Las historias jamás contadas, p. 79

Elizabeth recuerda

Por Shannon Winslow

Traducido por Cristina Huelsz

Mayo 20, 1812

Derbyshire. Aquella palabra hizo que todo volviera a mi mente, todo lo que me había esforzado por alejar de ahí. Me había propuesto ver los Lagos, pero la carta de mi tía de hacía dos semanas no sólo puso fin a esa emocionante expectativa, sino que la sustituyó por algo parecido a la aprensión ante la idea de desviarme a Derbyshire en su lugar. Incluso ahora me atormenta la idea.

No puedo pensar en Derbyshire sin que surjan en mi mente infelices asociaciones. No hay duda de que es una región grandiosa, llena de bellezas que no hay que perderse. Pero para mí sólo puede significar una cosa: voy a entrar en el condado donde reside el dueño de Pemberley, un hombre al que había deseado fervientemente no volver a ver en toda mi vida. Y sé que él debe sentir lo mismo. Como prueba de ello, no tengo mas que referirme nuevamente a su carta.

No sé por qué la he guardado. Normalmente no es mi naturaleza insistir en lo desagradable. Pero en este caso, hago una excepción. Mi culpabilidad en el desastre con el señor Darcy es algo que no me atrevo a olvidar por completo, para no volver a comportarme tan mal. ¡Cuán despreciablemente actué! ¡Cuán terriblemente lo juzgué mal! Sus palabras escritas me enseñaron por fin a conocerme a mí misma, y he resuelto volver a ellas de vez en cuando como una especie de penitencia.

Sacando la carta de su escondite, vuelvo a hojear sus páginas. Hace tiempo que dejé de cuestionar la veracidad de sus explicaciones sobre las dos acusaciones que con tanta vehemencia le hice. No necesito volver a leer esas secciones; las conozco de memoria.

La interferencia del señor Darcy con Jane y el señor Bingley es algo que continúo lamentando profundamente por el bien de mi hermana, aunque ya no me atrevo a odiarlo por ello. No hubo malicia en el caso, sino un error de juicio, un fallo al que me mostré igualmente susceptible en el otro asunto. Cuando pienso en lo que sufrieron él y su hermana a manos del señor Wickham, creo que entiendo mejor parte de sus acciones en Hertfordshire, algunos motivos de su desconfiada reserva.

Aunque sus cuidadosas explicaciones son de lo más material para exonerar su carácter, son siempre el principio y el final de la carta del señor Darcy los que me cortan en seco. Es ahí donde mi conciencia busca castigarme, pues es ahí donde se revelan con mayor claridad el hombre mismo y la forma en que lo he herido.

«No se alarme, madame, al recibir esta carta, por la aprensión de que contenga alguna repetición de esos sentimientos, o renovación de esas propuestas, que anoche le fueron tan desagradables. Le escribo sin intención de herirla ni de humillarme insistiendo en deseos que, por la felicidad de ambos, no pueden olvidarse demasiado pronto…»

Y al final…

«…Si su aversión hacia mí hace que mis afirmaciones carezcan de valor, no puede usted impedir por la misma causa que confíe en mi primo; y para que exista la posibilidad de consultarlo, me esforzaré por encontrar alguna oportunidad de poner esta carta en sus manos en el transcurso de la mañana. Sólo añadiré: Que Dios lo bendiga. Fitzwilliam Darcy»

¡Oh, cómo me han torturado estas palabras! Si aún creyera que es un hombre sin sentimientos, podría reírme de mi propia ceguera. Sin embargo, aquí está la prueba de que, después de todo, tiene un corazón, capaz de preocuparse profundamente… y de ser herido de igual modo. Aunque algún día encuentre la caridad para perdonar por cómo le he insultado, yo nunca me lo perdonaré. Pero tampoco puedo contentarme con revolcarme para siempre en auto recriminaciones. No estoy hecha para la infelicidad.

No, la única solución segura es no volver a ver al señor Darcy. Él podrá seguir con su vida, bien librado de mí, y yo seguiré con la mía, un poco mejor por haberlo conocido. Así que se acabó. Ahora, si sólo pudiera recorrer Derbyshire sin que él se cruzara en mi camino…

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