todo cuando estás entre extraños.
Se le cortó la respiración. Ninguno de los dos nos comportamos con extraños.
Las palabras que le había dicho a Elizabeth eran ciertas, pero incompletas. Elizabeth no actuaba ante extraños porque no actuaba; no montaba un espectáculo, intentando ganarse la aprobación de los demás.
Él, sin embargo, sí actuaba, pero no ante extraños. En Pemberley, tenía un papel que podía desempeñar con orgullo: tenía un propósito y una comunidad. Pero en sociedad, entre quienes él no conocía bien, le habían asignado un papel que odiaba: el de un soltero encantador (y rico). Así que se pegaba a las paredes, se negaba a bailar e insultaba a las jóvenes, cualquier cosa con tal de no actuar para ellos, esos extraños embobados. No quería ser su fuente de entretenimiento.
―Eso no es excusa ―le dijo a Georgi en voz baja. ―Incluso entre extraños, especialmente entre extraños, debería haberme comportado de un modo más ―tragó saliva― más caballeroso.
Se sumieron en un silencio que fue interrumpido únicamente por el sonido de la señora Reynolds, que carraspeaba desde la puerta de la galería.
―¿Quiere que los lacayos traigan la cena? ―preguntó en un tono que sugería que la idea era tan ridícula como posible.
―No, señora ―contestó él, levantándose y tendiendo una mano a su hermana. ―Bajaremos pronto.
―No te he consolado, ¿verdad? ―preguntó ella, mientras él la ponía en pie.
―No ―dijo él, besándole la cabeza. ―Pero me ayudaste, Georgi, y eso es mejor que el consuelo. Ahora vete, yo te seguiré enseguida.
Volvió a mirar la pared en blanco y se dirigió a la puerta del otro lado de la galería.
―Tal vez haya olvidado el camino ―lo siguió la señora Reynolds―, ya que hace muchos, muchos meses que no reside aquí. Sus aposentos están en la otra dirección, señor.
―No lo he olvidado ―dijo él, sonriendo a pesar suyo. ―Voy a mi estudio; tengo un mensaje que enviar.
Ella se cruzó de brazos y luego hizo una mueca de dolor. ―¿Ahora?
―Sí, señora. Voy a mandar a traer al médico.
―Ahora, señor, le dije… ―Le hizo un gesto con el dedo y volvió a hacer una mueca de dolor.
Él levantó las cejas y ella suspiró.
―Muy bien, señor, muy bien. Pero llame al boticario, no al médico, y no hasta después de cenar, por favor. A Banning le dará un buen ataque, señor, si el salmón horneado se enfría antes de que usted se lo coma.
―Enviaré por el boticario, ahora.
―¡Señor!»
―Dígale a Banning que no hay cocinera en Londres que pueda hacer que los pasteles, fríos o calientes, sepan tan bien como los suyos.
Lanzando un dramático suspiro, se dio la vuelta para marcharse. Sólo cuando estuvo fuera de su vista, pero aún al alcance de su oído, exclamó: ―¡Me alegro de tenerlo en casa, señor!
Sí, Elizabeth habría adorado a la señora Reynolds; habría adorado a todos los presentes, a todos excepto…
Se detuvo ante el retrato más cercano a la otra puerta. Era como mirarse en un espejo deformado, y no sólo porque entonces hubiera sido más joven. La sonrisa de su rostro no era amplia ni alegre, pero era la suya.
Tal vez Georgiana tenía razón. (Por supuesto que tenía razón.) Él nunca le había dicho a Elizabeth cómo se sentía. Sí, le había hablado de amor y admiración, pero nunca le había dicho quién era cuando estaba en casa.
Era arrogante y orgulloso. Era engreído y confiado. Era egoísta y lógico, desdeñoso y decidido.
Mientras miraba fijamente esa otra versión de sí mismo, aceptó la terrible verdad: ella nunca vería Pemberley; nunca vería todo su ser. Pero él la había visto y ella le había hecho un gran y doloroso regalo: recordarle que debía ser mejor, no mejor que los demás, sino sólo mejor que él mismo.